…Asomando por el túnel Dominando la emoción
A la cancha la celeste
Al boliche de la esquina
Cerca del televisor…
(Fragmento de Cuando juega Uruguay
Letra y música: Jaime Roos)
Letra y música: Jaime Roos)
La voz profunda y candombera del artista resonaba en los parlantes del barcito del barrio, mientras las voces populares de los presentes lo acompañaban saltando con la letra del estribillo: “Vamo’, vamo’ arriba la Celeste…”.
Todos tenían televisión en sus casas, pero no tenían aquel ambiente. Don Jesús, el dueño del boliche, estaba encantado con que los vecinos vinieran a su bar a ver el partido. Era un asturiano “uruguayizado”, e hinchaba por aquel equipo por el que nadie creía cuando partieron para Sudáfrica en junio del 2010. Ese día se enfrentaba al equipo de Ghana, otro país al que nadie conocía y que no tenía la historia futbolística del Uruguay.
El equipo uruguayo iba invicto y la población estaba eufórica, el país se había detenido a las 15.00 horas, porque había que estar a tiempo para ver la previa en el televisor. Los sacrificados obreros que debían trabajar, tenían sus televisores prendidos, y los que tenían menos suerte llevaban la radio prendida para no perder detalle. La ciudad presentaba un aspecto casi fantasmal, con algún alma perdida caminando por allí o conduciendo un vehículo que seguramente dejaba oír la voz del relator trasmitiendo los minutos previos al encuentro.
Yamandú era uno de esos sacrificados trabajadores que debían cumplir su labor como chofer de la empresa. En la sala de espera del personal había un televisor y allí se habían reunido los empleados que como él, no habían podido zafar del compromiso laboral. Entre las risas y las esperanzas del triunfo que colocaría a la selección en las semifinales, el hombre trajo a su mente a Noel, su querida esposa que estaría mirando el partido en la casa de algún vecino, como siempre. Él sabía que ella querría ir al bar, pero allí estaban todos los hombres del barrio que morían por ella, y eso no lo podía permitir. Era “su” esposa, su “hembra”, su “posesión” y de nadie más. Noel le había prometido que no iría, pero… conociendo a esta bella, caprichosa, rebelde y cautivante joven, no le extrañaría que lo desobedeciera. Sumido en sus pensamientos no se percató que el partido estaba por empezar. Mientras tanto…
En el boliche de don Jesús estaban ya todos acomodados en sus lugares. Como acto de galantería, los hombres habían dejado que las damas se colocaran adelante, más cerca del televisor. Sí, era como prueba de caballerosidad, no porque a los señores les interesara ver sus traseros al levantarse, o cómo saltaban sus senos cuando alguna festejara alguna jugada o gol. Cuando comenzó el partido, Noel y sus amigas ya se habían tomado la primera cerveza y habían pedido la segunda.
Mientras las agujas del reloj corrían y el partido también, del mismo modo corría el líquido por las gargantas de los espectadores, con la diferencia que mientras que Yamandú y sus amigos tomaban mate, Noel y sus amigas tomaban cerveza. Ghana metió el primer gol enmudeciendo un país. Pero no tardaría en aparecer el gol de Uruguay, que se festejó por todo lo alto, con gritos, algarabía, saltos, abrazos y más cerveza.
El partido continuó y sobre el final del segundo tiempo, recordando la parte del himno que dice: “…sabremos cumplir”, Suárez se sacrifica sacando una pelota con sus manos, aún a sabiendas que eso le costará la tarjeta roja y serán amonestados con un penal. Pero el penal da la oportunidad de atajarlo o que lo fallen. Y fue lo que sucedió: el ganhés erró el penal. ¡Dios era uruguayo! y Suárez su hijo que se había sacrificado para llevar a su equipo y a su país un paso más cerca de la copa mundial.
Así pasaron los 30 minutos del alargue y el empate persistía: tendrían que definir el ganador por penales. La tensión se sentía en cualquier casa, en los boliches, en todos los lugares que hubiese un receptor que emitiera el partido. Uruguay había atajado dos penales, había metido tres y había errado uno. Iban 3 a 2, faltaba que pateara el último jugador uruguayo que si lograba anotar significaría el pase a las semifinales.
En el trabajo de Yamandú ya se habían tomado algunos termos de mate, pero en el boliche de don Jesús, lo que había corrido sin reparo era la cerveza, y las chicas estaban bastante desacatadas, aunque en ese momento crucial los hombres tenían sus miradas en la pantalla y, por un instante, habían olvidado a las mujeres. Vieron por la pantalla cómo el “loco” Abreu se encaminaba con paso lento y cansino hacia el arco. Sin prisa, despacio, con toda la calma, fue que colocó la pelota en el punto penal y miró al arquero. Cuando el árbitro pitó dando permiso para ejecutar el penal, el “loco” picó la redonda engañando al arquero y metiendo el gol que gritaron millones de gargantas en el mundo. Uruguay estaba clasificado para las semifinales.
Los saltos de Yamandú y s
us compañeros de trabajo eran tan altos como los gritos para festejar. El teléfono tuvo que sonar varias veces para que lo atendieran. Entre la algarabía y los gritos, Yamandú comprendió que debía salir con su auto a la dirección que le estaban extendiendo. El tráfico estaría muy lento, así que partió de inmediato.
Cerca de su trabajo, en el barrio, todos se abrazaban, besaban, y festejaban; primero dentro del bar y luego en la calle. No quedó un vecino sin salir a la vereda a festejar, los autos que pasaban hacían sonar sus bocinas, y los cohetes que habían sobrado de la navidad pasada, encontraron una razón para explotar con ganas. Era un momento histórico y fueron varios los que sacaron sus móviles para grabar los festejos.
Como de la nada, apareció Esteban en la puerta del bar con su 4x4. Esteban era un vecino del barrio, de unos 35 años, muy buen mozo y con fama de mujeriego. Con su amigo invitaron a Noel y sus dos compañeras a ir por 18 de Julio, la principal avenida, donde se reuniría el pueblo a festejar la victoria de sus jugadores y del país.
El vehículo salió del barrio de la Aguada por Avenida del Libertador y aprovechó la verde que le regalaba el semáforo. Noel, que venía bastante “alegre”, producto del alcohol, la alegría y la euforia del momento, aprovechó para sacar su cuerpo fuera del vehículo saludando efusivamente con la bandera en la mano, cuando Yamandú, detenido por la luz roja, la vio sin poder dar crédito a que aquella fuese su esposa, vestida con un brevísimo top con el impreso de la bandera uruguaya. Boquiabiero, vio alejarse el vehículo asegurándose de que era ella. Sí, lo era…
Al llegar a 18 de Julio, las chicas pasaron a la parte de atrás de la camioneta que estaba con la caja descubierta. Sin duda que Noel era la más llamativa, con su pelo castaño, largo y lacio, vestida con una campera corta, con el cierre apenas cerrado que dejaba ver el top celeste, el short de jean metido brevemente entre sus nalgas y botas bucaneros… recibía más piropos que la propia Selección. La caravana de autos rodaba lentamente y la algarabía aumentaba.
En el cruce de 18 de Julio y Ejido, donde se concentraba la gente y las cámaras, todos enfocaron a la joven de botas blancas que festejaba con desenfrenado entusiasmo el pase de Uruguay a las semifinales. Uno de los periodistas se subió con las chicas y comenzó a entrevistar a Noel mientras la cámara recorría el cuerpo de la bella mujer deteniéndose en sus nalgas y su busto. Aún para quienes no la conocían, era obvio el estado de embriaguez de la chica.
Lo que nunca imaginó Yamandú que a su regreso al trabajo, el canal repetía una y otra vez la entrevista a su
cónyuge. Sus compañeros de trabajo se babeaban por aquella joven y le lanzaban todo tipo de epítetos.
-Oye Yamandú… ¿has visto a tu esposa? Está bellísima con esos shorts…
-Sí, no sabíamos que tenías una mujer tan linda. ¿Cuándo la traerás para que la conozcamos en persona?
-¿Es siempre así de alegre o está…? –dijo otro haciendo señas como que estaba borracha.
Sus compañeros rieron y eso fue lo máximo que el hombre pudo aguantar. Mirando la imagen vio que Noel estaba con Mariana y Susi, en el auto de… ¿de quién era esa camioneta? Como si hubiese dirigido al camarógrafo, en ese momento enfocaron el rostro de Esteban. “Justo se le ocurre salir con ese don Juan”, pensó mientras tomaba el móvil para llamar a su mujer.
-¿Olé? –contestó una voz masculina con fuerte acento español.
-¿Quién habla? –dijo Yamandú con tono de enojo
-¿Eres tú Yamandú? Soy don Jesús. Noelita estuvo aquí viendo el partido y cuando salieron a festejar en la camioneta de Esteban, olvidó aquí su móvil. Yo se lo guardo, no te preocupes.
-Gracias don Jesús. En un rato paso por ahí a buscarlo… -cerró la tapa de su móvil y les dijo a sus compañeros:- cúbranme.
Habló con su jefe y salió para su casa, previa pasada por el bar a recoger el teléfono. Guardó el vehículo, entró por la cocina y puso a marchar el café. Luego fue al baño, preparó toallas y el pijama de su esposa. En eso estaba cuando sintió parar un auto en la puerta de la casa entre gritos y risas.
Al abrir la puerta de calle vio Noel tomando del pico de una botella de cerveza, y a Esteban estirando sus brazos para tomarla de la cintura con la excusa de ayudarla a bajar. Ella, muerta de risa, pasó sus brazos por el cuello del hombre y casi se tiró encima de él. Cuando la depositó en el suelo y ella se dio vuelta, se borró la sonrisa de su cara.
-Entra inmediatamente –le dijo señalando el interior de la casa. Luego su mirada fue para Esteban.- Gracias por traerla. Buenas noches
-Yo… no… -balbuceó Esteban cuando la puerta se cerró sin darle oportunidad de nada.
Noel se tambaleó hasta llegar al sofá donde se quitó las botas, en tanto su esposo la miraba sin decir nada. Camino al baño tiró la campera y luego el short, prendas que Yamandú recogió y colocó en el cesto de la ropa sucia. A duras penas llegó al water para vomitar… Allí estuvo un rato mientras su esposo le sostenía el cabello y su frente. Cuando terminó, la ayudó a levantarse y sin demasiados miramientos la metió debajo de la ducha fría. Los gritos de la joven retumbaban en el pequeño recinto, pero el hombre la mantenía firme bajo el chorro de agua helada, hasta que consideró que se había despejado. Luego templó el agua y se fue.
Desde la cocina y preparándose el mate, los estornudos de la joven le hacían sonreír. Habrían pasado unos veinte minutos cuando apareció Noel ante él. El pijama celeste y las pantuflas le daban un aire de niña traviesa que Yamandú adoró.
-¿Me das un mate? –pidió la joven con un hilo de voz.
-No. Te hice café. Tómate una taza y no se te ocurra ponerle azúcar.
-¿Café amargo? Estás loco… -le espetó de golpe, hasta que se cruzó con la mirada firme del hombre, y sin decir nada comenzó a beber haciendo caras de asco.- Está muy caliente…
-Bébelo sin decir nada. Esta noche no puedes decir nada, ya hablaste demasiado por la televisión.
Noel sabía que le esperaba un largo y doloroso castigo, pero… ¿quién le quitaba lo vivido? Había sido increíble el vivir la alegría y la euforia de la gente por el triunfo, pero además, le había gustado mucho sentirse tan deseada y admirada, aunque era consciente de que no se había comportado como una señora.
-Ve a la sala. Tenemos una larga charla por delante –indicó Yamandú.
Al llegar a la sala vio los instrumentos con los que su esposo solía castigarla, perfectamente alineados sobre la mesita de café. Yamandú sabía que ella era conciente de lo que le iba a pasar. La joven mujer, desolada, se dejó caer sobre el sofá.
-¿Alguien te dijo que te sentaras? –dijo el hombre mirándola con asombro.
Con evidente mal humor, se puso de pie mientras él se sentaba a su izquierda, en la mitad del sofá. Sin decir palabra comenzó a mirarla, consiguiendo que la joven se pusiera más nerviosa aún. Pasaron varios minutos hasta que en un descuido de ella la colocó de un tirón sobre sus rodillas y comenzó a nalguearla. Muchas fueron las veces que la pesada mano del esposo cayó sobre las nalgas de Noel.
-Dime Noel… ¿de qué forma debo decirte que no quiero que vayas a ver los partidos al bar? ¿Cuál es la manera de explicarte que no quiero que te vistas como te vestiste hoy? –y las nalgadas seguían sonando sin cesar.
-No sólo fuiste al bar, sino que sabiendo cuánto me molesta, tomaste cerveza hasta emborracharte, sin medirte en lo más mínimo. –Mientras hablaba comenzó a bajar el pantalón del pijama y lo dejó en la base de las nalgas, retomando los azotes con la mano hasta dejarlas bastante rojas.
-Ponte de pie y ve para la mesa. Con la panza sobre la mesa, ya conoces la posición. Ah! Pero antes de eso –dijo mientras la joven se detenía para mirarlo-, quiero que me traigas tu celular.
-Se me perdió –contestó con la mirada baja.
-¿Que se te qué? –bramó tomándola de la oreja –No te oí bien… debo haber entendido mal. ¿Qué dijiste?
-Dije que se me perdió –repitió con enojo la joven.
-Ah, entonces entendí bien. A la mesa –dijo señalando el lugar-. Y separa las piernas… Llegó la hora del tawse.
Esperó a que la joven estuviera preparada y le preguntó:
-Dime Noel… ¿cuántos azotes crees que te mereces por tu comportamiento de hoy? Incluida la pérdida del movil –Silencio.- Vamos, contesta… -Silencio sepulcral.- Bien… como quieras –dijo estrellando con fuerza el instrumento en las nalgas. El quejido dio paso a la cifra:
-Treinta… Señor.
-Cuéntalos… -ordenó sin dejar de azotar.
-…siete, ocho…
-¿Cuántos penales metió Uruguay? –preguntó y siguió azotando…
-..catorce, quince… metió… tres, Señor… dieciocho…
-¿Y cuántos penales atajó Muslera?
-…Veinte…No sé…dos…
-Exacto… ¿cuántos azotes van?
-Veinticuatro.
-Estás tratando de engañarme ¿verdad? –dijo Yamandú enojado
-No, no Señor… me equivoqué
-Entonces, tendrás que comenzar otra vez…
La operación volvió a repetirse un par de veces más. El hombre se acercó a tomar la temperatura de las nalgas con el dorso de la mano, y luego ambas palmas frotaron las ardientes nalgas. Antes de retirarse, la mano derecha subió hasta la cintura y comenzó a bajar con el dedo mayor corriendo por la separación de las nalgas y guiando el resto de los dedos hacia la húmeda cueva que esperaba temblorosa. Apenas rozó el lugar, la joven se estremeció. Quitó la mano de inmediato.
-Vete al rincón. No quiero que te toques, no quiero que te muevas de allí y quiero verte con las manos en la nuca hasta que te lo indique. Estaré en el sillón observándote.
Noel se dirigió al rincón y siguió las indicaciones. Sabía que estaba metida en un lío del que no zafaría con facilidad… Yamandú se sentó en el sofá y miró con satisfacción las enrojecidas nalgas. El culo de su esposa era perfecto, y era de él, sólo de él. Se quedó mirando fascinado aquellos globos redondos y brillantes… y su mente quedó en blanco, sin pensar en nada, únicamente mirar.
-Ven aquí ahora… -Tuvo que reír por lo bajo cuando la vio caminando como un patito, con los pantalones arrastrando por el piso.- Quiero que te pongas en cuatro patas, tomes el cinto de la mesita con tu boca y me lo traigas así, como una perrita…
Lo miró con cierto odio, pero obedeció. Cuando llegó a su lado con el cinto en la boca, él acarició su cabeza como si se tratara de una perrita obediente. La ayudó a ponerse en pie y le señaló el respaldo del sofá para apoyar su tripita y la parte del asiento para las manos. Noel era más bien baja, su metro cincuenta y cinco hacía que, para abrir las piernas, tuviera que ponerse en punta de pies, dejando más expuesta toda su chorreante intimidad. Yamandú no podía desaprovechar la oportunidad de erotizar aún más a su mujercita…
-Pero bueno… Si esto debía ser un castigo, ¿cómo es que estás tan mojada? –Le decía mientras acariciaba su vulva concentrándose en su clitoris.- Eres una mujer deliciosa, lástima que seas tan casquivana. ¿Te imaginas las burlas que tuve que soportar de mis compañeros cuando te vieron borracha en televisión, mostrando el culo con esos shorts tan cortos? Sentía que me hervía la sangre de la furia, pero ahora ese culo está algo diferente, y ¡quedará más diferente aún!
Sin decir nada más, dobló el cinto al medio y tomando distancia comenzó a azotar las ya maltrechas nalgas de la mujer. No tardaron mucho en aparecer las gruesas líneas rojas en diferentes direcciones, y tampoco tardaron las gruesas lágrimas de Noel, que entre el dolor y el arrepentimiento, no cesaba de llorar. Sus movimientos no le servían demasiado para evitar los azotes…
La mano de Yamandú subió por su espalda corriendo con ellas la parte superior del pijama, que pasó por la cabeza hasta que logró quitárselo. Era un hombre alto, medía casi un metro noventa. Se colocó detrás de Noel y sus enormes manos subieron por los brazos de la joven hasta saltar a sus senos, que magreó y apretó sin piedad, haciendo que la joven se moviera y jadeara. Los labios se apoyaron en la suave espalda y comenzaron una húmeda carrera hacia las nalgas abiertas, dejando ver todos los agujeritos de la joven. La tentación era demasiado grande: la lengua comenzó a recorrer los agujeros y a penetrarlos levemente. Los labios acarician y apretaban el clítoris en tanto la lengua humedecía cada vez más la zona, ayudada por los jugos que emanaba sin cesar. Un dedo en cada agujero, fueron la razón para que movimientos descontrolados se apoderaran del cuerpo de Noel. Los dedos se movían con destreza magistral, haciendo que el fluido de líquidos fuese cada vez más intenso…
El hombre ayudó a su esposa a incorporarse y la tomó en sus brazos para colocarla sentada en el sillón. Una vez allí se paró frente a ella.
-A ver qué se te ocurre hacer para complacerme…
No tuvo que repetirlo. El botón y el cierre abren el camino para poder bajar el jean y el boxer, y dejar libre el sexo de Yamandú, que se erguía irrespetuoso ante los ojos de la mujer.
Noel tomó el miembro y lo engulló hasta la mitad, acariciando íntimamente con la lengua toda la superficie a su alcance, corriendo adelante y atrás su cabeza para lograr el objetivo: que el líquido blanco lanzado por aquel monstruo de un solo ojo fuera el símbolo de la satisfacción del hombre que amaba. Y el objetivo se cumplió…
La noche que comenzó con castigo terminó con festejos. En el balcón de la casa de barrio, una bandera con un sol y nueve franjas recibía los primeros rayos de luz, ondeando triunfante.
Ana Karen Blanco - Compartir
Todos tenían televisión en sus casas, pero no tenían aquel ambiente. Don Jesús, el dueño del boliche, estaba encantado con que los vecinos vinieran a su bar a ver el partido. Era un asturiano “uruguayizado”, e hinchaba por aquel equipo por el que nadie creía cuando partieron para Sudáfrica en junio del 2010. Ese día se enfrentaba al equipo de Ghana, otro país al que nadie conocía y que no tenía la historia futbolística del Uruguay.
El equipo uruguayo iba invicto y la población estaba eufórica, el país se había detenido a las 15.00 horas, porque había que estar a tiempo para ver la previa en el televisor. Los sacrificados obreros que debían trabajar, tenían sus televisores prendidos, y los que tenían menos suerte llevaban la radio prendida para no perder detalle. La ciudad presentaba un aspecto casi fantasmal, con algún alma perdida caminando por allí o conduciendo un vehículo que seguramente dejaba oír la voz del relator trasmitiendo los minutos previos al encuentro.
Yamandú era uno de esos sacrificados trabajadores que debían cumplir su labor como chofer de la empresa. En la sala de espera del personal había un televisor y allí se habían reunido los empleados que como él, no habían podido zafar del compromiso laboral. Entre las risas y las esperanzas del triunfo que colocaría a la selección en las semifinales, el hombre trajo a su mente a Noel, su querida esposa que estaría mirando el partido en la casa de algún vecino, como siempre. Él sabía que ella querría ir al bar, pero allí estaban todos los hombres del barrio que morían por ella, y eso no lo podía permitir. Era “su” esposa, su “hembra”, su “posesión” y de nadie más. Noel le había prometido que no iría, pero… conociendo a esta bella, caprichosa, rebelde y cautivante joven, no le extrañaría que lo desobedeciera. Sumido en sus pensamientos no se percató que el partido estaba por empezar. Mientras tanto…
En el boliche de don Jesús estaban ya todos acomodados en sus lugares. Como acto de galantería, los hombres habían dejado que las damas se colocaran adelante, más cerca del televisor. Sí, era como prueba de caballerosidad, no porque a los señores les interesara ver sus traseros al levantarse, o cómo saltaban sus senos cuando alguna festejara alguna jugada o gol. Cuando comenzó el partido, Noel y sus amigas ya se habían tomado la primera cerveza y habían pedido la segunda.
Mientras las agujas del reloj corrían y el partido también, del mismo modo corría el líquido por las gargantas de los espectadores, con la diferencia que mientras que Yamandú y sus amigos tomaban mate, Noel y sus amigas tomaban cerveza. Ghana metió el primer gol enmudeciendo un país. Pero no tardaría en aparecer el gol de Uruguay, que se festejó por todo lo alto, con gritos, algarabía, saltos, abrazos y más cerveza.
El partido continuó y sobre el final del segundo tiempo, recordando la parte del himno que dice: “…sabremos cumplir”, Suárez se sacrifica sacando una pelota con sus manos, aún a sabiendas que eso le costará la tarjeta roja y serán amonestados con un penal. Pero el penal da la oportunidad de atajarlo o que lo fallen. Y fue lo que sucedió: el ganhés erró el penal. ¡Dios era uruguayo! y Suárez su hijo que se había sacrificado para llevar a su equipo y a su país un paso más cerca de la copa mundial.
Así pasaron los 30 minutos del alargue y el empate persistía: tendrían que definir el ganador por penales. La tensión se sentía en cualquier casa, en los boliches, en todos los lugares que hubiese un receptor que emitiera el partido. Uruguay había atajado dos penales, había metido tres y había errado uno. Iban 3 a 2, faltaba que pateara el último jugador uruguayo que si lograba anotar significaría el pase a las semifinales.
En el trabajo de Yamandú ya se habían tomado algunos termos de mate, pero en el boliche de don Jesús, lo que había corrido sin reparo era la cerveza, y las chicas estaban bastante desacatadas, aunque en ese momento crucial los hombres tenían sus miradas en la pantalla y, por un instante, habían olvidado a las mujeres. Vieron por la pantalla cómo el “loco” Abreu se encaminaba con paso lento y cansino hacia el arco. Sin prisa, despacio, con toda la calma, fue que colocó la pelota en el punto penal y miró al arquero. Cuando el árbitro pitó dando permiso para ejecutar el penal, el “loco” picó la redonda engañando al arquero y metiendo el gol que gritaron millones de gargantas en el mundo. Uruguay estaba clasificado para las semifinales.
Los saltos de Yamandú y s
us compañeros de trabajo eran tan altos como los gritos para festejar. El teléfono tuvo que sonar varias veces para que lo atendieran. Entre la algarabía y los gritos, Yamandú comprendió que debía salir con su auto a la dirección que le estaban extendiendo. El tráfico estaría muy lento, así que partió de inmediato.Cerca de su trabajo, en el barrio, todos se abrazaban, besaban, y festejaban; primero dentro del bar y luego en la calle. No quedó un vecino sin salir a la vereda a festejar, los autos que pasaban hacían sonar sus bocinas, y los cohetes que habían sobrado de la navidad pasada, encontraron una razón para explotar con ganas. Era un momento histórico y fueron varios los que sacaron sus móviles para grabar los festejos.
Como de la nada, apareció Esteban en la puerta del bar con su 4x4. Esteban era un vecino del barrio, de unos 35 años, muy buen mozo y con fama de mujeriego. Con su amigo invitaron a Noel y sus dos compañeras a ir por 18 de Julio, la principal avenida, donde se reuniría el pueblo a festejar la victoria de sus jugadores y del país.
El vehículo salió del barrio de la Aguada por Avenida del Libertador y aprovechó la verde que le regalaba el semáforo. Noel, que venía bastante “alegre”, producto del alcohol, la alegría y la euforia del momento, aprovechó para sacar su cuerpo fuera del vehículo saludando efusivamente con la bandera en la mano, cuando Yamandú, detenido por la luz roja, la vio sin poder dar crédito a que aquella fuese su esposa, vestida con un brevísimo top con el impreso de la bandera uruguaya. Boquiabiero, vio alejarse el vehículo asegurándose de que era ella. Sí, lo era…
Al llegar a 18 de Julio, las chicas pasaron a la parte de atrás de la camioneta que estaba con la caja descubierta. Sin duda que Noel era la más llamativa, con su pelo castaño, largo y lacio, vestida con una campera corta, con el cierre apenas cerrado que dejaba ver el top celeste, el short de jean metido brevemente entre sus nalgas y botas bucaneros… recibía más piropos que la propia Selección. La caravana de autos rodaba lentamente y la algarabía aumentaba.
En el cruce de 18 de Julio y Ejido, donde se concentraba la gente y las cámaras, todos enfocaron a la joven de botas blancas que festejaba con desenfrenado entusiasmo el pase de Uruguay a las semifinales. Uno de los periodistas se subió con las chicas y comenzó a entrevistar a Noel mientras la cámara recorría el cuerpo de la bella mujer deteniéndose en sus nalgas y su busto. Aún para quienes no la conocían, era obvio el estado de embriaguez de la chica.
Lo que nunca imaginó Yamandú que a su regreso al trabajo, el canal repetía una y otra vez la entrevista a su
cónyuge. Sus compañeros de trabajo se babeaban por aquella joven y le lanzaban todo tipo de epítetos.-Oye Yamandú… ¿has visto a tu esposa? Está bellísima con esos shorts…
-Sí, no sabíamos que tenías una mujer tan linda. ¿Cuándo la traerás para que la conozcamos en persona?
-¿Es siempre así de alegre o está…? –dijo otro haciendo señas como que estaba borracha.
Sus compañeros rieron y eso fue lo máximo que el hombre pudo aguantar. Mirando la imagen vio que Noel estaba con Mariana y Susi, en el auto de… ¿de quién era esa camioneta? Como si hubiese dirigido al camarógrafo, en ese momento enfocaron el rostro de Esteban. “Justo se le ocurre salir con ese don Juan”, pensó mientras tomaba el móvil para llamar a su mujer.
-¿Olé? –contestó una voz masculina con fuerte acento español.
-¿Quién habla? –dijo Yamandú con tono de enojo
-¿Eres tú Yamandú? Soy don Jesús. Noelita estuvo aquí viendo el partido y cuando salieron a festejar en la camioneta de Esteban, olvidó aquí su móvil. Yo se lo guardo, no te preocupes.
-Gracias don Jesús. En un rato paso por ahí a buscarlo… -cerró la tapa de su móvil y les dijo a sus compañeros:- cúbranme.
Habló con su jefe y salió para su casa, previa pasada por el bar a recoger el teléfono. Guardó el vehículo, entró por la cocina y puso a marchar el café. Luego fue al baño, preparó toallas y el pijama de su esposa. En eso estaba cuando sintió parar un auto en la puerta de la casa entre gritos y risas.
Al abrir la puerta de calle vio Noel tomando del pico de una botella de cerveza, y a Esteban estirando sus brazos para tomarla de la cintura con la excusa de ayudarla a bajar. Ella, muerta de risa, pasó sus brazos por el cuello del hombre y casi se tiró encima de él. Cuando la depositó en el suelo y ella se dio vuelta, se borró la sonrisa de su cara.
-Entra inmediatamente –le dijo señalando el interior de la casa. Luego su mirada fue para Esteban.- Gracias por traerla. Buenas noches
-Yo… no… -balbuceó Esteban cuando la puerta se cerró sin darle oportunidad de nada.
Noel se tambaleó hasta llegar al sofá donde se quitó las botas, en tanto su esposo la miraba sin decir nada. Camino al baño tiró la campera y luego el short, prendas que Yamandú recogió y colocó en el cesto de la ropa sucia. A duras penas llegó al water para vomitar… Allí estuvo un rato mientras su esposo le sostenía el cabello y su frente. Cuando terminó, la ayudó a levantarse y sin demasiados miramientos la metió debajo de la ducha fría. Los gritos de la joven retumbaban en el pequeño recinto, pero el hombre la mantenía firme bajo el chorro de agua helada, hasta que consideró que se había despejado. Luego templó el agua y se fue.
Desde la cocina y preparándose el mate, los estornudos de la joven le hacían sonreír. Habrían pasado unos veinte minutos cuando apareció Noel ante él. El pijama celeste y las pantuflas le daban un aire de niña traviesa que Yamandú adoró.
-¿Me das un mate? –pidió la joven con un hilo de voz.
-No. Te hice café. Tómate una taza y no se te ocurra ponerle azúcar.
-¿Café amargo? Estás loco… -le espetó de golpe, hasta que se cruzó con la mirada firme del hombre, y sin decir nada comenzó a beber haciendo caras de asco.- Está muy caliente…
-Bébelo sin decir nada. Esta noche no puedes decir nada, ya hablaste demasiado por la televisión.
Noel sabía que le esperaba un largo y doloroso castigo, pero… ¿quién le quitaba lo vivido? Había sido increíble el vivir la alegría y la euforia de la gente por el triunfo, pero además, le había gustado mucho sentirse tan deseada y admirada, aunque era consciente de que no se había comportado como una señora.
-Ve a la sala. Tenemos una larga charla por delante –indicó Yamandú.
Al llegar a la sala vio los instrumentos con los que su esposo solía castigarla, perfectamente alineados sobre la mesita de café. Yamandú sabía que ella era conciente de lo que le iba a pasar. La joven mujer, desolada, se dejó caer sobre el sofá.
-¿Alguien te dijo que te sentaras? –dijo el hombre mirándola con asombro.
Con evidente mal humor, se puso de pie mientras él se sentaba a su izquierda, en la mitad del sofá. Sin decir palabra comenzó a mirarla, consiguiendo que la joven se pusiera más nerviosa aún. Pasaron varios minutos hasta que en un descuido de ella la colocó de un tirón sobre sus rodillas y comenzó a nalguearla. Muchas fueron las veces que la pesada mano del esposo cayó sobre las nalgas de Noel.
-Dime Noel… ¿de qué forma debo decirte que no quiero que vayas a ver los partidos al bar? ¿Cuál es la manera de explicarte que no quiero que te vistas como te vestiste hoy? –y las nalgadas seguían sonando sin cesar.
-No sólo fuiste al bar, sino que sabiendo cuánto me molesta, tomaste cerveza hasta emborracharte, sin medirte en lo más mínimo. –Mientras hablaba comenzó a bajar el pantalón del pijama y lo dejó en la base de las nalgas, retomando los azotes con la mano hasta dejarlas bastante rojas.
-Ponte de pie y ve para la mesa. Con la panza sobre la mesa, ya conoces la posición. Ah! Pero antes de eso –dijo mientras la joven se detenía para mirarlo-, quiero que me traigas tu celular.
-Se me perdió –contestó con la mirada baja.
-¿Que se te qué? –bramó tomándola de la oreja –No te oí bien… debo haber entendido mal. ¿Qué dijiste?
-Dije que se me perdió –repitió con enojo la joven.
-Ah, entonces entendí bien. A la mesa –dijo señalando el lugar-. Y separa las piernas… Llegó la hora del tawse.
Esperó a que la joven estuviera preparada y le preguntó:
-Dime Noel… ¿cuántos azotes crees que te mereces por tu comportamiento de hoy? Incluida la pérdida del movil –Silencio.- Vamos, contesta… -Silencio sepulcral.- Bien… como quieras –dijo estrellando con fuerza el instrumento en las nalgas. El quejido dio paso a la cifra:
-Treinta… Señor.

-Cuéntalos… -ordenó sin dejar de azotar.
-…siete, ocho…
-¿Cuántos penales metió Uruguay? –preguntó y siguió azotando…
-..catorce, quince… metió… tres, Señor… dieciocho…
-¿Y cuántos penales atajó Muslera?
-…Veinte…No sé…dos…
-Exacto… ¿cuántos azotes van?
-Veinticuatro.
-Estás tratando de engañarme ¿verdad? –dijo Yamandú enojado
-No, no Señor… me equivoqué
-Entonces, tendrás que comenzar otra vez…
La operación volvió a repetirse un par de veces más. El hombre se acercó a tomar la temperatura de las nalgas con el dorso de la mano, y luego ambas palmas frotaron las ardientes nalgas. Antes de retirarse, la mano derecha subió hasta la cintura y comenzó a bajar con el dedo mayor corriendo por la separación de las nalgas y guiando el resto de los dedos hacia la húmeda cueva que esperaba temblorosa. Apenas rozó el lugar, la joven se estremeció. Quitó la mano de inmediato.
-Vete al rincón. No quiero que te toques, no quiero que te muevas de allí y quiero verte con las manos en la nuca hasta que te lo indique. Estaré en el sillón observándote.
Noel se dirigió al rincón y siguió las indicaciones. Sabía que estaba metida en un lío del que no zafaría con facilidad… Yamandú se sentó en el sofá y miró con satisfacción las enrojecidas nalgas. El culo de su esposa era perfecto, y era de él, sólo de él. Se quedó mirando fascinado aquellos globos redondos y brillantes… y su mente quedó en blanco, sin pensar en nada, únicamente mirar.
-Ven aquí ahora… -Tuvo que reír por lo bajo cuando la vio caminando como un patito, con los pantalones arrastrando por el piso.- Quiero que te pongas en cuatro patas, tomes el cinto de la mesita con tu boca y me lo traigas así, como una perrita…
Lo miró con cierto odio, pero obedeció. Cuando llegó a su lado con el cinto en la boca, él acarició su cabeza como si se tratara de una perrita obediente. La ayudó a ponerse en pie y le señaló el respaldo del sofá para apoyar su tripita y la parte del asiento para las manos. Noel era más bien baja, su metro cincuenta y cinco hacía que, para abrir las piernas, tuviera que ponerse en punta de pies, dejando más expuesta toda su chorreante intimidad. Yamandú no podía desaprovechar la oportunidad de erotizar aún más a su mujercita…
-Pero bueno… Si esto debía ser un castigo, ¿cómo es que estás tan mojada? –Le decía mientras acariciaba su vulva concentrándose en su clitoris.- Eres una mujer deliciosa, lástima que seas tan casquivana. ¿Te imaginas las burlas que tuve que soportar de mis compañeros cuando te vieron borracha en televisión, mostrando el culo con esos shorts tan cortos? Sentía que me hervía la sangre de la furia, pero ahora ese culo está algo diferente, y ¡quedará más diferente aún!

Sin decir nada más, dobló el cinto al medio y tomando distancia comenzó a azotar las ya maltrechas nalgas de la mujer. No tardaron mucho en aparecer las gruesas líneas rojas en diferentes direcciones, y tampoco tardaron las gruesas lágrimas de Noel, que entre el dolor y el arrepentimiento, no cesaba de llorar. Sus movimientos no le servían demasiado para evitar los azotes…
La mano de Yamandú subió por su espalda corriendo con ellas la parte superior del pijama, que pasó por la cabeza hasta que logró quitárselo. Era un hombre alto, medía casi un metro noventa. Se colocó detrás de Noel y sus enormes manos subieron por los brazos de la joven hasta saltar a sus senos, que magreó y apretó sin piedad, haciendo que la joven se moviera y jadeara. Los labios se apoyaron en la suave espalda y comenzaron una húmeda carrera hacia las nalgas abiertas, dejando ver todos los agujeritos de la joven. La tentación era demasiado grande: la lengua comenzó a recorrer los agujeros y a penetrarlos levemente. Los labios acarician y apretaban el clítoris en tanto la lengua humedecía cada vez más la zona, ayudada por los jugos que emanaba sin cesar. Un dedo en cada agujero, fueron la razón para que movimientos descontrolados se apoderaran del cuerpo de Noel. Los dedos se movían con destreza magistral, haciendo que el fluido de líquidos fuese cada vez más intenso…
El hombre ayudó a su esposa a incorporarse y la tomó en sus brazos para colocarla sentada en el sillón. Una vez allí se paró frente a ella.
-A ver qué se te ocurre hacer para complacerme…
No tuvo que repetirlo. El botón y el cierre abren el camino para poder bajar el jean y el boxer, y dejar libre el sexo de Yamandú, que se erguía irrespetuoso ante los ojos de la mujer.
Noel tomó el miembro y lo engulló hasta la mitad, acariciando íntimamente con la lengua toda la superficie a su alcance, corriendo adelante y atrás su cabeza para lograr el objetivo: que el líquido blanco lanzado por aquel monstruo de un solo ojo fuera el símbolo de la satisfacción del hombre que amaba. Y el objetivo se cumplió…
La noche que comenzó con castigo terminó con festejos. En el balcón de la casa de barrio, una bandera con un sol y nueve franjas recibía los primeros rayos de luz, ondeando triunfante.
Ana Karen Blanco - Compartir
4 comentarios:
Pedazo de escritora eres!!!
muy muy y muy re bueno preciosa, lo que no se te ocurra a ti...
besotes corazon.
Severo.
Estoy de acuerdo con Severo y sumo un "mmmmmmmm" y un "ole, ole y ole!"
Siempre es un placer leerte. Un abrazo!
preciosa historia...felicidades...
¿Cómo es que no había leído esto?... Nuevamente te felicito por la forma tan particular que tienes para escribir y, sobre todo, para transmitir las emociones y pasiones acerca del spank ligado a cualquier tema... XD
Me encantó!!!... Gracias por tus letras...
YoSpankee
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