Dedicado a Lety
Por suerte para la pareja, los niños estaban de vacaciones en casa de los abuelos desde hacía una semana, y seguramente se quedarían un mes más. Eso significaba que podían tener sus riñas matrimoniales sin estarse cuidando de que sus hijos oyeran las disputas. No piense el lector que se llevaban mal. No, nada de eso. Emiliano y Leticia se amaban profundamente, pero… la joven mujer tenía un carácter muy difícil y a su esposo se le acabaría la paciencia en cualquier momento.
-…y te guste o no te guste tendrás que acompañarme a esa cena –le espetó Emiliano.- Si logro que estos ejecutivos acepten abrir esa cuenta en la empresa, será el negocio de nuestra vida, conseguiré un importante ascenso y por lo tanto un gran aumento también. No nos puedes negar esa posibilidad ni a los niños ni a mí. Además, vendrán con sus esposas, no puedo presentarme solo.
-Pero Emiliano… esa cena no será en la pizzería de la esquina, sino en el restaurante más caro y famoso de la ciudad. No tengo ropa adecuada, ni zapatos, ni…
Leticia seguía poniendo excusas y a su esposo lo llevaban los demonios.
-Tienes una tarjeta que nunca usas. Hazlo esta vez y cómprate el vestido que desees y todo lo que necesites. Yo me voy de la ciudad y volveré el sábado unas horas antes del evento, así que sólo te pido que no me digas nada. Anda Lety, dame el gusto y esa noche ponte bonita, sexy… que los hombres se queden envidiando la mujer que tengo. ¿Sí? ¿Me darás ese gusto?
Una sonrisa que Emiliano no pudo ver por estar abrazándola, se dibujó en el rostro de la joven que adquirió un aire casi maléfico.
-Haré todo lo que me pides, amor. Puedes irte tranquilo –agregó Lety.
-Gracias mi vida. Sabía que podía confiar en ti.
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Llegó a la casa con los minutos contados. El avión se había retrasado y sólo tenía 3 horas para llegar al restaurante. Para colmo de males, no encontró a su esposa en la casa, sólo su ropa perfectamente ordenada sobre la cama, y todo lo que necesitaba. Sobre el impecable traje azul resaltaba una nota escrita en un papel blanco. La tomó en sus manos:
“Amor,
Encontré un lugar estupendo para peinarme y maquillarme cerca de la casa de mi hermana Laura. Ella me lo recomendó. Así que decidí que mejor me pasaras a buscar por su casa porque ella me ayudará a arreglarme. Encontré todo lo que necesitaba para esta noche siguiendo tus indicaciones. Creo que estarás de acuerdo conmigo cuando me veas.
Te dejo todo lo que necesitas encima de la cama. Llámame antes de salir de casa para esperarte en la puerta. Besos,
Lety”
Emiliano se desvistió para ducharse y comenzar a aprontarse. Leticia en casa de Laura… eso no le gustaba mucho. Su cuñada era una buena mujer, pero bastante provocativa en su forma de vestir y de actuar.
El agua caliente comenzó a correr por su cansado cuerpo, revitalizándolo de inmediato. La imagen de Lety vino a su mente. Era una mujer que no llamaba la atención en la calle, pero a él lo había enamorado su dulzura y candidez, aunque a veces deseaba que fuese un poco más… atrevida, como su hermana. Claro que si se lo proponía, Leticia podía ser tremendamente sensual y provocativa. Recordó que la semana anterior estaba vestida sólo con una tanga y una camiseta cuando salió corriendo a atender el teléfono. Pero no lo hizo parada, sino que se arrodilló sobre el sillón y se tiró hacia delante, haciendo que la camiseta se subiera y dejara insinuar un poco más del nacimiento de sus nalgas que mecía como al descuido. ¡Dios, qué sexy estaba! Con el sólo recuerdo de aquella escena su virilidad comenzó a crecer hasta límites casi insospechados. Si ella hubiese estado allí, seguramente llegarían tarde a la cena.
“Amor,
Encontré un lugar estupendo para peinarme y maquillarme cerca de la casa de mi hermana Laura. Ella me lo recomendó. Así que decidí que mejor me pasaras a buscar por su casa porque ella me ayudará a arreglarme. Encontré todo lo que necesitaba para esta noche siguiendo tus indicaciones. Creo que estarás de acuerdo conmigo cuando me veas.
Te dejo todo lo que necesitas encima de la cama. Llámame antes de salir de casa para esperarte en la puerta. Besos,
Lety”
Emiliano se desvistió para ducharse y comenzar a aprontarse. Leticia en casa de Laura… eso no le gustaba mucho. Su cuñada era una buena mujer, pero bastante provocativa en su forma de vestir y de actuar.
El agua caliente comenzó a correr por su cansado cuerpo, revitalizándolo de inmediato. La imagen de Lety vino a su mente. Era una mujer que no llamaba la atención en la calle, pero a él lo había enamorado su dulzura y candidez, aunque a veces deseaba que fuese un poco más… atrevida, como su hermana. Claro que si se lo proponía, Leticia podía ser tremendamente sensual y provocativa. Recordó que la semana anterior estaba vestida sólo con una tanga y una camiseta cuando salió corriendo a atender el teléfono. Pero no lo hizo parada, sino que se arrodilló sobre el sillón y se tiró hacia delante, haciendo que la camiseta se subiera y dejara insinuar un poco más del nacimiento de sus nalgas que mecía como al descuido. ¡Dios, qué sexy estaba! Con el sólo recuerdo de aquella escena su virilidad comenzó a crecer hasta límites casi insospechados. Si ella hubiese estado allí, seguramente llegarían tarde a la cena.
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La noche estaba algo fresca, así que el inmenso chal que se había puesto sobre los hombros y que la cubría hasta la cintura no le venía mal. Estaba yendo a la bendita cena contra su voluntad, pero sin duda que se vengaría de su esposo por obligarla a salir. Tenía todo planeado y esta vez ni siquiera Laura, que solía ayudarla en sus travesuras, la había secundado en sus planes. Sólo le había permitido vestirse allí para aconsejarla que no siguiera adelante con aquello, pero todo había sido en vano. Lety era una mujer caprichosa, rebelde, contestataria y difícilmente no se salía con la suya.

En la peluquería habían recogido sus rulos en un moño estudiadamente descuidado, donde los bucles caían aquí y allá dándole a su rostro un aspecto travieso e infantil. El maquillaje era suave y hacía resaltar sus enormes ojos marrones. No era delgada, pero tampoco tenía demasiado sobrepeso. El vestido negro y largo estaba confeccionado en una tela que caía mágicamente sobre las sandalias plateadas. Un sobre negro con un detalle de pedrería resaltaba en sus manos que lucían una perfecta manicura que acompañaba el anillo de bodas, única alhaja que lucía además de los discretos pendientes de brillantes.
El auto de su esposo paró en la entrada. Mientras Lety se acercaba, Emiliano quedó hipnotizado mirándola. A tal punto fue su impresión, que ni siquiera atinó a bajar del coche para abrirle la portezuela. Molesta por la falta de consideración, abrió ella misma y se sentó con evidente mal humor. Un suave perfume inundó el interior del automóvil.
-Hace casi una semana que no me ves y ni siquiera bajas a saludarme.
Como no recibió respuesta, lo miró indignada. El rostro de su esposo la impresionó a tal punto que se ruborizó.
-¿Qué te sucede Emiliano? ¿Por qué me miras así?
-Es que… estás tan hermosa.
-Gracias –respondió.- ¿Podemos irnos? O llegaremos tarde.
El camino hasta el restaurante fue casi en silencio. Ambos contaron sus semanas de una manera formal, sin ese calor e intimidad que tienen los matrimonios de muchos años. Emiliano sabía que algo estaba pasando, pero no lograba discernir cuál era el problema.

Al llegar al restaurante un joven se hizo cargo del auto mientras ambos entraban al elegante salón. El maître los condujo hacia una mesa donde había tres caballeros que al verlos llegar se pusieron de pie.
Emiliano saludó a los ejecutivos mientras el maître auxiliaba a Leticia con el chal. Al quitárselo, dejó a la vista de todos los predadores del lugar su sensual atuendo. Un vestido negro con un profundo escote y tiradores de strass. La espalda estaba apenas cubierta por la imitación de una telaraña realizada también en pedrería. Por supuesto que no llevaba sostén, cosa que los varones de la mesa y de todo el restaurante, agradecían.
Cuando los ejecutivos vieron a Leticia, todos se abalanzaron para saludarla. Un sorprendido Emiliano hacía las presentaciones:
-Caballeros, ella es mi esposa Leticia. El señor Thomas Hamford, presidente de la empresa Verani, su hijo Ray y el señor Leonardo Bonini, el nuevo presidente de publicidades Vigil.
-Es un gusto caballeros, pero pensé que vendrían acompañados.
-Mi hijo y yo le damos nuestras disculpas señora –dijo Thomas-, pero nuestras esposas ni siquiera pudieron viajar con nosotros. Uno de mis nietos enfermó y prefirieron quedarse. Espero que esta cena no sea demasiado aburrida para usted.
-Le aseguro que no lo será. Tengo cuatro hombres para mí sola… ¿qué más se le puede pedir a la vida?
Emiliano no podía creer que aquella “vampiresa” fuese su esposa. ¿Qué iban a pensar esos hombres de él? Por otra parte, no podía negar lo bella y sexy que estaba su mujer.
La cena fue transcurriendo lentamente. Todos se divertían y la pasaban bien. Todos menos Emiliano, que siempre trataba de llevar la conversación a lo que a él le interesaba, pero los ejecutivos estaban más dispuestos a hablar con su esposa de temas intrascendentes que de negocios.
Lety era una mujer sencilla y no tenía dobleces. Pero no era tonta… sabía cómo seducir a un hombre y eso estaba haciendo con los ejecutivos. Y lo hacía con doble intención: por un lado quería ayudar a su esposo a lograr su propósito y por otro fastidiarlo por presionarla para ir esa noche. Al final había sido la única mujer y se lo estaba haciendo sentir.
El elegante restaurante se vió levemente conmocionado con la presencia de la joven. Primero fue su sensual vestuario, luego el caracol volador que fue atrapado hábilmente por Ray antes que cayera en la fina copa de cristal que contenía un vino de cosecha especial. Eso sin contar la aceituna que fue a dar debajo de la mesa, ni el casi derrame de la copa que contenía el agua cuando el camarero la estaba sirviendo. Los ejecutivos restaban importancia a lo sucedido y seguían divirtiéndose con las ocurrencias de Leticia.
A los postres el hombre trató de darle un giro a la conversación y llevar las aguas a su cauce. Lo venía logrando muy bien, hasta que una supuestamente distraída Leticia comía con inusitada sensualidad. Tomaba un trozo de pastel con la cuchara y cerrando los ojos lo saboreaba como el más excelso manjar. Luego le tocaba el turno a la crema y… a la cuchara, que lamía varias veces sin pensar en el protocolo o la educación. Las palabras de Emiliano se perdían de las mentes de los ejecutivos que se inundaban de las imágenes casi lujuriosas de Lety.
La orquesta comenzó a sonar cuando todavía no habían terminado el postre. Emiliano aprovechó la ocasión:
-¿Ustedes sabían que el señor Bonini es un excelente bailarín?
-Yo… no… -contestó balbuceante el pobre hombre, que no entendía nada.
-Estoy seguro que Lety estará encantada de bailar con usted ¿verdad amor?
Lety lo miró con odio por un instante.
-Cariño, –dijo rápidamente Emiliano- puedes ir a bailar. Te aseguro que esta noche te recompensaré con creces “todo” lo que estás haciendo.
Un enjambre de mariposas comenzó a volar en el estómago de Lety. ¿La estaba amenazando con una azotaína? Muy bien, entonces le daría más motivos aún. Si la quería rebelde, así la tendría. Cuando terminó de beber la copa de vino, e intentó pararse, se dio cuenta de que estaba bastante mareada, pero eso no le impidió seguir adelante.
-Será un placer bailar con el señor Bonini… y con los demás también. ¿Vamos?
La música era movediza: una salsa caribeña con todo el sabor que Lety no desperdició. Sus movimientos llamaban la atención y desde la mesa, padre e hijo no perdían contacto visual con la esposa del hombre que se veía interrumpido una y otra vez en sus intentos de negociar, estuviera o no Lety en la mesa. Al terminar la pieza, cuando se iban acercando a tomar asiento, Emiliano tomó a su mujer del brazo y le dijo con una sonrisa:
-Ahora es mi turno querida…
-No, espera un momento, déjame descansar –contestó veloz imaginando lo que le diría su esposo. Pero no tuvo suerte, él casi la arrastró hasta la pista.
-¿Es que quieres arruinarme el negocio? –le preguntó mientras la tomaba fuertemente de la cintura y le sonreía cariñoso para disimular- El vestido, tu actitud, tus risas y coqueteos… Sin contar el vino, claro. Todo está en mi contra. Espero que cambies porque si este negocio no sale… tú serás la responsable. Así que compórtate. Cuando lleguemos a casa tendremos una larga conversación los tres.
-¿Los tres? –dijo Lety con extrañeza.
-Sí, los tres: tú, yo… y el cinturón.
Al volver a la mesa el rostro de Lety había cambiado.
-¿Sucede algo madame? ¿Se siente bien?
-Sí, sí… estoy bien, gracias.
-Pero algo le sucede…
-Es que mi esposo me regañó. Dice que me estoy comportando muy mal… ¿Usted qué dice señor Thomas? ¿Tiene razón?
-Para nada. ¿Qué tiene que reprocharle usted a su bella esposa?
-Bueno… yo… -trató de disculparse rojo de vergüenza Emiliano.
-Debería estarle agradecido por haber soportado esta aburrida cena con cuatro hombres de negocios, que se hizo agradable sólo por su presencia. Leticia… ¿me permite que la llame así? Ya debemos retirarnos, pero no sin antes decirle que fue un placer conocerla y que le prometo que la próxima cena será en mi casa. Espero que nos visiten, su esposo tiene la dirección.
-Señora –dijo Ray- gracias por venir. Y por permitirme practicar mis reflejos –agregó con un guiño.
-Señores… -dijo Emiliano mientras los saludaba- Espero que le den la oportunidad a nuestra empresa de brindarles nuestros servicios.
El señor Thomas se paró en seco y dándose vuelta lentamente, lo tomó del hombro y le dijo:
-Emiliano… Me parece bien que se ocupe del negocio, pero hay momentos para todo. Le daré un consejo que no me ha pedido, pero igual se lo daré: no piense tanto en el dinero y disfrute más de su esposa y su familia. Le aseguro que no se arrepentirá. Tiene usted una joya de incalculable valor. Adiós, ha sido un placer conocerlo –y sin más salió por la puerta sin voltear.
-Yo también me retiro. Ha sido usted una pareja de baile inigualable Leticia. La pasé muy bien. Buenas noches a los dos. Mañana hablaremos tú y yo Emiliano –dijo su jefe con cara de pocos amigos.
El joven ejecutivo se sentó mientras veía a los tres hombres marcharse. Un profundo sentimiento de frustración lo invadió, mientras que Leticia terminaba de liquidar el champagne de su copa.
El regreso a la casa fue un rosario de regaños, recriminaciones y amenazas. Que si el vestido era digno de una mujerzuela, que si no había parado de coquetear con los hombres, que lo había dejado mal parado con tanta risa y bebida… y que apenas llegaran a la casa arreglarían cuentas. Con tono despectivo preguntó Lety:
-¿Es una amenaza?
-No mi amor. Es una sentencia, y ya sabes lo que eso significa.
-Pues no es justo. Tú me pediste que fuera y fui. Me pediste que me comprara un vestido bonito y este lo es. Te obedecí en todo y aún no estás conforme. ¿Eso significa que los tres mil dólares que me gasté para esta cena fueron inútiles?
El auto comenzó a zigzaguear en la calle hasta que pudo controlarlo y detenerlo. El rostro de Lety denotaba susto, pero el de Emiliano estaba totalmente desencajado.
-¿Cuánto dijiste? –gritó. La joven comenzó a hundirse en el asiento.- No puedo creer que hayas gastado tres mil dólares en esta noche.
-Bueno… en realidad fueron tres mil novecientos veinticuatro… con ochenta y nueve centavos –agregó sonriente.
La puerta del garaje se abrió automáticamente y apenas se estacionó, Lety huyó hacia el interior de la casa.
-No se te ocurra irte Lety, sabes que igual te atraparé. –Corrió detrás de ella y le ordenó en voz alta:- Ven aquí inmediatamente. No me hagas ir a buscarte porque será peor para ti, lo sabes.
Su esposa apareció por la arcada de la sala casi arrastrando los pies. Emiliano estaba sentado en la mitad del sofá y le hizo seña para que se acercara. Lety se paró a su derecha aún sa
biendo que en pocos segundos estaría sobre las rodillas de su esposo. Lo sabía… sabía que negarse era tonto, además no quería negarse. Disfrutaba cada una de las nalgadas. Sentir la mano dura de Emiliano sobre su piel, la humillación de la posición y de las frases que le decía, los regaños, el calor de las nalgas y los dedos masculinos recorriendo su rajita, la sola idea de todas esas sensaciones la excitaban.-Quítate el vestido. No voy a arruinar tres mil dólares que tanto trabajo me da conseguir…
- Tres mil novecientos veinticuatro… con ochenta y nueve centavos.
-¿Me estás vacilando? –dijo Emiliano con enojo, sin conseguir respuesta por parte de su mujer.
Lentamente se fue subiendo la falda dejando al descubierto los zapatos y las medias que llegaban a sus muslos. Las mantenía subidas gracias al portaligas negro que hacía juego con la bikini de encaje. Puso el vestido con todo cuidado sobre uno de los sofás y volvió al lado de su esposo. La miró casi desnuda y sintió unos enormes deseos de hacerle el amor. Hacía mucho tiempo que no la veía tan atractiva, tan sensual y tan… traviesa como en ese momento. Estiró la mano atrayéndola sobre sus rodillas y comenzó a nalguearla.
-Felicitaciones Lety, lo has logrado. Esta noche hiciste todo para merecer el castigo que te aplicaré.
-Ya te dije que es un castigo injusto. No lo merezco.
-¿Lo dices en serio? ¿Quieres que te enumere todos tus errores?
-Algo me dice que aunque te diga que no lo harás igual, así que… adelante.
Los primeros azotes casi no los sintió, pero lentamente el ritmo y la intensidad fueron creciendo hasta que el rosa de la carne comenzó a asomar por debajo de la fina prenda de encaje.
-Comencemos por tu negativa a asistir a la cena, luego los… tres mil novecientos veinticuatro dólares
-… con ochenta y nueve centavos –agregó provocadora.
-Sigue, sigue… Después ese… vestido. No podía ser más provocativo. Bueno, excepto tu actitud de mujer fatal, calientabraguetas y comehombres. –Con cada reproche aumentaba la intensidad del golpe, para terminar con una lluvia de nalgadas que le fueron imposible detener.- ¿Y qué puedo decir de las faltas de urbanidad, de protocolo? Caracoles voladores, aceitunas suicidas, copas tambaleantes… Sin hablar de la cantidad de alcohol que tomaste.
Metió el dedo índice de su mano izquierda por la base de la bikini y tiró hacia arriba, haciendo que la prenda se metiera dentro de la rajita y entre las nalgas de Lety. Tenía la mano algo dolida y miró hacia los lados para ver con qué podría azotarla. No había mucha cosa, tomó una revista, la dobló y siguió un rato más, hasta que decidió bajar sus bragas hasta la base de las nalgas. Su esposa tenía un culito simpático y respingón, sensible a los azotes y agradecido. Era el culo que la mujer que amaba, el mejor culo del mundo porque aunque no fuera perfecto era suyo, de su propiedad. A veces, como aquella noche, ella suplicaba una azotaína como aquella, una azotaína donde ambos disfrutaban.
Las piernas comenzaron a moverse tratando de evitar las nalgadas cuyo vigor había aumentado considerablemente. Unas cuantas caricias fueron la excusa perfecta para sentir la humedad de la vulva.
-Ponte de pie, y colócate en el respaldo del sofá, apoya tu vientre allí y las manos en el asiento. Ya conoces la posición que en la que quiero encontrarte cuando regrese.
Claro que lo sabía. Se quitó las bragas y abriéndose mucho de piernas tomó la posición indicada. Sentía ruidos en la cocina pero no supo qué tramaba su esposo hasta que sintió el impacto de la madera en sus nalgas. Una pesada cuchara se estrellaba una y otra vez contra su piel. Pero al sentir la mano de su hombre acariciándola, le daba un respiro indescriptible.
A veces Emiliano tomaba distancia sólo para recrear su vista mirándola. Se veía tan bella en esa posición…
-Quiero tomar un descanso, así que vete al rincón y allí te quedas hasta que yo te diga. No se te ocurra tocarte.
Se sirvió un vaso de agua con mucho hielo y se sentó en el sofá a observarla. Ese era uno de sus momentos favoritos, mientras que para Lety era una mezcla de emociones. Le gustaba verse observada, pero al mismo tiempo le daba algo de vergüenza a pesar de que quien la miraba era su esposo. Lo sintió venir desde atrás y se preguntó qué le haría. No podía verlo… pero sí pudo sentir sus tibias manos acariciar senos y apretar pezones, mientras apreciaba la virilidad de su esposo crecer y endurecerse
cada vez más. Intentó moverse pero él se lo impidió, en tanto seguía besando y mordisqueando el cuello y la nuca, bajando sus manos hasta la húmeda vulva y apretando las nalgas enrojecidas y calientes.-Ahora –surruró- vas a ir al dormitorio y pondrás las almohadas en la cama, bajo tu vientre. Date prisa…
Leticia salió presurosa mientras él la seguía lentamente, bebiendo el agua helada que no lograba aplacar su ardor interior. Cuando llegó a sus aposentos, estaba ya Lety en posición, con las piernas abiertas y el culo en pompa, esperando a su verdugo.
El hielo se derritió rápidamente debido al calor de sus nalgas, y el agua corría fría entrando en sus agujeros y deslizándose sobre su piel. El ruido característico que hacía el cinto al correr por entre las presillas del pantalón, hicieron que levantara su cabeza, conciente de lo que estaba a punto de llegar.
Muchas fueron las veces que el cinturón estalló contra las nalgas mojadas de Lety, dejando sendas marcas rojas. Ella se movía sin cesar, deseando que no le doliera tanto pero que tampoco parara de azotarla. Las lágrimas caían y eran absorbidas por las sábanas, pero no lloraba de dolor sino de emoción. Quería que su esposo la hiciera suya de una vez, estaba a punto de correrse y lo necesitaba dentro de ella.
Una toalla tibia apenas se posó en las levantadas nalgas de la joven, mientras eran masajeadas suavemente. Cuando Emiliano quitó la toalla no tardó en acomodarse sobre su esposa. La tibieza de sus nalgas hizo que la penetrase con el miembro en todo su esplendor. Los movimientos cadenciosos eran una delicia para ambos, y se movían a un ritmo creciente. Era tal el estado de excitación que no tardaron en alcanzar el climax. Y lo tuvieron que repetir una y otra vez hasta saciar su ansiedad y sus ganas.
El sol los descubrió abrazados aquella mañana, en una cama de sabanas revueltas y gente feliz. El teléfono sonó y Emiliano contestó con voz de moribundo.
-Hable…
-Bien hecho Emiliano. Acabo de hablar con el señor Thomas y nos ha dado su cuenta. Y dijo que le dieras las gracias a tu maravillosa esposa. Felicitaciones Director General. Tómate el día. Nos vemos el lunes…
La dicha no podía ser más completa. Le contó a Lety la buena nueva y se fundieron en un largo abrazo. Leticia, abrazando cariñosa a su esposo le susurró:
-Todo ha salido bien, pero lo que más me importa es lo que he descubierto. Ahora ya sé qué debo hacer para pasar una noche deliciosa contigo, mi rey…
Las risas retumbaron en la habitación y el amor se instaló allí para quedarse…Se volvieron a abrazar, felices de haber disfrutado unidos una vez más.

3 comentarios:
anita que linda eres, al hacerme un relato ami wow, estoy muy emocinada, sabes porque, porque
sonaba en algun dia
tu me hicieras un relato y hoy se me hizo realidad,se vale sonar porque algun dia se hacen realidad,
me salen las lagrimas de emocion
si si soy una llorona pero de emocion
Muchas gracias
Anita Karen
lograste captar perfectamente la forma "spankee de ser" de nuestra querida Lety...leía y la imaginaba ...irretocable.
muy lindo y merecido homenaje a una persona maravillosa.
felicitaciones a ambas y un beso.
Domme Lili.
Muy buena historia felicidades a las dos.
Saludos Jose
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