La casa estaba a oscuras y el auto fuera del garaje cuando faltaba una hora para la medianoche. El pesado BMW con más de treinta años en su haber, estaba limpio y lustrado gracias a Lautaro, que había pasado casi toda la tarde en esa tarea. Su padre se había encargado de llenarle el tanque de combustible con la certeza que aquella noche, su hijo se lo “robaría” para salir con sus amigos. Aquel automóvil tenía con Don Ricardo más de veinte años y era su pasión, así que sabiendo que Facundo, el mejor amigo de su hijo desde la infancia, chico responsable y maduro para sus diecinueve años sería el que lo manejaba, estaba tranquilo.Lo que Don Ricardo no sabía era que Lautaro saldría antes de tiempo para ir a buscar a su amigo, sin el consentimiento de éste, hasta la casa a unas quince cuadras de distancia. Cuando Facundo se enteró era demasiado tarde para detenerlo, porque ya había salido y no sabía el camino que tomaría para llegar.
El novel conductor no lo podía creer… Estaba emocionado, feliz, se sentía un hombre manejando aquel auto solo. Puso la reversa, dio marcha atrás con cuidado y salió calle abajo con la radio prendida.
-No, esa no…-pensó para sí- mejor busco mi estación favorita…
Bajó un momento la vista para buscar, y cuando la levantó era demasiado tarde: tenía el auto demasiado cerca para frenar. El golpe no fue grande, y aunque el ruido a cristales rotos lo asustó, sabía que aquello no era lo peor, sino que estaba manejando sin el permiso de su padre, con un seguro que no lo cubriría porque era menor y conducía… ¡sin documentos!
Se levantó del asiento automáticamente, no por convicción sino porque era eso lo que se acostumbraba, pero en realidad no sabía qué hacer. Recién cuando, fuera del automóvil se fijó en el otro vehículo, notó que para su desgracia había chocado un Jaguar Super V8. Los daños no habían sido muchos, pero en un coche de ese valor cualquier arreglo era caro.
Cuando se abrió la portezuela del auto afectado, unas piernas largas y esbeltas, enfundadas en medias negras y con zapatos de tacón del mismo color, aparecieron junto con la dueña. Se trataba de una mujer de unos 35 años, vestida muy elegante. Se acercó y miró al jovencito desde su altura, insinuando un cuerpo pulposo bajo el tenue vestido.
-¿Qué te pasó? ¿Se te olvidaron los lentes, estás drogado o te distrajiste buscando el biberón? –le dijo en tono sarcástico la mujer.
-No, no… yo… me distraje y… -visiblemente nervioso, no sabía cómo explicar lo sucedido.
-Bueno… en definitiva a mí no me importa qué te pasó, sólo quiero que me des tus documentos y los de tu vehículo para llamar al seguro –lo cortó, sacando de su bolso un moderno móvil-. Mientras tanto voy a ir tomando unas fotos, nunca está de más como prueba.
Cuando mira nuevamente al muchacho, nota que aún no se ha movido del lugar.
-¿Y? ¿Qué esperas? No tengo toda la noche para estar aquí. Dame tus documentos y los del automóvil –le dijo con un tono firme y seguro.
-Es que… yo… -titubeaba Lautaro buscando la forma de explicarle que no tenía ningún papel.
-¡Ay, no! No puede ser… Seguro que con esa cara eres menor y no tienes permiso, ni seguro, ni nada… Sólo falta que me digas que robaste el auto…

El jovencito respondió de inmediato:
-No, no lo robé. Es de mi papá… Pero… pero… -bajando la cabeza, agregó- Él no sabe que lo estoy manejando yo. Se suponía que lo manejaría mi amigo Facundo.
Como si no lo oyera, Ruth tomo su móvil y comenzó a sacar fotos de los autos:
-Bien, ya tengo las fotos. Ahora, llama a tu padre para ver cómo arreglamos esto.
-No, por favor… -suplicó el joven- No lo llame. Si se entera me castigará por el resto de mi vida; me quitará el auto, el saludo y… ¡la juventud! Ya le dije que él no sabe nada. Mañana tengo que sacar mi permiso de conducir. Por favor… permítame irme y le juro que le pagaré los daños.
-¿Ah, sí? ¿Y cómo? ¿Acaso trabajas, tienes un sueldo o una entrada fija? No lo creo…
-No, pero tengo el dinero que me han regalado por mi cumpleaños. Se lo daré todo, le juro que le pagaré…
Ruth se estaba divirtiendo mucho, y si la situación continuaba, seguro que se divertiría mucho más.
-Por si no lo notaste, este auto es un Jaguar. No tendrás dinero suficiente para pagar. No, no, no… mejor llamemos a tu papá.
-¡Noooooooo! No lo llame, haré lo que usted quiera, pero por favor no lo llame. En poco rato más cumpliré los dieciocho años, y…
-¿O sea que además de todo eres menor de edad? –Preguntó la dama con cara de asombro- Esto es el colmo. Ya mismo me estás dando el teléfono de tu padre o lo saco por la matricula del auto y si tengo que hacer eso, te va a ir peor aún.
-Por favor… Mis amigos me están esperando para ir a festejar… ¿Por qué no se nos une y festejamos juntos mi cumpleaños? Será nuestra invitada.
-Mira jovencito… -La figura de la dama le pareció gigantesca a su lado- A mí me tiene sin cuidado tu cumpleaños y tu festejo. Yo quiero que alguien se ocupe de pagar los daños de mi auto, o al menos… -dijo llamando la atención del joven que veía abrirse una pequeña esperanza.
-O al menos… ¿qué?
-Te haré una propuesta. Primero: muéstrame tu documento de identidad para comprobar tu edad. Segundo: lo que más deseo es darte una lección y que la aprendas. Por lo tanto: o telefoneas a tu padre para que se encargue de los daños, o…
-¿O qué? –preguntó Lautaro mientras le extendía su documento de identidad, probando así que realmente en pocos minutos sería su cumpleaños número dieciocho.
-O lo arreglamos de otra forma. ¿Cómo? –Preguntó sin darle oportunidad al joven de abrir la boca- Enseñándote de la única forma que un niño caprichoso y desobediente aprende: con una buena azotaina ¡hasta dejarte el culo ardiendo!
Lautaro no sabía si hablaba en serio o si lo estaba fastidiando. Quedó estático, sin saber qué responder. Ruth volvió a tomar la palabra:
-Bien, tu silencio habla por ti. Llamaré a mi seguro y que ellos se encarguen de todo. Tengo las fotos del ambos vehículos, no necesito nada más. Puedes irte...
-No, no… Está bien, acepto. Pero necesito hablar con mis amigos y decirles qué pasó.
-Hazlo –y le extendió una tarjeta personal-. Aquí están mis datos; te espero en mi casa en quince minutos. Si no estás para esa hora, llamaré al seguro para reportar el siniestro. Quince minutos que ya están corriendo…
No tuvo que decir más. Antes de que poner en marcha el Jaguar, miró por el espejo retrovisor y vio cómo el joven gesticulaba hablando por su móvil.
Cuando habían pasado dieciséis minutos, sonó el timbre de la residencia de Ruth. Abrió la puerta con el teléfono inalámbrico en la mano. Era Lautaro.
-Sí… Es que… Estoy mirando los daños y creo que no vale la pena hacer la denuncia… Sí, estoy segura… Olvídelo y gracias por su tiempo –dijo mientras apretaba el botón para terminar una comunicación que nunca había hecho, era todo teatro para impresionar al muchacho- Pasa y cierra la puerta. Llegaste justo a tiempo, estaba hablando con el seguro…
Cerró la puerta y miró deslumbrado la estancia. Era una casa lujosa, con muebles modernos y piso de mármol lustrado. Fue conducido por la dueña hasta un salón con hogar, varios sillones y sofás que combinaban entre sí.
-Antes que me olvide… ¡Feliz cumpleaños! –le dijo estampando un sonoro beso en su mejilla- Felicitaciones, ya eres mayor de edad. Lástima que comienzas metido en un lío.
Dirigiéndose a un mueble donde guardaba licores, le preguntó qué deseaba tomar. “Una cerveza bien helada” pidió, y fue complacido de inmediato.
El líquido frío y con un leve amargor bajó por su garganta tratando de apagar una sed que parecía inextinguible.
-Tómala con calma, muchacho. Si tienes mucha sed, te daré agua o refresco…
-No, señora. Está bien así –dijo mientras los colores le encendían las mejillas.
-No me digas “señora”. Me llamo Ruth y soy soltera…
Con el apretón de manos comenzó una conversación que se hizo cada vez más distendida. Tomaron asiento y hablaron hasta que la dama le pidió que se sentara a su lado, en el sofá grande. Luciano apoyó la botella en una mesa preguntándose si esa veterana querría seducirlo. La verdad era hermosa, sensual, parecida a las que él imaginaba en sus fantasías más ardientes. Al intentar sentarse fue manipulado y, sin saber cómo, se vio boca abajo sobre las rodillas de la mujer.
-Oiga… qué… ¿qué es esto, qué hace?
-Solo cumplo mi palabra: te dije que te azotaría y eso haré.
Nunca se había visto en una situación igual. Sus padres lo habían castigado muchas veces, pero jamás así. La primera palmada le supo a caricia, y las siguientes le sirvieron para relajarse. Si ese era el castigo, no le molestaba que lo siguiera azotando el resto de la noche…
-Ahora levántate, Lautaro. Quiero que te quites los pantalones y te vuelvas a colocar en esta misma posición.
-¿Cómo? Pero… yo…
-Escúchame bien, mocoso, porque te lo diré solo una vez: aceptaste venir aquí, aceptaste que te castigara, aceptaste mi propuesta. Así que te queda obedecerme. Cuanto más demores, peor para ti… ¿Entendido? Ahora, obedece en silencio.
- Azóteme cuanto quiera, pero no me quitaré los pantalones.
-Lo harás, niño, claro que lo harás. Digo… por si no te acuerdas, viniste aquí para ser castigado. Y ahora que lo pienso mejor, quítate todo menos el bóxer.
Lautaro se sintió intimidado y decidió no protestar; sabía que sería en vano, estaba en manos de esa bruja. Al ponerse nuevamente sobre sus rodillas, al rozar su virilidad con la tibieza de de la piel femenina, se sintió excitado. Hasta que los azotes reaparecieron; podía sentirlo
s: dolían, ardían, sentía cada una de las palmadas. Comenzó a sentirse confundido… ¿Cómo era posible que gozara, que se excitara con esa situación? ¿Cómo podía disfrutar de los azotes, del dolor, de la humillación? Jamás imaginó que podría sentirse tan bien en semejante situación.De repente dejó de sentir los azotes y pensó que todo había terminado. ¡Cuán equivocado estaba! Ruth tomó una revista y la dobló a lo largo.
-Esto sí sería noticia… Si tus compañeros pudieran verte en este momento ¿qué dirían? Ver a su amiguito sobre las rodillas de una dama, semidesnudo, siendo castigado con la misma revista donde fue noticia… Sería gracioso ¿verdad? –Soltó una sonora carcajada, aunque él guardaba silencio.
A veces paraba de azotarlo para hablarle, y a veces lo castigaba imprimiendo más fuerza a medida que le decía las frases para poner más énfasis en sus dichos como en ese momento.
- Dime una cosa Lautaro… ¿Cuánto crees que cueste el arreglo de mi Jaguar?
-No tengo idea…
-Yo calculo que…trescientos o cuatrocientos dólares. Como está muy claro que tu papá no me los pagará y mucho menos tú, decidí cobrarte con azotes: un dólar, un azote. Quizás sean demasiado para una sola vez… -Se había detenido, acomodando sus brazos en la espalda del muchacho- Hoy te cobraré una parte y dejaremos el resto para otro día. ¡Por Dios, qué generosa estoy hoy! Pero ahora que lo pienso… ¿Cuántos azotes te he dado hasta ahora, Luciano?
-No tengo idea… -respondió con prontitud.
-¡Vaya, qué pena! Tendremos que comenzar de cero, entonces…
Sin más, dio el primer azote con la revista y el joven empezó la cuenta. Cuando llegó a diez y sin decir nada, le bajó la única prenda que vestía, descubriéndole las nalgas mientras él tratara de impedirlo, sin éxito. Continuó disciplinándolo y bajando la prenda interior hasta las rodillas, pero la víctima se movía demasiado y terminó por quitársela con el pataleo haciendo caso omiso de las advertencias de Ruth, quien tomó una decisión drástica para controlar a su víctima: abrió levemente sus piernas hasta lograr que el pene, visiblemente erecto, quedara aprisionado entre ellas. Sabía que con eso lograría una mayor excitación de parte del adolescente.
¿Es necesario explicar que los mozos de la edad de Lautaro tienen el “esperma urgente”, como dice en su canción Jaime Ross? Todo se confabuló en contra –o a favor- para que se diera una imparable y copiosa eyaculación entre las piernas de Ruth, quien estaba totalmente consciente que aquello sucedería en cualquier momento. Al sentir el líquido caliente correr por su entrepierna, se paró de golpe, dejando que su víctima cayera al suelo en medio de un charco viscoso y blancuzco.
-Pero… ¿cómo te atreves? ¿Es que te gusta tanto que te animas a hacerlo entre mis piernas? Toma pañuelos desechables de esa caja y límpiame… ¡pero ya!
Obedeció con torpeza. Estaba confundido, nervioso, excitado… Se sentía humillado pero al mismo tiempo gozaba la situación, y era algo que no podía comprender. Como pudo, limpió las piernas de la mujer, tratando de apurarse, de no tocar más arriba de donde debía hacerlo y de dejarla seca antes que su secreción llegara a tocar los zapatos. Todo eso bajo la presión femenina que lo obligaba a apurarse, a limpiarla a ella, al piso y a sí mismo. Cuando terminó, le recriminó la cantidad de papel que había utilizado.
-…y lo agregaré a tu cuenta. Me gustaría saber qué debo hacer contigo. En vez de bajar tu deuda, cada vez aumenta más. Ven para aquí, cerdito –y lo tomó de la oreja llevándolo hasta el respaldar de un enorme sofá que enfrentaba la chimenea-; inclínate aquí, apoya tus manos en el asiento y tu cadera sobre la parte alta del respaldar.
Obedeció, quedándole las piernas en el aire. Ruth le acercó el pantalón para que le diera el cinturón. Como pudo, tratando de hacer equilibrio, sacó la correa de cuero y se la entregó. Ella lo dobló al medio y comenzó a golpearse la pierna sin dejar de mirarlo. Luego caminó, dando un par de vueltas alrededor del sofá. Al comenzar la tercera vuelta le dió un fuerte correazo, cruzando ambas nalgas a la vez:..
-Las piernas separadas y retoma la cuenta donde quedaste. A menos que quieras comenzar de cero otra vez –ordenó, sabiendo que era casi imposible que recordara.
-Sesenta y ocho… -contó Lautaro.
-¿Es que además de todo pretendes tomarme por tonta, muchachito? –interrumpió.
-No… es que yo pensé que… -se excusó.
-Mira, mejor no pienses, no hables… sólo continúa contando –exigió mientras gozaba la situación. Le daba unos cuantos azotes y luego paraba para acariciar las nalgas rojas, calientes y brillantes. Ruth podía observar entre las piernas de Lautaro, su masculinidad, que continuaba exuberante y preparada para una nueva descarga.
-No te atrevas a moverte, jovencito. –Salió regresando con un pote y un par de toallas. Colocó una sobre el sofá y lo hizo tenderse allí para aplicarle la otra toalla, humedecida. El frescor le calmó el ardor de las nalgas y los nervios. Se distendió aún más cuando comenzó a extenderle la crema por la zona castigada, mientras le preguntaba con dulzura si se sentía mejor.
-Sí, mucho mejor… Gracias –respondió.
-Me alegro que así sea, porque aún falta la segunda parte del castigo.
Lautaro se incorporó de golpe, provocando la risa de la dama.
-Calma, calma… Habrá una segunda parte, pero no será hoy. Tendrás que regresar para que te de el resto de tu castigo. Recién entonces borraré las fotos del móvil. Hasta entonces estarás en
mis manos. De todas formas, quiero preguntarte algo y necesito que seas sincero: ¿quieres regresar por el resto?Guardó silencio un momento y después, bajando la cabeza con vergüenza, respondió:
-Sí…Lo deseo.
-En ese caso te espero dentro de una semana. Ahora vístete y vete.
Aquella noche misma noche, Lautaro le contó a sus amigos parte de la historia. Ocultó muy bien la azotaína y las sensaciones que le había producido la experiencia de ser azotado y dominado por una mujer.
A la semana siguiente regresó por más. Y tuvo más. Descubrió cuánto le gustaba sentir la mano de Ruth en sus nalgas. Descubrió el estremecimiento que recorría su médula cuando ella le susurraba amenazas al oído. Descubrió cuánto le gustaba estar “suspendido” en el sillón sintiendo la suave dureza del cinturón. Descubrió las delicias de sentirse observado en el rincón, estando desnudo, humillado, con las nalgas enrojecidas y a merced de Ruth. Y descubrió lo grato, motivador y didáctico que es hacer el amor después de una azotaína con una dama que lo doblaba en edad. Descubrió y sobre todo, aprendió, que a pesar de lo interesante que le resultó aquella experiencia, no conduciría nunca más sin documentos. Para asegurarse, Ruth le exigió el permiso de conducir como condición para que la siguiera visitando. Ella tampoco podía creer que aquel joven la hiciera tan feliz y que pudiera lograr enseñarlo a controlar su “esperma urgente”, sin perder su potencia y frecuencia juvenil.
4 comentarios:
Qué surrealismo. No me gusta nada, nada. ¿A qué se deben esas fotos?, no encajan para nada con la historia, sobra una del coche y las otras insinúan más sexo que nalgadas. Además, lo de la azotaina con la revista es muy cutre. Lo siento, señorita Blanco, llevo leyendo su blog desde hace un tiempo y creo que los tiene mucho mejores, ha perdido facultades y hace un relato de cualquier pendejada. Un saludo. Rachel.
Hola Raquel!
Tiene razón: no es mi mejor momento, pero discrepo con usted en que he perdido facultades. Después de estar escribiendo sobre el mismo tema durante más de 6 años, con 3 blogs y con más de 200 posts y relatos, no siempre logro la calidad de escritura que desearía, como les sucede también a otros escritores. Porque le guste o no, Raquel, soy una escritora.
Le agradezco que pierda su precioso tiempo leyendo mis "pendejadas";recuerde que tiene la ventaja y el poder para dejar de leer en el momento en que así lo decida.
Un saludo para usted también, y gracias por su sinceridad.
AKB
Para gusto los colores. A mí el relato me resultó verosímil, dulce, sexy y F/m. Casi una brisa de verano y con fotos de buen gusto. Claro que tienen que ver! el jóven descubrió en las mejores manos (verificó su edad, lo cuidó, lo enseñó, le dió a optar, etc.)... que sentía placer, también, siendo castigado y sometido por una bella y Dominante mujer.
Como lectora no veo en absoluto pérdida de nada... y sí sumar un poco de Dominación a un blog spanko, talvez sea eso lo que molestó a Rachel, a quien respeto su opinión.
Domme Lili.
Con todos mis respetos, señorita Rachel, ¡póngase gafas!, ésta no es ni más ni menos que otra manifestación de la gran calidad que atesora la señorita Ana Karen como escritora. Me encanta el relato, algo nuevo, fresco, imprevisible y caliente sin llegar a ser obsceno. Enhorabuena, Anita. Feliz Navidad.
Ferki
Publicar un comentario