lunes, noviembre 09, 2009

Crónica de una jornada de emociones...

Les comenté sobre que Aldea Sado iba a hacer su primer evento BDSM. Nobleza obliga, ahora me toca decirles cómo fue, y con ello marcar el regreso de las “vacaciones” con mis blogs.


Sería relativamente fácil contarles que concurrió tal o cual persona, o que este Amo interactuó con su sumisa, o que pasó esto o aquello, pero eso es lo que se hace siempre, así decidí aventurarme e ir un poco más allá y tratar de transmitirles las emociones de protagonistas y observadores.


El sábado 17 de Octubre, pasadas las 17 horas, se dio comienzo a este evento. Fue emocionante acompañar a mi Amo que estaba ansioso, nervioso, pero sumamente alegre y expectante por lo que yo estaba segura sería un éxito como lo fue. Estuvo pendiente de cada detalle, de recibir adecuadamente y en forma protocolar a todos los invitados, que nadie se sintiera solo o desatendido.


Por supuesto que el evento fue maravilloso gracias a que todo el equipo y los buenos amigos de Aldea Sado estuvieron presentes. Porque como dice Serrat: “…si falta usted no habrá milagro”, y el milagro se hizo realidad comenzando con una ceremonia que se daba por primera vez en un evento Sado BDSM en la Argentina.


Ese acto me dio la oportunidad de conocer más de cerca la humildad de un grande cuando Sir Williams, con todo el respeto y la admiración que siente por el Maestro Avanlys le ofreció, en un sencillo acto, ser el Master de Masters de todos los eventos de Aldea Sado hasta el próximo 24 de julio del 2010. El Maestro no sabía nada y se acercó al improvisado escenario cuando fue convocado por Sir Williams, quien representando a Aldea Sado, le ofreció el medallón que simbolizaba dicho rol. Su compañera adriblack, pudo disfrutar la emoción del Maestro y gozar ella misma con el merecido reconocimiento que se le hacía a su pareja.


Los concurrentes vivieron el genuino asombro del Maestro, que abriendo los ojos desmesuradamente, le costaba aceptar que ese nombramiento fuera para él. Entonces pensé: ¿y quién más merecedor de tal nombramiento? Pero lo que para mí era tan obvio, para este protagonista no lo era. Su humildad no le permite pensar que es un Amo conocido y reconocido por toda la comunidad. Es un hombre que a pesar de en su sabiduría, sabe escuchar con paciencia aún cuando sabe que su interlocutor está errado. El Maestro Avanlys es la persona que, dentro de lo que yo conozco, más sabe de Bondage porque lo estudia y lo practica. Y no sólo en Bondage sino en cualquier tema referente al BDSM. Es una persona coherente, respetuosa, humilde, atenta a las necesidades de los demás y un cuidadoso observador de cada una de las escenas que se desarrollan en los eventos, conocedor del límite más importante: el que se pone uno mismo para no invadir al otro.


Otra cosa que me gustó ver, fue la presentación de escenas. Los Amos mostraban con merecido orgullo a sus sumisas, pero era un orgullo exento de vanidad. Y las sumisas demostraron su entrega, obediencia, cariño y hasta yo diría que complicidad con el Amo. En todas las parejas se notó una gran compenetración de uno con el otro, el respeto por el ser humano más allá de su rol, el cuidado del Amo por el bienestar de la sumisa y el esfuerzo de esta por complacerlo y demostrar su adiestramiento.


¿Saben qué disfruté también? Ver cómo algunos Amos miraban a sus sumisas mientras estas conversaban. En la mirada había amor, orgullo, ternura. Y ellas les respondían con otra mirada diferente, una mirada de quien confía, de quien se sabe protegida, de quien es perteneciente a.


Se presentaron sumisas con su Amo, sumisas sin Amo y sumisas con el Amo ausente, y de estas últimas quisiera decir algo. Fue hermoso observar su comportamiento, el tener presentes a sus Amos en todo momento, en vencer la tentación de aceptar situaciones que quizás les hubiese gustado probar pero que tenían la orden de su Amo de no hacerlo, y algunas otras situaciones que aunque no tenían prohibición u orden de no experimentar con determinados aparatos o instrumentos, decidieron que no era conveniente hacerlo y estuvieron por encima del impulso de darse ese gusto ante la duda que su Amo estuviera de acuerdo o no. Sus Amos pueden estar sumamente orgullosos de ellas, y ojalá que para la próxima reunión de diciembre puedan concurrir.


No es necesario ser solemne para ser serio, pero a veces la solemnidad es necesaria, como en el acto de nombramiento del Maestro Avanlys. Pero en el transcurso de las escenas, se vio mucha seriedad, pero no solamente de los que hacían la demostración, sino que pudo olerse el respeto de los observadores.


Creo que en este evento el protagonista principal fue la emoción, y los rostros y miradas de los concurrentes fueron el papel donde se dibujaron los sentimientos.


Amigos, estoy feliz de haber regresado con ustedes. Gracias por su paciencia y fidelidad.


Saludos cordiales,


Ana Karen Blanco

anitaK[SW]

miércoles, septiembre 23, 2009

1a Reunión de Sado y Spanking

Como buena romanticona que soy, me gusta cuando los sueños se convierten en realidad. Sobre todo cuando esos sueños son de gente a la que quiero y respeto. Y más aún cuando esas personas compartieron conmigo el tiempo de espera para volver realidad ese anhelo... Por este motivo dejé un momento mis vacaciones, para traerles esta noticia.

A veces nos preguntamos por qué este proyecto no sale cuando lo deseamos, y pocas veces nos damos cuenta que si no se concreta es porque seguramente no sea el momento adecuado. Pero cuando ese instante llega, nos da la impresión de que el universo entero conspira para que se consolide en tiempo y forma.

Hacer una reunión no es fácil cuando se toma en cuenta a los invitados y nos ocupamos de que lo pasen lo mejor posible teniendo presentes sus gustos y preferencias.

Como verán, el 17 de octubre Aldea Sado presentará su primera reunión. Y creo que será diferente a otras a las que he asistido porque en esta se tomará muy en cuenta a las nalgadas. Se le dará un espacio especial al Spanking para que la gente del BDSM que no lo conoce, sepa cómo es una sesión clásica de nalgadas y puedan comprender mejor qué sentimos los spankos.

Así que quedan todos invitados, especialmente la gente que vive en Buenos Aires y sus alrededores. Habrá de todo, hasta una competencia de nalgadas muuuuy especial!!

Quiero aprovechar la oportunidad para agradecer a Amo Ricard por el bello diseño del afiche.

A Misterioso Argentino y a Sir Williams, así como a todo el staff de Aldea Sado el mayor de los éxitos para este emprendimiento.

AKB

jueves, septiembre 10, 2009

VACACIONES...

Queridos amigos:

Últimamente he estado sobrecargada de trabajo y complicaciones a nivel personal y familiar, por eso no he escrito con la frecuencia que suelo hacerlo.

A veces creo que soy la Mujer Maravilla, y otras quizás piense que soy Dios: Omnipotente y Omnipresente. Pero la realidad es que soy un ser humano común, una mujer con la fortaleza suficiente como para aceptar que es débil y que también necesita descansar y parar de vez en cuando. Una persona lo suficientemente responsable como para darles lo que ustedes se merecen: lo mejor de mí. Y en este momento por diferentes circunstancias solo podría ofrecerles lo peor de mí.

Por eso he decidido tomarme un descanso de los tres blogs que tengo y poder regresar en Noviembre con todos los ímpetus que son normales en mí. Tengo este blog de relatos de Spanking (por eso la salamandra de esta foto) desde agosto del 2006 aunque le puse el contador mucho despues. Jamás me tomé "vacaciones" de los blogs, solo una vez les pedí un tiempo para concentrarme a escribir... ahora será algo similar, pero me lo tomaré con más calma.

Amigos, gracias por comprenderme y por apoyarme. De verdad los quiero a todos y en menos de dos meses estaré de regreso.

Besos, abrazos y cariños para todos... Hasta Noviembre!!

domingo, agosto 09, 2009

Prohibido Estacionar (segunda parte)

Autora: Ana Karen Blanco

Era la tercera vez que Dora veía a Sandra, pero nunca imaginó que sería observada totalmente desnuda por ella aquel día. Mientras Vivi le dictaba sentencia diciéndole que la inspectora tenía su licencia y sería castigada una vez por semana durante un mes por su mal comportamiento como conductora, el rostro de la joven cambiaba de colores en tanto trataba en vano de tapar su desnudez, colocando sus manos y brazos de forma que evitara que se vieran sus partes más íntimas.

En tanto, ambas mujeres miraban divertidas las reacciones de su “víctima”. En el fondo de sus pensamientos y deseos, Dora gozaba de la situación. Desde hacía varios meses venía deseando tener sexo de a tres y así se lo había dejado saber varias veces a su pareja, pero aún no lo habían llevado a cabo. Quizás fuese esa la oportunidad esperada.

-Sandra ¿qué te parece si tomamos un café?

-Encantada, y más si es servido por tan bella mucama

La joven Dora estuvo a punto de protestar por el trato, pero se dio cuenta a tiempo que era mejor obedecer sin poner ningún reparo. Bajó la mirada y se dirigió a la cocina con esa sensación que se experimenta cuando uno es observado.

Una vez en la cocina puso a marchar el café, y con la libertad que le daba el saberse libre de vigilancia, preparó la bandeja con gusto refinado, colocando el servicio completo y con los detalles que confirmaban su educación en el arte de servir.

Con el café humeante en la cafetera de porcelana, marchó hacia la sala donde la esperaban las mujeres, que no paraban de parlotear. Al agacharse a dejar la bandeja sobre la mesita del living, sus senos, túrgidos y firmes se adelantaron haciendo tambalear levemente la cafetera. Vivi la miró duramente, pero como no se derramó ni una gota de café, guardó silencio y clavó sus ojos en el servicio, inspeccionando cada detalle, tratando de encontrar el más mínimo error:

-Queremos el café con cognac. Hay una botella de Remy Martin en el estante inferior del bar. Tráelo.

Dora se da vuelta con los ojos de las mujeres clavados en sus redondas nalgas. Al llegar al mueble y abrir sus puertas, nota que tiene que agacharse demasiado, así que juntando las piernas, dobla sus rodillas y se coloca en cuclillas.

-Levántate inmediatamente –le gritó Viviana- En ningún momento dije que doblaras tus piernas. Quiero que busques la botella con las piernas estiradas, sin doblar las rodillas. Si no ves el cognac, o no alcanzas la botella, abre tus piernas y eso te permitirá ver más atrás.

No podía creer que su pareja le hiciera vivir tal humillación delante de esa otra mujer. Comenzó a agacharse lentamente con las piernas cerradas, pero no podía llegar hasta la botella, así que tuvo que abrir sus piernas lo suficiente para alcanzar el envase y para que sus admiradoras pudieran fijar la vista en sus orificios más íntimos con toda comodidad y total impunidad.

-Mi querida amiga y anfitriona, espero que me permitas esta observación. ¿Notaste un brillo muy especial, como de extrema humedad, en la vagina de tu pareja?

-Sí, claro que lo noté. La muy putita está excitada con lo que le está sucediendo ¿verdad Dora?

La joven se acercaba con el dichoso cognac en una mano y dos copas en la otra; traía su cara más colorada que una guinda. Colocó todo sobre la mesita y se quedó de pie con la mirada en el piso.

-Solo veo dos tazas aquí Dora, y somos tres.

-Yo no voy a tomar nada –replicó inmediatamente.

-¿Y esos caprichitos? Si tú eres de las que toma un café tras otro.

-Hoy no quiero, gracias.

-Más te vale que vayas a buscar una taza y nos acompañes, no busques empeorar tu situación –amenazó Vivi.

-Es que me siento mal del estómago –dijo Dora poniendo cara de dolor.

-Así que mal del estómago… Bien. Ya arreglaremos eso. En tanto, sírvenos –agregó con una amplia sonrisa dirigida a la invitada. La orden no se hizo esperar.

Mientras Dora continuaba parada, las dos damas tomaban el café con cognac, charlaban animadamente y comían unas galletitas dulces. Al culminar, Vivi pidió permiso a su invitada y se retiró por un momento, regresando casi al instante con un papel plateado.

-Sandra querida, creo que necesitaré tu ayuda. Ya ves que la única forma de ayudar a Dora es enseñándola, educándola, y quizás necesite de tu colaboración.

-Cuenta conmigo

-Dora, no quiero que te sientas enferma, así que he traído un par de supositorios para ayudarte con tu estómago…

Los ojos de la muchacha parecían querer escapar de sus órbitas, mientras que Sandra no quiso ni pudo disimular su sonrisa.

-No, no es necesario. Me pondré mejor sin la ayuda de ninguna medicina. O en todo caso me tomaré unas sales digestivas.

-De ninguna manera. Los supositorios son mucho más rápidos y efectivos –acotó Vivi mientras comenzaba a rasgar el papel plateado.

-Ya te dije que no me pondré nada de eso –gritó Dora.

-Me estás gritando niña, y sabes lo mucho que me desagradan los gritos.

-¡Sí, te estoy gritando! Y tú sabes lo mucho que me desagradan los supositorios –vociferó Dora mientras señalaba amenazadoramente a su pareja con el dedo índice.

El tiempo que demoró en verse sobre las rodillas de Vivi fue ínfimo, sólo unas micras de segundo más que lo que tardó en sentir las nalgadas. La mano de Vivi impactaba una y otra vez sobre las redondeces de la jovencita, que vio como su rostro casi se estrellaba sobre las piernas de Sandra.

-Cuando digo que te hace falta una buena educación, no exagero. A mí no me amenaza nadie, ni nadie me señala, y mucho menos tú muchachita impertinente. Dejaré tus nalgas más rojas que una amapola.

El contoneo de la joven hacía que por momentos perdiera el equilibrio, pero no la liberaba de las fuertes manos de su pareja, quien conocía perfectamente las mañas de Dora. Las nalgadas resonaban en la habitación, en tanto que los pequeños gritos y gemidos de la azotada se perdían en el fragor de la azotaína.

Sandra se había parado para ver la escena con más comodidad. Adoraba esas escenas “entrañables” como diría un querido amigo. Luego tomó asiento en una silla frente a la pareja.

-Ahora pequeña atrevida, quiero que así mismo como estás me quites una zapatilla y me la des en mi mano.

Dora odiaba que la azotara con la zapatilla, así que remoloneó y demoró en cumplir el mandato hasta que una palmada dada entre las dos nalgas, a la altura de las piernas, la hizo saltar y cumplir apresuradamente la orden. Los azotes continuaron unos minutos más, hasta que la rebelde paró de patalear y aceptó su castigo.

-Bien, ahora quiero que vayas y te coloques en esta misma posición en las rodillas de Sandra.

-Pero…

Una nueva serie de zapatillazos encontraron destino en las rojas nalgas de Dora.

-¿Sigo?

Sin decir palabra Dora se levantó y se colocó sobre las rodillas de Sandra.

-Toma Sandra, colócaselos tú por favor. Yo quiero descansar.

-No… -esgrimió Dora con tono suplicante.

La mirada dura de Vivi hizo que guardara silencio. Miró la alfombra con sus manos apoyadas en el piso para mantener el equilibrio, mientras oía rasgar el papel y reconocía el ruido de la envoltura al ser apretujada. Por el rabillo del ojo vio como su pareja le entregaba a la amiga un pote de vaselina. Lo siguiente fue la mano de Sandra deslizarse como un bálsamo por sus nalgas apretadas. Las acarició durante unos instantes hasta que logró que la joven se aflojara. La sensación era deliciosa y Dora deseaba que continuara acariciándola. Y la mujer continuó…

No le molestó sentir el dedo de la inspectora bañado en vaselina y hurgando en su agujero más íntimo, aunque sintió el pudor y la vergüenza natural del caso. Estaba empapada por el placer y el morbo de toda aquella situación. El primer supositorio penetró lentamente, casi sin esfuerzo; fue empujado suavemente por el dedo mayor de la mujer que la sostenía; hizo entrar y salir el dedo más veces de las necesarias, pero eso tampoco molestó a Dora. El segundo supositorio entró sin ninguna dificultad, con el ano totalmente abierto y distendido, pero eso no impidió que Sandra jugara durante unos instantes metiendo y sacando su dedo hasta llevar a la chica al límite del orgasmo, pero sin permitir que lo lograra.

-Levántate –la voz de Vivi la hizo retornar a la realidad- Quiero que te pares y te pongas en el rincón con las manos en la nuca y las piernas separadas. A ver si reflexionas y aprendes.

Sandra se dirigió al baño; cuando salió habían pasado varios minutos.

-Bueno… parece que los supositorios no hacen el efecto deseado –comentó Vivi- ¿O sí? Mejor vas al baño y luego nos cuentas.

Dora salió presurosa y regresó momentos después.

-¿Hicieron efecto los supositorios?

-Sí… mucho –contestó la joven tocándose el vientre.

-Me alegro, pero estoy segura que no ha sido suficiente, así que para asegurarnos te daremos una enema. Voy por los implementos. Regresa al rincón hasta que te llame.

La cara de asombro de Dora era de fotografía. Con la boca abierta y los ojos muy abiertos la vio marcharse mientras volvía a su posición en el rincón.

La inspectora tomó asiento en el sillón y bebió su primer sorbo de cognac mientras gozaba la visión de las rojas nalgas de la joven. Se puso de pie y caminó hasta ella. Dora olía a piel joven y excitada, piel suave, piel deseada y deseosa de ser acariciada. Esa mujercita le gustaba y sabía que pronto sería suya. La suerte la había tocado al conocer a esta pareja de mujeres tan abiertas en su relación y cuando Vivi le contó sus planes, no tardó en aceptar.

Pasó su mano por el brazo y el hombro de Dora, bajando luego por su columna vertebral haciéndola estremecer de placer. Tenía los pezones erectos, duros y tentadores. Se puso detrás de la joven y tomó ambos senos con sus manos, apretándolos levemente y estrujando los pezones entre sus dedos…

La voz de Vivi resonó, llamándolas desde el lavabo hacia donde se dirigieron. Allí las esperaba la esbelta mujer, quien había bajado la tapa del inodoro para que le sirviera de asiento, y cruzada de piernas mostraba impúdicamente la cánula del recipiente.

Un sudor frío corrió por la espalda de Dora. No era la primera vez que su pareja usaba la enema como forma de castigo, más que medicinalmente. A la joven no le agradaba, pero al mismo tiempo sentía una fuerte excitación durante la aplicación y también durante la preparación de los elementos. Pero el que estuviera ahí Sandra le agregaba un morbo especial. Esa mujer tenía unas manos espectaculares que sabía cómo mover. Los segundos que estuvieron solas hicieron que su libido se acrecentara al máximo con las caricias de la inspectora.

Las nalgas aún le ardían por los azotes recibidos, así que de forma totalmente obediente, se tiendió sobre las rodillas de Vivi.

-Vaya sorpresa Dora. ¿Cómo es esto que vienes sin protestar? Es todo un milagro. ¿Será debido a la presencia de Sandra o a las nalgadas que te di hace un rato? Jajajajaaaaaa… No importa, la cuestión es que estás aquí.

Mientras le hablaba iba acariciando y magreando el espectacular culo de la muchacha, que se iba distendiendo cada vez más. De vez en cuando dejaba caer una nalgada suave con intención de que la jovencita se relajara, y lo estaba logrando.

La cánula había sido introducida previamente en vaselina. De todas formas, Vivi tomó una pequeña cantidad en su dedo enguantado, y lo colocó en la entrada del ano. Suavemente, con movimientos circulares, hizo que el ano se abriera. Dora comenzó a sentir cómo la cánula se introducía en su agujero. Pasados unos segundos, el agua tibia empezó a llenar sus entrañas. Una sensación de bienestar y agrado fue la primera impresión que le dejó la enema. Pero cuando sus tripas se llenaron de líquido, ya no fue tan agradable.

Vivi quitó la cánula y tomó su lugar un plug, que tapó el agujero por completo.

-Ya conoces la rutina. Ponte de pie y espera. Sabes que tienes prohibido sacarte el plug o tocarte sin mi permiso… Ya te avisaré. En cuanto termines te bañas adecuadamente usando este jabón, y regresas a la sala. Allí te esperamos…

Dora sentía que no resistía ni un segundo más cuando la voz de Vivi llegó a sus oídos dándole permiso para evacuar. El baño posterior fue revitalizante: había recogido su cabello y dejó correr el agua por su cuerpo, que se deslizó por el cuello, la nuca, los brazos, los senos, el vientre y los glúteos terminando por las piernas por donde corría lamiendo sus pies. El jabón acarició cada centímetro de piel y se introdujo en sus rincones más íntimos. La espuma se deslizó y desapareció con el agua limpia que enjuagó su superficie dejándola fresca y perfumada. Salió de la ducha y se envolvió en una bata de toalla, aprisionando todos los aromas…

Apareció en la sala fresca y radiante, con un brillo especial en sus ojos, deslizándose como una felina en celo y dispuesta a todo. Lo decía con su mirada, con sus gestos, con sus movimientos…

-Bueno, aquí está la niña. Bienvenida jovencita, era hora.

-¡Qué fresca se ve! –dijo Sandra

-Y cómo te sientes Dora. Supongo que liviana ¿no?

-Sí, me siento muy bien. Tan bien que tengo ganas de quitarme todo…

Se abrió la bata ante la mirada devoradora de ambas mujeres, que no perdían movimiento de la muchacha. Tiró hacia atrás el cuello y dejó que la prenda se deslizara suavemente por sus hombros, la espalda, la cadera… y fuera a dar al piso. El cuerpo de Dora tenía un brillo especial, su piel se veía radiante, suave, con un vello casi adolescente. Miró a las mujeres de forma atrevidamente sensual, casi se podría decir que las desafió a que fuesen capaces de complacerla. Ella, tan joven y vital, era capaz de hacer feliz a más de una mujer a la vez. Vivi no aguantó; tuvo que pararse y acercarse a su amor. Estaba totalmente hechizada por la imagen de su pareja.

-Me alegro que te sientas muy bien, porque esta noche no ha terminado aún. Digamos que se podría decir que aún no ha comenzado. Ven, acércate… Mmm… ¡qué bien hueles! Fíjate Sandra, huele a rosas.

La otra mujer estaba paralizada mirando la escena. Sus emociones se habían concentrado en su estómago formando un torbellino que hacía que su sangre bullera por las venas, mientras que la excitación viajaba en un bólido imparable su deseo de placer. Dora clavó sus ojos en los de Sandra que le mantuvo la mirada, queriendo imponer su dominación sobre aquella chiquilla desafiante. Se levantó acercándose a la joven y hundiendo su nariz en el cabello de Dora.

-Sí, huele muy bien, pero me gustaría saber qué tan bien se higienizó esas zonas que no se ven. ¿Me permites inspeccionar Vivi?

-Adelante, estoy segura que Dora me dejará muy bien parada. Demuéstrale, cariño –le dijo antes de besarla apasionadamente en los labios, beso que Dora correspondió en la misma forma.

Sandra tomó a Dora y la apartó levemente de su pareja.

- A ver, quiero que gires y me permitas verte. Bien… -dice mientras le daba unas pequeñas nalgadas en su cola- Quédate así, de espaldas e inclínate hacia delante tocando tus rodillas.

Un ruido que es reconocido por Dora la hace girarse de golpe. Sandra estaba colocándose un guante quirúrgico en su mano derecha.

-Ah, has reconocido el sonido del guante. Bueno, así sabré qué tan bien higienizada estás.

Sin más, se colocó en un costado y con su mano izquierda empujó la cabeza de la muchacha haciendo así que expusiera más su intimidad. Luego la indujo a abrir sus piernas por completo e introdujo levemente dos de los dedos en la vagina, y empujó hasta que no pudo meterlos más. Se quedó inmóvil unos segundos y luego retiró la mano y la olió.

-Sin duda que hay un rico aroma a jaboncito, pero ya está mezclado con otros olores tanto o más excitantes que este. Veremos si lo podemos mejorar…

Volvió a tomar a la joven, pero esta vez aferró sus cabellos de manera firme pero sin violencia, y empujo nuevamente la cabeza. Esta vez los dedos encontraron más humedad al meterse en la cuevita de Dora, y allí comenzaron a danzar haciendo que los jugos se deslizaran fuera de la vagina. De forma inconsciente, la joven mujer acompañaba el ritmo de la mano con su cadera y su cuerpo.

-¿Qué pasa Dora? Sientes mis dedos entrar y salir de tí ¿verdad?

-Sssi… sí, sí.

-¿Están suficientemente dentro o los empujo más? ¿Quieres que los mueva de otra forma, los sientes bastante? Vamos potranquita… muévete, cabalga sobre mi mano, moja el guante, hazlo entrar y salir de ti a tu antojo, a tu aire, a tu ritmo…

Dora sentía que estaba en la gloria. Había tenido que sostenerse apoyándose en una silla para gozar al máximo el ritmo que le imponía Sandra. Estaba en la cresta de la ola del placer y no quería bajar de allí.

-Dime que hago Dora ¿paro o sigo? Mejor paro…

Y sacó la mano dejando a Dora en el cenit de la lujuria. La joven tuvo ganas de gritar que no, que no se detuviera, que continuara hasta hacerla llegar al orgasmo, pero se contuvo y guardó silencio.

-Ahora quédate parada y de piernas muy abiertas. Vivi, ya constaté que esta niña se bañó perfectamente, así que ahora si me permites, vigilaré y me haré cargo de los pechos de esta joven. Me preocupan sus pezones, los tiene muy erectos y parecieran que están por explotar.

-Adelante Sandra, hazlo.

La inspectora se acercó al oído de Dora y comenzó a rodear la oreja con la lengua, mordisqueando suavemente el lóbulo. Continuó hacia abajo por el cuello mientras que sus manos tomaban los pechos y sus dedos jugaban con los pezones de la joven. El objetivo de su boca eran esos frutos rosados, sabrosos, apetitosos. Con la lengua mojaba las aureolas y el pezón, y con sus dientes los mordía sin llegar a hacerles daño; sus labios hacían el efecto de una ventosa, y todo el conjunto llevaba a la joven al séptimo cielo.

-Bien… creo que ha sido suficiente por hoy Sandra.

Si bien la idea era que Dora quedara excitada y no llegara al orgasmo, como castigo, en realidad fue castigo para las tres, pero entre Sandra y Vivi ya habían hecho los arreglos para la semana siguiente que era el cumpleaños de Dora.

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El viernes, día en que Sandra debía venir, era el cumpleaños de Dora.

-Sé que es tu cumpleaños amor, -dijo con un mohín Vivi- pero Camelia, nuestra vecina, me pidió si podríamos sacar a sus perros a pasear y yo le dije que sí. ¿Tú lo harías por mí?

Dora sabía que era una excusa para prepararle algo, así que accedió para dejar a su pareja sola y tranquila.

-Claro, yo pasearé a sus perros.

-Gracias, eres un sol. Solo que deberías sacarlos ahora, recuerda que hoy viene Sandra y seguramente venga antes. Al menos eso me dijo –explicó Vivi- Solo te pido que tengas mucho cuidado. Esta mañana ha llovido y me dijo Camelia que había mandado bañar a sus perros ayer. Esos galgos afganos con esos pelos largos y lacios son terribles. No los lleves al parque que capaz que se ensucian, que sea una vuelta rápida. A propósito: te ves hermosa hoy. Me encanta que hayas estrenado mi regalo.

Un conjunto de pantalón y chaqueta color crudo y una blusa haciendo juego, había sido el regalo escogido por Vivi en una de las tiendas más caras y exclusivas de la ciudad. Miró a la joven nuevamente, enfundada en aquellas prendas tan bellas y se volvió a enamorar de su pareja. Un pensamiento oscuro cruzó su mente.

-Querida, tú ya estás vestida y preparada… Quizás sea mejor que le pidamos al paseador que los saque él.

-Pero Vivi… Siempre los saco a pasear y jamás ha pasado nada. Los llevaré al parque un rato y regresaré enseguida.

-No, al parque ya te dije que no. Mejor unos minutitos por estas calles y listo. La llave del apartamento de Camelia está donde siempre. Vete ya.

Apenas cerró la puerta, Vivi se puso a preparar todo para el festejo. Había comprado un pastel de nata y fresas, el preferido de su amada Dora. La botella de champagne fue colocada en el refrigerador, así como también los bocadillos ya preparados en bandejas. La verdadera fiesta no estaba en la comida, sino en la sorpresa que le querían dar. Esa noche sería “su” noche. Su fantasía de tener sexo de a tres se convertiría en realidad.

Mientras tanto, una alegre y elegantísima Dora caminaba por las calles cercanas a la casa. Iba inmersa en sus pensamientos, imaginando que su pareja cumpliría por fin su fantasía de tener sexo con una tercera mujer, que seguramente sería Sandra.

La inspectora era como a ella le gustaban: grande, bonita, elegante, autoritaria. Lo que le había hecho la semana anterior le había gustado muchísimo aunque no se le había permitido el orgasmo…

Se detuvo en la esquina para cruzar. ¿Cómo había ido a parar ahí? Estaba frente al parque, se había dejado llevar por los animales que estaban acostumbrados a hacer ese recorrido a diario.

Parada en la esquina, esperando el cambio de luces, no vió venir el autobús que doblaba justo frente al charco que estaba delante de ella. La oleada de agua sucia que levantó no fue demasiado fuerte, pero alcanzó para mojar a los perros y la parte baja de sus inmaculados pantalones. “Quizás con un paño húmedo…”, pensó, cuando miró a los perros aprontarse para… sacudirse toda el agua sucia que había quedado en sus largos pelos.

Se miró: no había arreglo posible, el traje estaba arruinado por completo. ¿Cómo podría explicar lo sucedido? Comenzó a hablarles a los perros en forma dura, y estos, pensando que estaba jugando, le saltaron encima dejando sus enormes patas sucias marcadas en la chaqueta. No lo podía creer… su suerte no podía ser peor. Con lágrimas en los ojos emprendió el regreso al departamento.

Vivi y Sandra charlaban animadamente en el sofá cuando un ser embarrado de pies a cabeza, acompañado de dos alambres con pelos largos y mojados, abrió la puerta.

-Por Dios… ¿qué sucedió? ¿Qué significa esto Dora? –inquirió Vivi

-Un autobús pasó y mojó a los perros, ellos se sacudieron y… y… me dejaron así

-¿Cómo le explico esto a Camelia? Dame esos animales, los llevaré a la veterinaria para que los bañen… y tú, quítate inmediatamente esa ropa y prepárala para la tintorería. No puedo creer que hayas hecho esto Dora…

-Lo siento Vivi… no fue intencional, yo…

-No digas nada. Simplemente… obedece. Si me hubieras hecho caso y hubiésemos llamado al paseador de perros, esto no habría sucedido. Sandra, hazme el favor y ayúdala, ¿sí?

Mientras que la joven se quitaba la ropa, Sandra iba preparando la tina de baño. Una Vivi enfurecida entró al departamento y se metió en el baño con Dora desnuda y de una oreja.

-…y no me importa que sea tu cumpleaños, esto te va a costar más caro de lo que me costó ese traje a mí.

-Pero Vivi… no fue mi culpa. Ese autobús…

-Nada, no digas más nada y métete en la bañera ahora mismo.

La joven obedeció mientras Sandra trataba de calmar a su amiga. Susurraron unas frases in entendibles para Dora, y luego, con sonrisas cómplices se dirigieron a la tina. Sin decir palabra comenzaron a frotar el cuerpo de la joven: guante exfoliante, espuma de baño, lociones en el agua… Cada centímetro de piel fue tratado con firmeza, de una manera delicada y dulce. Dora comenzó a distenderse y se dejó hacer…

Las cuatro manos estaban dirigidas a brindar placer a la cumpleañera: los pechos, el vientre, el Monte de Venus y todos sus agujeros, la espalda, la cintura, brazos, manos, piernas y pies, todo lugar que tocaban era para el exclusivo placer de la jovencita. No sabía cuánto tiempo había pasado cuando la hicieron levantarse para secarla.

Mientras Sandra secaba su parte posterior sin dejar que se le escapara ni una gota de agua, el frente era atendido por Vivi, que sentada cómodamente, sabía qué lugar tocar y cómo hacerlo para que, como quien aprieta un botón, los gemidos de Dora salieran de su boca sin que se lo propusiera. Nunca había recibido un baño tan excitante.

-Bien, llegó el momento del castigo –dijo su pareja con toda tranquilidad- Apresúrate a tomar tu lugar Dora.

-¿Cómo? No entiendo…

-¿Pensabas acaso que te liberarías del castigo? Pues te equivocaste, ponte en posición inmediatamente. Y con las piernas abiertas.

Primero fue con la mano abierta, hasta dejar sus nalgas de un rosa fuerte, y luego el cepillo de mango largo con el que habían refregado su espalda, aún mojado y pesado, se estrelló una y otra vez en el culo colorado y ardiente de la joven. Pero aún faltaba algo: las correas de los perros.

-No me mires con esa cara de inocente criatura Dora. Por supuesto que te azotaré con las correas para que recuerdes ser más cuidadosa la próxima vez. Ponte de pie y agáchate tomándote los tobillos con las manos…

Eran correas de cuero, finas, pero al estar dobladas se multiplicaban lo mismo que el dolor que causaban. Cada pocos correazos, uno, no tan fuerte pero que igual se sentía, cruzaba la vagina impactando casi siempre en el clítoris. Los correazos golpearon una vez y otra también los enrojecidos globos que clamaban por un descanso.

Sandra no perdía ningún movimiento, y aquella escena de una mujer azotando a otra siempre la había excitado. Le gustaba ver el poder y la potencia de la azotadora, su rostro impávido ante los gritos y las lágrimas de la víctima, el imaginar el placer de ambas y sus vaginas empapadas de los jugos del placer. Si Vivi se lo hubiese permitido, ella también hubiese azotado a Dora, pero aún no era su momento…

-Quiero que te pares y te vayas a la habitación. Ponte con las almohadas bajo tus tripas, con el culo en pompa que aún no hemos terminado contigo… cumpleañera. Y tienes prohibido tocarte…

Las nalgas eran un poema de Spanking, y se bamboleaban rítmicamente con los pasos de su dueña. Obedeció las órdenes y se quedó allí tendida, esperando su destino y excitada como pocas veces lo había estado, esperando sin saber lo que le aguardaba. Sentía su vagina mojada a tal punto que tenía miedo de que sus jugos mojaran las almohadas.

Cuando sintió la presencia de las mujeres, no se atrevió a darse vuelta. Un dedo en cada pie, y ambas mujeres subieron por las piernas de Dora hasta toparse con las hirvientes nalgas. Al tener las piernas separadas y con las almohadas levantando su pelvis, el panorama de sus intimidades estaba completo. Tenía una vagina rosada, joven, húmeda y atractiva.

Un frescor revitalizante cubrió cada una de las nalgas, acariciada por dos manos de dueñas diferentes La crema se deslizaba suavemente por su piel. Una mano subió hacia la cintura y la espalda y la otra bajó por las piernas donde se le unió la otra mano para masajear placenteramente ambas piernas a la vez. Las cuatro manos se encontraron nuevamente en las posaderas de Dora.

Las mujeres se echaron en la cama, una de cada lado de la joven. Los ojos de Dora se encontraron con los de Vivi y sus bocas se juntaron en un dulce beso de amor. Sí, se amaban, y a lo largo de los años de convivencia habían logrado esto de comunicarse sin hablar, solo con miradas o gestos. Y la mirada de la joven hacia su pareja, era clara: estaba pidiéndole permiso para entregarse a la otra mujer.

-Dorita, mi amor… Este es mi verdadero regalo de cumpleaños: cumplirte tu fantasía de estar con otra mujer y conmigo a la vez. Este es tu día y esta será tu noche. Las dos dedicadas a ti, a tu placer, a tu satisfacción… Quédense aquí, ya regreso.

Casi al instante Vivi estaba de vuelta con una bandeja conteniendo el pastel de cumpleaños, el champagne y tres copas, además de los demás implementos para cortar y servir el pastel; colocó todo en medio de la cama.

La única vela en medio del pastel fue encendida mientras Vivi y Sandra entonaban “Que los cumplas feliz…” y la homenajeada se preparaba para soplarla.

-Recuerda los tres deseos Dora –dijo Sandra antes de que la cumpleañera soplara fuertemente.

Sentadas en la cama comenzaron a reír mientras comían y charlaban animadamente; en tanto el champagne iba bajando en la botella… Dora se veía feliz, reía sin cesar y en una de esas risotadas se tiró hacia atrás, volcando el pastel sobre su pecho. Silencio total.

Vivi dejó su plato sobre la bandeja, y cuando iba a criticar a Dora por su torpeza, Sandra se acercó a la muchacha y comenzó a pasar la lengua por su pecho, tomando el pequeño trozo de pastel con su boca. Suavemente, con precisión, como lo haría una gata, fue lamiendo cada centímetro del pecho donde había caído crema. Succionaba los pezones, los apretaba con sus dientes y seguía lamiendo.

Los ojos de Vivi se llenaron con aquella imagen de lujuria lésbica, de pasión incontrolada, de dos mujeres gozando el momento. Se sintió un poco fuera de juego, así que…

-Sandra, debes tener sed. Las fresas y la nata quedan muy bien con el champagne –y tiró un chorro que recorrió los senos y continuó camino al vientre.

El frío líquido fue a parar a la boca de Vivi, que ansiosa, tomó aquello que era como una pócima de amor, luego de haber pasado por el cuerpo de su amada. La operación volvió a repetirse, pero la boca de la mujer bajó lo suficiente como para que el chispeante líquido se confundiera con los jugos íntimos de Dora. La boca se abrió como un cofre y la lengua saltó como su más codiciado tesoro, que fue en busca del éxtasis de la muchacha, concentrado en su vagina. No tardó en llegar al orgasmo, que fue largo e intenso. Pero las mujeres no le darían tregua.

Por el rabillo del ojo, Vivi pudo divisar una enorme fresa en medio del pastel. La tomó, bañándola previamente en la crema y luego, con sumo cuidado, esparció el chantilly dejando un gran copo en el clítoris, ubicando la enorme fresa en la entrada de la vagina. Nuevamente la lengua comenzó su danza de excitación, reconociendo cada uno de los lugares que tocaba. La fresa entraba y salía levemente de la vagina, que la comprimía o expulsaba de acuerdo a lo que sentía. Con un mordisco aprisionó la fresa y jugó con ella metiéndola y sacándola del orificio, hasta que la engulló por completo.

Sandra, en tanto, se ocupaba de besar, acariciar y sostener emocionalmente a la joven, que gozaba ampliamente aquella experiencia.

Cuando Vivi dio por culminada esa parte de su tarea, Sandra sacó de entre las sabanas un dildo con vibrador que hizo sonar en el oído de Dora, haciendo que se sobresaltara. Con sumo cuidado dio vuelta a la joven, obligándola a poner el culo en pompa. La crema que habían usado anteriormente fue protagonista otra vez. Sandra sobaba, mordía y apretaba las nalgas, mientras cubria de besos las redondeces de la joven. Metió la punta del dildo en la crema e inmediatamente abrió las nalgas y comenzó a introducir el aparato en el ansioso ano de Dora. El movimiento de sus caderas hacia delante y atrás, reflejaba los deseos de la muchacha por tener otro orgasmo inmediatamente.

Vivi se colocó bajo los senos, chupando y apretando los pezones, mientras Sandra manejaba magistralmente el dildo, haciendo que Dora se corriera una vez más.

Fue entonces que Sandra cambió de posición y se puso con las piernas muy abiertas delante de Dora, dejando que la joven gozara de la visión de su hermosa vagina. Luego de unos instantes, Dora bajó su rostro y comenzó a devolverle a Sandra los favores recibidos. La lengua de la muchacha fue el arma que desarmó a la inspectora, que tomando la cabeza de la joven, aferrada a los cabellos, movía y dirigía para lograr el máximo de placer.

Vivi, en tanto, montó a Dora como un semental, moviendo la cadera magistralmente y frotando su clítoris en el culo de la muchacha. El orgasmo llegó tan fuertemente que casi cayó de bruces sobre la espalda de Dora. Y los gemidos de Sandra se debían a lo mismo, con la diferencia que además de la lengua, la experta jovencita metía dedos en cuanto agujero encontrada, dándole a la inspectora uno de los mayores orgasmos de su vida.

La fiesta de cumpleaños siguió, y por unas horas Dora olvidó que aún le quedan dos semanas más de cruel castigo… y de placer sin límites, sin reglas, sin tabúes.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE


jueves, julio 16, 2009

PROHIBIDO ESTACIONAR

Dedicado a Slipper, mi fiel seguidor

La vida moderna nos lleva a vivir apurados, siempre con poco tiempo, siempre a las corridas. Facturas pendientes de pago, trámites, el trabajo, las tareas domésticas, la pareja, los hijos, los padres... Muchas cosas para hacer y sólo 24 horas para realizar todo. Pero esta vida moderna también nos da facilidades y comodidades, como el automóvil. Este maravilloso invento nos traslada velozmente y nos permite hacer más cosas en menos tiempo. Bueno, al menos a veces.

Dora era buena conductora, por eso Viviana, su pareja desde hacía cinco años, no tenía inconveniente en prestarle el flamante auto recién comprado. Era moderno, pequeño, compacto, muy cómodo y fácil de estacionar.

Y cuando hablamos de estacionar en las grandes urbes, eso sí que es un inconveniente, sobre todo cuando estamos en el centro de la ciudad, como aquella tarde estaba Dora. Los “parking” o “playas de estacionamiento” tenían dos inconvenientes: o eran muy caros o estaban repletos. A la protagonista de nuestra historia le daba mucho fastidio cuando tenía que hacer algo en la zona bancaria o comercial porque siempre tenía algún inconveniente, y a veces tardaba más en encontrar un Parking con lugar o un sitio libre, que lo que le tomaba el trámite en sí mismo.

Viviana le había pedido que le llevara un documento a su contador que tenía la oficina en la zona bancaria. La oficina estaba en el 5° piso del edificio ubicado a mitad de cuadra de la transitada calle. El Parking más cercano estaba a dos cuadras y quizás ni siquiera tuviera lugar. Miró el cartel con el símbolo de “Prohibido estacionar” y dudó si dejarlo o no. “Sólo será un momento”, pensó. “Son las 5 y 30 de la tarde y la prohibición es hasta las 6. Creo que me arriesgaré, no pasará nada”.

Miró por el espejo retrovisor y los laterales. Ningún vehículo de la policía de tránsito aparecía a la vista. Cerró la portezuela y corriendo tocó timbre. Una voz femenina que reconoció como la de la secretaria del contador, contestó:

-Buenas tardes ¿quién es?

-Emilia, soy Dora. Vengo a dejar el documento que el Contador Arias le pidió a Viviana, pero tengo el auto mal estacionado aquí en la puerta del edificio. ¿Puedo dejarle el documento al portero para que te lo alcance?

-No Dora, no hagas eso por favor. Ese documento es demasiado importante para dárselo a nadie. Yo no puedo bajar, pero te esperaré en la puerta del elevador, así no perderás tiempo. Sube.

La chicharra de la puerta principal sonó y Dora corrió al elevador, siempre mirando hacia el auto. El elevador era tan antiguo como el edificio, había que abrir y cerrar las pesadas puertas y esperar que se desplazara lentamente, piso por piso de forma que a la mujer se le hizo un trayecto interminable. Entregado el famoso documento a la secretaria y luego de un fugaz saludo, emprendió el regreso hacia la planta baja.

Tal cual imaginó que podía suceder, vio desde la puerta del elevador cómo una inspectora de tránsito labraba un acta mientras un hombre amarraba el auto para subirlo a la grúa. Sus pies volaron hasta la presencia de las personas que se estaban llevando el automóvil.

-Espere, espere por favor. Solo bajé un momento para entregar un documento, no hace ni cinco minutos que estacioné aquí.

La inspectora bajó sus gafas de sol, y con una mirada burlona le contestó:

-Señora, si se fija en el cartel, el símbolo significa “Prohibido estacionar”, no significa “Puede estacionar por menos de 5 minutos”. ¿Es usted la propietaria del vehículo? Necesito su licencia de conducir y el documento de propiedad del automóvil.

-No me estacioné, solo me detuve. Y no soy la propietaria, le pido por favor que no se lleve el coche… Pagaré la multa que tenga que pagar. Aquí tiene mi licencia y la del auto.

-Se estacionó señora; detenerse quiere decir mantener el auto encendido y sin que el conductor lo abandone en ningún momento, para ascenso o descenso de pasajeros. Lo siento señora –dijo la bella inspectora tomando los documentos- pero el vehículo será trasladado hasta la playa de retención más cercana. Allí podrá pagar la multa y retirarlo.

Sin agregar palabra se dirigió a la parte posterior para verificar las placas. Escribía el acta sobre un enorme clip de madera donde apoyaba las hojas. Sobre un costado de su cadera colgaba la libreta de multas y al verla Dora tembló. Estaba perdida. ¿Qué podría hacer? Titubeó, pero luego se animó y acercándose lentamente a la inspectora le dijo en voz baja:

-El auto no es mío, me lo prestó mi amiga, por favor comprenda… Quizás haya alguna manera de arreglar esto.

-¿Está usted insinuando sobornarme para que la deje marchar? Me ofende señora, y esto no quedará así. Agregaré a la multa el intento de soborno.

Todo le estaba saliendo mal… Esta estúpida inspectora, encima de todo, no colaboraba en nada y en vez de ayudarla, la estaba hundiendo más. El auto ya estaba encima del remolque y su desesperación crecía segundo a segundo. Pero en ese momento se le ocurrió algo… y ahora sí no vaciló en llevar a cabo su idea.

-Señora inspectora, permítame retirar unos papeles que tengo dentro del automóvil. Tengo que ir a pagar unas cuentas y necesito mi agenda.

-Entregue la llave al hombre de la grúa y él le alcanzará lo que necesita.

-No, no… lo siento. Hay valores y cosas personales ahí y no quiero que nadie lo toque.

-Pero señora, por favor, nadie le quitará nada. O le da las llaves al conductor o…

Los ojos suplicantes de la infractora conmovieron a la esbelta mujer vestida con traje de falda gris y una camisa inmaculadamente blanca de cuyo cuello pendía una corbata negra. Un gesto con los ojos, asintiendo, bastó para que Dora subiera al remolque; en menos de lo imaginado estaba trepada encima de la grúa y entró al auto inmediatamente, acomodándose en el volante. Fue entonces que bajó el vidrio de la portezuela y desde allí gritó:

-Señora inspectora, le comunico que no me bajaré de aquí hasta que me asegure que no se llevará el auto. No me niego a pagar la multa, pero sí me niego a que el automóvil sea llevado a ese lugar. No me moveré de aquí dentro, y sé que usted no puede mover la grúa si va un pasajero en el vehículo.

La inspectora, atónita, no podía creer que la joven la hubiese engañado tan descaradamente.

-Señora... Perrone –dijo mirando la licencia- le sugiero que no empeore las cosas. Está actuando como una niña caprichosa. Bájese de allí y continuemos correctamente este procedimiento. Me pidió un favor y se lo concedí, pero usted me engañó en mi buena fe. Bájese.

-No, no me bajaré porque finalmente ¿sabe qué? La multa es injusta. Tampoco pagaré la multa, y exijo que me dejen bajar el vehículo de aquí.

No tuvo más remedio que subir a la grúa, pero Dora, al ver que se acercaba, subió el vidrio rápidamente y cerró la puerta con la tranca. Desde allí dentro continuó igual de terca con su decisión de no bajarse de automóvil, mientras veía que la inspectora hacía llamadas desde su móvil.

Poco fue el tiempo transcurrido para que el lugar se llenara de policías, periodistas y sobre todo, curiosos. La gente la miraba y sonreía. Algunos levantaban su dedo pulgar como símbolo de apoyo y aliento, otros la señalaban con cara de enojo, y varios fueron los agentes que con diferentes tonos de voz le pidieron u ordenaron que se bajara de allí, pero hizo caso omiso de todo lo que le dijeron. Ya estaba metida en tremendo lío y pensaba llevar eso hasta las últimas consecuencias.

Una sombra apareció a su lado y Dora pensó que sería otro tonto agente suplicándole que se bajara del auto, pero no era así. El rostro enojado de Viviana era peor para Dora que cualquier agente, por bravo que éste fuera. Ahora sí que estaba en un lío, pero… ¿cómo se había enterado su pareja de lo que pasaba?

-Dora, baja ahora mismo del auto, o abre la ventanilla para hablar –le dijo con una voz dura y firme

-No, no voy a bajar nada. No voy a bajar la ventanilla ni me voy a bajar yo.

-Dora… mi paciencia ya llegó al límite hoy. Te recuerdo que este es mi auto, y si tengo que romper una ventanilla para abrir la puerta, lo haré. Y entonces sí que no quiero estar en tu lugar. No empeores las cosas y abre la puerta… ¡ya!

Estaba perdida. Vivi no andaba con vueltas y sabía que todo esto le costaría muy caro a su bolsillo y a sus nalgas. Así que decidió abrir la portezuela del auto y afrontar las consecuencias de sus actos.

Apenas el seguro de la puerta saltó, Vivi me metió dentro y le quitó el cinturón de seguridad.

-Nunca en mi vida había pasado tanta vergüenza. Y todo por tu culpa Dora, pero ya sabes que esto no va a quedar así. Apróntate porque esto lo vas a pagar muy caro y por mucho tiempo. Toma todas tus cosas y bajas ya… -le dijo mientras jalaba su oreja izquierda- Si te comportas como una niña malcriada y tonta, así te trataré delante de todo el mundo.

Sin soltar su oreja en todo el trayecto, la metió dentro de la patrulla bajo los flashes de los fotógrafos, las cámaras, los gritos y los aplausos de la gente que se reía de la situación. Dora, colorada como un tomate, con la cabeza gacha, se acomodó en el asiento seguida de Vivi.

Todo el trayecto hasta la comisaría tuvo que oír los justificados rezongos de su pareja, y las amenazas en voz baja de lo que le esperaba cuando llegaran a la casa.

-¿Cómo te enteraste Vivi?

-¿Cómo no enterarme? Me llamaron de la seccional de policía, me llamó la inspectora que te puso la multa, saliste en las noticias de la noche y seguramente salgas en los periódicos de mañana. Como para no enterarme… La que no te enteras eres tú, pero te aseguro que te vas a enterar. Esto no va a quedar así.

En la comisaría las esperaba el abogado de la familia que pasó bastante trabajo hablando y convenciendo al juez de que la dejara libre bajo fianza. Vivi tuvo que pagar la exorbitante fianza para que pudiera salir, pues estaba acusada de disturbio en la vía pública, soborno, desacato y… ya no recordaba qué más…

Toda la noche en vueltas por culpa de Dora. Vivi estaba cansada y aún debían pasar por la playa donde estaba el vehículo secuestrado. Desde la comisaría hasta allí, ninguna de las dos articuló palabra. Una vez en las oficinas del lugar, Vivi pidió para hablar con la inspectora. Ante los ojos de Vivi se presentó una mujer alta, robusta, con su pelo negro atado en un rodete a la altura de la nuca. El rostro adusto de la inspectora y su fría mirada al dirigirse a Dora, le agradaron a Vivi, que extendió su mano para saludarla. Luego de intercambiar unas palabras que Dora no pudo oír, se metieron en una oficina y la infractora comenzó a inquietarse. Sabía que esta jugarreta le había salido muy mal, y que pagaría con dinero y nalgadas su capricho. Seguro que la tipa esa la hundiría aún más con su pareja.

Vivi tenía unos 40 años. Era rubia natural y llevaba el pelo corto, tenía unos bellisimos ojos celestes que habían eclipsado a Dora desde la primera mirada. Era delgada, pequeña de estatura, elegante y muy femenina, aunque extremadamente dominante. Vivi era el cerebro de la pareja, la parte madura, la voz pensante y quien continuamente tenía que estar pendiente de las niñerías de Dora, una mujer de unos 25 años, vestida como adolescente rebelde, con minifalda de jean, sudadera y sandalias bajas. El pelo rojo, brilante y largo parecía una llamarada corriendo por su espalda, mientras los ojos verdes miraban con desesperación el despacho donde habían desaparecido las dos mujeres.

La puerta de la oficina se abrió y una Vivi enojada apareció haciéndole señas de que entrara. De mala gana e imaginando el reto que le darían entre las dos, casi arrastrando los pies, Dora se metió en la oficina sintiendo que la puerta se cerraba tras de si.

-Bien Dora, la inspectora está esperando que le des tus disculpas.

-Lo siento –dijo la joven mujer con la cabeza baja.

-Espero que así sea señorita, porque su comportamiento dejó mucho que desear ayer. Por hacerle un favor, me metió en un lío. Tuve que dar explicaciones a mis superiores de cómo había llegado usted al interior de su vehículo. Gracias a mi comportamiento anterior y a mi foja de servicio, sólo me suspendieron tres días. Y todo por usted.

-Realmente lamento que tenga que pasar por todo esto, señora. Mi intención no fue perjudicarla.

-Seguramente no, pero lo hizo. La señora Viviana me dijo que me pagaría usted los tres días de suspensión, cosa que no acepté, pero le pedí que a cambio me permitiera hacer algo…

Los ojos verdes de Dora miraron inquisitivamente a Vivi.

-La señora inspectora quiere que tú aprendas tu lección de forma que no se te olvide. Me pareció algo justo y accedí. Espero que tú lo hagas también…

-Pero… ¿qué piensa hacer?

La inspectora no dijo palabra. Simplemente la tomó del brazo, se acercó a una silla y se sentó. Dora voló por el tirón y aterrizó sobre las piernas de la mujer. La primera nalgada resonó en la oficina y el asombro de la joven no le permitía casi, comprender lo que pasaba. A Sandra, ese era el nombre de la inspectora, no le temblaba la mano para escribir multas, ni tampoco para darle a la joven su merecido castigo.

La escueta falda de jean dejaba ver apenas el comienzo de las nalgas de Dora, que enseguida se colorearon. La robusta Sandra azotaba sin piedad y sin descanso a la traviesa conductora, que estaba recibiendo una “colorida” lección, bajo la sonriente mirada de Vivi.

Luego de unos diez minutos de nalguearla, la hizo poner de pie. Vivi la tomó de la oreja y la llevó a un rincón de la oficina. Allí colocó las manos de Dora sobre la cabeza, levantó su falda y bajó el diminuto bikini dejando las rojas nalgas al aire. Un gritito de asombro salió de la boca de la joven.

-¿Querías decir algo? ¿Es que te va a dar vergüenza que Sandra vea tus nalgas? Tú no tienes vergüenza, o no hubieras hecho lo que hiciste. Veremos si después de esto la recuperas. Sandra ¿serías tan gentil de convidarme con un café?

Sentadas en sendas butacas, detrás de la joven, miraban el espectáculo mientras saboreaban la infusión caliente.

-Creo que es hora de continuar Sandra. Adelante…

-Gracias. Dora, ven aquí. Quiero que te quites la bikini, coloques tu pancita sobre ese escritorio, te tomes del otro extremo y abras tus piernas.

-Pero…

-¿Alguna objeción Dora? –dijo la dura voz de Vivi.

Sin que le quedara otra opción, obedeció. Sandra se colocó delante de la joven con una madera de unos diez centímetros de ancho por unos 25 o 30 de largo.

-¿Sabes qué es esto Dora? Esta es la madera que uso como soporte para escribir las multas. Y esta vez dejaré la multa escrita en tus nalgas con ella, y espero que se quede en tu mente con si fuese con tinta indeleble.

Se colocó sobre el lado izquierdo de la inmadura muchacha, y colocando la mano izquierda sobre la cintura, comenzó a azotarla con la madera, que hacía las veces de paddle. Los azotes picaban, dolían, humillaban… y las lágrimas corrían por el rostro de Dora. De vez en cuando, Vivi pasaba su mano por las nalgas para comprobar el calor.

-Bien, creo que ha sido suficiente, me doy por satisfecha Vivi –dijo Sandra luego de innumerables azotes.

-Tú, ponte las bragas y vuelve al rincón. Yo voy a pagar la multa, retirar el auto y nos vamos para casa. Sandra, gracias por todo. Dora ¿qué le dices a la inspectora?

La ancestral familia de Sandra pasó por la cabeza de Dora, desde la más antigua tatarabuela hasta la descendencia aún no nacida, pero con la mirada en el suelo, dijo:

-Gracias por su lección señora inspectora. No la olvidaré.

Sandra no sabía si tomar eso como un agradecimiento o como una amenaza, pero prefirió la primera opción. Hacía tiempo que no se sentía tan feliz. Por fin había podido darle una lección a una conductora caprichosa e impertinente.

+++++++++++++++++++++++++

Serían como las ocho de la noche cuando Dora despertó. Habían llegado a la casa directo a ducharse, tomar algo y dormir. Ambas estaban muy cansadas por todo lo vivido.

-Era hora que te despertaras… Levántate, y así como estás te espero en la sala. Tú y yo tenemos que hablar.

Vivi estaba con ropa de entre casa. Un vestido sin mangas, fresco, y unas chancletas sin taco eran todo su vestuario. Hacía calor, pero el balcón abierto de la sala dejaba que la fresca brisa nocturna entrara a raudales. El sonido estridente de la música que sonaba en los parlantes, se entremezclaba con la voz masculina del informativista que leía las noticias en la tele. La mujer tomó asiento en la mitad del sofá inmaculadamente blanco y cruzó las piernas.

Dora apareció momentos después, con la cara somnolienta y vestida con una corta blusa de dormir y unas bragas haciendo juego. Como era su costumbre, iba descalza.

-Ven, siéntate aquí a mi lado –le indicó Vivi- Ya sabes de qué quiero hablar. Tu barrabasada de ayer me costó la mitad de los ahorros que teníamos para las vacaciones… Pero no es eso lo que más me molesta, sino tu actitud. Sabes perfectamente que tu conducta merece un castigo. No me importa lo que hizo esta mañana la inspectora, te lo merecías. Pero ahora vendrá mi castigo, y ahorraré saliva repitiendo lo que ya sabes.

Aunque Vivi era más pequeña en tamaño que Dora, estaba tan acostumbrada a su altura, que con un solo tirón logró ponerla en posición. Quizás fuera por la frecuencia con que nalgueaba a su pareja, pero la menuda veterana tenía una fuerza increíble en su mano y en su brazo. No pasaron muchos minutos sin que las piernas y la cadera de la joven comenzaran a moverse al compás de los azotes, y sus nalgas se bambolearan rítmicamente, tomando un color cada vez más rojo. Dora no intentó cubrirse, sabía que eso ponía de muy mal humor a su pareja.

-Ahora, alcánzame la chancleta.

-No, Vivi, por favor… ¡con la chancleta no!

-Dije que me dieras la chancleta. No acepto negativas después de todo lo que pasó. La chancleta… ¡ahora!

Dora conocía ese terrible instrumento que su pareja manejaba tan bien. Sabía cómo azotar, hacerle arder y no dejar marcas. La suela era de madera, pero estaba forrada de una pesada goma rígida.

-Párate y ponte con las manos en el asiento de la silla. Las piernas separadas…

Los azotes continuaron largo rato, hasta que la envió al rincón, con las manos en la nuca y sin bragas. Vivi fue hasta el bar y se sirvió un trago con bastante hielo antes de sentarse a ver su obra.

Amaba profundamente a esa chiquilla grande, y a pesar de los líos en que la metía a veces, una vez culminado el mal momento, siempre terminaba riéndose de lo sucedido. Y esta ocasión no era la excepción. Le gustaba ver a su chica de atrás, tenía un hermoso cuerpo y unas nalgas adorables. Verlas teñidas de rojo la excitaba más de lo que ella misma deseaba. Y siempre terminaba castigándola menos de lo que debería, pero aunque le gustaba ver sus expresiones de dolor, también le gustaba observarla en pleno gozo. Sus azotes nunca eran lo bastante fuertes como para hacerle daño, pero sí como para que le dolieran.

-Quiero que vayas al dormitorio, prepares la cama y me esperes tendida, desnuda, y con tres almohadas bajo tu vientre; y como siempre, con las piernas bien separadas. Coloca sobre la cómoda el cepillo grande de pelo, el cinto grueso y la vara.

La orden tuvo una respuesta inmediata. La joven salió de la sala y se perdió en el pasillo que llevaba a la habitación. Tenía claro que cuanto más demorara en obedecer, más duro sería el castigo.

Vivi siguió tomando su copa despaciosamente. Adoraba hacerla esperar, llegar de sorpresa, sin hacer ruido y acariciarla antes de continuar con la azotaína. Llevar otro elemento y azotarla por sorpresa con otra cosa.

Cuando llegó al dormitorio dos montes de carne blanca y expectante la esperaban. Dora presintió su presencia y bajó la cabeza. Esperaba el primer azote, pero éste no llegó. En cambio sintió el plug que, embadurnado con un frío gel, se iba introduciendo lentamente en su ano. Su vagina no quedó vacía, pues recibió un delicioso dildo que la llenó por completo. Sintió en sus agujeros, primero un frío que enseguida se convirtió en picor y luego en un calor muy fuerte. Tuvo que moverse, no aguantaba…

-Bien… veo que hace efecto. Con eso de la gripe A se está usando mucho el alcohol en gel. Pensé que una suave embadurnada en los elementos que te coloqué no estaría mal… Veo que no me equivoqué..

La madera del cepillo picaba por fuera y el gel por dentro, Odiaba la madera, pero eran tantas las sensaciones que estaba teniendo que no sabía cómo calmar su excitación. Cuando sintió el cuero del cinto golpear sus doloridas nalgas, comenzó a convulsionarse descaradamente.

Vivi le quitó los juguetes y comenzó a besarle las nalgas. Los labios se pegaban a la piel ardiente y la lengua proporcionaba un hùmedo refresco a las coloradas protuberancias, deslizándose hacia todos sus agujeros, ya abiertos y lubricados. Las expertas manos de la mujer se deslizaron por todas las zonas más calientes de la joven, llevándola hasta la cúspide del placer y el éxtasis. Tenía los pezones endurecidos, y la voz se entrecortaba por los gemidos, no tardarìa mucho en llegar al clímax. Las contorsiones hacían que su cuerpo reptara por la cama, mientras que sus jugos mojaban las sábanas. Pocas veces había alcanzado tanta felicidad.

Luego, Vivi se desnudó totalmente, y siguió besándola por todos lados, concentràndose en su nuca, los lóbulos de las orejas y el cuello. Su pasión también crecía momento a momento, frotándo sus cuerpos y sientiéndo sobre su vientre el calor de las nalgas de Dora. Tardó sólo unos segundos en montándose encima, frotó su clítoris contra las nalgas como queriendo introducirse dentro de su amante, hasta llegar al orgasmo.

Abrazadas en posición fetal, quedaron dormidas totalmente satisfechas.

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A la semana siguiente, pasados exactamente siete dias del acontecimiento del auto, sonó el timbre. Eran como las nueve de la noche, y tal cual Vivi se lo había ordenado como parte del castigo, Dora se desplazaba desnuda por el apartamento, y tenía el mandato de atender en esas condiciones.

Abrió apenas asomando la cabeza para ver quién era y reconoció de inmediato a Sandra, que sin pedir permiso, empujó la puerta y se introdujo en la sala del apartamento. Vivi sonrió ampliamente al verla.

-Sandra, qué bueno que pudiste venir.

-Veo que esta joven sigue castigada. ¿Ya le dijiste qué pasará? -inquirió la inspectora, ataviada con un ajustado vestido de lycra y altísimos tacones aguja. Se dieron un beso en la mejilla mientras Vivi respondía mirando a la jovencita.

-No, aún no, pero lo haré ahora.

Dora sabe que tiene prohibido usar el auto por un mes, y que debe estar desnuda mientras esté en la casa. Lo que no sabe es que tú retienes su licencia de conducir, y que durante este mes será castigada una vez por semana por ti, hasta que le sea reintegrada su licencia y su permiso para volver a conducir mi vehìculo.

Dora se moría de vergüenza, pero por otro lado, le gustaba el hecho de sentirse exhibida ante

Sandra. Sería un mes largo sin duda, pero con seguridad recordaría siempre con dolor y placer qué hacer frente a un cartel de “prohibido estacionar”.

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martes, junio 30, 2009

MI NUEVO BLOG DE RELATOS


A todos los lectores de este blog:

Desde que me convertí en sumisa he tratado de explorar mi vena de escritora en relatos de BDSM. Los que me siguen desde hace mucho tiempo, habrán notado que en mis últimos relatos he sido más osada en cuanto al sexo y también he puesto pequeños toques de BDSM en las escenas.

He repetido hasta el cansancio que soy spankee desde niña, por no decir que lo soy desde que nací. Y desde hace 18 meses que me he convertido en sumisa por opción. Con esto sólo quiero significar que he estado en las dos orillas y que conozco ambas márgenes: el Spanking y el BDSM.

Respeto mucho este blog, porque comencé en él junto a un gran escritor y comparando mis primeros relatos con los últimos, siento que he crecido en mi forma de escribir. Siempre he escrito con gran respeto por mis lectores, y creo que eso se nota. Pues bien, siguiendo esa misma línea de respeto, sé que ha muchos de mis lectores spankos les "choca" el leer relatos de BDSM, y esa es la razón por la que he decidido tener otro blog con temas BDSM, y continuar este con temas pura y exclusivamente de Spanking. De todas formas, si alguno desea visitarme en mi otra casa, será muy bienvenido, aunque luego decida no quedarse.

La dirección de mi nuevo blog de relatos es:

http://desdelamazmorrademisfantasias.blogspot.com

Siempre recuerdo que este es mi primer blog, y con seguridad, el que más quiero.

Espero que me acompañen en mi nueva aventura. Los abrazo desde aquí con el cariño, el respeto y la calidez de siempre. Gracias por existir y por estar allí.

Ana Karen Blanco
AKB

viernes, junio 05, 2009

A todos mis amigos y seguidores


Quiero contarles que me he inscripto en un concurso de relatos en una conocida web de BDSM: Mazmorra. Ese relato no lo publicaré en este blog porque no me parece ético hacerlo, pero como sé que muchos de ustedes son miembros de esta web, los invito a que entren a la página a leer el relato, que sinceramente, me ha gustado mucho escribir. Es una temática a la que no estoy acostumbrada, pero sin duda que es interesantísima. Este es el enlace:

http://www.mazmorra.com.ar/contenido/relato/bdsm-gourmet---primera-parte


Por otra parte recibí una petición de parte de Aldea Sado, para escribir un relato en "EXCLUSIVA" para su web. Por lo tanto, ese relato al que llamé "Sin Límites", tampoco lo encontrarán en este blog, pero si no se lo quieren perder, este es el enlace:


http://www.sadoyspanking.com.ar/relatos.php


Sin duda que ambos relatos fueron escritos con el mismo cariño y la misma pasión y cuidado que los que cuelgo aquí, pero ustedes tendrán la ventaja de leer y disfrutar a muchos otros autores sobre Spanking y muchos temas más.


Gracias a todos, queridos amigos, por su compañía y apoyo en cada uno de mis emprendimientos.


Saludos cordiales y todo mi afecto para ustedes,


Ana Karen Blanco

miércoles, junio 03, 2009

PASTELERIA VIENESA

Autora: Ana Karen Blanco
Correr, ir a prisa, apresurarse, volar, darse prisa, apurarse… y podría inventar mil sinónimos más en aquel momento. María Kamila Wojkiewicz, o Majka, como la llamaban los amigos, estaba en Viena en la escuela del maestro repostero y chocolatero vienés, Franz Mikail Holzer, para recibirse como chef en repostería y volver a su Polonia natal a trabajar en algún hotel o restaurante de categoría.
El Maestro Mikail no perdía tiempo: gran parte de lo que producía en la enseñanza a su escaso alumnado, porque debían de ser poco menos que genios para estar allí, eran encargos para fiestas diplomáticas o privadas, cenas gubernamentales, u órdenes específicas de algún hotel o restaurante de lujo que, aún teniendo sus propios chefs, le encargaban alguna de sus especialidades.
Las corridas de aquel día eran para la mesa de postres encomendada por la embajada de un país sudamericano que quería dulces de su país y también típicos vieneses. El maestro había ordenado que el centro de atención debía ser una gigantesca torta Rogel, también llamada torta alfajor y una Sachertorte, que eran, según el maestro, lo que más representaba a cada país. Restaban seis horas para dejar los 25 postres en la cocina de la embajada. Estaba todo preparado, sólo faltaba la cobertura de la vedette vienesa y la encargada de hacerlo era Majka.
Era casi mediodía y estaba sola en la gigantesca cocina de la escuela. El maestro había salido en busca de Peter, su amigo personal y fotógrafo oficial de sus obras, para que sacara fotos de cada artesanía que saldría para la embajada.
La joven polaca sabía que esta oportunidad era como su examen final para obtener el titulo. Estaba poniendo toda su atención en el armado de la torta Sacher, que estaba quedando perfecta; venía ahora el momento de cubrirla con la gruesa capa de chocolate que le es tan característico a esta torta, inventada por Franz Sacher en 1832 para el príncipe Klemens Wenzel von Metternich.
Una de las cosas que Mikail más recalcaba, reclamaba y exigía en sus empleados y alumnos, era la limpieza inmaculada de los pisos y lugar de trabajo. Más de una vez había despedido sin miramientos por no tener su lugar de trabajo aseado y ordenado perfectamente. Por eso también eran las prisas de Majka, porque en los apuros había derramado clara de huevo en el piso y tenía que limpiar velozmente para continuar trabajando, pero también debía atender el chocolate que tenía derritiendo para que no se pasara de punto. Corrió en busca del termómetro y lo introdujo dentro del recipiente. Tenía la exacta graduación para extenderlo, así que sin pérdida de tiempo tomó el chocolate y con paso ligero se dirigió a la torta, pero cuando estaba a pocos pasos de la mesada, resbaló.
Sin saber cómo se encontró en el suelo con el chocolate derramado por todos lados. La clara de huevo había cumplido su maldición y una vez más el maestro tenía razón: si hubiese limpiado en el mismo momento del derrame, eso no hubiese sucedido, pero no era momento de lamentarse. Se levantó y salió en busca de los elementos de limpieza, dejando tras de sí, una hilera de huellas de chocolate. Su ropa, zapatos, cabello… todo era un desastre, sin hablar de la cocina. Lo primero que debía hacer era limpiarse ella, para no seguir dejando chocolate por todas partes… Se quitó los zapatos, la ropa y se encaminó al vestuario. Allí se bañó y se puso ropa interior limpia, mientras se apresuraba para regresar a la cocina. Tomó un equipo de trabajo inmaculado, pero pensó que si se lo ponía en ese momento también lo mancharía, así que en ropa interior y una corta camiseta comenzó a limpiar el estropicio. Por suerte el desparramo había sido en el suelo y poco más, pero el chocolate había comenzado a coagularse y la limpieza no era tan fácil. Además, ya había pasado casi una hora desde la salida del maestro, lo que significaba que regresaría en cualquier momento.
Necesitaba agua casi hirviendo para aflojar el chocolate, y una espátula para recogerlo mejor. Con esos elementos en la mano, y asegurándose de haber limpiado todas las superficies verticales como paredes, placares y bajo-mesadas, comenzó rápidamente a recoger el chocolate.
Por el ojo de buey de las puertas vaivén de la entrada de la cocina, dos pares de ojos observaban el delicioso culo juvenil que se movía en rápidos giros. Un brevísimo tanga dejaba a la vista dos globos túrgidos, blancos y aterciopelados como un jazmín.
El chispazo del flash la sorprendió en una pose bastante vergonzosa: de pie y agachada, con las piernas abiertas, limpiando con la espátula los últimos restos de chocolate. Cuando miró hacia el lugar de donde provino la luz, vio a Mikail con el rostro entre sorprendido e iracundo, mientras que Peter, risueño y divertido, seguía sacando fotos. En ese momento se dio cuenta de su falta de ropa y trató de cubrirse.
-Madame Wojkiewicz –le espetó un enfurecido Mikail- ¿quiere explicarme qué significa esto? ¿Qué ha hecho en mi ausencia además de tirar por el piso mi magnifico chocolate? ¿Cómo se atreve a estar así vestida, o mejor dicho, desnuda, en mi cocina? Estoy esperando que conteste…
El maestro Mikail era famoso por su mal humor. Maduro, de unos 50 años, con un cuerpo atlético, interesante y guapo para su edad, pero insoportable como todo genio que se precie de tal. Fuera de su trabajo tenía una sonrisa bella y compradora, pero sólo sus amigos íntimos la conocían. La jovencita de apenas 23 años siempre se sentía intimidada por la presencia de su ídolo máximo, y en ese momento lo único que deseaba era desaparecer de allí.
-Maestro… es que tuve un accidente, me caí con el recipiente del chocolate y…
-¿Sufrió un desmayo, vahído, caída de presión o algo asi?
-No maestro… me resbalé.
-Si se resbaló es porque tenía el piso sucio, así que no tiene excusa. Pero de todos modos el haberse caído ¿le da derecho a estar desnuda en mi cocina?
-Es que me bañé y para no ensuciar el equipo nuevo pensé que era mejor quedarme así para limpiar. Pero ya estoy terminando maestro. Con permiso, me voy a vestir…
-Sí señorita Wojkiewicz, vístase y márchese. Usted no tiene más lugar en esta escuela. Si se cayó en mi cocina por no tenerla aseada adecuadamente, no la quiero aquí.
No, no podía ser verdad. No era justo que por un accidente del que si bien era responsable, no dejaba de ser un accidente.
-No maestro, por favor. He luchado mucho por estar aquí a su lado, en su escuela. Permítame quedarme, déme otra oportunidad, se lo suplico.
-No. Nadie se queda a mi lado después de semejante descuido.
Peter no dejaba de mirar el impresionante cuerpo de la joven repostera: estaba como para sacarle fotos de todos los ángulos y con cualquier luz. O sin luz, “desnuda y en lo oscuro” como decía el poeta. Pero conocía a su amigo y sabía que difícilmente cambiaría de opinión. A menos que…
-Mikail, deberías darle otra oportunidad, aunque haciéndole pagar su torpeza, claro.
-Sí maestro, estaría dispuesta a hacer lo que usted creyera necesario, a pagar mi descuido con el castigo que creyera conveniente.
La mirada de Mikail cambió.
-No lo creo. Soy bastante severo en mis castigos, sobre todo físicamente. Soy de los que están convencidos que una buena azotaína vale más que mil palabras, así que… Es mejor que se marche, porque de quedarse, la azotaré.
-Está bien maestro. Sé que lo merezco –dijo la joven bajando la cabeza.
-Majka: el castigo será por no mantener limpio su lugar de trabajo, por hacer las cosas precipitadamente, por el desparramo del chocolate, y sobre todo… ¡por usar ese tipo de ropa interior tan indecente! -dijo mirando el diminuto tanga que llevaba la joven, que tratando de cubrirse con las manos, se ruborizó una vez más.
-Lo que usted diga maestro.
-Bien… primero lo primero. Vístase, termine de limpiar mientras yo preparo el chocolate para cubrir la torta y Peter va sacando las fotos de los postres.
Mientras que la joven se retiraba con la ropa en la mano, el veterano repostero pudo apreciar su magnífico culo. Debía darse prisa en terminar con esa torta, pues lo esperaba un trabajo mucho más gratificante.
En tanto Majka se ponía el pantalón y la chaqueta blanca, veía a los dos hombres hablando animadamente, pero en voz baja. Mikail había perdido esa cara de ira que tenía y ahora sonreía divertido mientras trabajaba de una forma majestuosa el espeso chocolate. Una vez vestida, se puso a limpiar con ahínco el lugar, hasta dejarlo reluciente.
-Maestro, ya terminé la limpieza –le dijo tímidamente, con la mirada baja y la voz susurrante.
-Bien. Entonces comenzaremos con su castigo, y Peter sacará las fotos correspondientes para que le quede a usted el recuerdo de esta azotaína.
-Pero… No quisiera fotos maestro.
-Está bien, está en su derecho a negarse. Puede irse en paz, comprendo que su vanidad y su soberbia le impidan tener este acto de humildad. Retírese de mi escuela de una vez, y buena suerte.
-No, no… Que sea como usted quiera.
-Madame, esto no es un juego donde pueda usted decir que acepta y a los cinco segundos cambiar de opinión. Si se queda, será para obedecer en todo lo que le diga. De lo contrario, márchese y todos en paz.
-Me quedo maestro –dijo con firmeza- Obedeceré y aceptaré el castigo que desee imponerme. El señor Peter será testigo de mi decisión y mi palabra.
Peter le regaló una sonrisa coronada por un guiño. Por primera vez la joven observó más detenidamente al fotógrafo. Tendría alrededor de 30 años, quizás menos. Era de estatura elevada, pelo dorado y ojos castaños. Tenía cuerpo de modelo; su sonrisa y simpatía hacía que se viera más guapo y deseable aún. Con semejantes encantos, seguramente podía sacar lo mejor de las mujeres que modelaban para él.
El repostero vio de inmediato la química que se estaba dando entre su amigo y su alumna, y supo enseguida cómo sacarle provecho.
Colocó una silla en un amplio espacio de trabajo, y con el dedo índice llamó a la joven, indicándole que debía ubicarse boca abajo sobre sus rodillas. La jovencita obedeció, sin demasiada expectativa sobre lo que le iba a suceder.
Nunca pensó que la mano de Mikail tuviera tanta fuerza. El azote dolió, ardió, picó. Los azotes se hicieron pesados y fuertes, además de abundantes, y con una frecuencia más rápida que lo que ella se hubiese imaginado. Las nalgas se movían de forma ondulante, subían y bajaban con el golpe y lo que más deseaba el repostero era ver otra vez esas preciosas nalgas.
-Ponte de pie, quítate lo pantalones y la chaqueta –dijo mientras Majka obedecía sin decir nada- Ahora quiero que apoyes tus manos en el asiento de la silla y abras las piernas para que tengas mejor equilibrio –le dijo a la joven, mientras pensaba en lo delicioso que sería ver algo de su intimidad. Pero estaba equivocado. El tanga de la polaquita era lo suficientemente grande en la parte inferior como para cubrir lo mínimo. Igual se veía preciosa, con las nalgas rojas y ese pedacito de tela que apenas la cubría.
-¿Cómo puede una dama vestirse con una prenda así? Eso no puedo tolerarlo. Si así te vistes, ya imagino cómo eres, y te prometo que sé perfectamente cómo tratar a las de tu clase –decía con voz profunda y amenazante, mientras le sonreía a su amigo que seguía sacando fotos.
Se puso a la izquierda de la joven, tomó su cintura mientras descargaba más azotes con la mano. De vez en cuando acariciaba las hirvientes nalgas, dándoles un tibio respiro.
Peter se puso delante de la muchacha para sacar fotos del rostro lloroso y dolorido. Hubo un momento en que ella lo miró con tanta ternura que… no pudo evitar el tomar la carita entre sus manos y besarla dulcemente, mientras que los azotes se hacían suaves y sensuales. El fotógrafo la ayudó a incorporarse agarrándola de la cintura y posando sus labios en el rostro, orejas y cuello de la joven.
-Oigan… que esto es un castigo, no una fiesta. Peter, compórtate, y Majka… ven conmigo. –La tomó de la mano, haciéndola que se colocara boca abajo sobre la mesada de madera que utilizaban para amasar- Necesito tu ayuda Peter…
Sin proferir una sola palabra, comenzó a quitarse el cinto con una sonrisa. Su amigo, acostumbrado ya a este tipo de circunstancias, lo imitó. La joven iba a decir algo, pero al ver el rostro de enojo del repostero, decidió guardar silencio. Colocados a ambos lados y blandiendo sendos cinturones doblados a la mitad, comenzaron a azotarla, intercalando un azote cada uno. Ella se movía, se retorcía de dolor y también de placer.
-Llegó el momento de restaurar la moral, jovencita. Esto está de más –dijo el repostero, arrancando de un impulso el diminuto tanga que no puso mayor resistencia ante el violento tirón. Los azotes recomenzaron con la misma intensidad, pero el paisaje cambió. Cada vez que movía las piernas, la jugosa vagina brillaba más que un conjunto de diamantes.
Los tres participantes estaban excitados. Los sádicos azotando y la masoquista gozando cada azote. Un estimulado Peter le quitó el sostén, dejando libres los maravillosos senos que colgaban como uvas maduras y apetecibles. Entre ambos hombres pusieron a la joven boca arriba y mientras el fotógrafo se hacía cargo de su vagina, rosada, joven y jugosa, Mikail bañaba con chocolate los senos y los succionaba con fruición.
Cuando Peter vio qué hacía Mikail con el chocolate, decidió imitarlo chorreándolo sobre el monte de Venus, totalmente depilado, mientras caía sobre el clítoris y seguía bajando. La lengua salió disparada hacia toda la zona. Una y otra vez era la pasaba por el clítoris, subía hasta el monte, bajaba por los labios de la vagina y se introducía en la cuevita del amor, lamiendo todos los rincones.
Los gemidos de placer de la jovencita eran interrumpidos sólo por algún beso fugaz que le ofrecían los hombres. Peter estaba loco de excitación y deseaba hacer algo más, pero no tenía muy claro qué, así que volvió a empuñar el recipiente chocolatero y sin ningún miramiento introdujo en él su pene. Lo sacó chorreando y sin pensarlo lo metió en la vagina de Majka. Quizás el apreciar una nueva sensación, quizás todo lo vivido, o quizás la tremenda excitación de la que era presa en ese momento, hizo que en el vaivén del movimiento gozara mucho más.
Fue en ese instante en que Mikail se subió a la mesada, tomó el recipiente del chocolate y le chorreó un poco a su alumna en la boca. Era la primera vez que veía el atributo más grande y oculto del repostero: un falo grueso y largo, con la cabeza rosada como una fresa madura y salpicada por pequeñas gotas, producto de la excitación. Semejante daga sólo pedía una vaina donde guardarse, así que la joven ofreció su boca para llevar ese pene a su punto de mayor tamaño. La joven iba haciendo crecer el miembro en cada pasada de lengua, en cada profundización, en cada suave mordisco de sus dientes.
-Pero ¿qué haces? –le pregunta el maestro. Y empuñando una cuchara de madera, le propinó unos pocos azotes en los pezones, que reaccionaron de inmediato- No se te ocurra morderme nunca más ¿entendido? Ahora… continúa lo que venías haciendo.
El fotógrafo no podía aguantar mucho más, los embistes eran cada vez más fuertes y no tenía interés ni deseos de prolongar aquella situación. ¿Sería claro decir que la vagina quedó impregnada de chocolate con leche?
Peter volvió a tomar la cámara y continuó su tarea de sacar fotos de todo tipo. Hizo acercamientos a la vagina de Majka, mostrando cómo salía del agujerito ese líquido de color extraño y textura viscosa. No se cansaba de sacar fotos, queriendo inmortalizar cada uno de los instantes que podrían ser importantes en la vida de los tres, y si era en primer plano y en blanco y negro… ¡mejor!
Mikail, que ya estaba encima de la mesada, aprovechó para hacer levantar a la joven y tomar su lugar: boca arriba. Le pidió que se sentara a horcajadas encima de él, cosa que ella hizo de inmediato, en tanto la penetraba por la vagina.
-Peter, deja ya de sacar tantas fotos y ayuda. Esto no es una fiesta ni una orgía, sino un duro castigo para esta niñata descuidada y díscola. Toma la paleta y azótala.
Mientras que Peter seguía las instrucciones de su amigo, el veterano tomó a la jovencita de la nuca, atrayéndola hacia sí con un fuerte empujón. Ese movimiento hizo que las nalgas de la Majka quedaran en pompa y expuestas, lo que ayudó al fotógrafo a cumplir las órdenes de su amigo.
En cada azote la joven se movía hacia arriba y abajo, logrando una deliciosa fricción entre ambos órganos, que podrían sacar chispas en cualquier momento debido a la fogosidad de los dos participantes.
Una vez más, Mikail acercó el rostro de la muchacha al suyo, la besó con una pasión que permitía constatar claramente el estado de excitación en que se encontraba el hombre; luego puso el rostro de la chica a un costado acercándose lentamente a su oído, y sin dejar de penetrarla con fuertes embates le susurró:
-Ahora sabrás lo que es bueno… entre Peter y yo te haremos saber cómo se trata a las de tu clase…
Si faltaba algo para que Majka llegara una vez más al orgasmo, eran esas palabras mezcladas con los azotes, la excitación de sentirse “usada” y tratada como una perrita en celo. Una pequeña pero conocida seña entre los amigos, fue suficiente para que Peter se montara en la mesada, preparándose para penetrar el dulce ano de la mujer.
Sintió correr un pesado líquido entre sus nalgas, mientras que una mano se encargaba de introducir el producto y mojar con él su pequeño orificio. Con el mismo aceite, Peter embadurnó su pene y así comenzó lentamente a penetrarla.
Majka sentía como que se partía, que su ano no resistiría el atlético miembro del joven; a pesar del dolor no dijo nada, porque era demasiado el placer que estaba teniendo para parar todo aquello en ese preciso instante. Muchas veces había oído hablar de la doble penetración, pero jamás pensó vivirlo, y menos aquella tarde.
Como una máquina locomotora que comienza su viaje avanzando lentamente al dejar el andén, así comenzaron a moverse los hombres: con un movimiento apenas perceptible al comienzo, y luego un poco más a prisa cada vez, hasta llegar a una sincronización casi perfecta de ambos amigas, que no contentos con la penetración usaban otras técnicas como la de Mikail, que apretaba y tiraba de los pezones de la joven en tanto Peter, ubicado detrás de ella, le besaba la nuca haciéndola estremecer con su tibio aliento.
La excitación era demasiada. No tardaron en llegar al orgasmo. Luego permanecieron juntos, abrazados y en silencio por varios minutos, disfrutando cada segundo de los momentos vividos.
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Los postres y tortas llegaron a tiempo a la embajada. El frescor de la tarde los hizo pensar en refugiarse en un café. No se decidían si irían al Central o al Landtmann, pero optaron por éste último por ser el más cercano.
Los recibió un establecimiento grande y antiguo, perfectamente bien conservado. La elegancia del lugar, cubierto por espejos y madera, hicieron que Majka se sintiera cómoda y distendida después de la movida tarde que había tenido. Se ubicaron en una mesa sobre un ventanal. Un camarero vestido con un atuendo tan distinguido y elegante como el lugar, tomó la orden del trío.
Majka pidió un café Melange, con leche caliente; Peter un café Obres, preparado con crema; Mikail prefirió un Kaffeinfreier Kaffee, o sea, descafeinado. La pastelería casera era de la mejor de Viena, y fue Majka quien se encargó de solicitarla.
Mientras que preparaban su orden, Mikail le contó a su estudiante extranjera que aquel café siempre había sido un lugar visitado por artistas e intelectuales locales; abierto en 1873 por un comerciante de café, Franz Landtmann, el local había tenido a Sigmound Freud como uno de sus clientes más célebres, entre otros muchos.
La orden de los cafés fue servida con el característico vaso de agua corriente. Cuando el camarero se hubo alejado lo suficiente, Mikail preguntó:
-Dime… ¿Lo pasaste bien? –dirigiéndose a Majka.
-Maravillosamente bien. Fue el castigo más gozoso de mi vida. Claro que esto que sucedió hoy es una garantía de mi comportamiento.
-Esa actitud te enaltece Majka. Me alegro que aceptes que gracias a este castigo has aprendido la lección y tendrás cuidado de mantener limpio tu lugar de trabajo.
-Bueno maestro, eso será cuando trabaje en otro lugar, pero luego de la experiencia de hoy, estoy deseando cometer algún desastre para recibir otro “castigo” similar –respondió la joven, con una gran sonrisa.
-¿Debo tomar esa declaración como una amenaza? –le inquirió Mikail levantando la ceja…
-Pues…–dijo con una gran sonrisa respondiendo a las de los hombres- espero que así lo tomen ambos.
-Entonces ninguna queja ¿verdad? –preguntó un sonriente Peter.
-Sólo una, y es bastante grave –dijo Majka con seriedad y bajando los ojos- Espero que si una situación similar se repite, no vuelva a darse lo mismo otra vez…
La miraron con asombro y algo de incertidumbre. Majka le dio un mordisco al exquisito dulce, tomó un gran sorbo de su Melange y enfrentando la mirada inquisitiva de los dos hombres, les dijo:
-Es que… ¡no me gusta el chocolate!

- FIN -

domingo, mayo 17, 2009

MARIO BENEDETTI

Maestro…

Es difícil hablar sobre usted. Quizás, don Mario, porque usted provoca respeto.

Sería muy, pero muy fácil agarrar entrar en Internet y contarle a la gente que usted nació el 14 de setiembre de 1929, en Paso de los Toros, allá por el medio del país, del lado norte del Río Negro, ese río que divide en dos al paisito. Podría decir que pasó una niñez con apremios económicos y que en 1946 se casó con Luz López Alegre, su gran amor, su compañera… Esa con la que caminó la ruta de la vida, mano a mano y codo a codo siendo “mucho más que dos”.

¿En cuántos sitios trabajó Don Mario? En un montón, sin duda. Desde la casa de repuestos de autos hasta periódicos, revistas, semanarios. ¿Se acuerda cuando en 1974 clausuraron el semanario Marcha?

Pero usted siguió escribiendo cuentos, novelas, poemas. ¿Quién no leyó, vió en el cine o al menos oyó hablar de “ La Tregua ”?

¿Cuántas veces vimos escrito aquello de “Usted puede contar conmigo. No hasta dos o hasta diez, sino… contar conmigo”.

Por eso Don Mario, yo no puedo escribir sobre usted. No me animo ¿sabe? Me queda grande…

Quisiera contarle a todos la gran cantidad de premios con que lo honraron en vida; las veces que lo nombraron “Doctor Honoris Causa”, a alguien con escasos estudios secundarios.

¿Sabrá la gente que usted fundó junto a miembros del Movimiento de Liberación Nacional (Tupamaros) el Movimiento 26 de Marzo? ¿Y que tuvo que abandonar su país por sus pensamientos políticos? Pasó tu exilio en Argentina, Perú, Cuba, España… Pasó 10 años alejado de su paisito y de su esposa.

Allá por 1985, Joan Manuel Serrat graba “El Sur también existe”, basado en sus poemas y con su ayuda y colaboración personal.

¿Premios? Muchos. Jristo Botev en Bulgaria, Llama de Oro de Amnistía Internacional en Bruselas, Morosoli de plata en Minas, Uruguay, Orden al Mérito Docente y Cultural Gabriela Mistral en Chile, Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en España, Premio Iberoamericano José Martí, Premio Internacional Menéndez Pelayo… Y siguen y siguen.

Pero ¿qué importa? Usted escribió más de 80 libros, además de artículos, discursos y muchas cosas más. 40 de sus libros fueron traducidos a 20 idiomas.

Recién acabo de ver en la televisión a su amigo Galeano que dijo que su apellido, “Benedetti”, significa “benditos”. Benditos nosotros que tuvimos la suerte de disfrutarlo en vivo y deleitarnos con sus poemas.

Hoy, 17 de mayo de 2009, los medios de comunicación mundiales han dado la noticia de su desaparición física, con 88 años.

Entonces… ¿Qué más puedo decir yo? Mejor lo dejo a usted y a sus poemas, dos de los que más me gustan a mí.

Hasta siempre Don Mario...

Hagamos un Trato

Compañera
usted sabe
puede contar
conmigo
no hasta dos
o hasta diez
sino contar
conmigo

si alguna vez
advierte
que la miro a los ojos
y una veta de amor
reconoce en los míos
no alerte sus fusiles
ni piense qué delirio
a pesar de la veta
o tal vez porque existe
usted puede contar
conmigo

si otras veces
me encuentra
huraño sin motivo
no piense qué flojera
igual puede contar
conmigo

pero hagamos un trato
yo quisiera contar
con usted

es tan lindo
saber que usted existe
uno se siente vivo
y cuando digo esto
quiero decir contar
aunque sea hasta dos
aunque sea hasta cinco
no ya para que acuda
presurosa en mi auxilio
sino para saber
a ciencia cierta
que usted sabe que puede
contar conmigo.


UNA MUJER DESNUDA Y EN LO OSCURO


Una mujer desnuda y en lo oscuro
tiene una claridad que nos alumbra
de modo que si ocurre un desconsuelo
un apagón o una noche sin luna
es conveniente y hasta imprescindible
tener a mano una mujer desnuda.

Una mujer desnuda y en lo oscuro
genera un resplandor que da confianza
entonces dominguea el almanaque
vibran en su rincón las telarañas
y los ojos felices y felinos
miran y de mirar nunca se cansan.

Una mujer desnuda y en lo oscuro
es una vocación para las manos
para los labios es casi un destino
y para el corazón un despilfarro
una mujer desnuda es un enigma
y siempre es una fiesta descifrarlo.

Una mujer desnuda y en lo oscuro
genera una luz propia y nos enciende
el cielo raso se convierte en cielo
y es una gloria no ser inocente
una mujer querida o vislumbrada
desbarata por una vez la muerte.


sábado, mayo 16, 2009

Versiones Spankas de Mitologia Griega: EL RAPTO DE EUROPA

Autora: Ana Karen Blanco

Dedicado a Amosum

Los conocedores de la mitología griega, y aún los que no tienen demasiada noción sobre el tema, saben que Zeus, el padre y el más poderoso de los dioses griegos, era un conquistador empedernido y no le interesaba mucho si la mujer que anhelaba era diosa, ninfa o mortal. Las leyendas sobre sus amoríos son, digamos… abundantes, ya que no me animo a decir “demasiadas”

Con tal de lograr sus bajos propósitos carnales, Zeus no tenía ningún reparo en disfrazarse, transformarse, o usar sus poderes para adueñarse de su víctima, como en este mito que les relataré hoy: el rapto de Europa.

La doncella en cuestión, Europa, era una hermosa joven asiática. Esta princesa, hija de Agenor y Telefasa, reyes de Tiro en Fenicia, solía jugar con otras doncellas en unos prados pertenecientes a su padre; estos prados que morían en la playa, era donde pastaban los rebaños de toros del rey,

La belleza sin igual de la princesa atraía pretendientes que llegaban desde todos los puntos mas remotos del mundo y también del Olimpo. Dioses o mortales, eran rechazados uno a uno por la mujer. La beldad y primores de Europa, llegaron a oídos del propio Zeus que no demoró en bajar a la tierra para conocer a la joven; quedó impactado por su hermosura desde que la vio correr por el prado hasta zambullirse en el mar. Al salir empapada, con la tela de su fina túnica pegada al sinuoso cuerpo, el dios decidió que de alguna forma sería suya.

Gran estratega en cuestiones del amor, planificó raptar a la jovencita que había hecho reverdecer sus impulsos amorosos con sólo verla correr y jugar por los verdes valles. Impactado estaba a tal punto, que no podía dejar de pensar en la princesa de cuerpo voluptuoso y amplias caderas, ideales para el amor.

El dios de más poder del Olimpo, decidió pedirle ayuda a su hijo Hermes, encargándole que llevara el rebaño de toros del rey desde los prados hasta la playa donde Europa y sus amigas pasarían otro día de diversión.

Llegado el día, Hermes obedeció, siguiendo las instrucciones de su padre: conducir a los toros del rey hasta las cercanías del lugar donde las jóvenes doncellas jugaban, danzaban, recogían flores con las que fabricaban coronas y guirnaldas que se ponían unas a otras.

Entre la manada de toros había uno que se destacaba por su belleza y color. Estando cerca de la playa, el animal se separó del rebaño y se fue acercando lentamente al grupo de doncellas. Se trataba de un ejemplar de un blanco deslumbrante, facciones nobles y dulce mirada, que en vez de infundir temor, invitaba a aproximarse a él y acariciar su níveo lomo.

Algunas de las jóvenes se asustaron al ver aparecer al animal, pero Europa vio que no era de temer y lo agregó a sus juegos, colocándole guirnaldas, brindándole caricias y haciendo corros en torno a él. El manso animal se dejaba hacer, y hasta parecía disfrutar de las atenciones de que era objeto.

Europa se acercó acariciando su costado, mientras que el animal se recostó lamiendo los pies de la princesa, que se sintió halagada con el gesto de la bestia. Sus amigas la incitaron a sentarse en el lomo del toro, cosa que hizo mientras adornaba sus cuernos con sendas guirnaldas de flores, confiada y entregada al noble animal, sin saber qué le ocurriría después.

Cuando la joven Europa se sintió segura de que la bestia no le haría daño, decidió sentarse a horcajadas sobre él. Fue en ese momento que el toro se incorporó y se encaminó al mar velozmente, con la preciosa carga sobre su espalda. Sin entender qué sucedía, la princesa sólo atina aferrarse de uno de los cuernos del animal con una mano, y con la otra se abraza a su cuello mientras que entra al agua donde Poseidón aguarda para ayudar a su hermano Zeus; secundado por otro miembro de la familia del Olimpo: Éolo, dios de los vientos. Ambos dioses ayudan en la huída de Zeus, levantando olas enormes que hacen huir a la corte de Europa.

En tanto, el toro y su valiosa presa fueron llevados por el mar casi en andas. Ayudaron en la huída las sirenas, hijas de Zeus, mientras que Poseidón daba órdenes a distintas criaturas marinas que surgieron como cortejo para que la pareja llegara rápidamente a la isla de Creta.

El rey Agenor, enterado de lo sucedido, caminó y caminó por todos los senderos y caminos en busca de su hija, gritando su nombre y llamándola sin cesar: “¡Europa! ¡Europa!”, pero ésta nunca le respondió. Cuenta la leyenda que los habitantes de los lugares por dónde pasaba, de tanto oírlo, terminaron llamando así al continente.

Al poner pie en tierra firme, la joven princesa se deshizo en llanto mientras golpeaba al animal.

-Toro, ¿por qué has hecho esto? ¿Dónde me has traído? ¿Para qué me has alejado de mi hogar, familia y amigos? ¿Qué será de mí ahora, perdida en esta isla?

Cayó de bruces, sus lágrimas caían sobre la arena blanca mientras que el viento levantaba su falda mostrando sin pudores los encantos de la muchacha.

-Levántate Europa –dijo una estruendosa voz.

La joven alzó su cabeza y vio a un hombre tendiéndole la mano. El sol estaba en su cenit y no le permitía ver el rostro del desconocido, así que haciendo gala de su juventud, la joven comenzó a correr sin tener claro a dónde dirigirse. Cuando se cansó, volvió su rostro para ver si aún era perseguida y se topó de lleno con el pecho del hombre, pero ahí sí pudo ver su cara: era el dios Zeus, lo sabía, podía intuirlo, adivinarlo sin que nadie se lo dijera.

-Europa, mi bella Europa… las cosas que he hecho para estar junto a ti en esta isla.

La joven no quería olvidar que se trataba de él más grande de todos los dioses, pero aún así su enojo era tan colosal que no pudo evitar que la ira saliera disparada de su boca en forma de palabras.

-Zeus, dios de dioses… Debería sentirme halagada que hayas puesto tus ojos en mí, pero en cambio solo siento fastidio y repulsión; me raptaste y quieres poseerme sin importarte nada de mí. No quiero estar contigo, no te deseo, te repudio, eres un ser odioso y detestable. No te atrevas a tocarme…

El dios, en vez de encolerizarse, se rió divertido de las palabras de la joven; tenía bien claro que sin moverse, con su sólo deseo, podría poseer a aquella muchachita rebelde sin que ella ni nadie pudiera hacer algo para impedirlo. Pero no. En vez de usar la fuerza o sus poderes, quiso que esta vez la joven se entregara por sí misma, y más aún: que le pidiera que la poseyera. Serían solo dos seres en esa isla paradisíaca: él, olvidaría que era el más grande de todos los dioses y ella una simple mortal, pero… más hermosa y deseable que cualquier criatura del Olimpo.

-¿No quieres que te toque? Pues no lo haré. Serás tú misma quien vengas a suplicarme que te posea.

-Jamás haré eso. ¡Jamás!

-Claro que lo harás, y pagarás muy caro el haber rechazado a Zeus –dijo mientras se iba desvaneciendo en el aire.

Europa quiso gritarle que no se fuera, que no la dejara sola, pero su soberbia fue más fuerte y calló. Comenzó a caminar sin una dirección hasta que cansada, cuando el sol caía y estaba casi sin fuerzas, se dio cuenta que había andado en círculos. La noche corrió su manto de terciopelo negro salpicado de diamantes, pero la luna había estado decreciendo su tamaño y casi no iluminaba. Llegó al mar; cerca de la orilla y tapada con hojas secas trató de dormir, pero el sueño era difícil de conciliar con tanto miedo, frío y hambre. Finalmente Morfeo se apiadó de ella y tomándola en sus brazos, veló sus sueños.

El sol picaba cuando despertó. El sonido del mar le recordó su tierra, su familia, sus amigas… y se entristeció. Iba a comenzar a llorar cuando un aroma delicioso invadió su olfato. Al girar su cabeza vio a Zeus comiendo pescado asado en una improvisada barbacoa, y con un montón de fruta a su alrededor. Tentada por el hambre, la princesa se acercó con la esperanza de ser invitada a tan grandioso festín.

-Señor, tengo mucha hambre.

-Ajá.. –respondió el dios mientras chupaba uno a uno los dedos de su mano y seguía comiendo.

-¿Podría tener una porción de comida?

-Sí, podrías si me dieras algo que me gustaría poseer…

-Ya le dije que no le daré mi cuerpo.

-Tampoco lo quiero, ya no me interesa –dijo Zeus con desdén- Puedo poseer a mujeres más bellas y deseables que tú. Así que olvídalo… no me interesas. Vete y déjame comer en paz, no quiero que me molestes.

La joven no podía creerlo. Si ya no la quería… ¿qué haría entonces?

-Entonces Señor… ¿qué es lo que quieres poseer?

-No me gustan los frutos del mar. Quiero vino, pan y queso.

-Pero… ¿en esta isla? Estamos solos, quizás consiguiera uvas silvestres, pero nada más

-Bueno… yo sé cómo conseguir todo, y siendo que soy podría obtenerlo con solo desearlo, pero quiero que me lo traigas tú, así también te doy la oportunidad de comer. ¿Entendido? Si aceptas conseguirme esas cosas, puedes sentarte a comer.

Sin pensar demasiado, Europa se tiró, literalmente, sobre la comida y llenó sus mandíbulas además de su estómago. Una vez que hubo satisfecho su hambre, el dios preguntó:

-Bien ¿estás lista para partir?

-No, no estoy lista, pero supongo que debo partir igual…

-Exactamente. Ahora presta atención: sigue mis instrucciones y llegarás de regreso con todo lo que te he pedido. Pero te advierto algo: no deberás probar comida ni bebida. Con solo un bocado que tomes, será suficiente para que el maleficio caiga sobre ti. Estás advertida.

Tomó una pequeña rama, alisó la arena y dibujó allí los caminos a seguir por la joven, que miraba al dios de una forma diferente. Algo le decía que el dios aún la seguía deseando, y eso le hizo sentirse más bella e importante aún. Dejó sus pensamientos de lado y se concentró en el trazado y las explicaciones del dios.

-Recuerda: mañana antes de que el sol esté sobre mi cabeza deberás estar de regreso, o ya no me encontrarás nunca más. Ahora puedes comenzar tu periplo.

El camino a recorrer era fácil, lo difícil seria conseguir lo que el dios le había pedido. Ella no llevaba monedas ni nada que pudiera canjear con los dueños de los alimentos, así que debería usar sus encantos o… engañar hábilmente a esa gente para poder hacerse con lo que necesitaba.

El primer lugar en aparecer, tal como se lo había dicho Zeus, fue el molino. Un delicioso aroma a pan caliente salía del horno a leña. Varias hogazas de pan esperaban ser cocinadas mientras seguían creciendo en tamaño.

-¿Qué deseas mujer? –dijo el molinero con cara de pocos amigos

-Quisiera saber si puedes darme una hogaza de pan.

-¿Darte? Niña, yo no doy ni los buenos días, así que si no tienes con qué pagar, vete de aquí.

-Al menos Señor, déjeme pagarle con trabajo –dijo la joven que jamás había trabajado en su vida.

-Muéstrame tus manos –le exigió el molinero. Las tomó y miró despectivamente- Esas no son manos de trabajo, pretendes engañarme ¿eh? Mejor vete de aquí rápido, antes de que me arrepienta de dejarte ir y decida hacer contigo lo que estoy pensando. Eres una hermosa hembra y yo hace mucho que estoy solo. Por todos los dioses del Olimpo… todo lo que te haría si te tuviera en mis manos.

La joven comenzó a retroceder al ver el rostro del hombre, lleno de deseo y lascivia, con la mirada perdida en el cuerpo de la joven, que huía presurosamente. Cuando se hubo alejado, comenzó a sacar las hogazas del horno doradas y crujientes, mientras metía las crudas.

Europa miraba la escena a lo lejos, y se fue acercando al cesto donde el experto hombre colocaba el pan. En un descuido de este y sin pensarlo demasiado, tomó una de las hogazas y salió corriendo presurosa con el pan bajo el brazo, que de tan caliente casi quemaba su piel. Huyó tan presurosamente que trastabilló y cayó rumbo al arroyo que ayudaba a mover las aspas de la rueda del molino. Sin soltar la hogaza, se asió con su mano libre de unos matorrales, quedando atascadas las piernas en unas ramas, como si estuviera sentada en ellas pero… con las nalgas al aire. Como pudo, se tomó fuerte de las ramas superiores, cuando sintió un fuerte impacto en su trasero: las aspas del molino no tenían espacio suficiente para pasar, así que azotaban a Europa levantando su trasero, sin casi darle tregua entre un azote y otro. La princesa, que entre gritos y ayes no soltaba el pan, atrajo al molinero con el alboroto. El hombre se acercó y al ver el espectáculo no pudo contener la risa. Miró a la joven y se fue.

Europa no tenía forma de marcharse ni de escapar. Con el pan asido fuertemente debajo del brazo, la joven sentía arder sus nalgas con el impacto de las aspas y sabía que no podría soportar mucho más, cuando una cuerda cayó a su costado.

-Toma la cuerda y átala fuertemente a tu alrededor –le dijo una voz que le sonó familiar. Al mirar hacia arriba, vio al molinero que la observaba con ojos pícaros y una sonrisa cómplice. Obedeció y luego de asegurarse de que estaba bien amarrada, el hombre comenzó a tirar de ella hasta que la subió a su lado.

Luego de desatarla la metió bajo su brazo exponiendo su culo una vez más y dejó caer sendos correazos sobre sus nalgas,

-Esto es por la tontera de dejarte caer allí. Por el robo del pan, ya se cobró el molino. Ahora… vete de aquí.

No se hizo esperar: corrió y corrió en dirección al lugar que le había indicado Zeus. Pero la noche se acercaba y ella necesitaba descansar de alguna forma que no fuese sentada.

Con los últimos rayos de luz, divisó una cabaña con el hogar prendido. Era el hogar de la pastora de cabras que fabricaba quesos con la leche de los animales que cuidaba. Los quesos no eran muy grandes, pero se veían apetitosos. Estiró su mano para tomar uno cuando una fuerte nalgada la levantó en peso y la hizo quedar por un momento en puntas de pie.

-¿Qué crees que estás haciendo, bribonzuela? ¿Quieres robar mi queso?

-No, no señora. Solo que se veía tan bien hecho, tan apetitoso, que me dieron deseos de probarlo.

-Para probarlo tendrías que pagarlo primero. ¿Cuánto dinero traes?

-Ninguno…

-Entonces sí eres una ladronzuela. Ven para aquí que yo te voy a dar tu porción…

Tomó a la princesa de una oreja como si de una niña traviesa se tratara y sentándose en el mismo banco que seguramente usaba para ordeñar sus cabras, la cruzó sobre sus rodillas y comenzó a azotarla. Europa tenía dolorido aún su trasero por los golpes de las aspas y por los correazos del molinero; estos nuevos azotes le dolían el triple, sin tomar el cuenta que la pastora tenía una fuerza descomunal y las nalgadas resonaban por todo el bosque. El pan yacía sobre la mesada, al lado de los quesos maduros y listos para saborear..

La pastora no tenía compasión de la joven, ni siquiera cuando levantó su túnica y vio los globos enrojecidos. Igual siguió castigando a la muchacha que no paraba de quejarse y llorar del dolor. Las súplicas para que parara de azotarla, sus lágrimas y el estado calamitoso de sus nalgas no ablandaban el duro corazón de la veterana mujer. Cuando creyó que había sido suficiente, paró. La noche ya se había instalado sobre la isla cuando la fornida pastora ató con fuerza a un poste a la presunta ladrona de quesos.

-Así se que no escaparás en la noche robándote mis quesos.

-No señora, jamás haría algo así.

-Sí, claro… eso dicen siempre los ladrones. Mejor duérmete.

Con el cansancio acumulado por las horas vividas, el hambre, el frío nocturno y más, Europa logró dormirse antes de lo que pensaba, pero también se despertó antes. Con el movimiento de la noche, los nudos se habían aflojado y podía desatarse por si misma. Con un pequeño esfuerzo se deshizo de las cuerdas, tomó el pan, dos quesos pequeños y comenzó a correr. Cuando había corrido unos cien metros, se detuvo. No podía huir de esa forma y darle a la pastora la razón, así que regresó, tomó un cuchillo y cortando una tercera parte del pan, lo depositó en el lugar de los quesos. Luego, marchó.

Helios ya había dejado del mar, volando hacia los cielos en su carroza de fuego, rumbo al sol, cuando el hambre volvió a asaltar a nuestra heroína. Miró el pan, el queso y recordó las palabras de Zeus, que la comida estaba encantada y que si llegaba a probarla, algo malo le pasaría.

Todo eso pensaba mientras atravesaba unos viñedos de los que pendían unos racimos sumamente apetitosos. Al final del camino un hombre la vio acercarse entre las cepas y la esperó. Era un hombre maduro, que la miraba con ojos de deseo y no lo podía disimular.

-¿Qué deseas bella joven? ¿Algo de vino que acompañe tu pan y tu queso?

-Eso desearía Señor, pero no tengo dinero para pagarle.

-Bueno, eso no sería problema si tú y yo nos divirtiéramos un rato juntos –dijo el bodeguero lanzándole una mirada de lascivia.

-No, eso no. Pero compartiría con usted un trozo de pan y queso frescos a cambio de uno de sus pellejos

-Excesivo valor le das a tu comida muchacha, o muy poco valoras mi vino, el mejor de toda la región.

-Eso es lo que usted dice, pero yo aún no lo pruebo y no sé cómo es.

-Este vino es néctar de los dioses. El propio Baco haría cualquier cosa por probarlo. Ven conmigo y te convidaré.

Tomó un cacharro de barro y recorrió varios pellejos que tenía colgados hasta que se detuvo en uno y dejó caer dentro del recipiente un líquido espeso, entre púrpura y violáceo, y con el cacharro entre sus manos se dirigió hacia una mesa donde se sentó.

-Bien, aquí está mi vino –dijo mirando fijamente a la chica que creyó adivinar a quién le recordaba una mirada similar- Ahora trae tu pan y el queso y desayunemos juntos, aunque veo que ya has comido.

-No, no he probado bocado desde ayer. Lo que falta del pan lo he dejado como pago por los quesos.

-Entonces has de tener mucha hambre –dijo el hombre sacando de su costado una afilada daga que hizo sobresaltar a la joven- No temas, nada te haré que no quieras. Toma –dijo aferrando con cuidado el arma por el lado del metal y poniendo hacia ella la empuñadura- corta tú misma la comida.

Cortó un trozo de pan como para emparejar la mitad de la hogaza y un buen trozo de queso que dividió en fetas. Ese era el queso: Feta, que se elaboraba con leche de cabra y oveja; era algo salado y de textura cremosa, lo conocía muy bien. El otro queso parecía que fuera Manouri, hecho en forma de cono truncado; al cortarlo se notaba que era de pasta suave y blanda, no tenía corteza y olía a leche fresca. Europa lamentó no tener algo de miel para echarle por encima.

Mientras ella estaba ocupada cortando los alimentos, el bodeguero se levantó y regresó con varios racimos de uvas de tipos diferentes. Los granos conservaban gotas de agua que los hacía verse más frescos y apetitosos. En pocos instantes quedó una mesa suculenta, y más aún para los ojos de Europa que aún no sabía cuál sería la consecuencia de tomar cualquier alimento, pero tenía claro que algo pasaría si llevaba algo a su estómago..

-Vamos pequeña, comienza a comer –dijo el bodeguero tomando un pedazo de pan y otro de queso. Europa miró el pan: estaba amasado con harina blanquísima, tenía una consistencia esponjosa y suave por dentro, mientras que por fuera estaba crocante y dorado; el queso estaba bien curado, era de consistencia pastosa, de sabor y olor penetrante, elaborado con leche de cabra por la textura y el aroma. Ver comer al bodeguero era una invitación a probar aquellos deliciosos manjares que transformaban su rostro en gestos de deleite, diferentes en cada bocado. Emitía sonidos de agrado mientras masticaba lentamente, como queriendo descubrir algo especial con cada sabor…

Al probar su propio vino, la transfiguración del rostro fue increíble.

-Es un vino digno de Baco, y toda esta comida sería un festín hasta para el mismo Zeus. Es una lástima que no lo pruebes, aunque sea un pequeño bocado para ver cómo sabe. ¿Tienes hambre, verdad? Entonces no logro entender cómo rechazas probar estas delicias.

Tomó dos enormes granos de una uva blanca, que al morderlos soltaron un brillante líquido que se comenzó a escurrir por la comisura de su labio.

La hambrienta joven no soportó más y se lanzó sobre la comida, olvidando los modales y el protocolo. Ora un mordisco de pan con queso Feta, ora un gran trago de vino, ora uvas y queso Manouri que se deshacía en su boca, mezclando los sabores en un mismo bocado. Tuvo que cerrar los ojos para poder gozar más intensamente el sabor de la comida. Cuando hubo tragado los primeros bocados, todo a su alrededor se tornó brillante y apetecible, pero no podía parar de comer. Fue entonces que recordó las palabras del dios: “…Pero te advierto algo: no deberás probar comida ni bebida que te ofrezcan, porque está todo encantado. Con solo un bocado que tomes, será suficiente para que el maleficio caiga sobre ti. Estás advertida”. Lo que no se daba cuenta era cuál sería el encantamiento, excepto ver todo más bello, con más brillo, más apetecible, como toda aquella comida que no podía parar de tragar.

-Está todo sabroso, ¿verdad? –al volver la vista y enfrentar al bodeguero comprendió el maleficio. Unos enormes deseos sexuales se apoderaron de ella. Era como si Eros hubiese lanzado todas las flechas juntas a su corazón. El hombre, feo y desdentado le parecía deseable, y sintió repugnancia de si misma. Se puso en pie rápidamente y tomando el pellejo de exquisito vino, lo colocó sobre su hombro y comenzó a correr de regreso a la playa, abrazando en la huída el resto del queso y el pan, y un enorme racimo de uvas en la mano… que iba desgranando de a una con su boca mientras corría sin cesar. El bodeguero no se movió, dejando que huyera. Sabía perfectamente dónde encontrarla.

En su huída, todo la excitaba, le parecía deseable, y a todo lo relacionaba con el sexo: los árboles se le antojaban con formas fálicas, los animales habían decidido reproducirse todos ese día, la comida le resultaba afrodisíaca, el aire era como mil manos que la acariciaban, sus vestiduras la rozaban lujuriosamente…

Llegó a la playa y depositó su tesoro sobre un manto que hacía las veces de mantel. Hervía por dentro, así que decidió tirarse en el mar a ver si podía bajar la temperatura interior de su organismo. El sol había llegado a su punto más alto y el calor de sus rayos había entibiado las aguas, por lo que le resultó difícil enfriar nada allí. Pero desnuda en el mar sintió las aguas que lamían su piel y se metían en todos sus agujeros.

De la entrepierna brotaba el néctar de su excitación, sus pechos erguidos lucían los pezones más duros e hinchados que nunca. Su necesidad de tener sexo y dejar de ser doncella se multiplicaba cada segundo. Sin saber qué hacer, trató de buscar a Zeus para que la ayudara y le diera una solución para salir de aquella candente y desesperante situación. Tomó el manto con los alimentos y se introdujo en el interior de la isla en busca del dios.

Corrió y corrió arduamente durante lo que le parecieron largas horas. Aunque jamás se lo confesaría, deseaba que Zeus la poseyera desde que lo vio convertido en hombre. Europa se sabía hermosa y deseada por mortales y dioses, pero su ego se acrecentaba cuando pensaba que el dios máximo quería hacerla suya. Y ella también lo deseaba. Si hubiese hecho un poco de esfuerzo, quizás habría evitado el comer aquellos alimentos que la habían conducido a ese estado de excitación desesperante, pero en realidad deseaba pertenecerle, y el haberse dado un hartazgo de comida prohibida, le daba la fuerza para lanzarse a los brazos del dios con una pasión desconocida para ella.

Finalmente encuentra a Zeus acostado, dormitando al lado de una fuente y corre a su lado. No sabe si despertarlo o no, pero sus ansias de pertenecerle son tantas que besa desesperada los labios del dios.

-Pero ¿qué haces, mujer?

-Te despierto mi Señor. Quiero ser tuya, quiero que me poseas, que me hagas conocer el placer carnal. Hazme tuya Zeus. –las palabras salían a borbotones de sus labios, en forma impulsiva y sin pensar.

-¿Dónde está lo que te pedí? –le inquirió Zeus con toda calma.

Europa abrió el manto y ante los ojos del dios apareció lo que sería una tercera parte de la hogaza de pan, la mitad del queso y un pellejo de vino que se notaba algo vacío.

-¿Y es esto lo que le presentas a Zeus? ¿las sobras de un festín? ¿Cómo te atreves mujer? ¿Cuántos han comido de aquí antes que yo?

-Esos alimentos ya han sido probados por otros, pero el plato principal está aún sin tocar, esperando por ti –dijo la joven poniéndose de pie.

Con un rápido ademán, quitó el broche que sostenía la tela de su túnica y ésta cayó al suelo. El maravilloso cuerpo de la joven Europa quedó al descubierto. Su cabello, que cubría pudorosamente uno de sus pechos y el cofre de su virginidad, fue corrido por una ráfaga de aire tibio.

-¡Por todo el Monte Olimpo! ¿Cómo te atreves a ofrecerte de esa forma? Eres una doncella, una virgen, pero ya veo que tendré que enseñarte cómo comportarte. Conozco a las de tu clase… y sé cómo corregirlas.

Sin mucho esfuerzo tiró del brazo de la joven que fue a aterrizar sobre sus rodillas. Tenía un culo descarado y respingón. La mano del dios de los cielos, del rayo, el trueno y el águila descargó su mano sobre las níveas protuberancias de Europa, que comenzaron rápidamente a tomar el color de las amapolas.

Con cada palmada el cuerpo de la muchachita se retorcía. Lanzaba pequeños gemidos y en su fuero íntimo gozaba al sentir la mano del dios sobre su piel. Con el movimiento la joven se había descolocado, así que el dios volvió a ponerla en su lugar y luego, para sostenerla, pasó la mano sobre su cintura. Una vez allí comenzó a acariciarla hacia arriba hasta que el pecho derecho de Europa estaba en su mano. Lo acarició suavemente y tomó entre sus dedos el suave pezón y lo apretó dura y firmemente, mientras que con la otra mano buscaba el botón del placer de la jovencita, mientras esta gemía entre el placer y el dolor. Cuando lo encontró, empapado en sus propios jugos, comenzó a acariciarla hasta llevarla al punto del orgasmo, pero sin permitirle que llegara al máximo placer. Fue entonces que la hizo poner de pie y la obligó a caminar a su alrededor…

Zeus no podía creer tanta belleza. Desde el rostro arrebolado de la joven, bajando por su cuello y hombros, los pechos blancos adornados por dos pezones rosados, el vientre liso y sedoso, las generosas caderas, el culo rojo y túrgido, las piernas curvilíneas hasta los pequeños pies, todo en ella era perfecto. El dios, extasiado, tomó a la doncella en sus brazos y la introdujo en la fuente, donde lavó con sus propias manos cada centímetro de excitada piel. Al salir del agua, secó con su boca y con su lengua el cuerpo juvenil. Luego, la tendió sobre su propio manto y comenzó a cebarla con los alimentos que ella misma había conseguido con tanto esfuerzo.

Tendida a su merced, tomó el pellejo de vino y lo esparció sobre ella, para luego lamer hasta la última gota de aquel néctar que se mezclaba con los de la mujer, produciendo un elíxir que emborrachaba al dios de tanto placer. Su virilidad estaba en su cenit, en el punto máximo de excitación cuando decidió penetrarla hasta lograr su desfloración. Fue en ese instante en que se dio cuenta, al mirar sus ojos, que todos los personajes con los que había estado, el molinero, la quesera y el bodeguero… eran Zeus disfrazado. Debió darse cuenta antes, porque todos tenían los mismos ojos y la misma mirada. Pero nada le importaba, estaba feliz de estar con el padre de todos los dioses del Olimpo y posiblemente el mejor amante.

Aquella tórrida tarde se amaron varias veces hasta caer rendidos. Se durmieron abrazados para volver a unirse en la noche una y otra vez. La Fuente de Gortina fue testigo de los embates pasionales del dios y la mortal. Un árbol que daba plátanos, después de aquellas escenas de amor, sexo y lujuria, volvió sus hojas perennes.

Cuando Europa despertó, el dios ya no estaba junto a ella, pero le había dejado tres valiosos regalos: Talo, un autómata que utilizaría cuando se convirtiera en la primera reina de Creta para vigilar la isla; Laelaps, el perro que siempre acertaba con sus objetivos de caza, y por último una jabalina que siempre daba en el blanco.

Cuenta la leyenda, que la princesa a los nueve meses dió a luz a los tres hijos de Zeus: Sarpidón, Radamantes y Minos que llegaría a ser rey de Creta y se convertiría en el carcelero del Minotauro. Para que Europa no quedara desamparada, el dios arregla su boda con Asterión, rey de Creta que toma a los hijos de la joven y el dios, como propios.

También se dice que tras la muerte de Europa, en su honor el mayor de los dioses del Olimpo creó una constelación con forma de toro, ya que gracias a eso había podido raptar a la princesa. Desde entonces Tauro se incluye entre los signos del zodiaco.


- F I N -

domingo, abril 12, 2009

Corín Tellado: la Dama de la novela rosa

María del Socorro Tellado López nació el 25 de abril de 1927 en Asturias.

Esta maravillosa y talentosa escritora comenzó su obra muy jovencita; publicó su primera novela “Atrevida Apuesta” en 1946, con apenas 19 años y después que un librero la puso en contacto con la Editoral Bruguera , que la contrató con la condición de que escribiera una novela por semana.

En la España de la postguerra sus novelas se vendían como pan caliente, por sólo un duro (5 pesetas). Se hizo conocida en Latinoamérica a través de la publicación de sus novelas cortas en la revista “Vanidades”, a partir de 1951.

Sin duda que una señora capaz de escribir más de cuatro mil novelas en 63 años de carrera, vender 400 millones de ejemplares y ser la escritora más leída luego de Cervantes, merece toda mi admiración. Sacando cuentas muy rápidamente, sólo una persona privilegiada como ella puede escribir un promedio de más de una novela por semana. Y lo más asombroso es que, a pesar de tratar siempre el mismo tema, el amor de pareja, no se repetía en sus argumentos.

Fui una de sus tantas lectoras en mi adolescencia, cuando las mujeres soñamos con el amor. Siempre me llamó la atención que sus novelas no tienen una época definida, sino que siempre tuvo el cuidado de describir los lugares, los personajes y toda la ambientación, ropa inclusive, de forma que uno lo pueda ubicar en cualquier año del siglo XX, a partir de 1945 o 50. Simplemente magistral.

Sus novelas fueron también adaptadas al cine y a la televisión por medio de telenovelas, tanto en España como en América Latina.

Admirada y querida por talentos de la pluma, a esta asturiana le fue otorgada la medalla al “Mérito en el trabajo”.

Ayer, 11 de abril, falleció a la edad de 81 años en Gijón, Asturias, España, y no puedo dejar de escribir sobre ella y compartir con ustedes esta noticia.

Desde mi lugar de aprendiz de escritora, reciba usted mi humilde homenaje a su talento. Gracias por habernos dejado su legado que es un canto al amor rosa, gracias por su lucha porque el Asturianu o Bable fuera aceptado como lengua, y gracias por haber compartido con nosotros sus dotes para la pluma.

Descanse en Paz Corín Tellado…

martes, abril 07, 2009

Versiones Spankas de Mitología Griega: EROS Y PSIQUE (parte final)

Autora: Ana Karen Blanco
Vagando su tristeza por la tierra y consciente del error que había cometido, Psique piensa en su amado. En tanto Eros que había decidido irse al Olimpo, llora tendido en su lecho, enfermo de amor.

El dios del amor había desaparecido y el mundo decaía tornándose feo, aburrido, sin gracia ni placeres. Los niños, amigos y amantes estaban solos y nadie mostraba afecto.

Los dioses no comprendían qué pasaba, pero una gaviota le contó a Afrodita el motivo de tanta desdicha: el amor de su hijo por Psique. No era una diosa, ni una musa, sino… una simple mortal. Con todo su enfado fue al Olimpo y enfrentó a su hijo llenándolo de reproches y sentenciándolo que si seguía así le quitaría sus armas para dárselas a otro. De nada servían sus palabras: Eros seguía sumido en una profunda tristeza.

Afrodita, como madre y suegra, quería atrapar a la princesa para castigarla y regresar al mundo a su estado normal. Desde que esto había pasado, los hombres habían dejado de reverenciarla. Así que, según Apuleyo en “El Asno de Oro”, la diosa ofrece una recompensa a quien dé algún dato de Psique:

«Siete dulces besos de la boca de la mismísima Afrodita, y un exquisitamente delicioso empujón de su lengua de miel entre sus apretados labios.»

Según parece, Vieja Costumbre habría sido quien capturó a Psique. No hay ningún documento que diga si disfrutó o no la recompensa. La pobre princesa fue entregada a manos de las temibles Pena y Ansiedad, que la castigaron sin piedad y fue luego devuelta a la diosa.

Posiblemente ninguna diosa sea tan rencorosa como Afrodita; aún con Psique arrodillada ante ella, seguía enojada, ya que por culpa de esa mortal su hijo era infeliz; aún envidiosa de la belleza de la princesa, comienza a poner en práctica su venganza.

-No te perdonaré ni permitiré que mi hijo regrese a tu lado a menos que dejes de ser mortal. Para lograrlo deberás primero cumplir cuatro tareas; recién entonces serás merecedora de convertirte en esposa de Eros, el dios del amor, hijo de Afrodita –dijo la diosa con todo el orgullo de sentirse superior a la joven, sino en belleza al menos en poder.

-No podré hacerlo…

-Si realmente lo amas, lo harás. Si no eres capaz de intentarlo siquiera, puedes irte. No eres digna del amor de un dios.

En ese momento recordó el rostro de su amado y la tristeza por su pérdida le llenó el alma de pena. Tenía que hacerlo aún corriendo el riesgo de no lograrlo.

-Dime cuál es mi primera tarea diosa mía…

-Tu primera tarea será acomodar un montón de semillas de siete tipos: trigo, cebada, mijo, simientes de adormideras, garbanzos, lentejas y habas, de forma que cada una esté en el lugar apropiado antes del anochecer. Ahora vete y no regreses hasta haber concluido tu tarea, o sea, al anochecer.

Cuando Psique se enfrentó a la pila de semillas de diferentes tipos, vió que su tarea era imposible de realizar en tan poco tiempo. Dió por perdido su amor por Eros y lloró desconsoladamente. Sus lágrimas y su llanto desesperado atrajeron la atención de una mujer que pasaba por allí. Al preguntarle la razón de su congoja, la princesa le contó su tragedia.

-¿Y a ti te parece que estás en esta situación debido a qué?

-A que mis hermanas me incitaron a desobedecer; a que tuve el descuido de que se me cayera una gota sobre mi amado, y a que la diosa Afrodita me obliga a hacer esto para recuperarlo sabiendo que no lo podré hacer –contestó rápidamente Psique entre sollozos.

-Sí podrás hacerlo con mi ayuda, pero esto te ha sucedido por una razón que no mencionaste. Ahora ¿estás dispuesta a pagar cualquier precio que te pida por ayudarte a realizar esta tarea?

-No si ello pone en juego mi honor. Prefiero perder a mi Amado.

-No, no comprometerá tu honor. Pero deberás pagar un precio y no podrás rehusarte. ¿Aceptas?

-Sí, acepto –dijo sin dudar.

-Bien… trato hecho.

La mujer levantó sus brazos y lanzó un sonido casi imperceptible; era un sonido extraño. En cuestión de segundos manchas negras se encaminaron hacia ellas: eran hormigas. Cientos, miles de hormigas que tomaban las semillas y las iban colocando en siete montones. Las horas pasaban y las incansables trabajadoras hacían bajar cada vez más la pila principal mientras las más pequeñas iban creciendo a su alrededor. Antes del anochecer, la tarea estaba cumplida y la mujer desapareció junto con las hormigas.

Cumplida la tarea y antes del atardecer, Psique se presentó ante Afrodita. La diosa, algo asombrada por el logro de la joven, le sentenció la segunda tarea.

-Tu segunda tarea será traerme el áureo vellón del rebaño de carneros dorados de sol que pastan cerca del río.

Camino a cumplir su segunda tarea, la joven pensó en lo fácil que será trasquilar los carneros y volver con el vellón para la diosa. Pero no era así. Al llegar al lugar vio que los animales eran excesivamente agresivos y sería imposible quitarles un vellón. Su desesperación fue tan grande que sólo pensó tirarse al río, pero una voz la detuvo.

-Calma… no desesperes.

Psique miró a su alrededor pero no vio de dónde provenía aquella voz que era como un soplido. Al sentirla nuevamente comprobó que provenía del viento que pasaba por una caña quebrada.

-¡Oh, dulce viento! Es que la tarea que me ha impuesto Afrodita es irrealizable.

-No lo es. Yo puedo ayudarte si prometes cumplirme un deseo.

Luego de titubear unos instantes la joven pensó que el viento no podría pedirle ningún deseo que fuese contra su honor, así que aceptó.

-Dime cuál es el secreto, qué debo hacer.

-Debes esperar a la noche. Los carneros duermen, descansan y tú podrás entrar con cautela y quitar los vellones que dejan en los arbustos al refregarse en ellos durante el día. Si en algún momento quisieras quitárselos de otra forma, te matarían.

Agradecida con el viento, Psique esperó la noche y con gran sigilo fue tomando uno a uno los vellones de los arbustos, logrando así dar por cumplida su segunda tarea al entregar su pedido a Afrodita.

-Bien, jovencita. Ahora deberás cumplir con la tercera tarea. Toma. –le dice mientras le extiende una vasija de cristal- Tu tercer tarea consistirá en llenar este recipiente con las aguas estigias. Aquí espero tu regreso.

Una sonrisa burlona se dibujó en el rostro de la diosa. Psique tomó la vasija y con su cabeza baja se retiró del lugar.

La tarea era irrealizable para cualquier mortal. Esas aguas eran las que alimentaban los ríos de los infiernos y caían desde lo más alto de una enorme montaña, casi imposible de ser escalada, y encima, custodiada por dragones. La única forma de llegar era muriendo primero. En la ladera de la montaña se sentó y rompió en llanto una vez más.

Un águila que revoloteaba por los aires, bajó y se acercó a ella preguntándole qué le pasaba. Psique le explicó la tarea que le había encomendado Afrodita.

-Eres una mortal necia y tonta. ¿Cómo esperas hurtar…? Es más ¿Cómo imaginas tocar siquiera una gota de esas aguas tan crueles como santas? Hasta el mismo Júpiter se espanta ante ellas. ¿Sabías que así como los mortales juran por los dioses, estos juran por la majestad del lago Estigio? Dame ese recipiente.

Con la vasija de cristal en el pico y tras un vuelo magistral del que Psique no perdió detalle a la distancia, el águila logró llenar el cacharro y volver al lado de la princesa.

-Antes de tocar nada, debes prometerme que obedecerás una orden mía, cuando llegue el momento.

-Acepto –dijo Psique con toda seguridad.

-Toma entonces el recipiente y márchate.

Afrodita no daba crédito a sus ojos cuando la joven presentó la vasija repleta con las negras aguas del Estigio. Sus sentimientos se encontraron: por un lado estaba feliz de que la mortal que amaba su hijo fuera capaz de superar pruebas tan duras, pero por otro lado la enojaba que lo lograra.

-Has cumplido hasta ahora todo lo que te he encomendado. Veremos si eres capaz de superar la última tarea. Deberás ir al reino de los muertos y pedirle a Perséfora que te regale un pote con su ungüento de belleza. Si logras este último pedido, no sólo tendrás mi perdón sino que intercederé para que mi hijo Eros te perdone. Vete.

Su cerebro no paraba de pensar. ¿Ir al reino de los muertos estando viva? Solo podría lograrlo si muriese. Si estuviera muerta seguro que de alguna manera sería vuelta a la vida otra vez, aunque no sepa cómo. Lo mejor sería tirarse de la torre, así que sube hasta lo más alto asomándose peligrosamente al borde. Duda un momento, y es cuando oye una voz proveniente de la propia torre:

-¡No lo hagas Psique! Puedes lograr tu tarea si sigues mis instrucciones.

-¿Qué debo hacer? Dímelo y seguiré tus explicaciones sin dudar.

-No tan rápido niña. Primero deberás prometerme una ofrenda que me darás cuando te sea reclamada.

-Así será querida amiga. Dime ahora qué debo hacer.

La voz le indicó cómo llegar a la entrada del reino de los muertos y cómo actuar, además de otros secretos que tendría que ir usando a medida que se le fueran presentando las dificultades. Agradecida, Psique se retiró veloz hacia el camino indicado.

Luego de un largo periplo que no detallaré para no aburrir más al lector, Psique logró entrar al reino de los muertos por la entrada de Ténaro en el sur de la Hélade , llevando dos monedas en su boca y un trozo de pan de cebada untado con miel en cada mano, tal como le había dicho la torre. Al acercarse a la entrada, el Cancerbero le salió al paso y allí tuvo que utilizar el primer trozo de pan. Mientras que el guardián de tres cabezas devoraba el manjar, tuvo tiempo de escabullirse y pasar velozmente por el costado del monstruo.

Ya en el infierno, Psique recordó que no debía sentir lástima por nadie porque la Compasión no vive en este lugar. Así que haciendo oídos sordos a todos los ruegos y pedidos, pasó de largo ante el hombre cojo que le solicitó que le ayudara a levantar la leña que había caído de su mula, y no intentó salvar al hombre que se estaba ahogando, sino que siguió adelante hasta llegar a las orillas del río Estigia, cuyas aguas ya conocía. Allí estaba Caronte, esperando en su barca.

-¿Qué quieres mortal?

-Que me cruces, y aquí tienes tu óbolo –dijo con seguridad Psique, sacando una de las monedas de debajo de su lengua. La voz de la torre le había dicho que en el infierno todo se paga de una forma u otra porque allí vive la Codicia. Y para que el barquero de los infiernos la cruzara sin cobrarle, debía esperar cien años.

Una mano podrida y fétida salió del suelo y un descarnado se levantó, ofreciéndole ayuda para subir a la barca. Entre el terror y el asco, Psique subió presurosa sin aceptar la ayuda del muerto.

En el viaje vio a las Tres Tejedoras del Destino que le hablaron, pero prefirió hacerse la distraída y no entender nada de lo que le decían.

Una vez que Caronte la hubo cruzado, logró llegar delante de Perséfone y quedó admirada por su belleza.

-Siéntate –le dijo Perséfone indicándole una silla acojinada.

-Gracias por su generosidad Señora, lo haré aquí –contestó hábilmente la joven, sentándose en el piso mientras recordaba que la torre le había advertido que si se sentaba en esa silla se olvidaría de todo.

La anfitriona chasqueó los dedos y de inmediato fue preparada una mesa con los más deliciosos manjares.

-Sírvete lo que desees –ofreció con la más cordial sonrisa la esposa de Hades.

-Le agradezco su hospitalidad, pero no tengo ni hambre ni sed.

Otra vez su habilidad y su memoria la salvaron, recordando que quien come algo en el infierno, allí se queda para siempre.

-Entonces… ¿qué es lo que quieres de mí?

Psique le contó lo más brevemente que pudo su historia y el pedido de Afrodita. Lentamente y con una gracia sin igual en sus movimientos, Perséfone colocó un poco de su ungüento de belleza en un pote, tal como le solicitó la valiente joven que había entrado al infierno por recuperar el amor de su vida.

-Ya tienes lo que viniste a buscar. Puedes retirarte y volver al mundo donde está la luz, deliciosa y brillante. Pero recuerda: bajo ninguna circunstancia podrás abrir ese pote; sólo puede ser abierto por Afrodita. Quedas advertida.

La princesa, velozmente agradeció y salió en busca de Caronte, al que entregó la otra moneda para que la llevara de vuelta a la otra orilla. Corriendo, con el pote fuertemente apretado en sus manos, llegó a la salida, donde arrojó lejos el otro trozo de pan y huyó rápidamente. Estaba fuera de los infiernos, y el pote estaba a salvo. La última tarea estaba cumplida.

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¿A quién le asombraría que esta princesa, casi spankee por lo desobediente, caprichosa y sobre todo curiosa, se le pasara por la cabeza el abrir el dichoso pote? Supongo que a nadie ¿verdad?

Pues sí queridos lectores, esta curiosa princesa comenzó, en su camino de vuelta al templo de su suegra, no tuvo mejor idea que hacer lo que había sido advertida que no lo hiciera: abrir el pote. Pero no le importó. Olvidando que había sido la curiosidad la que ya había arruinado su vida una vez, volvió a caer en el mismo error.

Sentada en el pasto de un prado, mirando hacia todos los costados como si alguien la estuviera espiando y con sumo cuidado, abrió el pote. Pero en vez de encontrar belleza el vaho que despide el contenido del pote, hace que encuentre el sueño eterno. Cae en un profundo letargo, dormida para toda la eternidad.

Así la encontró Eros, que advertido de lo que le había sucedido a su amada y apiadado por todo lo que había pasado la joven por reconquistar su amor y conseguir su perdón, corrió a su lado para rescatarla. Y así la encuentró, con el pote caído a un costado y más bella que nunca.

Para poder extinguir los poderes del pote, lo cierra herméticamente. Acto seguido, toma una de sus flechas con punta de oro y toca la frente de su amada, que despierta de forma inmediata. Al ver a Eros, lo abraza y besa desesperadamente, feliz por el reencuentro.

Luego de amarse apasionadamente, Eros tomó en sus brazos a Psique, que llevaba el pote apretado entre sus manos y volaron por los aires hacia el templo de Afrodita.

Al llegar, la joven princesa lo entregó a la diosa y esta, conmovida por el esfuerzo y la capacidad de su nuera para pasar las duras tareas que le impuso, y al ver tan feliz a su hijo nuevamente, la perdonó.

-Psique, por mi parte estás perdonada, pero alguien tiene algo más que decir aquí. ¿Verdad hijo?

Eros se adelantó y tomó a su amada de la mano.

-Mi bella Psique, estoy feliz de que hayas logrado el perdón de mi madre. También tienes el mío, pero… No he olvidado todo lo que ha sucedido, la forma en que me hiciste sufrir por tu curiosidad y cómo sufrió el mundo a consecuencia de ello. Sé que ya has expiado parte de tus responsabilidades con la realización de las tareas, pero aún no es suficiente. Te diré que en cuanto a las tareas, hay aquí cuatro visitas que reclaman verte –dijo señalando a un costado. Al instante aparecieron Demeter, Éolo, el mismísimo Zeus y Perséfone; la joven princesa no entendía.

-Pero… ¿por qué están ellos aquí? –preguntó

Afrodita se acomodó en su trono para ver la escena que se venía. En ese instante uno de los personajes, una mujer, se adelantó.

-Yo soy la diosa Demeter, hija de Rea y Cronos. Soy la diosa de las Cosechas, de los campos. Si recuerdas tu primera tarea, soy quien te ayudó a realizarla. Mandé a las hormigas como representantes de la Naturaleza y ellas, siguiendo mis instrucciones, hicieron siete montones que quise que significaran las siete fuerzas de la Naturaleza.

En aquella circunstancia te pregunté dos cosas: si sabías por qué estabas en esa situación y no me contestaste; luego te pregunté si estabas dispuesta a pagar cualquier precio que no manchara tu honor y me dijiste que sí. Bien… he venido a cobrarte.

-Es un justo reclamo Señora. Dígame cómo y cuánto debo pagar.

-Buena pregunta, pero veo que sigues rehusando reconocer el motivo que te llevó a estar en esta situación, así que te lo diré: fue tu curiosidad. Y es por eso que estoy aquí, para darte una lección que te ayude a recordar que no debes ser curiosa.

La princesa bajó la cabeza y no se animó a decir nada. Afrodita se revolvía en su trono pensando en lo buena que se estaba poniendo la situación. Demeter hizo desnudar a la joven y atarla a una columna. Tenía un cuerpo envidiable, joven y perfecto. Fue en ese momento que se presentó un esclavo portando un instrumento: era un mango de madera con siete cuerdas atadas a él, colgando, y con un nudo en el extremo de cada soga.

-Hay un número –dijo Demeter- que se repitió mucho, así que yo lo volveré a repetir: es el siete. Siete semillas, siete montones, las siete fuerzas de la Naturaleza ,… así que el precio que te cobraré por la ayuda prestada es que te azoten con ese látigo de siete puntas. ¿Cantidad de azotes? Siete veces siete.

Sin decir nada, la joven aceptó en silencio la sentencia. Los azotes comenzaron a caer, pero sin la fuerza máxima que el verdugo podía golpear. Aún así, la espalda, las piernas, y sobre todo los glúteos, dieron cuenta a fuerza de líneas rojas, de cada uno de los azotes. Al terminar, Psique estaba dolorida y exhausta.

-Por ser la diosa de la Naturaleza , te daré un don y al mismo tiempo un castigo: que cada vez que recibas un escarmiento, tu cuerpo jamás quede marcado y todo se cure rápidamente cuando haya terminado. Ese es el don, y la condena será que nunca podrás disfrutar demasiado tiempo la visión de las marcas de los azotes. He visto que sufres pero también los gozas, así que allí tienes el don y el castigo.

En ese mismo momento las marcas de los azotes comenzaron a desaparecer, mientras que la joven era desatada y el segundo personaje se acercaba a ella.

-Soy Éolo, dios de los vientos, quien te prestó ayuda en la segunda tarea convertido en la brisa que vibraba en la caña y te hablaba. Tú aceptaste cumplirme un deseo.

-Sí Señor…

-Mi deseo es que, de pie y con las manos apoyadas en una butaca, recibas los azotes que te daré con esta vara silbadora –dijo mientras cortaba el aire con una fina vara de mimbre que hizo temblar de miedo a Psique. Aún sabiendo lo doloroso que sería, marchó firmemente y se colocó en la posición indicada, con las piernas muy cerradas. Su amante se puso delante de ella, mirándola a los ojos y apoyando sus manos sobre las de su princesa.

-Abre tus piernas… y permite a los dioses deleitarse con el espectáculo de tu cuerpo.

Con su mirada puesta en las partes más íntimas de la princesa, el dios de los vientos comenzó a azotarla con varazos firmes, duros, contundentes y… silbadores. La vara cortaba el aire y producía un silbido agudo hasta que se estrellaba contra las nalgas juveniles de Psique. Unas finas líneas rojas cruzaban las nalgas y con cada azote la joven sollozaba por el dolor producido. Al mismo tiempo, el verse desnuda, observada, azotada en público, le producía una enorme excitación que se agrandaba por la presencia de Eros.

Al terminar los azotes, Éolo regresó a su lugar mientras las heridas se iban cerrando y Psique se recomponía rápidamente.

La otra mujer se acercó y fue reconocida al instante por Psique: era Perséfone.

-Ya me conoces: soy Perséfone, hija de Zeus y Demeter, pero también soy la voz en la torre. Yo era la más propicia para ayudarte, porque sé los secretos del infierno. Quería socorrerte a concretar tu amor, a que volvieras con tu amado Eros, pero… ¡me fallaste! Tu curiosidad pudo contigo una vez más.

¿Recuerdas que te pedí una ofrenda? Bien… ha llegado la hora que me la des. Quiero que me ofrezcas tus nalgas para dejártelas más ardientes que el fuego del infierno. Hoy aprenderás que la curiosidad no es buena consejera. Ven aquí…

Psique seguía desnuda, mientras la madre de su amante miraba divertida toda la escena. Perséfone tomó asiento en una cómoda butaca, mientras la princesa caminaba para ponerse sobre las rodillas de la dueña de la voz de la torre, e imaginaba que quizás se hubiese confabulado con su hermana, Afrodita, para hacerla caer en la trampa del pote. Una vez que estuvo al lado de la diosa, se colocó encima de sus rodillas y las nalgadas comenzaron a retumbar sobre los mármoles del templo de Afrodita.

La mano de Perséfone ardía, pero no tanto como las nalgas de la joven princesa. La diosa tenía una fuerza grandiosa en su mano ¡parecía que nalgueaba con fuego! Cada centímetro de las nalgas se puso rojo, muy rojo y brillante, como una lengua de fuego… Psique había soportado con entereza los otros castigos, pero este comenzaba a dolerle de una forma diferente. Sufría los azotes tanto como los gozaba, porque por su entrepierna comenzaba a escurrir un pequeño hilo de líquido nacarado.

Cuando creyó que había sido suficiente, la hizo ponerse en pie.

-Yo he terminado, ahora le toca el turno a mi padre.

-Sí… Zeus ha quedado para el final porque es el más importante. No hubieras logrado jamás la tercer tarea sin la ayuda del padre de los dioses convertido en águila –dijo el dios del trueno- En aquel momento me prometiste que obedecerías una orden mía.

-Sí, eso fue lo que dije.

-Bien. Entonces mi orden es que te cases con Eros en el Olimpo. El día de la boda tu esposo se encargará de castigarte como mereces por tu inclinación a la curiosidad, por desobedecerlo, por haber sometido al mundo a un tiempo terrible y porque así se lo ordeno yo. ¡Eros!

El dios, más gallardo que nunca, se presentó ante Zeus que miró a Psique a los ojos para hablarle.

-Eros se presentó ante su madre y ante mí para pedirnos permiso para casarse contigo. El permiso le fue concedido. Luego hablé con los dioses del Olimpo y convenimos en hacerles un obsequio que se les dará como regalo de bodas. Ahora… toma a tu mujer entre tus brazos y vamos al Olimpo. La boda se celebrará hoy mismo.

El Olimpo estaba de fiesta. Los novios lucían esplendorosos. Eran una pareja perfecta en cuanto a su belleza, y ese día la alegría los hacía verse aún mejor. Los esponsales comenzaron con Zeus como maestro de ceremonia. Llegado el momento más importante, el dios sirvió una copa con un líquido extraído de una vasija de oro.

-El momento ha llegado y ahora les diré cuál es su regalo de bodas de parte de todos los dioses del Olimpo. Psique… -la joven princesa se acercó al dios- Toma, bebe esto y serás inmortal; Eros nunca se apartará de ti y esta boda durará para siempre.

La joven obedeció sin titubear y al tragar aquel líquido se convirtió en diosa, en inmortal, adquiriendo un brillo y luminosidad especial que la hacía aún más bella.

Los festejos comenzaron y mientras los dioses, musas, ninfas y demás invitados bailaban, comían y bebían, los excesos de la mesa los llevaban a otro tipo de excesos que también estaban permitidos y eran bien vistos en esos días, y más en el Olimpo.

A hurtadillas, los contrayentes se escabulleron y lograron escapar al palacio de Eros. Era de día y se podían amar a la luz del sol. Comenzaron a besarse y cada beso era como agregar elementos combustibles a una hoguera. Cada vez el calor era más intenso y sus cuerpos comenzaban a pedir más y más.

Eros se recostó en un canapé e hizo que su esposa lo rodeara. Cuando se inclinó levemente para besarlo, él la tumbó sobre sus piernas y comenzó a nalguearla.

-Pero… ¿qué haces?

-Cumplo las órdenes del dios de los dioses. Zeus me dijo que te castigara y eso haré. Te dije que te había perdonado, pero no que me había olvidado de lo que habías hecho. Prepárate porque será una larga jornada de castigos para ti.

La mano del dios picaba, pero no era correctivo. Era más bien un delicioso dolor que la conducía al más puro placer. Los gritos de Psique no eran tales, sino gemidos de delectación y regodeo. La virilidad de Eros se hizo sentir sin esperar demasiado, pero aún no era el momento.

Paró de azotarla sólo para pasar sus dedos por la línea que dividía a los dos hemisferios y continúo bajando la mano por la entrepierna que ya estaba húmeda. Instintivamente, la joven abrió sus piernas para facilitar la tarea de su esposo, que comenzó a rozar levemente los labios de la vagina mientras pasaba suavemente sus dedos por el clítoris, en tanto que con la otra mano daba suaves azotes sobre las nalgas.

No pasó mucho tiempo sin que abriera los cachetes de la novel diosa y buscara su ano. Se encontraba cerrado y casi impenetrable, así que mojando sus dedos con la divina saliva, logró penetrar el agujero más íntimo de su amada y jugar con sus dedos en él, para deleite de Psique, que gozaba cada vez más intensamente.

-Ven, recuéstate a mi lado –susurró Eros. La mujer obedeció de inmediato. Con la suavidad que lo caracterizaba, Eros besó cada hebra de su cabello, su frente, nariz, labios y siguió bajando hasta los pechos erectos y suaves. Los suspiros de la joven eran música para sus oídos, así que siguió bajando hasta llegar a la zona más lujuriosa.

El clítoris se encontró esta vez con la punta de la lengua del dios y sus dedos. Con los unos rodeaba el centro de placer hasta llegar a la entrada de la vagina, y al moverlos hacia delante y atrás oprimiendo suavemente, tocaba con la lengua el clítoris concediéndole a su esposa sensaciones desconocidas por ella hasta ese momento.

El dios, con su experiencia, supo esperar hasta que la joven estuvo a punto de llegar al orgasmo para introducir entonces los dedos de su otra mano en la vagina y al mismo tiempo en el ano. Los espasmos no se hicieron esperar y un líquido suave fluyó mientras el clítoris sentía un suave movimiento que iba cesando a medida que las contracciones de sus músculos desaparecían.

La dejó descansar unos instantes, pero antes de que él lo esperara, ella había tomado por su cuenta el pene del dios del sexo, que no podía ser más perfecto. Imposible para la boca de la joven contener semejante ejemplar. Así que tomó con su mano derecha la base del pene y con movimientos ya conocidos por ella –él se los había enseñado las primeras veces en la oscuridad- torcía levemente el miembro mientras subía y bajaba su boca, y la lengua en el interior rodeaba toda aquella carnosidad como queriendo limpiarlo sin dejar ningún lugar sin lustrar.

Lo hizo ponerse en cuatro patas y sin dejar de masajear su virilidad, buscó el ano del dios y con su lengua lo abrió hasta poder introducir la punta. El vaivén de todos los movimientos hizo que el dios del sexo y del amor se extasiara. Tomó a su esposa y la penetró, gozando los dos más de lo imaginado por ellos mismos. La eyaculación no se hizo esperar y los gemidos de goce tampoco.

Eros pasó el resto de la jornada castigando a su esposa por orden de Zeus, y amándola con desesperación por el profundo amor que sentía por ella, mientras en el Olimpo los festejos por la boda continuaban.

Por fin, luego de mucho padecer, Eros y Psique, o sea, el Amor y el Alma pasaron a estar juntos por toda la eternidad. Y para colmar este amor, nace de esta pareja de dioses una hija que como no podía ser de otra manera, le pusieron por nombre, Placer. Vaya uno a saber por qué…

FIN


sábado, abril 04, 2009

Versiones Spankas de Mitología Griega - Primera entrega: EROS Y PSIQUE

Debo confesar que me encantan los mitos y leyendas de Grecia y Roma. Todas esas historias de inmortales y mortales, de caballos alados, gente convertida en una cosa u otra, y dioses con poderes increíbles.

Si bien hay varias historias que me atrapan, hay algunas que me atraen particularmente, entre ellas la de Atalanta, o la de Diana cazadora, o la de Afrodita. ¿Y qué tal la historia, romántica si las hay, de Eros y Psique?

La historia de estos dos personajes pertenece a la edad tardía del arte y la poesía griega y romana, pero… ¿la habrán contado correctamente? Creo que Lucio Apuleyo en su “Metamorfosis” (o El Asno de Oro) no le hizo justicia a esta maravillosa y romántica historia, así que los invito a conocer la leyenda de “Eros y Psique”, versión Spanka.

Psique era la menor de tres hermanas. Como no podía ser de otra manera, la princesita (era hija de un rey) era bellísima, tanto que la propia Afrodita envidiaba su hermosura, ya que muchos hombres habían dejado de adorarla por ir a conocer a esta princesa que no lograba casarse con ninguno, porque todos se sentían poca cosa para ella. Afrodita estaba celosa con toda razón, y ya sabemos cómo son las mujeres cuando nos ponemos celosas o envidiosas de otra mujer: a veces somos capaces de todo. Y esta diosa no sería humana pero tenía mucho de mujer, así que le dijo a Eros (o sea, Cupido, el dios del sexo y el amor) que le lanzara a la niña una flecha con su punta oxidada. La intención era que con esa flecha ella se enamorara del hombre más horrible y ruin que encontrase (o que muriera de tétanos, quién sabe lo que piensan estas diosas). Con esta pequeña introducción con bromas incluidas (lo siento, no pude evitar la tentación), comienza esta historia.

Eros partió velozmente del Olimpo y se dirigió a Anatolia. Las princesas reían y jugaban en los jardines del palacio del rey, distraídamente. El dios se escondió y quedó fascinado ante la impresionante belleza de Psique, que destacaba entre todas las demás. Tenía el cabello largo, castaño oscuro, con enormes bucles brillantes que caían a raudales por sus hombros y espalda. Los ojos verdes estaban enmarcados por unas enormes pestañas prietas que resaltaban con la piel blanca y brillante como el nácar. Tenía el cuerpo tan ondulado como sus cabellos, los pechos redondos y túrgidos resaltaban en su túnica que también envolvía unas caderas redondas y anchas. Las piernas torneadas por escultores divinos sostenían el más maravilloso trasero imaginado por hombre, dios o mortal. Tanta beldad no era posible en una mujer.

La risa cristalina, su forma de moverse, la gracia de sus brazos y manos… todo en ella era perfecto. El dios se enamoró sin quererlo, en cuestión de horas. Al darse cuenta que aquella era la mujer de sus sueños, se vio en la encrucijada de obedecer o no a su madre. Si la obedecía, haría infeliz a aquella primorosa muchacha y sería infeliz él mismo. Si no la obedecía, desataría la ira de la diosa.

Se acercó sigilosamente al cuarto de la princesa y la miró dormir. Su sueño era plácido y su pecho subía y bajaba lentamente con cada suspiro. Se veía tan atractiva tirada en la cama, cubierta con aquella tela que marcaba cada curva del cuerpo. Pero debía obedecer a su madre.

Eros tomó la flecha del carcaj que llevaba en su espalda, apuntó su arco y disparó sin titubear. La flecha dió en el blanco: el medio del mar. Había decidido su destino: raptaría a Psique. Entró a la habitación, tomó a la doncella en sus brazos y usando sus poderes partió volando hacia su palacio.

Una vez allí, Eros la despierta. La noche fue su cómplice y lo seguiría siendo. Eros, utilizando todos sus encantos como dios del amor, logró que la muchacha se enamorara de él y aceptara sus condiciones: siempre se verían en la noche y ella jamás trataría de saber quién era su enamorado. Psique, llena de amor aceptó, aún repleta de dudas y de curiosidad, porque había algo en aquel hombre que la hacía sentir muy bien, confiada, entregada a él sin reparos. No tardaron en amarse apasionadamente.

La experiencia del dios hizo que la joven conociera la pasión por primera vez. Con una dulzura única, luego de hablarle durante largo rato, comenzó a besarla de una forma tan suave que parecían caricias. El aliento del joven era como un fuego que la quemaba fatal y lentamente. Las manos comenzaron a recorrer los cuerpos y se toparon con pieles de terciopelo, suaves, tibias, túrgidas y ardientes.

Eros la recostó suavemente sobre la espalda mientras que sus manos continuaban el viaje de descubrimiento para ambos: mientras él develaba el cuerpo magnífico de la joven princesa, ella descubría el amor y el sexo de la mano de aquel desconocido que no era otro que el dios de aquellas cosas que estaba aprendiendo.

Rostro, cuello, pechos, vientre, piernas, pies eran recorridos por el joven dios, que no se cansaba de tocar a Psiquis, mientras ella gozaba por vez primera las delicias del sexo.

Al llegar el momento de la penetración y la desfloración, el gozo de ambos llegó al máximo terminando en un orgasmo que sólo sirvió para dar paso otro más La juventud, las ansias y ganas de amarse una y otra vez, hicieron que los jóvenes se amaran hasta caer rendidos en brazos de Morfeo que veló sus sueños, quizás envidioso de tanta dicha.

La primera noche fue deliciosa, pero Helios comenzaba a alejar a la noche saliendo del fondo del mar, montado en sus caballos de fuego. Eros sabía que era hora de marcharse para no ser descubierto por su amada. Ella no lo sabía, pero era la única forma de protegerla de Afrodita.

La joven pasaba los días sola en el palacio de Eros, esperando que la noche apareciera porque ella era quien traía a sus brazos a su amado.

Aunque las noches eran excepcionales, los días transcurrían lentos y tediosos. La vida de Psique se hizo aburrida y comenzó a añorar cada vez con más fuerza a sus hermanas y los momentos y juegos que disfrutaban juntas. En el palacio de su padre siempre estaba inventando travesuras que más de una vez la habían conducido a recibir fuertes azotes por parte de su padre o de algún esclavo. Muchas veces la joven pensaba en esas azotaínas y sentía la misma sensación que cuando recordaba sus momentos íntimos con su amante.

Su amante, su marido… Aún no había podido ver su rostro, no sabía quién era ni cómo era. Esas dudas la asaltaban durante el día e imaginaba que su amado era un monstruo, un ser horrible y deforme, pero al llegar la noche con sus sombras, no hacía otra cosa más que desear que apareciera para rogarle una y otra vez que permitiera verlo. La negación continúa era la única respuesta. Una noche, luego de oír sus quejas, lamentos y lloriqueos de niña caprichosa, el enojado dios la tomó del brazo haciéndola volar por los aires y aterrizar sobre sus rodillas. Estaba desnuda y su vientre se estrelló encima de las piernas del hermoso dios. Un hombre enojado era malo, pero un dios enojado podía ser terrible. La mano derecha del joven inmortal comenzó a caer sobre las bellas nalgas de la joven que por hermosas parecían pedir descaradamente ser nalgueadas.

Los gritos de Psiquis retumbaban en las paredes del palacio, y la ira del dios se fue calmando a medida que aumentaba el calor que desprendían los globos de la muchacha.

-¡Vaya, vaya! Esto está hirviendo –susurró Eros con voz risueña

-¿Está muy rojo? –preguntó tímidamente la joven

-Supongo que sí, no puedo verlo.

-Prende la lámpara y fíjate –agregó la princesita con un tono inocente.

-Eres muy inteligente amada mía, pero ya sabes que no puedes ver mi rostro. No puedo explicarte el por qué, ya te lo dije muchas veces, pero es por tu propio bien. Ahora, por querer engañarme, recibirás una nueva tanda de azotes.

Trató de protegerse con las manos, patalear, gritar y llorar prometiendo que no volvería a tratar de engañarlo pero lo único que lograba era darle nuevos motivos para que la siguiera castigando.

-Bueno –dijo luego de un rato interminable- no sé qué color tendrán tus nalgas, solo puedo asegurarte que si Hefesto necesitara calor, en tus nalgas podría encender lo que deseara.

Así como con anterioridad se habían escuchado los gritos y llantos de Psique, ahora podían oírse las risas del dios. La joven, sentada a su lado, comenzó a sollozar de forma incontrolable. Tan doloroso parecía su llanto que enterneció al joven.

-Ven aquí mi amada princesa, y deja de llorar. Era un castigo merecido y buscado, acéptalo.

-No lloro por el castigo mi Señor, sino por…

-Anda, cuéntame… ¿Por qué lloras?

-Como te vengo diciendo desde hace muchas lunas, extraño a mi gente y sobre todo a mis hermanas. Deseo verlas mi Señor, por favor.

-Psiquis, ya te dije que si las veías ellas se pondrán celosas de tu felicidad y querrán arruinarla. Terminarán con nuestra dicha y seremos infelices por siempre.

-No es así amado Señor. Yo necesito verlas, las extraño mucho y estoy segura que ellas a mí también.

-Si les haces caso nuestra felicidad terminará. Pero no quiero verte triste, sólo te pido que recuerdes mis palabras. Ahora duérmete en mis brazos. Descansa mi bella princesa.

Cayó en un sueño profundo y cuando despertó estaba en el palacio de su padre. Pudo finalmente abrazar a sus hermanas y contarles con lujo de detalles todo lo acontecido. Describió a su marido como el más maravilloso de los hombres, el que la trataba tan bien y la hacía tan feliz.

-¿Y quién es él, Psique? ¿Cómo se llama, qué hace?

Las preguntas de sus envidiosas hermanas comenzaron a llover sobre la joven que no sabía qué responder. ¿Cómo decirles que no sabía quién era? ¿De qué forma explicarles que no sabía cómo lucía y que ni siquiera podía pronunciar su nombre porque desconocía cuál era?

-Bueno, él… es un joven cazador

-¿Y es alto, es guapo? ¿Qué es lo que caza? ¿Dónde vive? ¿De dónde viene? ¿Cuál es su nombre?

-Caza… animales y viene de… viene de… un lugar muy remoto y casi inaccesible. Vive… vive… lejos de aquí. Su nombre, bueno… yo le dijo mi Señor…

-¿No sabes cómo se llama tu marido? –le increpó la mayor

-¿Ni dónde vive ni cómo luce? –agregó la otra hermana.

La menor de las hermanas comenzó a llorar desconsoladamente.

-A ustedes queridas hermanas, no puedo mentirles.

-No lo hagas, cuéntanos qué sucede...

-La verdad es que no se quién es. Una noche desperté y me encontré en un lugar desconocido, un bello palacio no sé en dónde. Él me dijo que me había visto y se había enamorado de mí. Me trato muy bien, dulcemente y nos amamos. Me enamoré de él pero no sé cómo se llama ni qué rostro tiene. Siempre aparece en las noches y tengo prohibido mirarlo con mis ojos mortales, así que no puedo encender ninguna lámpara ni nada que dé luz. En las noches de luna siempre se oculta en lugares oscuros.

-Claro, debe de ser un monstruo horrible -dijo la hermana mayor

-No lo creo. Tiene la piel muy suave y el pelo también. Me trata con mucha dulzura, aunque ayer me dio una fuerte azotaína.

-¿O sea que además te maltrata?

-No fue maltrato, fueron unas nalgadas como tantas veces hemos recibido aquí de nuestro padre o de algún verdugo.

-Deberías saber cómo es. Tu vida corre peligro. ¿Y si es un ser deforme y feo? ¿Por qué no quiere que lo veas? ¿Y si es un demonio de los infiernos? -vociferó la hermana mediana.

-Mira hermanita -le dijo la mayor- deberías saber con quién estás.

-Pero… es que me dice que no debo saber quién es por mi propia seguridad.

-Por tu propia seguridad deberías esperar a que se duerma, tomar una lámpara y verle el rostro para enterarte qué clase de monstruo tienes por marido. Debes saber con quién estás –agregó la mayor de las princesas con un gran énfasis en su voz.

-Pero... eso seria desobedecerlo y romper la promesa que le hice.

-Si te mata en un arrebato de locura ya no importara que lo obedezcas ni que seas fiel a tus promesas –le dijo, mirando por el rabillo del ojo a ver si convencía a su pequeña hermana de hacer lo que ellas le decían y poder así arruinar el matrimonio de aquella criatura que con su belleza opacaba la de ellas. Todos los hombres que se acercaban al reino y al palacio era en busca de su hermana menor, mientras que a las dos mayores todos las ignoraban.

-Nuestra hermana mayor tiene razón. Deberías saber con quien estás, pero seguro que no te animas a descubrir la verdad: te casaste con un monstruo diabólico –terminó diciendo la hermana mediana que odiaba a la pequeña con tanta o más inquina que la mayor.

La pobre joven se vio acosada por sus hermanas y su cabeza comenzó a elucubrar la forma de descubrir con quién estaba. Ella quería conocer el rostro de su amado, pero sabía que si él la descubría todo se terminaba.

La visita a sus hermanas no fue lo que había pensado. Casi no pudo jugar porque su pensamiento se posó en el hombre sin rostro al que amaba profundamente. No quería faltar a la promesa, pero al mismo tiempo su curiosidad era cada vez mas grande.

El tema se repitió varias veces en el día y la curiosidad de Psiquis aumentaba a medida que la jornada iba terminando. A la hora de dormir, escuchó nuevamente a sus celosas hermanas que le recalcaron la necesidad de ver el rostro de su esposo, y que sería un buen momento cuando él se durmiera.

Cavilando lo sucedido y con la mente en su amado sin rostro, Psique se durmió profundamente esperando ver a su amor al despertar, y así fue. Eros la despertó cubriéndola de besos y amándola una vez más.

Las horas que estaban juntos nunca les parecían suficientes. Habían estado separados el mismo tiempo de todos los días, pero por alguna extraña razón los dos sentían que se necesitaban más que nunca, así que se amaron varias veces antes de caer rendidos por el sueño y el cansancio.

Psique, con las palabras de sus hermanas aún en la cabeza y más curiosa que el resto de las mortales de su género, se levantó sigilosamente y prendió una lámpara. En el mayor de los silencios y con todo cuidado, temiendo lo que iba a ver, acercó la luz al rostro de su amado. La serena belleza de Eros la cautivó.

Tenía un rostro perfecto y aniñado. Sus ojos cerrados despedían paz, el cabello ensortijado, largo, rubio y brillante era el marco ideal para aquel ser divino. Sus labios, esos labios que la besaban con tanta pasión, eran gruesos y voluptuosos sin dejar de ser apetecibles. Recorrió el cuerpo con la lámpara deteniéndose brevemente en cada detalle, en cada músculo, en su parte más viril y cuanto más lo miraba, más se enamoraba de él. Pero su bello rostro era lo que más le llamaba la atención. Volvió a él y acercó la lámpara un poco más para poder admirarlo más de cerca.

Pero la suerte no estaba de su lado. Una gota de aceite caliente se volcó de la lámpara y cayó sobre el rostro de su amado, despertándolo de inmediato. Había sido descubierta y aquel rostro apacible y pacífico, se había convertido en una máscara de furia e ira que la atemorizó, haciéndola retroceder.

-¡Mujer! ¡Has traicionado mi confianza y mi amor! Lo único que te pedí es que no me vieras el rostro pero me desobedeciste. Espero que lo hayas mirado bien, porque nunca me volverás a ver. No mereces estar a mi lado.

-¡No mi Señor, lo siento! Mis hermanas me dijeron que debía conocer el rostro de mi esposo, y yo…

-Y tú preferiste hacerles caso a ellas y no a mí. Pues ahora pagarás tu atrevimiento. No me volverás a ver…

La ira del dios se había convertido en tristeza. Decepcionado, con los ojos llenos de lágrimas y oyendo los sollozos de Psique, Eros salió del palacio y desapareció hundido en una profunda tristeza... (continuará)

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domingo, febrero 01, 2009

LA LECCIÓN DEL BANDOLERO - capítulo final

Autora: Ana Karen Blanco

Al principio, las intenciones de Juanjo eran otras, pero ahora que había conocido a Merceditas, que la había visto personalmente, que se había prendado de sus ojos, de su cuerpo y de su sonrisa, no quería dejarla ir.

Ella, por su lado, no daría su brazo a torcer y seguía pareciendo una joven altiva, caprichosa y mal criada, pero en realidad se daba cuenta que en estos días había cambiado bastante. Este rapto le había permitido conocer otro estilo de vida que jamás imaginó. Y los castigos, los azotes, la humillación… todo eso le causaba sensaciones encontradas que no comprendía. Se le estaba volviendo habitual el hecho de sentir un cosquilleo en sus partes más íntimas, sentir correr jugos de su vagina o alborotarse con el revoloteo de mil mariposas en su estómago cuando sabía que la iban a castigar. Y eso era algo incomprensible e inadmisible en una señorita cristiana y decente. ¿Cómo era posible que disfrutara el dolor? ¿Era acaso ella una mártir como las de los libros que le leían en el catecismo? ¿Era eso lo que sentirían? Porque si no era así… ¿cómo explicarse las sensaciones vividas al recibir un azote, o al verse humillada con una palabra o una actitud?

A pesar de ser bandoleros, le parecía que aquellos hombres no deseaban hacerle daño, sólo querían convertirla en una mujer obediente y respetuosa. Había sido castigada incontables veces en pocos días, y aunque no lo admitía abiertamente, sus actitudes habían cambiado.

Juanjo la veía como vería un alfarero a la arcilla: húmeda, fresca, manejable, sumisa a la acción de sus manos y a sus deseos, aunque tuviera que moldearla una y otra vez hasta lograr el objeto deseado. No, no es que quisiera un ser sin vida propia, sino que se había propuesto que ella deseara estar a su lado por su voluntad, sin forzarla. Para eso debía enamorarla y lo haría, aunque aún no sabía cómo. Por ahora necesitaba tiempo, paciencia y esfuerzo, pero lo único que tenía a raudales era la disposición a esforzarse al máximo para lograrlo. En cambio la paciencia le era esquiva, pero estaba llegando lentamente. ¿Tiempo? No tenía demasiado, pero trabajaba día a día para lograr su cometido.

Las jornadas podrían haberse vuelto rutinarias, pero no era así. Ambos jóvenes estaban pendientes uno del otro: ella para escaparse en el menor descuido de Juanjo, y éste cuidando que no lo hiciera. Por otra parte, los rezongos y llamados de atención eran algo que formaba parte de la vida diaria en el campamento.

Merceditas no era tonta y había cosas que las hacía a propósito, sólo para verlo enojado y sonreírle burlonamente. El experto bandolero se preguntaba muchas veces si estaría buscando que la castigara. Si hubiese podido leer el pensamiento de la joven sabría que ella deseaba íntimamente sentir la fuerza de su mano sobre su cuerpo, no le importaba si era para acariciarla o para azotarla, pero quería sentir el contacto de su piel. Claro que ese deseo no era menor que la idea de huir hacia su padre y su vida de niña rica y mimada. Lo extrañaba ya que él la amaba, cuidaba y mimaba como nadie en este mundo. Pensó en aquel hombre de casi sesenta años y en lo desesperado que estaría sin saber nada de ella.

Con la cabeza baja y los pensamientos en su padre y en su hogar, tomó los baldes para ir hasta el arroyo a buscar agua como todos los días. Cuando llegó a la orilla se descalzó y al posar sus pies en el pasto, sintió una tibia caricia. El sol estaba en lo alto y sus rayos se hacían sentir. Remangó su falda y me metió en el agua; las ondas lamieron sus extremidades y los deseos de darse un baño no fueron pocos. Miró hacia todos lados: nadie andaba por los alrededores excepto los perros y Nocturno, que pastaba a pocos pasos de ella. No lo pensó dos veces. Junto a los zapatos dejó caer su corsé, la camisa, la falda y enagua, y por último los calzones. La brisa fresca la acarició, envolviendo la juvenil figura. Sombra y Bandido miraban a la joven echados sobre el pasto, mudos testigos del sublime cuerpo que poseía Merceditas, que se iba adentrando en el agua saltando para que las gotas fueran mojándola y resbalaran por su piel, que sentía el contraste del frío del arroyo con la calidez de su cuerpo.

No miró hacía atrás, solo siguió avanzando hasta que el agua casi había llegado a la altura de la cadera, sus pezones se habían puesto rígidos, reflejando de esa forma la frialdad del arroyo. Tomó un poco de ánimo y levantando los brazos se lanzó hacia delante, dando unas pocas brazadas. El agua se sentía deliciosa después de aquel chapuzón, pero al querer apoyar sus pies en el lecho del arroyo… se dio cuenta que no hacía pie y que el agua traía en ese punto su propia fuerza; entonces decidió volver. Braceó hacia la orilla, pero no se movía de lugar. Fue recién en ese momento que recordó las palabras de Goliat y Juanjo, que le habían advertido más de una vez que si decidía huir nunca lo hiciera por el arroyo porque era muy peligroso. Trató de mantener la calma y nadó con más fuerza, pero la orilla se veía cada vez más lejana y el arroyo la iba llevando sin que pudiera hacer nada.

Mil pensamientos le vinieron a la cabeza. No sabía qué hacer, y apenas si había avanzado. Su fuerza estaba extinguiéndose cuando una mano vigorosa la tomó del brazo: era Juanjo.

-Pasa tus brazos por mi cuello y tómate bien fuerte –le dijo mientras la ataba a él con otra cuerda.

Una vez que la hubo atado, comenzó a tirar de la otra cuerda y a avanzar hacia la orilla. Varias veces zafó de la cuerda y tuvo que volver a comenzar, hasta que finalmente hizo pie y pudieron caminar. Faltando poco para llegar a la orilla, desató a la joven, que no se animaba a mirarlo. Por el rabillo del ojo, Merceditas pudo ver que Juanjo había atado con gran maestría una resistente cuerda a un árbol cerca de la orilla.

-Lo siento…

-¿Qué lo sientes? No, aún no lo sientes, pero lo sentirás, eso puedo asegurártelo. ¿Cuántas veces te advertimos sobre el peligro de las corrientes del arroyo? –le gritaba Juanjo mientras la cubría con una manta.

-¿Cómo te diste cuenta que estaba en peligro?

-Lo imaginé desde un principio. Por eso te lo advertí, pero de todas formas sabía que tarde o temprano intentarías esa ruta para huir, así que vine hasta aquí con Goliat que hizo maravillas con los nudos, y preparamos las cuerdas. Hoy hacía calor e imaginé que harías algo así aprovechando para escapar. Cuando quise detenerte ya era tarde, así que corrí hasta aquí y te esperé, calculando llegar a tiempo para el rescate.

-Pero Juanjo… yo no me iba a escapar, solo quería bañarme.

-Eso no te lo crees ni tú –Merceditas bajó la vista y preguntó con cara inocente:

-¿Cómo es que Goliat sabe tantos nudos?

-Porque fue marino, pero no intentes cambiar la conversación. No te liberarás del castigo, comenzando desde ahora.

Se sentó sobre el pasto y tiró del brazo de la joven. Esta voló por los aires dejando la manta por el camino y fue a dar encima de su rodilla izquierda. Juanjo quedó extasiado con la desnudez de la joven. La espalda… tan perfecta, tan suave, tan marcada la línea de la columna… Su piel blanca y tersa, estaba llena de una minúscula y suave vellosidad que se transparentaba con la luz solar. Juanjo levantó más su rodilla y el vientre de la joven subió, dejando a la vista su parte más íntima. La vellosidad de su vagina conservaba aún pequeñas gotas del agua del arroyo, como conservaría una flor las gotas del rocío. Ella mantenía sus piernas cerradas, pero aún así sus agujeros quedaban totalmente expuestos.

El bandolero, acostumbrado a vivir experiencias de todo tipo, se sintió turbado ante tal visión. La belleza era incomparable, no había nada que se le igualara. Su mente se alejó de la tierra y vagó extraviada por los territorios de Eros y Afrodita, imaginándose como un fauno que habiendo atrapado una ninfa, la rapta para aplacar en ella sus más bajos… Bandido comenzó a ladrar a su alrededor, como pidiendo que no azotara a su amiga, trayéndolo de regreso a la realidad.

Miró las redondeces de la joven y recordó la técnica del Universitario. Y la probó. Cada nalgada hacía que las carnes de la joven se movieran graciosamente. Sonrió y siguió azotando, cada vez más fuerte. Le llamó la atención que Merceditas no protestara, pero continuó con la azotaína. Al cabo de un rato el rojo brillante de las nalgas reflejaban la luz del sol, casi encandilando su visión.

-Esta vez vas a aprender a obedecer.

Iba a seguir azotándola, pero los pensamientos y deseos más lujuriosos se apoderaron de él. Deseaba a Merceditas con toda la pasión de hombre, pero no podía hacerle nada. Estaba excitado y eso lo puso de muy mal humor.

-Levántate –le dijo mientras la ayudaba tomándola de la cintura- Vístete y vete de aquí, regresa a la cueva y ponte a hacer las tareas.

La joven se cubría apenas con sus manos y brazos.

-Juanjo, yo quería…

-¡Que te vayas mujer! ¿O no has oído la orden? Vete de aquí ahora mismo antes de que me arrepienta. ¡Vete!

Salió corriendo con la vista y el rostro bañado en lágrimas. No entendía por qué Juanjo la había tratado tan mal. Sí, ella había cometido un error, una falta grave, pero en su voz no sólo había enojo, sino también rabia e impotencia. Y no lograba adivinar el por qué.

En tanto él la veía alejarse corriendo, desnuda, con las nalgas rojas y el cabello húmedo aún. Aquella visión confirmó el amor que sentía por aquella ninfa que le había robado el corazón al ladrón más famoso de la comarca de Jaén. Se puso de pie y se encaminó hacia un rincón de la arboleda, con intención de llevar un poco de calma a tanto ardor interior.

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Merceditas estaba feliz de pasar los días con Juanjo, de hacerle rabiar, de buscar sus rezongos y sus castigos. A veces, la mayoría del tiempo, hacía cualquier cosa para llamar su atención, pero no siempre era así.

Ella estaba casi todo el tiempo feliz y radiante, aunque por momentos su tristeza era notoria. Eran los instantes en que recordaba a su padre y extrañaba el modo de vida que había tenido siempre. Pasaba largas horas pensando si quedarse o regresar, y siempre estudiaba la forma de escapar, aunque varias veces teniendo la oportunidad… no se animaba, y la ocasión pasaba y debía esperar la siguiente.

Aquel día se levantó dispuesta a todo. No tenía mucha noción de hacía dónde dirigirse, pero igual decidió marchar. Tenía que arriesgarse…

Nocturno estaba desensillado, pero aún así se trepó de él y comenzó a cabalgar hacia el mismo lado del arroyo por el que había ingresado cuando la trajeron el primer día. Los perros comenzaron a ladrar y el ruido de los cascos resonó en el bosque. El dueño del corcel apareció para verlos alejarse al galope. El silbido agudo que Juanjo lanzó hizo casi paralizar al animal, que frenando y al agachar su cabeza, lanzó por los aires a la joven que se dio de cabeza contra el pasto, quedando inmóvil.

Cuando Juanjo se acercó y se agachó junto a ella, comenzó a moverse lentamente entre quejidos y gemidos. Luego de asegurarse que no tenía ningún hueso quebrado, la tomó en sus brazos y la llevó hasta la cueva, colocándola en un camastro. Preparó un brebaje con yuyos que había recogido el Hermano y se lo dio a beber. Al rato la joven estaba profundamente dormida, pero no se despegó de ella y veló su sueño. Era todo un placer observarla dormida, tan plácida y confiada como un bebé. Se acercó a su cara y la llenó de besos. Cuando comenzó a moverse, se alejó prudentemente y se conformó con mirarla.

Ya estaba atardeciendo cuando Merceditas despertó. Intentó levantarse pero tenía todo el cuerpo dolorido.

-Veo que Mademoiselle se ha despertado. Justo a tiempo para que comience a pagar sus… ¿cómo llamarlas? ¿travesuras? ¿caprichos? ¿rebeldías? ¿Qué nombre le daría Mademoiselle?

-No sé de qué me habla –dijo ella tomándose la cabeza con ambas manos.

-Ah… no lo sabe. Pues hablo de todo lo que ha hecho hasta hoy: faltas de respeto, caprichos, rebeldías, contestaciones, desobediencias, y hasta… intentos de fuga, como el del otro día en el arroyo que casi nos cuesta la vida a los dos, y el de hoy, que casi hace quebrar a Nocturno.

-Casi, casi… No ha pasado nada en concreto, así que no puede decir nada. Le dije que seguiría intentando escapar, y –dijo sonriendo- sólo he tratado de cumplir mi palabra.

-Así que además es graciosa. Bien, eso significa que ya fue suficiente.

Sin dirigirle la palabra la tomó del brazo y la obligó a ponerse en pie, llevándola hasta una pared de la cueva. Una vez allí la puso contra la pared y la apretó, tomó sus manos y las ató para luego elevarla y colgarla de un gancho, dejándola apenas en puntas de pie.

Esta vez no usó nada cortante, sólo sus manos. Soltó el corsé y lo lanzó lejos, luego fue rasgando una a una cada prenda: blusa, falda, calzones y enagua quedaron a un costado hechos jirones. Una vez más la desnudez de la joven turbó al bandolero, que notó lo asustada que estaba sin saber qué esperar. Tomó una de las prendas desgarradas e hizo una larga venda que puso en los ojos de la muchacha, dándole un par de vueltas para asegurarse que no veía nada.

Merceditas experimentaba una sensación nueva, mezcla de turbación, vergüenza, excitación, miedo, confianza, impotencia… ¿Qué le haría ese hombre al que cada día quería más? No lo creía capaz de aprovecharse de una mujer atada e indefensa, pero ¿si lo hiciera? Si lo hiciera… seguramente lo gozaría, porque a pesar del miedo y la incertidumbre, se sabía segura en manos de Juanjo. Sintió deseos de gritar, de llorar, de suplicarle que no la dañara, pero no podía porque tenía plena confianza en él a pesar de que jamás lo había visto así de enojado. En la oscuridad de su ceguera forzada, cerró los ojos y agudizando el oído, esperó.

Sentía el taconeo de las botas sobre el suelo de tierra de la cueva. La posición era incómoda, y el peso de su cuerpo recaía sobre la punta de sus pies. Pasaron unos momentos sin que sintiera ningún ruido ni movimiento y comenzó a inquietarse. ¿La habría dejado sola? Movía su cabeza de un lado a otro tratando de escuchar algún ruido, pero a sus oídos sólo llegaba el silencio. Cuando comenzaba a desesperarse, algo muy suave comenzó a recorrer su rostro. Era una pluma, como la que ella solía usar en sus sombreros. De las mejillas bajó al cuello y de allí al pecho. La pluma jugueteó levemente con sus pezones y cuando comenzaba a excitarla el contacto, cambió el recorrido y subió hasta sus axilas. Primero sonrió, luego una suave risa fue la respuesta a las cosquillas producidas por el suave elemento, hasta que se convirtieron en carcajadas que resonaban dentro de la cueva y rebotaban en las paredes haciendo el sonido más estridente.

-Jajajajajaaaaa… baaaajjajajaaa… bastaaaa… jajajaaaa… ¡por favor! –y de repente dejó de sentir aquella pluma que se había convertido en un cruel elemento de tortura.

No pasó mucho tiempo hasta que la pluma visitó su vientre, los costados de su cadera, las piernas y… la planta de los pies, que ahora, además de sostener el peso del cuerpo, debía levantarlos para liberarse de aquella maligna pluma. La risa y el movimiento estaban comenzando a extenuar a la joven, así que Juanjo la dejó descansar.

-¿Sabes niña? –El sonido de la gruesa voz la sobresaltó- Te ves hermosa en esta posición. Eres una bella mujer –le susurró al oído, mientras que con su mano la tomó de la barbilla y volviendo el rostro hacia él, le rozó apenas los labios- Tu piel mi niña… es suave como un pétalo –y el tibio aliento del hombre sobre su cuello la hacía estremecer- Qué daría yo por besarte y hacerte mía…

Ante aquellas palabras tiró su cabeza hacia atrás y trató de zafarse de las manos de aquel hombre, que pasó a ser nuevamente un bandolero. Abrió la boca como para hablar, pero él puso su dedo sobre los labios de ella y la acalló.

-Sshhhhh… tranquila. Seré un bandolero, pero soy ante nada un caballero y no te haría nada que tú no quisieras. Por ejemplo… intuyo que en este momento deseas besarme. –Y tomando nuevamente su rostro la besó. La joven al sentir la boca masculina, trató de retirar su rostro, pero fue sólo por un momento, porque al instante de saborear su primer beso de amor, sólo deseaba seguirlo besando. Fue un beso pasional pero corto. La joven quedó con la cabeza estirada esperando más, pero el contacto desapareció.

Otra vez el silencio, ese brutal silencio que la dejaba en la más absoluta soledad.

Ahora su olfato le hizo percibir la presencia de Juanjo. Un pequeño roce de la ropa contra su piel fue lo que sintió al tiempo que sus brazos eran bajados del gancho. Por un momento pudo apoyar sus pies en el suelo por completo. Aún estando de pie, sintió que descansaba, pero necesitaba descansar todo el cuerpo, así que se sentó en el piso y apoyó su espalda en la fría pared de la cueva. Cuando comenzaba a aflojar su cuerpo, éste fue levantado por los aires y apoyado con la cara contra la pared. La sorpresa del movimiento hizo que la joven lanzara un grito que rompió el silencio.

Nuevamente fue atada con los brazos en alto, pero esta vez podía apoyar los pies. Un silbido a sus espaldas hizo que su cabeza girara buscando la procedencia del sonido, aunque al tener los ojos vendados no pudo ver el enorme látigo que tenía Juanjo en su mano. Pero al sentir el chasquido contra el piso, comenzó a temer.

El primer latigazo le dio de plano en una nalga, sintiendo un profundo ardor. La marca roja se notó rápidamente al levantar su piel. Un suave gemido acompañó el giro del cuerpo, que intentaba en vano girar para no ser alcanzado por tan cruel instrumento.

Juanjo era muy diestro en el manejo del látigo. Practicaba alejado de todos, todos los días durante las horas que podía. Sabía dónde pegar y cómo. Sabía cómo hacer daño permanente o apenas acariciar la piel dejando una suave huella que desaparecería en horas.

-No te muevas o será peor, podría lastimarte más de la cuenta y no es lo que deseo. Sólo quiero azotarte y darte un castigo que recuerdes –enrollando el látigo se acercaba a ella a medida que hablaba- no sólo por el dolor, sino también… -se acercó a su oreja y dejó escapar un susurro que Merceditas no comprendió ni le interesaba comprender.

La lengua del hombre comenzó a recorrer el cuello de la joven, y se adentró en su oreja. Era húmeda, tibia, suave… y ella gozó el estremecimiento que le causaba tenerla dentro, como una violación permitida.

El experto amante, el Amo dominante que vivía dentro de Juanjo sin que él se enterara, le hizo creer a la joven que la besaría nuevamente. Ella buscó su boca pero fue en vano, porque él se alejó desenredando el látigo. Cuando oyó el chasquido era demasiado tarde: ya había hecho impacto en ambas nalgas.

Uno tras otro, los latigazos fueron cayendo sobre las blancas redondeces que sentían cada uno de los azotes como un cuchillo que le abría la piel, aunque sólo eran marcas superficiales. Se acercó a ella y pasó sus manos por las líneas. Se agachó y miró de cerca su obra. Sintió placer, excitación, ganas de cobijarla en sus brazos y de abrazarla. Pasó las palmas una vez más por las nalgas y muslos de la joven, que sólo atinó a lanzar gemidos de placer mientras echaba su cabeza hacia atrás. Las caricias continuaron hasta el vientre donde cruzó sus brazos mientras el rostro se pegaba al trasero de Merceditas. Juanjo hundió su cara en él y lo cubrió de besos, con los ojos cerrados e inundado de una ternura incomparable.

Fue entonces que se dio cuenta que aquella mujer que era su prisionera, su rehén, había ganado su corazón y no podía hacerle ningún daño, sólo amarla profundamente. Con su virilidad a punto de explotar, sacó fuerzas de donde no tenía y la desató. Cuando se hubo cerciorado de que estaba bien, se dio media vuelta y marchó fuera de la cueva.

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A la mañana siguiente Juanjo se levantó más temprano de lo habitual. Le dio de comer a los animales, cepilló a Nocturno y tomó algunas cosas que colocó en un morral.

-Me voy a cazar y me llevo los perros. Volveré lo antes posible. Ven aquí… -Merceditas obedeció sumisamente- Te dejaré atada, no quiero que escapes.

Le colocó un grillete en el tobillo y se marchó seguido de Sombra y Bandido. No había terminado de oír los pasos del bandolero alejándose cuando comenzó a tratar de zafar. Imposible. Siguió la cadena y vio que estaba clavada al suelo de la cueva, amurada a la pared, pero no. Una estaca de metal había sido martillada hasta meterla en la piedra. Comenzó a removerla, a darle vueltas y giros hasta que logró que tuviera movimiento. Necesitaba quitar la tierra de alrededor. Pensó… ¡una cuchara! Sí, con una cuchara lograría quitar la tierra.

Encima de la mesa estaba aún dispuesta la vajilla del desayuno. Caminó hasta allí, pero por mucho que se estirara, no llegaba. Trató una y otra vez, pero no lo consiguió. Cansada, se sentó en el suelo. Quizás… si lograra llegar a la pata de la mesa y arrastrarla hacia ella. Pero... ¿con qué? Miró a su alrededor y nada le servía. ¡El látigo! Claro que sí.

Con un poco de dificultad y algo de estiramiento, logró tomarlo con la punta de los dedos. Cuando lo tuvo en sus manos se puso de pie y… se dio cuenta que lo único que sabía del manejo del látigo, era que debía hacerlo con mucho cuidado.

En el primer intento tiró gran parte de lo que había encima de la mesa. Golpeó paredes, muebles, y hasta ella misma recibió algún chasquido en algunas partes de su anatomía, pero luego de probar varias veces logró enganchar las patas de la mesa y con no menos esfuerzo tirar de ella y correrla unos centímetros. Debía tener gran cuidado, porque si se caía todo no lograría su cometido.

Y sucedió: tiró con demasiada fuerza y la mesa se volcó, desparramando todo por el suelo. Una cuchara quedó algo más cerca de ella, pero aún estirándose, no llegaba. Intentó con el mango del látigo y finalmente la ansiada herramienta estaba en sus manos. Debía darse prisa.

Fue hasta la pared y escarbó, aflojó la tierra, volvió a escarbar hasta llegar al extremo de la estaca. No se veía fácil, pero en realidad lo era. No tenía nada para aflojar el metal pero usó el ungüento que Juanjo le ponía; girando y moviendo la estaca logró sacarla de la piedra.

Una vez libre ensilló a Nocturno y salió montada en el noble animal rumbo al arroyo. Ella sabía que Juanjo guardaba un mapa de la zona en la alforja. Buscó y allí estaba, no necesitaba nada más. Su padre le había enseñado desde pequeña a interpretar mapas para que supiera ubicar las propiedades, los sembradíos, las comarcas, ciudades y pueblos. Con el mapa en la mano comenzó a alejarse, mientras el bandolero la veía partir. Los perros se pusieron en guardia al sentir al caballo, pero él los calmó y evitó que ladraran.

Ver alejarse a la mujer que amaba le partió el corazón. Sabía que era una chica inteligente y que lograría escapar si así lo deseaba, pero él esperaba que no lo hiciera, esperaba que se quedara a su lado, pero ella no pertenecía a ese lugar, a ese mundo.

Se veía tan bella montada en el corcel negro, con su piel blanca, su pelo dorado y brillante como el mismo sol.

-Amigos, quédense aquí y vigilen la cueva –dijo dirigiéndose a los perros- Velaré su camino hasta que me asegure que toma la ruta correcta.

Montó otro corcel que pastaba en el bosque y salió tras la joven, siguiéndola de cerca para asegurarse que nada le pasara. Cuando llegó al camino principal se detuvo y la vió perderse en rápido galope. Secó la lágrima que le corría por la mejilla y regresó al campamento.

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En primero en reconocer a la niña fue Manuel, el capataz de la hacienda. Antes de que llegara su padre ya había salido a recibirla. Entró a todo galope en el corcel negro y casi se tiró del caballo para correr a abrazar a su padre.

-¡Hija mía! ¡Mi niña… por fin! ¿Estás bien, te han hecho daño?

-No papá, nadie me hizo daño. Estoy bien, pero necesitaba tanto verte, te extrañé tanto… Fueron días muy duros. Tengo tanto para contarte…

-Ya te están preparando un baño, y comida, y ropa… Mírate como estás, pareces… -en ese momento le miró el rostro a la joven y calló. A pesar de estar despeinada, con la ropa desprolija… se veía hermosa, feliz, radiante. Era un hombre veterano y comprendió lo que pasaba- Mejor ve a asearte, y mientras me cuentas todo lo que pasó.

-Sí papá –le dijo mientras que le daba un fuerte abrazo colgada de su cuello.

El sonido de los cascos del caballo, hicieron que se diera vuelta de inmediato. Varios hombres trataban de calmar a Nocturno que en dos patas relinchaba y amenazaba con golpear a quien se atreviera a tocarlo.

-No lo toquen, déjenlo ir –grito la joven tomando las riendas del animal- Gracias amigo, vuelve ahora con tu amo –le susurró al oído.

Un nuevo relincho a modo de despedida fue lo último que se oyó antes de que el brioso animal tomara carrera por el mismo lugar que habían llegado. La joven se lo quedó mirando mientras se alejaba.

-Francisco, Antonio… traigan herramientas para quitar el grillete del pie de mi hija.

Luego de unos momentos, Merceditas se sintió liberada del peso del grillete. Se metieron en la finca y ella subió a sus aposentos, donde un ejército de doncellas preparaban el baño para la joven, su ropa, zapatos y cintas para el cabello.

Don Pablo buscó una cómoda butaca y prendió un cigarro mientras que el cuarto contiguo su hija tomaba un baño y contaba la primera parte de su experiencia, que él ya conocía por boca de los otros ocupantes del carruaje el día que fue secuestrada Merceditas, y también por el conductor.

Desde que se metió en la tina asistida hasta pasado los postres, aquella chiquilla no dejó de hablar. Le contó todo, con pormenores, aunque obvió muchas partes por pudor y porque había detalles que quería preservar para ella y Juanjo. Don Pablo, un hombre veterano y experimentado la oía y mientras lo hacía sonreía o ponía cara de circunstancias, pero siempre callaba. Para él estaba todo muy claro.

-Bien hija, para tu tranquilidad y la de la gente de toda esta comarca, enviaré dos tropas en busca de ese bandolero. No permitiré que todo lo que te hizo quede sin reparar. Pagará por sus actos, eso te lo prometo. Y servirá de ejemplo para todos los que se aprovechan de jovencitas inocentes e indefensas como mi niña. Lo atraparé, lo torturaré como hizo contigo y luego lo colgaré.

Lucía furioso, como un buen padre que quiere lavar de todas formas el honor de su hija. Merceditas no sabía qué decir. No quería que le hicieran ningún daño, pero no podía decirle a su padre que sentía algo muy especial por aquel hombre que… ¡Dios! Qué confundida estaba.

El día se pasó rápidamente. Su padre le había insistido para que se retirara a descansar, pero no quiso. Prefirió pasear por los jardines, jugar con sus perros y evitar a la gente que quería hablar con ella e indagar sobre su experiencia. Al atardecer, recostada en un diván pensando en todo lo sucedido, oyó gritos y alboroto. Corrió rápidamente hacia la ventana y vio que su padre hablaba con el Capitán Zeballos y le daba órdenes. De inmediato dos grupos de soldados partieron rumbo al camino que ella había recorrido aquella mañana.

Durante la cena, Don Pablo colmó de atenciones y mimos a su hija, tratando de arrancarle una sonrisa que le era esquiva.

-Papá… ¿a dónde enviaste esos soldados?

-Merceditas, tú no debes preocuparte por eso. Ya pasaste bastantes malos ratos en manos de esos malhechores. Ahora sólo debes preocuparte de ti y de ser feliz. Sólo te prometo por las cenizas de tu madre que de aquí en más serás feliz y me haré cargo de ese bandolero.

-No quiero que nadie salga lastimado papá –le susurró al hombre que la tenía acurrucada entre sus brazos.

-Ay Merceditas… eres tan buena hija. Tienes un corazón noble y eso me enorgullece. Pero tú no te preocupes que aquí está tu padre para encargarse de todo –agregó besando su frente- Ahora vete a dormir y descansa. Habrás extrañado tu cama ¿verdad? Anda mi niña, ve y que Dios vele tus sueños.

Se despidieron con un abrazo y un beso en la frente. La niña dormía en casa y el juez se sentía mejor.

---000---

Cuando Juanjo vio regresar a Nocturno suspiró aliviado.

Recogió todo lo que pudo de la cueva y lo escondió. Ya había enviado un mensajero de confianza a avisarles a sus compañeros que no regresaran hasta nuevo aviso. Se reuniría con ellos en algunos días, pero no debían regresar a la cueva pues seguramente estaría vigilada. Merceditas había escapado y debían ser precavidos.

Merceditas… Cerraba los ojos y recordaba su cuerpo, sus formas, su sonrisa, su piel. Sonrió al revivir sus contestaciones y disfrutó ante la visión de sus caprichos de niña rica.

No podía estar sin ella, pero la joven había decidido marchar junto a su padre y abandonarlo.

Cabalgaba por entre los olivares, bajo el calor de la primavera, seguido del otro corcel, los perros y… aquella angustia que le oprimía el corazón.

Algo debía hacer. Ya tenía pensado qué, pero sabía que era una locura. De todas formas debía intentarlo. Se acercó a una choza humilde donde un hombre maduro salió a su encuentro. Luego de unas breves palabras y un más breve descanso para que Nocturno tomara agua y se restableciera, Juanjo salió al galope dejando al cuidado de aquel hombre a sus fieles perros y al otro caballo. Se jugaría el todo por el todo. Ganar o perder. Estaba dispuesto a todo y aún conciente de los riesgos que corría, no daría marcha atrás. De todas formas, la vida sin Merceditas ya no tenía sentido.

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Con la lámpara prendida, Merceditas recorrió con la vista su habitación. Eran los aposentos de una dama fina y elegante, además de adinerada. Pero cambiaría todo aquello por estar al lado de Juanjo y que este la abrazara con esos brazos enormes y poderosos.

Apagó la lámpara, conciente de que no podía conciliar el sueño, pensando en su bandolero, en sus ojos, en sus besos, su boca, sus manos. La primera vez que la azotó, el estar desnuda delante de tantos hombres, el haber sido humillada y castigada por ellos, las azotaínas de Juanjo, sus rezongos que le sabían a pura miel.

En su mente se instaló la última azotaína, cuando como nunca sintió estremecerse su cuerpo con la sola presencia de Juanjo. Recordó su ceguera forzada y el ansia por besarlo. La lengua tibia y húmeda que recorría su oreja, su cuello, la espalda. ¿Y cuando hundió su rostro entre sus nalgas y pudo sentir el jadeo y el aliento de la boca de aquel hombre que la excitaba sólo con pensar en él?

No eran pensamientos dignos de una joven decente como ella, pero no podía evitarlos. Reviviendo las escenas y con el rostro del bandolero en su mente, se durmió.

---000---

Una sombra se deslizó en la noche. Trepó desde el porche y se coló por la ventana. Al meterse en la habitación, distinguió claramente la figura en la cama y hacia allí se dirigió.

Cuando Merceditas sintió que algo tapaba su boca, trató de zafar, de gritar, de quitar esa mano que le impedía pedir ayuda. Alguien le había colocado la rodilla en el pecho, casi impidiendo sus movimientos. La sombra le introdujo en la boca un lienzo y enseguida le colocó una venda. Sus gritos se ahogaron en su garganta, y la desesperación la hacía moverse más y más, corcoveando como una yegua salvaje.

El desconocido tomó sus manos y las ató con una cuerda a la cabecera de bronce. El hombre que la estaba atando tenía una fuerza increíble. A continuación fueron sus piernas. Peleaba todo lo que podía, pero era una lucha infructuosa, vana, sin la menor posibilidad de ganar.

Con los ojos desorbitados y tratando de ver en la oscuridad, pudo reconocer el rostro y la figura de Juanjo. No lo podía creer ¿Por qué él haría algo así?

Ante la vista de la joven, la sombra ya identificada comenzó a desvestirse. Un torso masculino, torneado por cinceles divinos cada uno de sus músculos, se dibujaba entre la oscuridad. Las botas, el pantalón…

Juanjo se acostó a su lado y la miró a los ojos. Ella ya no se movía, sólo lo miraba entre sorprendida y asustada.

-Mujer… -le susurró al oído- quiero que escuches bien esto porque lo diré sólo una vez: te amo, te quiero, no puedo vivir sin ti. Cuando decidiste huir pensé que era lo mejor, pero me equivoqué. Por eso estoy aquí… Te quiero para mí, sólo mía y sólo para mí.

Comenzó a tocar su cabello, el rostro, el cuello y la nuca. Los besos eran suaves, dulces, y la mano de Juanjo comenzó a deslizarse por el cuerpo encima del camisón. La joven echó la cabeza hacia atrás y lanzó un sonido que fue interpretado como un gemido por él.

Levantó el camisón y el juvenil cuerpo apareció lentamente. Sus piernas largas y la redondez de la cadera quedaban cubiertas por el calzón. Siguió subiendo la prenda y aparecieron los senos, redondos, blancos como una montaña y coronados por una deliciosa cereza. No pudo aguantarse sin besarlos, tocarlos, disfrutar tan deliciosa tentación. La joven negaba con la cabeza, pero sin poner demasiada resistencia con el cuerpo.

Bajó sus calzones. Allí sí sintió que se movía demasiado, abriendo los ojos y negando con la cabeza de forma insistente, mientras trataba de hablar.

En un acto que le pareció sumamente arriesgado, desató las piernas de la joven. Luego subió hasta la cabecera y desató sus manos, para finalmente quitarle la venda y el lienzo de la boca.

-No grites por favor –le pidió con voz suplicante.

-No te preocupes, no lo haré.

-Merceditas, te amo. Jamás te haría daño, y aunque te deseo con todas las fuerzas de mi alma, nunca haría nada en contra de tu voluntad. Te lo dije una vez y te lo repito ahora: no te haré nada que tú no quieras que te haga.

La joven se sentó en la cama y se terminó de quitar los calzones. Luego, lentamente, quitó su camisón y lo tiró al costado de la cama. Acercó sus labios a los del hombre, pasó sus brazos por el cuello de él y lo besó con extrema ternura, mientras se acostaba nuevamente trayendo al hombre encima de ella.

Juanjo no lo podía creer. Era su sueño, su fantasía que se estaba haciendo realidad. Y ella por fin conocería “eso” tan maravilloso de lo que le hablaban sus amigas casadas.

La cadencia de Juanjo al acariciarla nada tenía que ver con la batalla que se desató luego de los primeros instantes.

Las bocas se unían comiéndose una a otra, los brazos se multiplicaban como pulpos para que no quedara ninguna parte del cuerpo del otro sin tocar, sin explorar, sin besar. La cabeza de la joven iba hacia atrás, dejando el largo cuello desamparado, para que la lengua lo recorriera por completo y acabara entre los pechos que eran magreados y pellizcados por las manos masculinas, incansables, deseosas de más.

El hombre se colocó de rodillas entre las piernas de Merceditas y la atrajo hacia sí, haciendo que ella abrazara su cadera con las piernas, sintiendo el roce de su miembro casi en su interior. Los jugos de la joven eran una clara prueba de su excitación. En esa posición se besaron y las caricias continuaron…

La volvió a depositar en la cama y lentamente comenzó a introducirse en ella, con toda la ternura que fue capaz. La cadencia en los movimientos, los besos, las caricias, las frases susurradas a su oído hicieron una experiencia deliciosa e inolvidable de la primera vez de Merceditas.

Una vez que se hubieron amado, continuaron juntos, abrazados por un largo rato, prodigándose besos, caricias y mimos. Fue Merceditas quien rompió el silencio.

-¿Y ahora? ¿Qué haremos?

-Ahora mi amor, sólo nos queda una solución: casarnos. Pero… ¿te casarías con un bandolero? ¿Estarías dispuesta a seguirme? Ya viste cómo es mi vida. Podría dejar de ser un bandolero por ti y vivir en algún lugar, alejado de esta vida, pero jamás podría darte estos lujos. Sería la vida de un campesino: una vida sencilla, humilde, de trabajo, de sacrificios. Nada que ver con la vida que has llevado hasta ahora Merceditas.

Quizás sea mejor para ti el aceptar alguno de los candidatos que te cortejan.

-No, no quiero a ninguno sólo a ti. Y no me importa vivir sin los lujos de esta casa. Sólo me dolería tener que dejar a mi padre. Eso nos rompería el corazón a los dos, y además… me estaría yendo con uno de los hombres más buscados por él. Hoy envió dos tropas para capturarte, y luego de mi secuestro no parará hasta dar contigo.

-Merceditas… ¿confías en mí?

-Sí, claro que sí.

-Entonces vístete y fúgate conmigo. Iremos al convento de los jesuitas y buscaremos a un fraile que nos case. ¿Aceptarías casarte conmigo?

-Sí ¡claro que sí!

Se levantaron, se vistieron y mientras que Juanjo huía por la ventana, ella bajaba velozmente las escaleras, sin hacer ruido y salió al encuentro de su amado por una puerta lateral. Con el apuro y la emoción del momento, no notó la figura que la miraba desde la sala principal.

Juanjo la esperaba montado en Nocturno. Se veía tan guapo, tan gallardo. Su figura resaltaba en el horizonte. La visión era maravillosa: la noche estaba sobre ellos, pero el sol venía apareciendo lentamente y con sus rayos de luz cortaba la negrura de la noche e iluminaba las nubes. Todo se veía tan fresco, tan lozano, tan… nuevo. Se estrenaba un nuevo día, comenzaba una nueva jornada, pero para ellos era mucho más que eso: ellos comenzaban una nueva vida, un ciclo recién estrenado. Este ciclo de su vida era como ese amanecer: único e irrepetible, y pensaban aprovecharlo al máximo.

Montada en las ancas de Nocturno y abrazada a su hombre, Merceditas había tomado la decisión de estar el resto de su vida junto a Juanjo. Salieron a todo galope rumbo al convento mientras los cascos del corcel resonaban en las calles vacías sin dar tiempo a los curiosos a mirar quién era el responsable del alboroto matutino.

Los jardines del monasterio estaban húmedos. Las flores los recibían con sus mejores galas y las gotas de rocío eran como pequeños brillantes pendientes de sus pétalos. Juanjo desmontó y luego ayudó a la que ya era su mujer y en pocos instantes más sería su esposa.

Desde la puerta principal se oían las voces de los monjes rezando Laudes. Deberían esperar a que terminaran sus rezos para ser atendidos por Fray Domingo. En tanto quedaron esperando en el locutorio del convento, en silencio, oyendo el canto armonioso de los frailes.

Un murmullo de pisadas se oyó por los pasillos y comenzaron a pasar rumbo al comedor. En silencio, con sus cabezas gachas y trasladando con ellos el ambiente de oración y recogimiento que habían obtenido en la capilla, desfilaban uno a uno o en pequeños grupos de dos o tres. Uno de los monjes se dirigió a ellos.

Fray Antonio era un hombre de unos 60 años o quizás un poco más. Tenía en su rostro la serenidad y la compasión que quizás le diera la vida del monasterio. Vestido sencillamente con su hábito, impecable dentro de su humildad, con el aroma de la limpieza y una bella sonrisa que le iluminó el rostro cuando vio al bandolero.

-Juanjo, hijo. Qué noticias me traerás para estar aquí a esta hora de la madrugada. Cuéntame, cómo está el Hermano y… ¿Merceditas? ¿Niña, pero qué haces tú aquí?

Los jóvenes se miraron y el sabio sacerdote se dio cuenta de todo. Era una mirada llena de amor y pasión.

-Bien, si lo que desean es casarse sólo quiero saber una cosa: ¿están seguros?

-Sí Fray Antonio –contestaron al unísono.

-Hmmm… está bien. Yo los conozco a los dos, ambos son mayores de edad y quiero suponer que saben lo que hacen. De todas formas hablaré por separado con cada uno y les tomaré confesión. Luego de eso decidiré si los caso o no. Juanjo, tú primero. Ven conmigo, y tú espera aquí.

-Sí Fray Antonio, como usted mande.

Los minutos se le hacían eternos a Merceditas, mientras que el monje le exigía a Juanjo que le contara lo sucedido. Luego llamó a Merceditas e hizo lo propio. La joven confesó sus amores prohibidos con Juanjo y también que él no la había obligado a nada, sino que ella había querido que fuese así porque lo amaba, y que ahora deseaba casarse con él a pesar de todo lo que aquello implicaba. Lo único que le preocupaba era que su padre sufriría y quizás no le perdonara su unión con el bandolero. Pero era un riesgo que estaba dispuesta a correr.

-Merceditas, creo que aún no conoces bien a tu padre.

Con ambos jóvenes confesados y absueltos, los tres se dirigieron a la capilla. El fraile le indicó a Juanjo que buscara dos testigos y los trajera mientras él se preparaba para la ceremonia. El feliz contrayente salió presuroso hacia el portón mientras el monje se dirigía a la sacristía a colocarse la vestimenta apropiada. Allí tomó el Alba y lo ciñó con el cíngulo, rezando las oraciones que indicaba esta ceremonia. Tomó luego el Ámito, lo colocó en su espalda y cruzó las cintas por el cuerpo. Miró hacia donde estaban colgadas las Casullas y titubeó si ponerse la de color blanco, porque era una festividad, o quedarse con la verde porque era el color de la esperanza. Se decidió por el último color. Para completar su atuendo tomó la Estola bordada por las Hermanas Carmelitas de Ávila, un regalo hecho al convento hacía ya unos años, y haciendo conjunto con ella el correspondiente Manípulo. Por último tomo el libro de liturgias y se dirigió al altar donde lo esperaban los contrayentes y los tres testigos sentados en el primer banco. ¿Tres? Ah… Sí, claro, debían ser tres.

Las flores que llevaba la novia en la mano le resultaron conocidas. Sólo esperaba que Fray Vicente, el encargado del jardín, no protestara demasiado por el robo. Miró a la novia y se preguntó porqué todas las novias, lindas o feas, se veían especialmente bellas y radiantes el día de su boda.

Se puso de espaldas a los contrayentes, se persignó y comenzó la ceremonia que sería corta y sencilla. Abrió su libro y comenzó a recitar de memoria las palabras dichas tantas veces. Cuando llegó a la frase: “…y si alguien tiene algún motivo para oponerse a esta unión, que hable ahora o calle para siempre.”, una voz gritó desde la primera fila.

-¡Yo!

-Papá… –mustió Merceditas

Don Pablo se acercó al altar y tomó la mano de su hija, dirigiéndose al fraile le dijo:

-Fray Antonio, no es que me oponga a la boda, sino que protesto porque se me negó la dicha de entrar con mi hija a la iglesia y entregársela al hombre que ella eligió. -Merceditas bajó la cabeza

-Perdón papá, pensé que te opondrías.

-Admito que el señor Juan José Canosa no es el hombre que siempre soñé para ti, pero es quien tú elegiste, y si estás segura de tu decisión… yo te apoyo aunque no esté de acuerdo. Señor Canosa, le entrego la mano de mi única hija, María de las Mercedes Medina Lemos, y prometo ante Dios que si la hace usted infeliz, me ocuparé de que pague por ello. Tienen mi bendición y mi permiso. Y aquí están las arras con las que nos casamos tu madre y yo. Las pongo ahora en tus manos para que siga esta tradición.

Merceditas tomó las 13 monedas, doce de oro y una de metal como lo indicaba la tradición y las depositó en manos de su esposo.

-Y aquí están los anillos. También son los que usamos tu madre y yo el día de nuestra boda. Juanjo, tómelos por favor. Lamento la interrupción Fray Antonio, gracias.

Merceditas no pudo aguantar la emoción y con el rostro lleno de lágrimas se abalanzó y abrazó a su padre que la estrechó con todo su amor, sabiendo que su niña del alma ya no le pertenecía totalmente. Permaneció el resto de la ceremonia de pie junto a los novios. Al llegar a la frase final, con una alegría que no quería ni podía disimular, Fray Antonio les dijo:

-… y yo los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.

Los ya esposos se dieron un beso casto y respetuoso por de más. No sólo por respeto del lugar donde estaban, sino también respetuosos del sacerdote y de Don Pablo. Al salir de la capilla los recibió un día andaluz de cielo azul, sin una nube y con el sol resplandeciente.

La pareja y el padre de la novia emprendieron el regreso al cortijo de Don Pablo. Había mucho que hablar.

---000---

Ese mismo día, el juez de Jaén Don Pablo Medina, decretaba el perdón para el bandolero Juan José Canosa y su banda, otorgándoles el salvoconducto y tierras para que se instalaran y se convirtieran en campesinos.

Don Pablo había pasado la finca “Los Torrijos” a nombre de su hija cuando esta cumplió 18 años, pero había esperado hasta ese momento para darle la noticia. Le serviría de dote y podrían comenzar allí la nueva vida que tanto deseaban.

Con los años llegaron los nietos que correteaban por los jardines y jugaban con el abuelo Pablo, mientras que su yerno se encargaba maravillosamente bien de todos los negocios y Merceditas estaba convertida en una perfecta ama de casa, aunque por las noches se seguía comportando como la chiquilla malcriada, rebelde y encantadora de la que el bandolero se había enamorado y que, todavía, debía corregir bastante seguido.

- FIN -



jueves, enero 29, 2009

INSTANTES DELICIOSOS


Queridos amigos:

No hay un motivo especial para este post, sólo las ganas de compartir con ustedes estas fotos que me gustaron. Porque... hay momentos que son sublimes en una azotaína, como estos tres que quise exponer aquí con estas fotos.

Por ejemplo ¿quieren algo más excitante para una o un spankee que cuando el Spanker nos dice: "Vete a la cama y acuéstate boca abajo, con unas almohadas bajo tu vientre. Te desnudas de la cintura para abajo y allí me esperas...". Todo el ritual de seguir sus instrucciones, sean las que sean, como en este caso que pongo como ejemplo, de ir hasta la habitación, quitarnos la ropa, preparar las almohadas y ponerse en posición. Y esperar... esa dulce, excitante y larga espera que nos llena la cabeza de ratones y el estómago de mariposas...

Creo que el ritual y el momento de la espera es uno de los más deliciosos. ¿Concuerdan conmigo?



Y luego... viene el discurso, el rezongo, el caminar a nuestro alrededor destacando lo mal que nos portamos, lo desobedientes, caprichosas/os, rebeledes y quién sabe cuántas cosas más que somos.

Y la amenaza que lentamente se va convirtiendo en sentencia.

Y llega la sentencia, pero no toda junta, sino de a poco. Primero, tantas nalgadas con la mano, para que vaya el/la spankee entendiendo de a poco que esto va para largo.

En este momento también es cuando el Spanker tiene el regocijo de ver a su spankee "sufrir", sentir el olor del "miedo" (jejejejeeeee...) y gozar de sus expresiones verbales, corporales y gestuales.

Luego, lentamente y como quien no quiere la cosa, van apareciendo los instrumentos con los que seremos castigadas/os.

Claro que en medio de todo esto puede aparecer aún alguna rebeldía y sacarnos frases de "genuina" humildad diciendo por ejemplo:
-...pero yo no hice nada
-...soy una incomprendida

También puede aparecer una veta rebelde, y
dependiendo de la genialidad y verborragia de la/el spankee, se digan cosas como:
-no me importa el castigo, ya lo hice y lo disfruté.

Eso también traerá sus consecuencias, a menos que el Spanker comprenda que está siendo demasiado suave en su castigo.

Pero, para aquellos que no comprenden o entienden sutilezas, siempre está la célebre frase, dicha a mitad del castigo y con el culo ya rojo:
-Cuando comience el castigo me avisas, ¿sí?
O aquella otra:
-¿Cuándo vas a comenzar a azotarme?

Aclaración: los escritores de este blog no se hacen responsables de las consecuencias de la osadía de quienes se animen a utilizar estos dichos.




Y ya para terminar esta serie de fotos, viene el momento del descubrimiento, de la rebelación, de la bajada de la prenda interior para disfrutar de las nalgas, del color, del brillo, de la tersura, del contacto de piel con piel, de palma con nalga. Un momento sublime, fascinante, delicioso y tan esperado por ambas partes.



Gracias a todos por permitirme compartir estas fotografías con ustedes. Un abrazo, y en dos o tres días más, llega la segunda parte de "La lección del bandolero".

Ah! Y antes que pregunten... "Cartas a la tía Mena" sigue su rumbo. Lento... pero seguro. ¡Hasta pronto! Hasta siempre...

lunes, enero 19, 2009

LA LECCIÓN DEL BANDOLERO

Autora: Ana Karen Blanco

El carruaje se movía sin cesar y los pozos del camino tenían todas las dimensiones posibles. Fue en uno de ellos que la bella María de las Mercedes Medina Lemos, despertó sobresaltada y miró con extrañeza al resto de los ocupantes del coche: eran tres personajes bien diferentes entre sí que ocupaban casi la totalidad del espacio interior del vehículo.
En el asiento que daba hacia la parte posterior se encontraba Don Emiliano De Camposorio y de la Fuente, Conde de Barroviejo de la Frontera, con su esposa, la Condesa Federica Trinidad. En el asiento delantero del vehículo iba la ya anciana Doña Inodora Pérez Quartino, viuda del diplomático Don Gregorio Vargas Silvera, y a su lado Merceditas, nuestra protagonista, famosa por su temperamento caprichoso y rebelde. Esta jovencita tenía motivos para ser como era: hija única del rico hacendado Don Pablo Medina Fuidobro, juez de la comarca de Jaén y dueño de varios olivares en esa zona de Andalucía, por lo tanto rica, culta, refinada, además de consentida y mimada por su padre, viudo desde que la niña era pequeña. Merceditas era su tesoro más grande, la amaba aunque no supo ponerle límites de niña y ahora… era demasiado tarde. La joven iba a cumplir 21 años y aún no se había casado; no porque le faltaran pretendientes que los tenía por demás, sino por que ninguno le venía bien.
Para finales de abril, la primavera ya se hacía sentir en tierras andaluzas. Las damas iban ataviadas como lo exigía la moda y las buenas costumbres que regían a finales del siglo XIX. Por su vestimenta y lenguaje se veía que tenían una buena posición económica y lo demostraban en sus alhajas y vestidos. Todos eran conscientes del riesgo que corrían, porque era sabido y comentado que la zona que estaban cruzando era asolada por la banda de Juan José Canosa Hernández, más conocido como “Juanjo el galante”. Este gallardo joven tenía una forma de actuar similar a su ídolo: el también bandolero José María Hinosoja “El tempranillo”.
De “El tempranillo”, Juanjo había aprendido a ser galante con las damas, a comportarse con respeto y a su manera, honestidad con los caballeros. Tenía sus propios códigos; era querido por las gentes humildes a quienes siempre ayudaba, odiado por los ricos y poderosos, pero más que nada, admirado y deseado por las mujeres de todos los niveles sociales.
El ruido del galopar de los caballos y el traqueteo del propio carruaje les impidió oír a los jinetes que, salidos de Dios sabe dónde, los rodearon de inmediato. El cochero quiso apurar la marcha, pero enseguida se dio cuenta que sería inútil y frenó, evitando así el posible vuelco.
Por la ventanilla de la portezuela del coche se coló un hombre. Una vez dentro, quedó en cuclillas en el escaso espacio que había entre las butacas.
-Señoras, caballero… muy buenas tardes. Me llamo Juan José Canosa, pero mis amigos me dicen “El Galante”. Y mis enemigos también. Me veo en la obligación de comunicarles que en cuanto pare el coche, deberán bajar y entregarme todos sus objetos de valor –dijo el intrépido visitante.
Tenía la tez morena por el sol y los ojos como el cielo. Una sonrisa entre pícara y burlona dejó ver una dentadura perfecta. Se veía joven, quizás menos de treinta años, y era poseedor de un cuerpo espigado y atlético. Las tres mujeres lo observaban con signo de terror en sus rostros, mientras que el anciano Conde no sabía qué hacer. El coche se detuvo y el joven forajido fue el primero en descender.
-Por favor Madame, -le dijo con una sonrisa a la Condesa mientras le daba la mano- tenga sumo cuidado al bajar. Una mujer de su porte no debe sufrir ninguna caída.
Con la misma galantería y respeto, fue ayudando a descender a la viuda, al anciano y finalmente a la joven.
-No se atreva a tocarme –le espetó Mercedes- No necesito ni su ayuda ni la de nadie.
-¡Vaya! Con que esas tenemos ¿eh? Bien… adelante señorita. Descienda usted.
Con un gesto de desdén la joven dama comenzó a bajar del carruaje, con tanta mala suerte que pisó su vestido y se hubiera dado de cara contra el suelo si el bandolero, con una magistral maniobra, no la hubiese detenido en el aire con tan ¿mala? suerte que… tuvo que sujetarla de los pechos para que no cayera. La joven quedó aferrada por las viriles manos a poco menos de un metro del suelo. Juanjo se acercó a su oído y le susurró:
-¿Ve usted que sí necesitaba ayuda?
-Suélteme. Prefiero caer de bruces contra el piso que sentir sus… asquerosas manos sobre mí.
El joven sonrió.
-Como Mademoiselle desee –y la soltó. La chica fue a dar de cara contra el piso, y el grito que lanzó quedó cortado con el impacto.
Se levantó enfurecida, sacudiéndose el polvo, mientras que Juanjo y el resto de los bandoleros reían. Los Condes, la viuda y el cochero tuvieron que contenerse para no hacer otro tanto.
-Señoras, caballero… me veo en la imperiosa necesidad de pedirles su colaboración con todos los objetos que lleven encima: dinero, joyas, y artículos con valor económico, tengan a bien depositarlos en este humilde sombrero. Y en este caso, con el permiso de las damas, comenzaremos con el caballero.
El Conde, visiblemente molesto, comenzó por quitarse los anillos, cuatro en total, el reloj de bolsillo con la correspondiente cadena, y una bolsa con dinero.
-Olvida usted la magnífica perla que lleva prendida en su corbata… Gracias señor, ha sido usted muy amable. Continuamos ahora con su… esposa ¿verdad? Permítame decirle la señora que sin lugar a dudas es la alhaja más preciada de su esposo, y que si no estuviera casada… pensaría en raptarla.
Entre halagos y agasajos, el bandido fue despojando de todos los objetos visibles a las damas. Al dar una mirada general a las señoras, vio el estupendo anillo que llevaba doña Inodora en su mano izquierda. Un anillo con un enorme rubí rodeado de brillantes.
-Madame… una mano tan hermosa como la suya, no necesita ningún adorno. Permítame su anillo por favor.
-¡No! Este anillo no se lo daré jamás. Tendrá que matarme para quitármelo. Es el recuerdo más vivo que tengo de mi esposo y jamás permitiría que me lo quitaran.
Juanjo sonrió dulcemente, inclinó su cabeza para besar la mano de la anciana y le dijo:
-Siga conservándolo, y jamás se desprenda de él.
La anciana sonrió a modo de agradecimiento y el bandolero siguió su recorrida. Había dejado el postre, el plato “fuerte” para el final. Sabía quién era aquella jovencita. Sabía que era la única hija de Don Medina, el juez de Jaén con un rico patrimonio. Se sorprendió al ver las pocas joyas que portaba la joven. Cuando había entrado de improviso en el carruaje, llevaba más. No era la primera vez que le sucedía…
-Señorita, es su turno de colaborar.
La joven le dio una bolsita de terciopelo azul con monedas de oro, se quitó un par de anillos, una pequeña pulsera y un camafeo que llevaba al cuello. En un rápido recuento mental, Juanjo supo que había ocultado los pendientes, anillos, un broche que tenía prendido sobre su busto y otro que llevaba en el sombrero, y al menos dos pulseras más.
-Y dónde están el resto de sus alhajas mademoiselle?
-No tengo más. Allí está todo.
-No, aquí faltan cosas.
-Se equivoca usted ¡no falta nada! –respondió en un grito y visiblemente nerviosa.
-Cochero… -llamó, mirando al hombre- Baje el equipaje de la señorita.
El cochero obedeció rápidamente y enseguida había tres maletas en el piso.
-Señoras, señores… regresen al carruaje por favor. Ha sido un placer conocerlos y les agradezco su colaboración. Usted no mademoiselle –le dijo a Mercedes tomándola del hombro- Usted se queda conmigo.
-¿Qué cosa? Está usted fuera de sus cabales. Yo no me quedaré jamás. No sabe quién soy yo, mi padre…
-No me importa quién es usted ni quién es su padre –y martillando el arma y poniéndolo sobre la sien de la joven, agregó- solo le repito que se queda usted aquí. Universitario, Goliat, Hermano… una maleta cada uno que nos vamos. Usted viene conmigo…
Dio un agudo silbido y un estupendo caballo negro, de pelaje brillante y suave, apareció inmediatamente. Dando un salto casi acrobático quedó colocado sobre el animal y le tendió la mano a la joven, que salió corriendo, tratando de huir. Juanjo la siguió y cortando su huída la levantó de los brazos y la colocó boca abajo delante de él, cruzando el animal. Los cuatro jinetes salieron al galope en sentido contrario al carruaje, seguidos por la mirada de los tres ancianos y el cochero.

---000---
Cuando se alejaron lo que Juanjo considero suficiente, dio una señal para que se detuvieran. Mercedes no había dejado de protestar, amenazar y gritar.
-…y le exijo que me baje de aquí, estoy sumamente incómoda. Mi padre se enterará de esto y mandará un ejército para rescatarme. Él es el juez de Jaén y no le perdonará que me haya hecho esto. Todavía está a tiempo de soltarme. ¡Bájeme!
-Señorita… por si aún no se ha dado cuenta, está secuestrada, así que olvide que la suelte. Además… lleva demasiado ropaje para un viaje largo.
Bajó del caballo e hizo que la chica se deslizara por el costado del corcel hasta tocar el piso. Una vez allí, la joven se dio vuelta e intentó abofetear a Juanjo, que con gran habilidad se agachó zafando el golpe y dejando a la joven con ganas de golpearlo. El hombre sonrió burlonamente y volvió a montar.
- Ese intento de golpearme tendrá su castigo a su debido momento. Ahora, sus ropajes, usted y yo no cabemos sobre Nocturno, así que… Quítese las enaguas.
-Pero ¿qué dice? Yo no…
-O se las quita usted, o los muchachos la ayudarán… ¿Verdad?
La respuesta de los hombres no se hizo esperar, lanzando risotadas y mirando con lascivia a la jovencita, que no tardó en obedecer, aunque de mala gana.
Le extendió la mano para ayudarla a subir. Por la mente de la joven se cruzó la idea de huir, pero se dio cuenta que sería totalmente inútil dado que estaba rodeada por los cuatro jinetes, así que aceptó la mano y montó. Fue casi obligada a montar como un hombre. Al ser delgada, Juanjo la acomodó en las ancas del animal y retomaron la marcha.
Galoparon por un par de horas quizás, por territorios totalmente desconocidos para Merceditas, hasta llegar a un arroyo. Siguieron el curso por un par de cientos de metros y se desviaron levemente. Escondido entre el frondoso follaje estaba su guarida: una cueva. “Quizás alguna mina abandonada”, pensó la joven.
Un par de perros salieron a su encuentro, ladrando efusivamente y dando saltos alrededor de los caballos.
-Sombra, Bandido… para nosotros también es una alegría verlos. ¿Han cuidado nuestra guarida? Ya veo que sí… bien hecho, buen trabajo.
La joven, aún abrazada a la cintura del forajido le espetó:
-¡Vaya! parece que se comprenden muy bien. Evidentemente son de la misma especie.
-Si fuese usted, señorita, no seguiría arriesgando mi anatomía con comentarios como ese. Mejor, mantenga silencio.
-No me asusta usted ni sus amenazas.
-Hace mal en no asustarse porque… no es amenaza lo que le digo, es sentencia. Y por lo que veo ya no falta mucho para que sea ejecutada.
Hubo algo en la forma de hablar de Juanjo que le hizo guardar silencio.

---000---

Los días siguientes fueron de duro aprendizaje para Merceditas. Se vio obligada a realizar trabajos a los que no estaba acostumbrada, por lo que no dejaba de protestar y quejarse. El comportamiento usual era de una mujer caprichosa y consentida. Las primeras horas estaba muy temerosa y prefirió obedecer porque temía por su vida. Debido a su miedo, tuvo que soportar muchas humillaciones.
Ella, acostumbrada a dormir en colchón de plumas, debió hacerlo en un jergón en el suelo; ella, acostumbrada a comer en muebles de roble y cedro, con vajilla francesa, cubertería de plata y copas de cristal, debió hacerlo sentada en el suelo, con los perros. Además debió de realizar tareas que jamás había hecho. Su humor era pésimo y notaba que tanto Juanjo como los demás hombres estaban a punto de estallar debido a sus protestas. Ella esperaba que lo hicieran y que para no soportarla más, la dejaran ir. ¡Qué equivocada estaba!
Aquella mañana le había tocado, como siempre, ir hasta el arroyo a buscar los cubos de agua. Como siempre también, la acompañaban los perros a los que había conquistado a fuerza de afecto y de darles parte de su comida. Pensó que era el momento adecuado para huir.
Miró hacia atrás y comenzó a correr a toda velocidad por la orilla, seguida de los perros que se pusieron delante de ella, gruñendo y mostrando los dientes hasta hacerla retroceder. Muerta de miedo, tomó el agua en los cubos y volvió al campamento seguida de los perros, que seguían gruñendo y ladrando, mientras que ella los trataba de traidores.
-¿Pero qué sucede ahora? –dijo Juanjo saliendo de la cueva – Perros, ¡a callar!
Merceditas intentó pasar por el costado, pero le cortó el paso.
-¿Así que intentando huir?
-No sé de qué habla.
-Bueno, aquí Bandido y Sombra me dicen que sí sabe de qué hablo. Trató de huir y de no ser por ellos lo hubiera conseguido.
La joven apoyó los cubos en el piso, derramando gran parte del agua que contenía.
-Pues sí. He intentado huir. ¿Y qué? Estoy harta de todo, de usted, de sus cómplices, de los perros y de este campamento. Quiero regresar a mi casa, con mi padre. Si lo que quiere es dinero debería pedírselo y él se lo dará. ¿Eso es lo que quiere, no? Dinero. Pues no hay problema. Sólo déjeme ir y tendrá lo que quiere.
-Es que… en este caso no es el dinero lo que me importa, sino que es algo personal, ¿sabe? Me desagradan las mujeres como usted, y hasta que no cambie su actitud, aquí se quedará.
-Pues sí, aquí me quedaré porque no pienso cambiar –le espetó, gritando desaforadamente.
-Lo sé… por eso pienso ayudarte –respondió tuteándola por primera vez.
La tomó del brazo y casi la arrastró hacia el follaje. En medio de dos árboles, y bajo una lucha sin cuartel por parte de la joven, Merceditas fue atada con facilidad, con los brazos y las piernas muy abiertas. Por más que trató de zafar de las ataduras, le fue imposible.
Una vez inmovilizada, Juanjo comenzó a caminar alrededor de ella, que lo seguía con la mirada. El hombre llevó la mano a su espalda y sacó un enorme y afilado cuchillo que acercó al rostro de la joven. Retiró la cara con evidentes signos de horror por el miedo que le producía la cercanía del arma y el desconocimiento de lo que pudiera pasar. No sabía aún de qué era capaz Juanjo.
Con una increíble maestría, Juanjo comenzó a cortar la cinta del corsé, hasta que éste cayó a los pies de la indefensa mujer, casi al mismo tiempo que él lo pateaba lejos. La falda fue la siguiente prenda en caer, siguiendo el mismo recorrido.
Volvió a acercarse a la chica y pasó el cuchillo por el pecho, dejando que ella sintiera el frío del metal que subía hasta el hombro. El sonido de la tela al rasgarse ya le era familiar a Merceditas, que comenzó a llorar en silencio.
-Por favor señor… no haga esto. Es una vergüenza demasiado grande, y una humillación como no puede haber otra.
Como si no la oyera, caminó a espaldas de la joven y repitió la acción. Al no tener el corsé, la prenda rasgada cayó libremente, dejando el bello torso al desnudo. Los senos blancos, túrgidos, grandes teniendo en cuenta el tamaño de su dueña, adornados con los pezones rosados dejaron sin habla a los cuatro hombres, que miraban con ojos desorbitados el delicioso cuerpo con piel de blanco terciopelo. La línea de la columna mostraba una espalda casi perfecta.
La descalzó suavemente y le quitó las medias dejándola cubierta sólo por el calzón. Soltó las cintas de las rodillas y rasgó la tela con el cuchillo.
-Noooooooo… no lo haga señor, por favor no lo haga.
El rasgado llegó a la cintura de ambos lados, dejando ver unas piernas blancas y torneadas. Fue entonces que sintió la mano de él recorrer su espalda hasta llegar a los cabellos, que fueron recogidos y puestos hacia delante.
El primer azote que cruzó su espalda de forma más inesperada que violenta, la hizo temblar y lanzar un grito agudo. Luego cayó otro, otro más, y muchos los siguieron. La altiva joven lloraba desconsoladamente.
Juanjo acabó de cortar el calzón que cayó al suelo. Se agachó para recoger la prenda y al levantar la vista se encontró con un vello púbico brillante de los jugos que la joven había despedido durante la azotaína. La humedad del calzón confirmó la excitación.
-Desátenla y cúbranla –dijo en voz alta a sus hombres, que obedecieron de inmediato. Mientras que el Universitario y Goliat la desataban, el Hermano fue por una manta con la que cubrió a la joven.- Esta vez he sido demasiado bondadoso. No lo seré tanto si vuelves a intentar escapar, no obedeces las órdenes, protestas o te quejas. ¿Entendido?
Merceditas movió la cabeza afirmativamente.
-Pregunté si habías entendido. No oí tu respuesta…
-Sí, entendí –contestó parcamente.
-Sí, entendí… qué?
Si las miradas pudieran lanzar puñales, Juanjo hubiese muerto. Con odio más que resignación, le dijo:
-Sí, entendí… señor.
-Eso lo veremos en los próximos días. Estaremos atentos a tus reacciones, y recuerda: la próxima vez serás severamente castigada. Y no sólo por mí, sino por cualquiera de los cuatro. Al que le faltes, tendrá el derecho de castigarte como desee. Quedas advertida.

---000---

No pasó ni un día, cuando la joven se vio sobre las rodillas del Universitario por una mala contestación. El Universitario no era muy grande ni muy fuerte, pero tenía una gran habilidad para moverse e inmovilizar a sus rivales. Con un rápido movimiento colocó a la muchacha sobre sus rodillas y le levantó la falda. Los tres hombres restantes los rodearon.
Con la falda levantada, las manos del Universitario comenzaron a caer sobre las nalgas de la joven, que pataleaba sin cesar, hasta que en cierto momento casi le golpea la cara al hombre, así que… trabó las piernas con la suya y una vez acomodada, continuó la azotaína. El Universitario azotaba de una forma bastante particular, formando una U bastante abierta, comenzando el recorrido a la altura de su cabeza y estrellándose contra las nalgas, para volver a subir por la propia inercia del azote.
-¿Te crees mujer? Pues no lo eres. Sólo eres una chiquilla malcriada, irrespetuosa, rebelde y holgazana. Tu padre no supo ponerte límites, pero eso no va conmigo. Aquí aprenderás a comportarte o te dejaré sin culo de tantos azotes que recibirás.
Estaba enojado, muy enojado y lo demostraba en cada nalgada. Tenía fuerza y no estaba escatimando en aplicarla. La mano golpeaba las nalgas y estas se movían debajo del calzón. Por él se lo hubiera arrancado, pero ya se había dado cuenta que Juanjo tenía un sentimiento especial por esta mujer, y eso era de respetar.
Merceditas trataba de mantener el equilibrio mientras soportaba la azotaína y las risotadas de sus captores, y cuando podía, pegaba con el puño en las piernas de su verdugo o se tomaba de ellas para no caerse.
Nunca la habían azotado así, ni siquiera de pequeña. El dolor del azote se extendía a puntos clave de su cuerpo, pero no como dolor sino como placer y a su vez, excitación. Sus pezones se inflamaban a punto de reventar; el clítoris se endurecía y su vagina comenzaba a emanar tanta humedad que tenía miedo de traspasar su propia ropa.
El calor que despedían sus nalgas casi no podía ser calmado por la mano del azotador, que tenía la palma casi tan caliente como el culo de su víctima, así que debía acariciarla con la otra mano, suave y lentamente… hasta que comenzaba a castigarla otra vez.
La azotaína fue dura y bastante extensa. Al terminar, el joven estudiante quiso ayudar a la muchachita a ponerse en pie, pero esta, con un gesto por demás desagradable, desdeñó la ayuda, así que el Universitario optó por estirar sus piernas y hacer que la chica rodara por ellas hasta terminar en el suelo.
Oír las risas y burlas de esos hombres hacía que Merceditas se pusiera furiosa, pues su orgullo se sentía tocado y herido, pero no daría su brazo a torcer y su altivez aún no daba señales de disminuir. Juanjo la observó, tirada en suelo, humillada pero entera y dispuesta a seguir peleando por su dignidad. Y la amó… La amó como nunca creyó amar a una mujer, pero sabía que eso no podía hacerlo, no era lo planeado, no debía… no. Dio media vuelta y se marchó a otro lugar del campamento, e interiormente agradeció al Universitario que hubiese respetado a la niña, que la hubiese azotado sin bajar sus calzones. Esa mujer era suya. A pesar de no haber dicho nada sus amigos lo sabían.
Sí, Merceditas pertenecía a Juanjo, y ninguno de la banda se atrevería a tocarla, pero tampoco le perdonarían sus caprichos de niña rica y consentida, y Goliat menos que ninguno, porque tenía muy poca paciencia.

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Goliat era un hombre enorme con corazón de niño, cuerpo y fuerza descomunal, un gigantón al que a veces sus compañeros querían matar por sus torpezas, pero era imposible enojarse demasiado con él. Este hombre tenía miedo de su propia fuerza, así que se medía muchísimo cuando debía golpear a alguien, por miedo a matarlo. Ya le había sucedido una vez, y no quería que le sucediera nunca más.
Merceditas le tenía más miedo que respeto hasta que se dio cuenta de su gran corazón y decidió aprovecharse de la bondad de Goliat. Ella lograba sacarlo de sus casillas con bastante facilidad, pero el hombre se contenía por miedo a hacerle algún daño. Así que aquella tarde en que la niña tuvo su berrinche vespertino, eso era todos los días a la hora de ir a buscar agua al arroyo para cocinar, el hombrón no dijo nada. Tomó unas cuerdas y una pañoleta a la que le hizo un gran nudo en el medio. Luego se acercó a la muchacha y sin mediar palabra la depositó en el piso, sin esfuerzo y con mucho cuidado.
La joven comenzó a protestar de forma enérgica, a mover las piernas y agitar los brazos, sin dejar de hablar y gritar. Enseguida el resto de la banda los rodeó, aunque ninguno entendía qué estaba haciendo Goliat.
Una vez que logró aprisionarla contra el suelo, con una rodilla en su espalda, ató sus piernas y las manos para luego colocar el gran nudo de la pañoleta en la boca de la joven, acallando sus gritos.
-Ahhh… -dijo Goliat con una gran sonrisa- Así me gustan las mujeres: ¡calladas!
La joven se movía en el piso sin cesar, mientras que Goliat continuaba trabajando unas cuerdas. En cierto momento tomó a la joven y la ayudó a ponerse de pie.
-Señorita… Si se sigue moviendo de esa forma, se caerá y nadie lo va a impedir. Quédese quieta.
Merceditas sintió que perdía el equilibrio y que se iba de bruces contra el piso, pero alguien lo impidió, tomándola de los senos por segunda vez.
-Vaya costumbre mala que tiene esta mujer. Pero bueno, al menos esta vez no me dice que quite mis manos de ella ¿eh? Jajajajajaaaaaaa…
La joven protestaba en silencio con su cara de enojo, pero todo era en vano, no lograba decir palabra y se estaba cansando bastante. Entonces vió venir a Goliat con la cuerda preparada y la comenzó a pasar por su cuerpo, haciendo una infinidad de nudos. Ella trataba de mirar, pero no comprendía qué era lo que hacía. Como por arte de magia, quedó atada y con su cuerpo inmovilizado. Tenía una especie de corsé de cuerda, y fue entonces cuando Goliat la tomó y la llevó hasta un árbol. Pasó otra cuerda y colgó a la joven de la espalda.
Goliat miró su obra y sonrió, mientras que Merceditas no comprendía lo que sucedía. Sentía sus pechos apretados y una parte de la cuerda pasaba por entre sus piernas, rozando sus partes más íntimas.
-Bien, bien, bien… Esto es una maravilla señores. Un bellísimo espectáculo para la vista, y para los oídos. Señorita, se quedará allí todo el tiempo que yo quiera. Un rato o toda la noche… Amigos míos, a cenar, que tengo mucha hambre.
La joven quedó sola mientras las sombras la rodeaban, y comenzó a sentir miedo. Y dolor. Una cosa era estar así atada en el piso, pero colgada no era igual. ¿Cuánto tiempo la dejarían allí? ¿La dejarían toda la noche? No soportaría el dolor, las cuerdas la lastimarían y quizás viniera algún animal salvaje y… No, no quería ni pensarlo.
La venda de la boca hacía que su baba cayera sobre su pecho y la ropa. Se sintió sola, dolorida, triste, abandonada y comenzó a sollozar. A pocos pasos de allí, los cuatro hombres la observaban. No habían pasado ni dos minutos cuando Goliat se incorporó para ir a soltarla porque le daba pena, pero los otros se lo impidieron. ¡Qué daría Juanjo por saber los pensamientos de la chica!
De repente Goliat se puso de pie y sin que pudieran sujetarlo, se dirigió hacia donde estaba Merceditas. Al llegar a su lado le impresionó la cara de tristeza de la joven, pero aparentemente no se dejó amilanar por sus ojitos llorosos.
-Bueno jovencita, espero que haya aprendido la lección. De aquí en adelante, cada vez que me desobedezcas o no cumplas al pie de la letra e inmediatamente mis órdenes, o cuando hagas berrinches y pataletas de niña tonta y malcriada, no te diré nada, simplemente tomaré las cuerdas y te ataré como hoy. ¿Entendido?
Un suave gruñido fue todo lo que Goliat oyó.
-¿Cómo dices? No puedo oírte –agregó Goliat poniéndose la mano en la oreja y acercándose a la joven.
-Mmmfffrrgrrrsffffmmm –gruñó, más fuerte esta vez.
-Ahora sí. Entendí y ya veo que tú también. Así que como están las cosas claras… -sacó la navaja de tamaño gigantesco como su dueño, y comenzó a cortar la soga lentamente. La joven miró hacia arriba, y con ojos y gestos de miedo, movía su cabeza de lado a lado, diciendo que no y agitándose cada vez más.- Eso es, así… Muévete, así se corta más rápido la cuerda.
Solo quedaba una frágil hebra de la cuerda cuando reventó, pero Goliat tomó a la joven antes de que tocara el suelo.
-No, no te dejaré caer. Espero que este castigo haya sido claro y suficiente, porque la próxima vez te dejaré más tiempo, te ataré más duro y te colgaré más abajo, sólo para que los animales del bosque puedan llegar a ti. ¿Entendido? –Merceditas asintió con la cabeza- ¿Te comportarás mejor, verdad?
La jovencita levantó los ojos suplicantes y miró a aquel hombre enorme de una forma tan suplicante y sincera que Goliat se apuró lo más que pudo para quitar todo aquel enredo de cuerdas y nudos. Una vez liberada, Merceditas se acercó a su verdugo y tirando de su camisa lo hizo agacharse lo suficiente como para, en puntitas de pie, besar su mejilla mientras un suave “gracias” salía de sus labios como un susurro. Goliat no lo podía creer. Se llevó la mano a la cara y acarició su mejilla mientras la veía marchar. Una oleada de ternura invadió el corazón del gigante.

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Hermano era el encargado de la comida y las provisiones. Alguna vez había intentado ser cura, pero no lo había logrado. ¿Quizás por los dineros faltantes de la casa del Obispo donde trabajaba? ¿O tal vez le hayan tenido en cuenta para echarlo del convento las tres religiosas que aparecieron embarazadas? Sí, probablemente fuera eso y no la distribución de lectura pecaminosa entre las jovencitas del colegio, o la venta de agua bendita a los peregrinos del santuario. En fin. Él seguía diciendo sus oraciones matutinas, las vísperas, rezando y persignándose cada vez que la situación lo ameritaba.
La llegada de Merceditas a la guarida había traído problemas a veces no tan menores, como por ejemplo cuando la muchachita se ponía caprichosa y no obedecía. Eso enfurecía al pobre Hermano que, como buen cristiano, perdonaba y oraba para que la niña cambiara de actitud. Pero todo tenía un límite.
El cocinar no siempre se le hacía fácil al Hermano. En esos momentos había alimentos que se estaban volviendo escasos y hacerse con ellos no era fácil e implicaba ciertos riesgos porque debían ir al pueblo, conseguirlos por medio de alguien o robarlos, y las tres opciones eran muy riesgosas, así que cuando Merceditas no sólo se negó a comer, sino que además calificó su guiso como una “bazofia, un comistrajo, un bodrio incomible”, y arrojó al piso el plato rebosante de comida, el frustrado cocinero perdió su habitual compostura y tomando a la joven, la ató con los brazos en alto en un árbol cercano. Sin pedir permiso, rasgó la blusa en la espalda y descargó sobre ella una serie de azotes que le propinó con el cordón de su hábito, lleno de nudos y bastante pesado. Enseguida aparecieron en la espalda líneas rojas que contrastaban con el blanco de la satinada piel. Esta vez no hubo gritos, ni rezongos, ni protestas. Apenas si se oyeron los suaves gemidos que emitía la muchacha, mientras abría las manos con cada azote y las cerraba para sostenerse y no caer junto con la correa que se deslizaba por su cuerpo.
Juanjo no dijo nada, pero no pudo evitar fijarse en los duros pechos de la joven y sus pezones, que estaban tan erectos que parecían querer romper la tela para escapar por allí. Sin duda que los azotes la excitaban sobremanera. Podía verlo no solo en sus pechos, sino también en su forma de pararse, en la manera de colocar su cuerpo para recibir el castigo, en las piernas abiertas y en el pararse en puntas de pie para arquear más su anatomía con cada golpe.
Después de varios azotes, cuando Merceditas sintió que las piernas no le respondían, Juanjo se interpuso entre la correa y ella para desatarla. La tomó en sus brazos y la depositó sobre uno de los camastros de la cueva. Corrió hasta una de las alforjas y extrajo de ella una pequeña vasija de barro con un ungüento pastoso y grasiento de olor nauseabundo. Tomó una pequeña cantidad entre sus dedos y lo deslizó por cada una de las líneas, con un cuidado infinito. Pasó su mano por las líneas una y otra vez, como intentando borrarlas o quizás gozando con cada marca. Luego tapó la espalda de la joven con un lienzo blanco y se retiró. Al salir de la cueva le indicó a sus hombres que era hora que partieran en misión.
La misión era conseguir en los pueblos cercanos todo lo que pudiera servirles, desde comida hasta información, desde medicamentos hasta algo de vino que les ayudara en los momentos de soledad.
Los tres hombres tomaron unas pocas pertenencias y algunos ropajes que les servían de disfraces y salieron acompañados de los perros que regresaron casi enseguida. Juanjo y Merceditas estarían algunos días solos, y eso inquietaba bastante al hombre, que cada vez se sentía más atraído por la bella joven, rebelde y angelical, mujer y niña, inteligente y sagaz, inocente y manipuladora, todo en una misma persona. Era un desafío para él y quería enfrentarlo a solas con ella, cara a cara, y ver quién ganaba. Si ganaba ella, la dejaría marchar, pero si ganaba él… ella sería su trofeo y no había nada en la vida que deseara más.
(continuará)

miércoles, diciembre 31, 2008

FELIZ AÑO NUEVO!! FELIZ 2009

Queridos lectores y amigos:

Debo confesar que estoy desde hace semanas tratando de escribir algo y nada me sale. Comencé un relato y no logré terminarlo, así que hoy, 31 de diciembre (al menos en el Uruguay todavía lo es) quiero compartir algo que me envió mi querido amigo DD. Es un poema de un autor al que admiro muchísimo, el inigualable Victor Hugo. En este poema el resume todo lo que les deseo para este año que comienza. Que se cumpla, es mi mayor deseo para ustedes. Un fuerte abrazo y mi cariño de siempre.

Te deseo...

Te deseo primero que ames,y que amando, también seas amado.
Y que, de no ser así, seas breve en olvidar y que después de olvidar, no guardes rencores.
Deseo, pues, que no sea así, pero que sí es, sepas ser sin desesperar.
Te deseo también que tengas amigos, y que, incluso malos e inconsecuentes
sean valientes y fieles, y que por lo menos haya uno en quien confiar sin dudar.
Y porque la vida es así, te deseo también que tengas enemigos.
Ni muchos ni pocos, en la medida exacta, para que, algunas veces,
te cuestiones tus propias certezas.
Y que entre ellos, haya por lo menos uno que sea justo,
para que no te sientas demasiado seguro.

Te deseo además que seas útil, más no insustituible.
Y que en los momentos malos, cuando no quede más nada,
esa utilidad sea suficiente para mantenerte en pie.
Igualmente, te deseo que seas tolerante,
no con los que se equivocan poco, porque eso es fácil,
sino con los que se equivocan mucho e irremediablemente,
y que haciendo buen uso de esa tolerancia, sirvas de ejemplo a otros.

Te deseo que siendo joven no madures demasiado de prisa,
y que ya maduro, no insistas en rejuvenecer,
y que siendo viejo no te dediques al desespero.
Porque cada edad tiene su placery su dolor y es necesario dejar que fluyan entre nosotros.
Te deseo de paso que seas triste. No todo el año, sino apenas un día.
Pero que en ese día descubrasque la risa diaria es buena,
que la risa habitual es sosa y la risa constante es malsana.

Te deseo que descubras, con urgencia máxima, por encima y a pesar de todo,
que existen, y que te rodean, seres oprimidos,
tratados con injusticia y personas infelices.

Te deseo que acaricies un perro, alimentes a un pájaro
y oigas a un jilguero erguir triunfante su canto matinal,
porque de esta manera, sentirás bien por nada.

Deseo también que plantes una semilla, por más minúscula que sea,
y la acompañes en su crecimiento,
para que descubras de cuántas vidas está hecho un árbol.

Te deseo, además, que tengas dinero,
porque es necesario ser práctico.
Y que por lo menos una vez por año pongas algo de ese dinero
frente a ti y digas: "Esto es mío",
sólo para que quede claro quién es el dueño de quién.

Te deseo también que ninguno de tus afectos muera,
pero que si muere alguno,
puedas llorar sin lamentarte y sufrir sin sentirte culpable.

Te deseo por fin que, siendo hombre, tengas una buena mujer,
y que siendo mujer, tengas un buen hombre, mañana y al día siguiente,
y que cuando estén exhaustos y sonrientes, hablen sobre amor para recomenzar.

Si todas estas cosas llegaran a pasar, no tengo más nada que desearte.

Víctor Hugo


martes, noviembre 25, 2008

AQUELLA DULCE AZOTAÍNA


Autora: Ana Karen Blanco

“…qué lástima pero adiós, me despido de ti y me voy…”

Se miró al espejo antes de salir, como siempre. Se volvió a acomodar el cabello, miró su apariencia general y luego de obtener su propia aprobación, salió a la calle. Había llegado el día y la hora que se encontraría con Sabrina para conversar. Fue ella quien le pidió que hablaran y él accedió, aún sabiendo que aquella sería la última vez que la vería.

No, Sabrina no le había adelantado nada, pero él lo sabía. Los últimos meses se le había mostrado esquiva, fría, sin ganas de jugar y cada vez más lejana. Tenía sospechas de que otro hombre había llegado a la vida de su novia y había logrado desplazarlo.
Vivían relativamente cerca, a unas 20 cuadras. Raúl sacó la caja de cigarrillos, se puso uno en la boca y lo encendió. Hizo una aspiración profunda, larga, sentida. Mientras la punta del cigarrillo se encendía en una brasa naranja, la boca se le llenó humo. Tragó aquella sustancia y susurró:
-Vamos Raúl… sabías que esto podría pasar –Entonces, tal como lo haría una locomotora al lanzar el vapor de su máquina, exhaló el humo y comenzó a caminar.
Con paso algo cansino avanzó, mientras su mente retrocedía. No tuvo dificultad en recordar la primera vez que la vio. Recién había cumplido los 23 años y él tenía 26. Dos hermosos años en los que habían sido felices. Bueno… al menos un año y medio, porque desde hacía seis meses que ella actuaba diferente. Pero aquella primera vez había sido memorable: los había presentado Gabriela, una amiga en común y fue en la pequeña pizzería del barrio donde presintieron que algo sucedería entre ellos. Qué cosas ¿no? Vivir tan cerca y no conocerse. Conversaron mucho aquella tarde, y la siguiente, y todas las tardes que vinieron después.
Un día la pasión los llevó a hacer el amor por primera vez. Eran jóvenes, enérgicos, deseosos de tener aquella experiencia. Raúl evocó la suavidad del cutis joven y terso de la muchacha, su ardor, el perfume de su piel y… aquel fue el momento en que le soltó cuatro nalgadas por primera vez. Ella se encendió, su reacción fue inmediata y eso hizo que él se animara a seguir, hasta que ella le gritó, casi en tono de súplica:
-¡Más, quiero más! Azótame más fuerte…
Sabrina no sabía qué le sucedía, pero aquellos azotes la habían puesto a gozar como nunca lo había imaginado. Fueron las primeras nalgadas de una larga experiencia de sesiones y castigos propinados por Raúl, pero con su consentimiento y deseo.
Con el cigarrillo casi apagándose, se dispuso a cruzar la Avenida cuando miró el semáforo. Recién había cambiado para rojo y tuvo que retroceder. Como aquella vez cuando Sabrina iba a cruzar sin mirar, distraída mientras conversaba con él y tuvo que rescatarla. Aquel auto la hubiese atropellado si él no la hubiera tirado para atrás. Sonrió al recordar la palidez de la chica cuando reaccionó y se dio cuenta de lo que podría haber pasado si él no la salva.
-Gracias Raúl. No miré y casi me atropella ese auto.
-Sí, así es. Pero con un simple “gracias” no lo vas a arreglar. Primero me vas a tener que dar un beso –le dijo con una sonrisa. Ella sonrió y se acercó a su mejilla, pero Raúl fue más rápido y puso sus labios en el exacto lugar en que ella pensaba besarlo. Fue un beso lindo, casto, casi robado.- Y en segundo lugar, vas a tener que recibir un castigo por este descuido.
-¿Qué cosa?
-Creo que hablé claro: un castigo. ¿Has visto cómo hacen las madres con sus hijos para que aprendan a cruzar la calle correctamente?
Sabrina sonrió y su rostro se arreboló de inmediato.
-La verde –le dijo ella tomándolo de la mano- Ahora podemos cruzar.
El recuerdo de aquella escena le trajo de inmediato a la mente el momento en que la castigó por lo de la falta de precaución al cruzar las calles. Era algo que él deseaba profundamente, pero no tenía idea cómo reaccionaría Sabrina, aunque con lo que había sucedido cuando tuvieron sexo la primera vez, seguro que lo gozaría, pero... Lo había planeado mil veces en su cabeza. Esperó con ansias la tarde en que saldrían a andar en bicicleta hasta el bosque pegado al arroyo. Era primavera y la temperatura estaba deliciosa para los paseos. Llegaron al bosque, dejaron las bicicletas y se pusieron a caminar, riendo y bromeando. Al llegar a un claro la invitó a sentarse en el tronco de un árbol caído donde se besaron y acariciaron hasta que Raúl…
-Sabrina… ¿recuerdas el otro día cuando casi te atropella un auto?
-Claro que sí. ¡Vaya susto que me dí… y que te dí a ti también!
-Exacto. ¿Recuerdas qué te dije? -Ella quedó pensando un momento mientras miraba con cara entre divertida y extrañada a su novio.
-Pues… no, sinceramente no lo recuerdo. No recuerdo que me hayas dicho nada en particular, sólo que te diera un beso. Y lo hice. Dicho sea de paso… tú te aprovechaste de la situación.
-O sea que no te importa lo que yo te digo.
-Sí, me importa. Pero… no lo recuerdo.
-Está bien. Entonces el castigo será doble –agregó Raúl sin dejar de mirarla a los ojos. La jovencita trató de evitar sonreír, pero no pudo. Los ojos le brillaron y un nerviosismo que Raúl quiso imaginar que era excitación, la envolvió.
-Jeje… -rió nerviosa- Tú no me puedes castigar. No eres mi padre, ni mi madre, ni nadie. Sólo eres mi novio…
-¿”Sólo” tu novio? O sea, que yo sea tu novio no significa nada para ti ¿verdad?
-Yo no dije eso. Estás malinterpretando todo y…
-Y mejor no sigas hablando y ven aquí.
Sabrina sintió que tiraban de su brazo y que algo la levantaba de la parte posterior de su tejano, yendo a parar sin saber cómo, a las rodillas de Raúl. Quiso zafarse, forcejeó, pataleó, pero todo fue inútil.
-Oye… ¿qué crees que estás haciendo? Suéltame, te lo exijo.
-Ajá. Me lo exiges… ¿Tú crees que en la posición que estás puedes exigir algo?
-Por supuesto que sí…. ¿qué vas a hacer?
-Mmm… ¿A ti que te parece?
-Nada… déjame ir.
-No, no, no… no lo haré sin haberte castigado primero…
El recuerdo de aquellos momentos hacía que sus pasos se hicieran más lentos sin que Raúl lo notara. La memoria de la escena era vista tan claramente por el hombre, que podía describir la ropa, el lugar y hasta el perfume del jabón que había usado Sabrina esa tarde, maravillosa tarde en que ella terminó aceptando que la castigara por distraída y para que recordara prestar atención al cruzar las avenidas. Revivió el temblor de las nalgas por debajo del pantalón tras la primera palmada. Volvió a oír la tímida queja de ella, mezcla de sorpresa y emoción. Recordó la curvatura de su mano al caer sobre aquellas nalgas una y otra vez; los gemidos mezclados con el ruido de los azotes, ella levantándose de sus rodillas para bajar sus tejanos y la visión de aquella carne joven, túrgida, redonda y coloreada por las nalgadas. Rememoró el momento en que le bajó las pantaletas mientras ella continuaba protestando. ¿Y qué tal el instante en que comprobó su humedad?
Ahora se dirigía hacia el término de esa relación y le costaba resignarse a este final.
En dos años habían pasado muchas cosas. Raúl se reconocía Spanker desde niño, pero ella había descubierto su vena de spankee a su lado. De a poco, con paciencia, con dulzura y mano dura habían logrado compenetrarse de forma tal que con sólo una mirada o una palabra, él dictaba sentencia y Sabrina sabía que nada la salvaría de la pesada mano de aquel hombre alto, de anchas espaldas y mirada penetrante, sonrisa indefinida como la Mona Lisa y un carácter fuertemente dominante.
El cigarrillo se le había terminado hacía rato. Encendió otro… más humo, más recuerdos, más cerca de la casa de su novia. Siguió caminando con la mirada puesta en el piso. Había transitado ese camino cientos de veces. Conocía cada baldosa, cada árbol, cada casa y cada jardín. El paisaje urbano de su barrio le era tan familiar como el cuerpo de Sabrina. Recorrió con el pensamiento cada centímetro de piel, cada movimiento, cada gesto. Él adoraba esa chica de carácter chispeante, rebeldía innata y nalgas siempre dispuestas a recibir los azotes y las caricias de sus manos.
Se detuvo en la entrada como tantas veces, y como tantas veces, apagó el cigarrillo con el pie mientras tocaba el timbre. Se abrió la puerta y una Sabrina entre juvenil y aniñada apareció. Tenía puesto un vestido liviano, fresco, de finos breteles y estampado de pequeñas flores. Unas sandalias bajas de piel natural complementaban su simple atuendo. Como siempre se puso en puntas de pie para besarlo, pero fue un beso frío, sin el más mínimo toque de afecto o pasión. Raúl esperó a que cerrara la puerta y la siguió a la sala.
-Siéntate –le dijo casi en tono de súplica- Tenemos que hablar.
Raúl eligió una silla y se sentó en silencio. Le dolía todo aquello, y estaba seguro que a ella también.
-El otro día me dijiste que me notabas cambiada, que en los últimos meses no había sido la misma.
-Sí, eso dije y lo sostengo.
-También me preguntaste si existía otro, y yo te dije que no.
-Y me mentiste. ¿Es eso? ¿Me mentiste Sabrina? –Ella sólo atinó a bajar la mirada y callar- Sí, me mentiste. Entonces, sí hay otro…
-Sí, te mentí y sí hay otro. Conocí a Horacio hace unos ocho meses y me enamoré de él casi enseguida. Y él de mí. No estaba segura de nada, estaba muy confundida, no sabía qué hacer. Por eso te mentí. Además, no sabía cómo lo ibas a tomar, tenía miedo de lastimarte…
-¿Y tú te crees que ahora no me lastimas?
-Sí, sé que te lastimo Raúl, pero ahora estoy segura de mi decisión.
-¿Y él te nalguea como yo? ¿O mejor que yo?
-No… él no me nalguea. Le hice una pequeña insinuación y me dijo que eso era una perversión, que si alguien lo quería hacer que lo hiciera, pero que él jamás haría algo así, que no podría nunca azotar a una mujer, ni siquiera jugando.
-Pero igual te vas con él.
-Sí. Lo amo a pesar de todo. Sé que posiblemente, diría que casi seguramente, nunca más volveré a ser nalgueada por otro hombre. Así que te quería pedir que a modo de despedida, me nalguearas por última vez.
La tristeza estaba presente en los ojos de ambos. Raúl le estiró los brazos y ella se refugió en ellos. Quería con todo su corazón a Raúl, pero amaba profundamente a Horacio y ya había tomado la decisión de casarse con él. Pero deseaba estar una vez más con el hombre que le había hecho descubrir aquel placer de ser nalgueada.
Raúl se puso de pie, se dirigió al sillón grande donde se acomodó, ocupando la parte media del mueble, y le estiró los brazos como llamándola. Sabrina se levantó y dirigiéndose hacia él, se quedó parada al costado.
-Ven aquí mi niña –le dijo golpeándose las piernas- Ya conoces la posición.
Se arrodilló en el piso a la derecha de Raúl. En cámara lenta se colocó sobre sus piernas, y esperó pacientemente las manos de quien le daría su última azotaína. Cerró sus ojos y guardó silencio.
Raúl descargó la primera nalgada casi acariciando los glúteos. Luego cayó otra, y otra, y otra más. La tensión acumulada por Sabrina comenzó a surgir desde muy dentro y las lágrimas brotaron suavemente, casi tan suavemente como las nalgadas. Ahora era ella la que recorría los últimos dos años de su vida y al pensar que debía dejar a ese hombre, sus nalgadas, su compañía, su amistad, sus consejos… sin duda que el corazón se le encogía de pena. Toda la angustia acumulada durante tantos meses de silencio, el dolor de la separación, el adiós a uno de los mayores placeres que había conocido, todo estaba siendo liberado con aquellas lágrimas que le quemaban el rostro y dejaban surcos en su alma.
Los pensamientos de Raúl eran bien diferentes. Podría haber optado por azotarla fuertemente, por hacerla sufrir, porque le doliera mucho cada uno de aquellos azotes para que lo recordara siempre. Podría tomarlo como una venganza y que esas lágrimas que surgían en ese momento fueran de dolor físico. Pero no, era mejor así. Él sabía que estaba haciendo catarsis y que ellas palmadas que eran casi caricias, eran sólo la excusa para que ella llorara y pudiera sacar la opresión que sentía.
Comenzó a acariciarla. Podía sentir por encima de la fina tela del vestido, las diminutas bragas que traía puestas. Alzó el vestido y se quedó un momento contemplando aquellos globos apenas rosados que sobresalían por los costados de la delicada prenda interior. Los volvió a acariciar mientras los sollozos de Sabrina se iban calmando.
La azotaína, si se puede llamar así a aquel conjunto de suaves palmoteos, continuó aún con las bragas bajas. Los sollozos dieron paso al jadeo tan conocido por Raúl, de cuando ella se excitaba. Y se repitieron las palabras de la primera vez:
--¡Más, quiero más! Azótame más fuerte…
Raúl accedió, era la despedida y quería darle el gusto. Sabrina comenzó a mover sus caderas cada vez más rápido, hacia arriba, hacia abajo, en círculos… La excitación del hombre no era menor y tampoco la podía ni quería disimular. La mujer se levantó y sorprendió a Raúl al desabrochar su cinto y quitarle los pantalones. Sin perder un segundo, se puso a horcajadas sobre de él buscando que aquel enorme miembro masculino la llenara una vez más. Los jugos chorreaban por su vagina mientras que se quitaba el vestido. Sus pezones, rosados y erectos, fueron la perfecta tentación para que Raúl los engullera como fresas frescas y salvajes, mientras que las manos seguían azotando dulcemente a las nalgas que no se querían despedir. Pero hubo que hacerlo.

---000---

La radio le traía la portentosa voz de Alfredo Zitarrosa, que una vez más le ponía letra a su pensamiento.

…Si te vas, quiero verte partir,
Saber que te has ido.
Sin adioses, el amar y el morir,
Nunca son olvido.
Pájaro tu piel, viento mi querer,
Yo te puedo comprender.
Sin saber por qué, no te podrás ir,
Yo te quiero despedir.
Y no será por eso, que estemos separados,
Aunque no te marcharas, lo nuestro está terminado.
Pero si te vas, yo quiero creer,
Que nunca vas a volver…

Sabrina se había ido. Ellos se habían despedido, se habían dicho adiós. Sabrina nunca iba a volver con él porque ya todo estaba terminado. Pero era una experiencia por la que había valido la pena pasar.
Hoy mirando al pasado, Raúl recuerda aquella mujer como alguien que marcó su vida. Sabrina no fue una mujer más, Sabrina no fue una spankee más, Sabrina fue alguien que dejó huella, una huella profunda e inolvidable.
Pasados algunos años se enteró por Gabriela que Sabrina se había ido para Suiza con Horacio y que tiene tres hijos. Seguramente sea una mujer feliz. Seguramente, cómo él, recordará aquella dulce azotaína de despedida.


- FIN -

100.000 visitantes, 100.000 veces ¡GRACIAS!

Y no puedo decir otra cosa que: ¡Gracias!

En realidad abrí este blog el 25 de Agosto del 2006. La idea era crear algo así como un baúl abierto donde Amadeo y yo pudieramos atesorar todos nuestros escritos y que todos los que desearan visitarnos pudieran revolver, escrudiñar y terminar eligiendo aquello que les interesaba. En esos días pensé que no serían mucho los interesados, era más bien algo personal, por eso no le puse contador. Pero el año pasado me dije que me gustaría saber cuántas visitas teníamos y con la ayuda de mi amigo Vitabar, colocamos un contador.

Y hoy, oficialmente, llegamos a la cifra de cien mil visitantes.

Cada post dió a conocer nuestra forma de sentir y vivir el Spanking. Cada historia fue pensada en las experiencias, sueños, fantasías y vivencias de Spankers y spankees. Quisimos que todos y cada uno se sintieran reflejados en cada relato. Hacerlos reales, creíbles, basadas en cosas que todos imaginamos o vivimos alguna vez. Y hasta las historias demasiado fantasiosas como "Hechizo de Amor en la Nueche de San Xuan", tiene su parte real en el lugar de los hechos y en los personajes, que aunque no existan, viven en la mente e imaginación de todos los asturianos y los amantes de la mitología popular.

Ustedes que nos visitan han leído nuestras historias, relatos, posts y alguno hasta ha tenido la gentileza de dejar un comentario. Otros se han presentado por el messenger o nos han escrito personalmente y nos hemos hecho amigos. A todos quiero darles mi más sincero agradecimiento, en especial a mis "seguidores" a los que temo nombrar porque no quisiera dejar ninguno fuera, pero siéntanse todos representados en Rosarín, H, Lili, tío Pit, Fer, Tane, Sir Williams, Lely, Vita, alespankee, inner, Iván, Cars... y tantísimos más. Un abrazo cálido y especial para cada uno de ustedes.

A modo de agradecimiento he escrito un relato para festejar este "acontecimiento", y aprovecho para comentarles que no volveré a publicar más capítulos de "Cartas a la tía Mena" hasta que tenga el libro terminado, que calculo será para los primeros meses del año próximo. Posiblemente sí publique un capítulo que ya tengo pensado cuál será. Porque, queridos amigos, nuestra querida Filomena Ferrato pasará de vainilla a spankee, luego "evolucionará" (según la teoría de Sir Williams) a sumisa y de allí a Ama, donde correrá incontables aventuras por toda Europa hasta que... no, no, no... me niego a contar el final.

Si estoy con proyectos como el de este libro, con varios relatos en proceso y mucha actividad, es gracias a ustedes, a su paciencia de esperarme y el cariño de leerme. Por eso a veces demoro, por respeto a cada uno de ustedes queridos lectores y amigos, para que todo salga bien y dar lo mejor de mí.

Hoy festejamos 113 relatos y posts sobre Spanking. Hoy festejamos 100.000 entradas.

Gracias por estar aquí a mi lado.
Gracias por el apoyo, por el cariño, por el comentario.
Gracias por el impulso.
Gracias por seguir mis relatos.
Gracias a tí por quererme, por inspirarme, por corregirme, por enseñarme.
Te quiero. Los quiero.

Con el respeto y el afecto de siempre por cada uno de ustedes,

Ana Karen Blanco

miércoles, noviembre 05, 2008

CARTAS A LA TÍA MENA - Capítulo Tres

CAPITULO TRES: Error equivale a castigo

Los días comenzaron a correr lentamente. Las niñas terminaron de recibir el castigo por las travesuras de las vacaciones, y las visitas secretas y nocturnas de Filomena para calmar los ardores y las marcas de la vara en las nalgas de las jovencitas, también cesaron.
Eran muchas las cosas que la institutriz pensaba durante el día. Miles de imágenes se instalaban en su cabeza, sobre todo cuando iba a la biblioteca. Tenía que buscar la forma de tomar esos libros “prohibidos”, pero no era tan fácil: estaban en un anaquel con puertas de enormes vidrios, perfectamente ordenados. Debía encontrar un libro con el lomo similar al que sacaría, para que no se notara tanto la diferencia.
Le tomó varios días buscar los que se adecuaran a lo que ella necesitaba. Finalmente, ubicó los libros que más o menos concordaban con los que a ella le interesaban. Durante un corto tiempo hizo la misma operación: en las noches, cuando iba a cambiar los textos que usaba para la educación de las niñas, se llevaba el “especial”. Luego, en su habitación y bajo la tenue luz de la lámpara, se internaba en un mundo de dominación, sumisión, lujuria… Se asombraba y se excitaba con lo que leía. Aquellas lecturas hacían que tuviera sueños… inconfesables.
Había un ejemplar que le llamaba poderosamente la atención y deseaba leer desesperadamente: Justine, del Marqués de Sade. Una noche encontró reemplazo: “Manual para el ama de casa moderna”. Sonrió al ver el título. Luego, en su habitación se acostó boca abajo y leyó como siempre, hasta casi caer rendida de sueño. A la mañana siguiente, como solía hacer, se las ingenió para volver todo a su lugar sin ser vista ni ese ni los días siguientes. Se jactaba ante si misma de su ingenio y buena suerte, y así continuó todo hasta concluir el libro.
Pero aquella mañana se despertó inquieta y no por los pecaminosos sueños que había tenido, sino porque en su interior sentía que algo no estaba bien. Al subir la escalera de la biblioteca para dejar el libro, ocupando su lugar estaba “Crimen y castigo”, del ruso Fiódor Dostoievski. Una duda corrió por su cabeza y los nervios le comenzaron a jugar malas pasadas. Sacó el libro que ocupaba el lugar que ella necesitaba, con tan mala suerte que cayó por el suelo, pero siguió con la tarea de colocar el “prohibido” en su lugar aunque le sobraba mucho espacio. No tenía tiempo de arreglar la desprolijidad, así que como pudo trató de correr los libros para que quedaran apretados en el centro y el hueco tapado por la madera de la puerta. Ya vería cómo arreglaba eso después. Dio una rápida mirada para asegurarse de que estaban todos perfectamente alineados y al tratar de cerrar el anaquel, algo se lo impidió. Insistió, con el mismo resultado. Al mirar hacia abajo vio a Lord Sawford que con una vara de mimbre trancaba el cierre de aquel lugar vedado.
-Buenos días Madame Ferrato. Parece que tiene varias explicaciones para darme ¿verdad?
-Bueno… yo estaba… es que…
-Continúe, la escucho –su voz era grave, dura- Hmmm… un libro tirado. Además de desobedecer, maltrata los libros. –Miró el lomo- Buen título, muy acorde a este momento. Baje.
En silencio bajó la escalera. El Duque la esperó y cuando tocó el suelo la tomó del brazo, cosa que hizo reaccionar a Filomena de inmediato:
-Pero… ¿qué le sucede? Suélteme, me está haciendo daño.
-¿Daño? Esto no es nada, madame. Si usted recuerda, cuando firmamos el contrato le advertí que si cometía algún error sería castigada, y le previne que los libros del anaquel estaban prohibidos. Y no sólo pasó por alto mi advertencia sino que además, trató de engañarme cambiando los libros de lugar. Y no tolero el engaño.
-No Milord… yo… permítame que le explique…
-No existe ninguna explicación.
Se sentó en su sillón colocándola sobre sus rodillas y comenzó a nalguearla. Los golpes eran contundentes, duros, sin piedad. La había tomado tan de sorpresa que no podía ni pensar, pero sentía una enorme excitación; sus pensamientos se confundían y la sangre corría a torrentes por sus venas. Se oía a sí misma gemir mientras sus piernas se movían por sí solas, sin que ella tuviera demasi