Y me voy a poner en tono de spankee, porque... yo siempre, siempre, siempre he festejado la navidad con calor, con sol y con playa. Así que este año ME NIEGO a poner un post con dibujitos de gente abrigada, con nieve y estufas a leña, que serán muy entrañables (como dijera el tío Pit), pero prefiero fastidiar al tío Fer y poner niñas vestidas de mamá Noela con culitos al aire y con hilo dental festejando la Navidad que tan poco simpática le cae. 
Por culpa de la bendita tradición, en mi país y en casi toda latinoamérica, comemos turrones, mazapanes, panettone, nueces, almendras y todas esas cosas hipercalóricas con temperaturas de 35º. ¡No'sjusto! ¡No Señor! Todo por tener ascendencia española, italiana o de otro país europeo y que nos han legado sus tradiciones navideñas.
Bueno... Terminada la protesta: ¡FELIZ NAVIDAD Y UN FABULOSO AÑO 2011! les deseo a todos los amigos y lectores de este tan querido para mí, blog de relatos de spanking.

Como regalo de Navidad, quiero dejarles un pasaje del libro en el que continúo trabajando: "Cartas a la tía Mena". Espero que lo disfruten..
CARTAS A LA TÍA MENA - Capítulo 6
LA FIESTA (fragmento)
LA FIESTA (fragmento)
El tío Pit era un estupendo guía en la enorme biblioteca de su cuñado. Tenía perfectamente ubicados los volúmenes más importantes además de ser un ávido lector. Literatura clásica o contemporánea, los grandes filósofos griegos o los pensadores franceses, todo era motivo de charla para él. También en un rincón de la biblioteca había unos pocos libros de cocina con recetas de diferentes naciones.
-¿Qué tipo de comida prefiere madame?
-Creo que la nuestra, la inglesa, pero en realidad me gusta todo. Los pescados, los vegetales, aunque… tengo una debilidad.
-Adoro las debilidades… ¿Cuál es la suya madame?
-Llámeme Justine por favor. La verdad es que me da algo de pena decirlo…
-¿Por qué? Confíe en mí, cuénteme…
-Bueno… mi debilidad son… las golosinas, en especial los chocolates.
-¿De verdad?
-Pues sí. Y eso me trajo grandes inconvenientes de pequeña. Apenas tenía alguna moneda corría a comprarme chocolate, luego no comía, mi madre me preguntaba el por qué y siempre terminaba con las nalgas coloradas –la risa sincera de la mujer enardeció más de deseos al tío Pit.
-¿Sabes algo Justine? Secreto por secreto, te contaré el mío –le dijo mientras la dama se aprontó para escucharlo.
-Cuenta Pit, cuenta…
-Pues verás, a mí no es que me gusten mucho las golosinas ni el chocolate, pero… justamente había comprado unos bombones para mis sobrinas y como ellas se marcharon quedaron allí en mi habitación. ¿No te apetecería comer alguno?
-Pero… eso no estaría muy bien visto Pit. Una señora entrando a la habitación de un caballero… ¿qué dirán los otros invitados?
-No te preocupes por ellos, seguro que fueron a jugar alguna partida al salón de juegos –mientras iba hablando, arrimaba más y más su cuerpo al de Justine en tanto sus manos corrían de un lado a otro, deteniéndose en las nalgas aún túrgidas y apetecibles. El experimentado caballero notó que al hablarle al oído, la viuda vibraba más de lo común. Besó dulcemente su cuello cuando por detrás de la dama vio una figura de mujer que se asomaba por la hendija de la puerta, pero desapareció de inmediato.- Ven conmigo mi niña, y te convidaré con unos deliciosos bombones.
Salieron de la biblioteca rumbo a la escalera. Pit delante y de su mano, un par de pasos detrás, Justine. Subieron hasta el dormitorio y al abrir la puerta encontraron la habitación en una suave penumbra. Sobre la mesa principal había, además de la lámpara que daba una tenue luz, unas cajas de bombones; en eso se fijó Justine más que en que la cama fuera de dos plazas y que una señora, viuda de un famoso militar, sucumbiera tan fácilmente a los encantos de un dandy como el tío Pit.
-Sírvete lo que gustes mi querida niña –invitó, mientras abría las diferentes cajas de bombones. Los había de licor, de chocolates variados, rellenos, con almendras o avellanas…
La mujer comenzó a servirse entrando como en una compulsión: no podía parar. En tanto, Pit le quitó la chaqueta y le sugería que probase uno y otro, mientras sus manos corrían con precaución sobre el cuerpo de Justine. Cuando las cajas estaban casi por la mitad, Pit la separó en forma brusca de la mesa.
-Por Dios Justine ¿qué has hecho? ¿Eres conciente de la cantidad de chocolate que comiste? Seguramente eso te hará daño y tú lo sabías, pero igual seguiste comiendo. Creo que te has comportado de forma muy grosera, has sido una niña que ha pecado de glotonería. Y eso no puede quedar así, de ninguna manera…
-Pero… Pit… si tú… me diste permiso… yo… yo te dije que me gustaba el chocolate y…
-Eso no es excusa Justine. Creo que tendré que castigarte como lo hacía tu mamá, no hay otra solución.
-No… no puedes…
-No sólo puedo, sino que me veo en la obligación moral de hacerlo. Más vale que no te opongas niña, y me obedezcas.
Como sin querer, Pit vió un brillo especial en los ojos de Justine y su sonrisa nerviosa mientras tomaba una silla y la ponía en la mitad de la habitación.
-Ahora ven para aquí chiquilla traviesa y colócate sobre mis rodillas para tu castigo –le dijo con un tono duro y severo mientras que la mujer ponía sus caderas encima de las piernas de Pit-. Eso es, al menos debes de ser obediente y aceptar de buen grado lo que mereces.
Los azotes no eran fuertes, sino que todo lo contrario. Justine pensaba que ni siquiera llegaban a caricia y era más lo que frotaba sus nalgas que lo que las azotaba. Lo que ella no sabía era que el pícaro Conde lo estaba haciendo a propósito, para hacerla desear más.
De repente los golpes comenzaron a ser más fuertes y la mujer se movía cada vez más, tratando de evitar los azotes.
-Vaya, vaya, vaya… ¿Es que ahora te duelen Justine?
-Sí, para ya…
-No, no… ¡qué va! Ahora es que empieza lo bueno –y sin más levantó la falda de la dama, dejando al descubierto unas bellas piernas enfundadas en sendas medias de seda que se sostenían con unas ligas forradas de encaje con un moño y una florcita: toda una coquetería que de poco le sirvió a la dama para liberarse de la paliza.
Las bragas fueron a dar a las rodillas, que con el movimiento de las piernas en pocos segundos estaban por el suelo.
-Justine, si no paras de moverte tendré que tomar una drástica decisión.
-No me importa, déjame ya, no quiero que me azotes, no eres mi madre.
-Ni Dios permita. Pero si tu madre estuviera aquí, seguramente aprobaría mi decisión de castigarte.
-No hice nada malo, déjame…
Las nalgas estaban calientes, así que el tío Pit comenzó a sobarlas suavemente y como sin querer, a rozar la vulva húmeda de jugos ardientes. De forma inconsciente o no, Justine abría levemente las piernas para permitir que la mano sobara su vulva con más facilidad, pero Pit se cuidaba mucho de hacerlo.
-¿Qué no hiciste nada malo? Aceptaste sin ningún reparo subir a la habitación de un hombre solo, te comiste una cantidad inconfesable de chocolates, y estás casi desnuda sobre las rodillas de un desconocido con el culo al aire y tu cosita empapada y caliente. ¿Es así?
La mujer bajó la cabeza sin decir palabra porque todo lo que Pit estaba diciendo era verdad, aunque tenía claro que lo decía sólo para tener una excusa para nalguearla, que era lo que ambos deseaban.
-Ahora ponte de pie y tráeme el cepillo que está encima de esa cómoda… -Obedeció sin protestar- Ven, vuelve a tu lugar. Ah, mi querida Justine… Creo que no hay nada más entrañable que una azotaína con un cepillo aplicada por un tío que ama la disciplina y quiere que las niñas se comporten debidamente.
Pit no sabía cuánto odiaba la madera Justine, pero pudo imaginarlo por la forma en que se movía, así que aplicaba unos cuantos cepillazos bien distribuidos, y luego le daba unos masajes que la hacían subir a la gloria bendita.
-Bien, entonces… quítate toda la ropa y tírate en la cama, con las almohadas bajo la tripita. La falta ha sido muy grave y necesitas pagar con esa humillación tu culpa. Vamos… obedece.
Como una niña dócil y disciplinada, se fue quitando toda la ropa hasta que un cuerpo de mujer apareció bajo aquel vestido elegante pero soso. Las medias, las ligas, los zapatos todo se quitó, y se puso en la posición indicada y con las piernas muy cerradas.
-Abre las piernas, quiero que la humillación sea total.
Si el tío Pit tuviera dientes y colmillos, sería como un lobo ante un tierno cordero. Solo le faltaba que se le cayera la baba y no habría diferencia. Esa mujer tirada en su cama, con el culo en pompa, toda su intimidad exhibida sólo para él… Se quitó el cinto y comenzó a azotarla, primero con fuerza y luego fue bajando la intensidad del azote hasta parar. Notó el agite en la respiración de ella, y le dijo:
-Te voy a poner una crema para aliviarte. Quédate así un momento y descansa…
No pasó ni un minuto cuando sintió la mano de Pit esparciendo la crema sobre sus hirvientes nalgas. Pero no conforme con eso también puso crema en su espalda y piernas. Tenía buenas manos para los masajes y no le incomodaba dárselos a damiselas desnudas sobre su cama.
Justine sintió el cuerpo del hombre sobre ella, pero no dijo nada a pesar de que estaba desnudo. La azotaína la había dejado tan sublimemente excitada que no deseaba nada más que ser penetrada por aquel hombre. Percibió el aliento caliente en su nuca, en su cuello, besos en el lóbulo de las orejas y… aquel pedazo de carne venosa y tibia que la penetraba suavemente. Ambos comenzaron a moverse al compás del ruido de la cama de metal, y la excitación creció.
-Ven… ponte en cuatro patas, quiero penetrarte por aquí también… -dijo tocándole el ano.
-No, por favor ¡allí no!
-¿Por qué no? ¿No te gusta?
-No lo sé… es que… nunca lo hice por allí a pesar de que mi marido me lo pidió muchas veces.
-¿Sabes por qué no se lo diste a él, querida? Porque lo estabas reservando para mí. Te prometo que no te dolerá y será una experiencia altamente placentera… Ahora, relájate, quédate quieta y déjame hacer…
Lo primero que hizo fue lograr que pusiera su culo lo más alto y abierto posible, y hasta allí llegó con su lengua, que experta, hizo vibrar de placer a la dama. Luego, tomó algo de otro pote y untó el ano de Justine. La siguió tocando, apretando sus pezones y su clítoris. Cuando la joven dio signos de molestia, untó todo su miembro con la crema.
-Por Dios Pit ¿Qué me has hecho? La picazón allí es terrible, no la soporto, haz algo por favor –dijo mientras llevaba sus manos hacia el ano. Con toda calma, Pit tomó un pañuelo y ató las manos de la mujer a los barrotes de la cama, mientras ella se retorcía por la terrible picazón.
-Shhhhhh… Tranquila, verás que yo te calmaré ese ardor enseguida.
Con máximo cuidado, comenzó a pasar la crema por el ano y acto seguido su pene la penetró suavemente, con gran ayuda de la mujer que se movía sin cesar. Ninguno de los dos necesitó demasiado tiempo para correrse, aunque Justine había llegado al orgasmo más de una vez.
-¿Qué tipo de comida prefiere madame?
-Creo que la nuestra, la inglesa, pero en realidad me gusta todo. Los pescados, los vegetales, aunque… tengo una debilidad.
-Adoro las debilidades… ¿Cuál es la suya madame?
-Llámeme Justine por favor. La verdad es que me da algo de pena decirlo…
-¿Por qué? Confíe en mí, cuénteme…
-Bueno… mi debilidad son… las golosinas, en especial los chocolates.
-¿De verdad?
-Pues sí. Y eso me trajo grandes inconvenientes de pequeña. Apenas tenía alguna moneda corría a comprarme chocolate, luego no comía, mi madre me preguntaba el por qué y siempre terminaba con las nalgas coloradas –la risa sincera de la mujer enardeció más de deseos al tío Pit.
-¿Sabes algo Justine? Secreto por secreto, te contaré el mío –le dijo mientras la dama se aprontó para escucharlo.
-Cuenta Pit, cuenta…
-Pues verás, a mí no es que me gusten mucho las golosinas ni el chocolate, pero… justamente había comprado unos bombones para mis sobrinas y como ellas se marcharon quedaron allí en mi habitación. ¿No te apetecería comer alguno?
-Pero… eso no estaría muy bien visto Pit. Una señora entrando a la habitación de un caballero… ¿qué dirán los otros invitados?
-No te preocupes por ellos, seguro que fueron a jugar alguna partida al salón de juegos –mientras iba hablando, arrimaba más y más su cuerpo al de Justine en tanto sus manos corrían de un lado a otro, deteniéndose en las nalgas aún túrgidas y apetecibles. El experimentado caballero notó que al hablarle al oído, la viuda vibraba más de lo común. Besó dulcemente su cuello cuando por detrás de la dama vio una figura de mujer que se asomaba por la hendija de la puerta, pero desapareció de inmediato.- Ven conmigo mi niña, y te convidaré con unos deliciosos bombones.
Salieron de la biblioteca rumbo a la escalera. Pit delante y de su mano, un par de pasos detrás, Justine. Subieron hasta el dormitorio y al abrir la puerta encontraron la habitación en una suave penumbra. Sobre la mesa principal había, además de la lámpara que daba una tenue luz, unas cajas de bombones; en eso se fijó Justine más que en que la cama fuera de dos plazas y que una señora, viuda de un famoso militar, sucumbiera tan fácilmente a los encantos de un dandy como el tío Pit.
-Sírvete lo que gustes mi querida niña –invitó, mientras abría las diferentes cajas de bombones. Los había de licor, de chocolates variados, rellenos, con almendras o avellanas…
La mujer comenzó a servirse entrando como en una compulsión: no podía parar. En tanto, Pit le quitó la chaqueta y le sugería que probase uno y otro, mientras sus manos corrían con precaución sobre el cuerpo de Justine. Cuando las cajas estaban casi por la mitad, Pit la separó en forma brusca de la mesa.
-Por Dios Justine ¿qué has hecho? ¿Eres conciente de la cantidad de chocolate que comiste? Seguramente eso te hará daño y tú lo sabías, pero igual seguiste comiendo. Creo que te has comportado de forma muy grosera, has sido una niña que ha pecado de glotonería. Y eso no puede quedar así, de ninguna manera…
-Pero… Pit… si tú… me diste permiso… yo… yo te dije que me gustaba el chocolate y…
-Eso no es excusa Justine. Creo que tendré que castigarte como lo hacía tu mamá, no hay otra solución.
-No… no puedes…
-No sólo puedo, sino que me veo en la obligación moral de hacerlo. Más vale que no te opongas niña, y me obedezcas.
Como sin querer, Pit vió un brillo especial en los ojos de Justine y su sonrisa nerviosa mientras tomaba una silla y la ponía en la mitad de la habitación.
-Ahora ven para aquí chiquilla traviesa y colócate sobre mis rodillas para tu castigo –le dijo con un tono duro y severo mientras que la mujer ponía sus caderas encima de las piernas de Pit-. Eso es, al menos debes de ser obediente y aceptar de buen grado lo que mereces.
Los azotes no eran fuertes, sino que todo lo contrario. Justine pensaba que ni siquiera llegaban a caricia y era más lo que frotaba sus nalgas que lo que las azotaba. Lo que ella no sabía era que el pícaro Conde lo estaba haciendo a propósito, para hacerla desear más.
De repente los golpes comenzaron a ser más fuertes y la mujer se movía cada vez más, tratando de evitar los azotes.
-Vaya, vaya, vaya… ¿Es que ahora te duelen Justine?
-Sí, para ya…
-No, no… ¡qué va! Ahora es que empieza lo bueno –y sin más levantó la falda de la dama, dejando al descubierto unas bellas piernas enfundadas en sendas medias de seda que se sostenían con unas ligas forradas de encaje con un moño y una florcita: toda una coquetería que de poco le sirvió a la dama para liberarse de la paliza.
Las bragas fueron a dar a las rodillas, que con el movimiento de las piernas en pocos segundos estaban por el suelo.
-Justine, si no paras de moverte tendré que tomar una drástica decisión.
-No me importa, déjame ya, no quiero que me azotes, no eres mi madre.
-Ni Dios permita. Pero si tu madre estuviera aquí, seguramente aprobaría mi decisión de castigarte.
-No hice nada malo, déjame…
Las nalgas estaban calientes, así que el tío Pit comenzó a sobarlas suavemente y como sin querer, a rozar la vulva húmeda de jugos ardientes. De forma inconsciente o no, Justine abría levemente las piernas para permitir que la mano sobara su vulva con más facilidad, pero Pit se cuidaba mucho de hacerlo.
-¿Qué no hiciste nada malo? Aceptaste sin ningún reparo subir a la habitación de un hombre solo, te comiste una cantidad inconfesable de chocolates, y estás casi desnuda sobre las rodillas de un desconocido con el culo al aire y tu cosita empapada y caliente. ¿Es así?
La mujer bajó la cabeza sin decir palabra porque todo lo que Pit estaba diciendo era verdad, aunque tenía claro que lo decía sólo para tener una excusa para nalguearla, que era lo que ambos deseaban.
-Ahora ponte de pie y tráeme el cepillo que está encima de esa cómoda… -Obedeció sin protestar- Ven, vuelve a tu lugar. Ah, mi querida Justine… Creo que no hay nada más entrañable que una azotaína con un cepillo aplicada por un tío que ama la disciplina y quiere que las niñas se comporten debidamente.
Pit no sabía cuánto odiaba la madera Justine, pero pudo imaginarlo por la forma en que se movía, así que aplicaba unos cuantos cepillazos bien distribuidos, y luego le daba unos masajes que la hacían subir a la gloria bendita.
-Bien, entonces… quítate toda la ropa y tírate en la cama, con las almohadas bajo la tripita. La falta ha sido muy grave y necesitas pagar con esa humillación tu culpa. Vamos… obedece.
Como una niña dócil y disciplinada, se fue quitando toda la ropa hasta que un cuerpo de mujer apareció bajo aquel vestido elegante pero soso. Las medias, las ligas, los zapatos todo se quitó, y se puso en la posición indicada y con las piernas muy cerradas.
-Abre las piernas, quiero que la humillación sea total.
Si el tío Pit tuviera dientes y colmillos, sería como un lobo ante un tierno cordero. Solo le faltaba que se le cayera la baba y no habría diferencia. Esa mujer tirada en su cama, con el culo en pompa, toda su intimidad exhibida sólo para él… Se quitó el cinto y comenzó a azotarla, primero con fuerza y luego fue bajando la intensidad del azote hasta parar. Notó el agite en la respiración de ella, y le dijo:
-Te voy a poner una crema para aliviarte. Quédate así un momento y descansa…
No pasó ni un minuto cuando sintió la mano de Pit esparciendo la crema sobre sus hirvientes nalgas. Pero no conforme con eso también puso crema en su espalda y piernas. Tenía buenas manos para los masajes y no le incomodaba dárselos a damiselas desnudas sobre su cama.
Justine sintió el cuerpo del hombre sobre ella, pero no dijo nada a pesar de que estaba desnudo. La azotaína la había dejado tan sublimemente excitada que no deseaba nada más que ser penetrada por aquel hombre. Percibió el aliento caliente en su nuca, en su cuello, besos en el lóbulo de las orejas y… aquel pedazo de carne venosa y tibia que la penetraba suavemente. Ambos comenzaron a moverse al compás del ruido de la cama de metal, y la excitación creció.
-Ven… ponte en cuatro patas, quiero penetrarte por aquí también… -dijo tocándole el ano.
-No, por favor ¡allí no!
-¿Por qué no? ¿No te gusta?
-No lo sé… es que… nunca lo hice por allí a pesar de que mi marido me lo pidió muchas veces.
-¿Sabes por qué no se lo diste a él, querida? Porque lo estabas reservando para mí. Te prometo que no te dolerá y será una experiencia altamente placentera… Ahora, relájate, quédate quieta y déjame hacer…
Lo primero que hizo fue lograr que pusiera su culo lo más alto y abierto posible, y hasta allí llegó con su lengua, que experta, hizo vibrar de placer a la dama. Luego, tomó algo de otro pote y untó el ano de Justine. La siguió tocando, apretando sus pezones y su clítoris. Cuando la joven dio signos de molestia, untó todo su miembro con la crema.
-Por Dios Pit ¿Qué me has hecho? La picazón allí es terrible, no la soporto, haz algo por favor –dijo mientras llevaba sus manos hacia el ano. Con toda calma, Pit tomó un pañuelo y ató las manos de la mujer a los barrotes de la cama, mientras ella se retorcía por la terrible picazón.
-Shhhhhh… Tranquila, verás que yo te calmaré ese ardor enseguida.
Con máximo cuidado, comenzó a pasar la crema por el ano y acto seguido su pene la penetró suavemente, con gran ayuda de la mujer que se movía sin cesar. Ninguno de los dos necesitó demasiado tiempo para correrse, aunque Justine había llegado al orgasmo más de una vez.
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3 comentarios:
¡Que honor aparecer en tu relato!, sobrinita oriental.
Miles de gracias y besos
EL tío Pit
¿Cómo que "relato"? Oyeeeeeeee!!! que es en mi libro, no es un relato más! Ya me enojé!
Me diste tu permiso para utilizar tu personaje en el libro y apareces en casi todos los capítulos, para que lo sepas! Y ya te tengo reservado algún lugar en el segundo libro que comenzaré a escribir muy pronto, apenas termine de publicar este.
Hoy registré todos los relatos y también el libro, así que el próximo paso es imprimirlo. Deséame suerte tio Pitito!!
Besos de tu sobrinita,
Ana K.
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