
Autora: Ana Karen Blanco
Al principio, las intenciones de Juanjo eran otras, pero ahora que había conocido a Merceditas, que la había visto personalmente, que se había prendado de sus ojos, de su cuerpo y de su sonrisa, no quería dejarla ir.
Ella, por su lado, no daría su brazo a torcer y seguía pareciendo una joven altiva, caprichosa y mal criada, pero en realidad se daba cuenta que en estos días había cambiado bastante. Este rapto le había permitido conocer otro estilo de vida que jamás imaginó. Y los castigos, los azotes, la humillación… todo eso le causaba sensaciones encontradas que no comprendía. Se le estaba volviendo habitual el hecho de sentir un cosquilleo en sus partes más íntimas, sentir correr jugos de su vagina o alborotarse con el revoloteo de mil mariposas en su estómago cuando sabía que la iban a castigar. Y eso era algo incomprensible e inadmisible en una señorita cristiana y decente. ¿Cómo era posible que disfrutara el dolor? ¿Era acaso ella una mártir como las de los libros que le leían en el catecismo? ¿Era eso lo que sentirían? Porque si no era así… ¿cómo explicarse las sensaciones vividas al recibir un azote, o al verse humillada con una palabra o una actitud?
A pesar de ser bandoleros, le parecía que aquellos hombres no deseaban hacerle daño, sólo querían convertirla en una mujer obediente y respetuosa. Había sido castigada incontables veces en pocos días, y aunque no lo admitía abiertamente, sus actitudes habían cambiado.
Juanjo la veía como vería un alfarero a la arcilla: húmeda, fresca, manejable, sumisa a la acción de sus manos y a sus deseos, aunque tuviera que moldearla una y otra vez hasta lograr el objeto deseado. No, no es que quisiera un ser sin vida propia, sino que se había propuesto que ella deseara estar a su lado por su voluntad, sin forzarla. Para eso debía enamorarla y lo haría, aunque aún no sabía cómo. Por ahora necesitaba tiempo, paciencia y esfuerzo, pero lo único que tenía a raudales era la disposición a esforzarse al máximo para lograrlo. En cambio la paciencia le era esquiva, pero estaba llegando lentamente. ¿Tiempo? No tenía demasiado, pero trabajaba día a día para lograr su cometido.
Las jornadas podrían haberse vuelto rutinarias, pero no era así. Ambos jóvenes estaban pendientes uno del otro: ella para escaparse en el menor descuido de Juanjo, y éste cuidando que no lo hiciera. Por otra parte, los rezongos y llamados de atención eran algo que formaba parte de la vida diaria en el campamento.
Merceditas no era tonta y había cosas que las hacía a propósito, sólo para verlo enojado y sonreírle burlonamente. El experto bandolero se preguntaba muchas veces si estaría buscando que la castigara. Si hubiese podido leer el pensamiento de la joven sabría que ella deseaba íntimamente sentir la fuerza de su mano sobre su cuerpo, no le importaba si era para acariciarla o para azotarla, pero quería sentir el contacto de su piel. Claro que ese deseo no era menor que la idea de huir hacia su padre y su vida de niña rica y mimada. Lo extrañaba ya que él la amaba, cuidaba y mimaba como nadie en este mundo. Pensó en aquel hombre de casi sesenta años y en lo desesperado que estaría sin saber nada de ella.
Con la cabeza baja y los pensamientos en su padre y en su hogar, tomó los baldes para ir hasta el arroyo a buscar agua como todos los días. Cuando llegó a la orilla se descalzó y al posar sus pies en el pasto, sintió una tibia caricia. El sol estaba en lo alto y sus rayos se hacían sentir. Remangó su falda y me metió en el agua; las ondas lamieron sus extremidades y los deseos de darse un baño no fueron pocos. Miró hacia todos lados: nadie andaba por los alrededores excepto los perros y Nocturno, que pastaba a pocos pasos de ella. No lo pensó dos veces. Junto a los zapatos dejó caer su corsé, la camisa, la falda y enagua, y por último los calzones. La brisa fresca la acarició, envolviendo la juvenil figura. Sombra y Bandido miraban a la joven echados sobre el pasto, mudos testigos del sublime cuerpo que poseía Merceditas, que se iba adentrando en el agua saltando para que las gotas fueran mojándola y resbalaran por su piel, que sentía el contraste del frío del arroyo con la calidez de su cuerpo.
No miró hacía atrás, solo siguió avanzando hasta que el agua casi había llegado a la altura de la cadera, sus pezones se habían puesto rígidos, reflejando de esa forma la
frialdad del arroyo. Tomó un poco de ánimo y levantando los brazos se lanzó hacia delante, dando unas pocas brazadas. El agua se sentía deliciosa después de aquel chapuzón, pero al querer apoyar sus pies en el lecho del arroyo… se dio cuenta que no hacía pie y que el agua traía en ese punto su propia fuerza; entonces decidió volver. Braceó hacia la orilla, pero no se movía de lugar. Fue recién en ese momento que recordó las palabras de Goliat y Juanjo, que le habían advertido más de una vez que si decidía huir nunca lo hiciera por el arroyo porque era muy peligroso. Trató de mantener la calma y nadó con más fuerza, pero la orilla se veía cada vez más lejana y el arroyo la iba llevando sin que pudiera hacer nada.
Mil pensamientos le vinieron a la cabeza. No sabía qué hacer, y apenas si había avanzado. Su fuerza estaba extinguiéndose cuando una mano vigorosa la tomó del brazo: era Juanjo.
-Pasa tus brazos por mi cuello y tómate bien fuerte –le dijo mientras la ataba a él con otra cuerda.
Una vez que la hubo atado, comenzó a tirar de la otra cuerda y a avanzar hacia la orilla. Varias veces zafó de la cuerda y tuvo que volver a comenzar, hasta que finalmente hizo pie y pudieron caminar. Faltando poco para llegar a la orilla, desató a la joven, que no se animaba a mirarlo. Por el rabillo del ojo, Merceditas pudo ver que Juanjo había atado con gran maestría una resistente cuerda a un árbol cerca de la orilla.
-Lo siento…
-¿Qué lo sientes? No, aún no lo sientes, pero lo sentirás, eso puedo asegurártelo. ¿Cuántas veces te advertimos sobre el peligro de las corrientes del arroyo? –le gritaba Juanjo mientras la cubría con una manta.
-¿Cómo te diste cuenta que estaba en peligro?
-Lo imaginé desde un principio. Por eso te lo advertí, pero de todas formas sabía que tarde o temprano intentarías esa ruta para huir, así que vine hasta aquí con Goliat que hizo maravillas con los nudos, y preparamos las cuerdas. Hoy hacía calor e imaginé que harías algo así aprovechando para escapar. Cuando quise detenerte ya era tarde, así que corrí hasta aquí y te esperé, calculando llegar a tiempo para el rescate.
-Pero Juanjo… yo no me iba a escapar, solo quería bañarme.
-Eso no te lo crees ni tú –Merceditas bajó la vista y preguntó con cara inocente:
-¿Cómo es que Goliat sabe tantos nudos?
-Porque fue marino, pero no intentes cambiar la conversación. No te liberarás del castigo, comenzando desde ahora.
Se sentó sobre el pasto y tiró del brazo de la joven. Esta voló por los aires dejando la manta por el camino y fue a dar encima de su rodilla izquierda. Juanjo quedó extasiado con la desnudez de la joven. La espalda… tan perfecta, tan suave, tan marcada la línea de la columna… Su piel blanca y tersa, estaba llena de una minúscula y suave vellosidad que se transparentaba con la luz solar. Juanjo levantó más su rodilla y el vientre de la joven subió, dejando a la vista su parte más íntima. La vellosidad de su vagina conservaba aún pequeñas gotas del agua del arroyo, como conservaría una flor las gotas del rocío. Ella mantenía sus piernas cerradas, pero aún así sus agujeros quedaban totalmente expuestos.
El bandolero, acostumbrado a vivir experiencias de todo tipo, se sintió turbado ante tal visión. La belleza era incomparable, no había nada que se le igualara. Su mente se alejó de la tierra y vagó extraviada por los territorios de Eros y Afrodita, imaginándose como un fauno que habiendo atrapado una ninfa, la rapta para aplacar en ella sus más bajos… Bandido comenzó a ladrar a su alrededor, como pidiendo que no azotara a su amiga, trayéndolo de regreso a la realidad.
Miró las redondeces de la joven y recordó la técnica del Universitario. Y la probó. Cada nalgada hacía que las carnes de la joven se movieran graciosamente. Sonrió y siguió azotando, cada vez más fuerte. Le llamó la atención que Merceditas no protestara, pero continuó con la azotaína. Al cabo de un rato el rojo brillante de las nalgas reflejaban la luz del sol, casi encandilando su visión.
-Esta vez vas a aprender a obedecer.
Iba a seguir azotándola, pero los pensamientos y deseos más lujuriosos se apoderaron de él. Deseaba a Merceditas con toda la pasión de hombre, pero no podía hacerle nada. Estaba excitado y eso lo puso de muy mal humor.
-Levántate –le dijo mientras la ayudaba tomándola de la cintura- Vístete y vete de aquí, regresa a la cueva y ponte a hacer las tareas.
La joven se cubría apenas con sus manos y brazos.
-Juanjo, yo quería…
-¡Que te vayas mujer! ¿O no has oído la orden? Vete de aquí ahora mismo antes de que me arrepienta. ¡Vete!
Salió corriendo con la vista y el rostro bañado en lágrimas. No entendía por qué Juanjo la había tratado tan mal. Sí, ella había cometido un error, una falta grave, pero en su voz no sólo había enojo, sino también rabia e impotencia. Y no lograba adivinar el por qué.
En tanto él la veía alejarse corriendo, desnuda, con las nalgas rojas y el cabello húmedo aún. Aquella visión confirmó el amor que sentía por aquella ninfa que le había robado el corazón al ladrón más famoso de la comarca de Jaén. Se puso de pie y se encaminó hacia un rincón de la arboleda, con intención de llevar un poco de calma a tanto ardor interior.
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Merceditas estaba feliz de pasar los días con Juanjo, de hacerle rabiar, de buscar sus rezongos y sus castigos. A veces, la mayoría del tiempo, hacía cualquier cosa para llamar su atención, pero no siempre era así.
Ella estaba casi todo el tiempo feliz y radiante, aunque por momentos su tristeza era notoria. Eran los instantes en que recordaba a su padre y extrañaba el modo de vida que había tenido siempre. Pasaba largas horas pensando si quedarse o regresar, y siempre estudiaba la forma de escapar, aunque varias veces teniendo la oportunidad… no se animaba, y la ocasión pasaba y debía esperar la siguiente.
Aquel día se levantó dispuesta a todo. No tenía mucha noción de hacía dónde dirigirse, pero igual decidió marchar. Tenía que arriesgarse…
Nocturno estaba desensillado, pero aún así se trepó de él y comenzó a cabalgar hacia el mismo lado del arroyo por el que había ingresado cuando la trajeron el primer día. Los perros comenzaron a ladrar y el ruido de los cascos resonó en el bosque. El dueño del corcel apareció para verlos alejarse al galope. El silbido agudo que Juanjo lanzó hizo casi paralizar al animal, que frenando y al agachar su cabeza, lanzó por los aires a la joven que se dio de cabeza contra el pasto, quedando inmóvil.
Cuando Juanjo se acercó y se agachó junto a ella, comenzó a moverse lentamente entre quejidos y gemidos. Luego de asegurarse que no tenía ningún hueso quebrado, la tomó en sus brazos y la llevó hasta la cueva, colocándola en un camastro. Preparó un brebaje con yuyos que había recogido el Hermano y se lo dio a beber. Al rato la joven estaba profundamente dormida, pero no se despegó de ella y veló su sueño. Era todo un placer observarla dormida, tan plácida y confiada como un bebé. Se acercó a su cara y la llenó de besos. Cuando comenzó a moverse, se alejó prudentemente y se conformó con mirarla.
Ya estaba atardeciendo cuando Merceditas despertó. Intentó levantarse pero tenía todo el cuerpo dolorido.
-Veo que Mademoiselle se ha despertado. Justo a tiempo para que comience a pagar sus… ¿cómo llamarlas? ¿travesuras? ¿caprichos? ¿rebeldías? ¿Qué nombre le daría Mademoiselle?
-No sé de qué me habla –dijo ella tomándose la cabeza con ambas manos.
-Ah… no lo sabe. Pues hablo de todo lo que ha hecho hasta hoy: faltas de respeto, caprichos, rebeldías, contestaciones, desobediencias, y hasta… intentos de fuga, como el del otro día en el arroyo que casi nos cuesta la vida a los dos, y el de hoy, que casi hace quebrar a Nocturno.
-Casi, casi… No ha pasado nada en concreto, así que no puede decir nada. Le dije que seguiría intentando escapar, y –dijo sonriendo- sólo he tratado de cumplir mi palabra.
-Así que además es graciosa. Bien, eso significa que ya fue suficiente.
Sin dirigirle la palabra la tomó del brazo y la obligó a ponerse en pie, llevándola hasta una pared de la cueva. Una vez allí la puso contra la pared y la apretó, tomó sus manos y las ató para luego elevarla y colgarla de un gancho, dejándola apenas en puntas de pie.
Esta vez no usó nada cortante, sólo sus manos. Soltó el corsé y lo lanzó lejos, luego fue rasgando una a una cada prenda: blusa, falda, calzones y enagua quedaron a un costado hechos jirones. Una vez más la desnudez de la joven turbó al bandolero, que notó lo asustada que estaba sin saber qué esperar. Tomó una de las prendas desgarradas e hizo una larga venda que puso en los ojos de la muchacha, dándole un par de vueltas para asegurarse que no veía nada.
Merceditas experim
entaba una sensación nueva, mezcla de turbación, vergüenza, excitación, miedo, confianza, impotencia… ¿Qué le haría ese hombre al que cada día quería más? No lo creía capaz de aprovecharse de una mujer atada e indefensa, pero ¿si lo hiciera? Si lo hiciera… seguramente lo gozaría, porque a pesar del miedo y la incertidumbre, se sabía segura en manos de Juanjo. Sintió deseos de gritar, de llorar, de suplicarle que no la dañara, pero no podía porque tenía plena confianza en él a pesar de que jamás lo había visto así de enojado. En la oscuridad de su ceguera forzada, cerró los ojos y agudizando el oído, esperó.
Sentía el taconeo de las botas sobre el suelo de tierra de la cueva. La posición era incómoda, y el peso de su cuerpo recaía sobre la punta de sus pies. Pasaron unos momentos sin que sintiera ningún ruido ni movimiento y comenzó a inquietarse. ¿La habría dejado sola? Movía su cabeza de un lado a otro tratando de escuchar algún ruido, pero a sus oídos sólo llegaba el silencio. Cuando comenzaba a desesperarse, algo muy suave comenzó a recorrer su rostro. Era una pluma, como la que ella solía usar en sus sombreros. De las mejillas bajó al cuello y de allí al pecho. La pluma jugueteó levemente con sus pezones y cuando comenzaba a excitarla el contacto, cambió el recorrido y subió hasta sus axilas. Primero sonrió, luego una suave risa fue la respuesta a las cosquillas producidas por el suave elemento, hasta que se convirtieron en carcajadas que resonaban dentro de la cueva y rebotaban en las paredes haciendo el sonido más estridente.
-Jajajajajaaaaa… baaaajjajajaaa… bastaaaa… jajajaaaa… ¡por favor! –y de repente dejó de sentir aquella pluma que se había convertido en un cruel elemento de tortura.
No pasó mucho tiempo hasta que la pluma visitó su vientre, los costados de su cadera, las piernas y… la planta de los pies, que ahora, además de sostener el peso del cuerpo, debía levantarlos para liberarse de aquella maligna pluma. La risa y el movimiento estaban comenzando a extenuar a la joven, así que Juanjo la dejó descansar.
-¿Sabes niña? –El sonido de la gruesa voz la sobresaltó- Te ves hermosa en esta posición. Eres una bella mujer –le susurró al oído, mientras que con su mano la tomó de la barbilla y volviendo el rostro hacia él, le rozó apenas los labios- Tu piel mi niña… es suave como un pétalo –y el tibio aliento del hombre sobre su cuello la hacía estremecer- Qué daría yo por besarte y hacerte mía…
Ante aquellas palabras tiró su cabeza hacia atrás y trató de zafarse de las manos de aquel hombre, que pasó a ser nuevamente un bandolero. Abrió la boca como para hablar, pero él puso su dedo sobre los labios de ella y la acalló.
-Sshhhhh… tranquila. Seré un bandolero, pero soy ante nada un caballero y no te haría nada que tú no quisieras. Por ejemplo… intuyo que en este momento deseas besarme. –Y tomando nuevamente su rostro la besó. La joven al sentir la boca masculina, trató de retirar su rostro, pero fue sólo por un momento, porque al instante de saborear su primer beso de amor, sólo deseaba seguirlo besando. Fue un beso pasional pero corto. La joven quedó con la cabeza estirada esperando más, pero el contacto desapareció.
Otra vez el silencio, ese brutal silencio que la dejaba en la más absoluta soledad.
Ahora su olfato le hizo percibir la presencia de Juanjo. Un pequeño roce de la ropa contra su piel fue lo que sintió al tiempo que sus brazos eran bajados del gancho. Por un momento pudo apoyar sus pies en el suelo por completo. Aún estando de pie, sintió que descansaba, pero necesitaba descansar todo el cuerpo, así que se sentó en el piso y apoyó su espalda en la fría pared de la cueva. Cuando comenzaba a aflojar su cuerpo, éste fue levantado por los aires y apoyado con la cara contra la pared. La sorpresa del movimiento hizo que la joven lanzara un grito que rompió el silencio.
Nuevamente fue atada con los brazos en alto, pero esta vez podía apoyar los pies. Un silbido a sus espaldas hizo que su cabeza girara buscando la procedencia del sonido, aunque al tener los ojos vendados no pudo ver el enorme látigo que tenía Juanjo en su mano. Pero al sentir el chasquido contra el piso, comenzó a temer.
El primer latigazo le dio de plano en una nalga, sintiendo un profundo ardor. La marca roja se notó rápidamente al levantar su piel. Un suave gemido acompañó el giro del cuerpo, que intentaba en vano girar para no ser alcanzado por tan cruel instrumento.
Juanjo era muy diestro en el manejo del látigo. Practicaba alejado de todos, todos los días durante las horas que podía. Sabía dónde pegar y cómo. Sabía cómo hacer daño permanente o apenas acariciar la piel dejando una suave huella que desaparecería en horas.
-No te muevas o será peor, podría lastimarte más de la cuenta y no es lo que deseo. Sólo quiero azotarte y darte un castigo que recuerdes –enrollando el látigo se acercaba a ella a medida que hablaba- no sólo por el dolor, sino también… -se acercó a su oreja y dejó escapar un susurro que Merceditas no comprendió ni le interesaba comprender.
La lengua del hombre comenzó a recorrer el cuello de la joven, y se adentró en su oreja. Era húmeda, tibia, suave… y ella gozó el estremecimiento que le causaba tenerla dentro, como una violación permitida.
El experto amante, el Amo dominante que vivía dentro de Juanjo sin que él se enterara, le hizo creer a la joven que la besaría nuevamente. Ella buscó su boca pero fue en vano, porque él se alejó desenredando el látigo. Cuando oyó el chasquido era demasiado tarde: ya había hecho impacto en ambas nalgas.
Uno tras otro, los latigazos fueron cayendo sobre las blancas redondeces que sentían cada uno de los azotes como un cuchillo que le abría la piel, aunque sólo eran marcas superficiales. Se acercó a ella y pasó sus manos por las líneas. Se agachó y miró de cerca su obra. Sintió placer, excitación, ganas de cobijarla en sus brazos y de abrazarla. Pasó las palmas una vez más por las nalgas y muslos de la joven, que sólo atinó a lanzar gemidos de placer mientras echaba su cabeza hacia atrás. Las caricias continuaron hasta el vientre donde cruzó sus brazos mientras el rostro se pegaba al trasero de Merceditas. Juanjo hundió su cara en él y lo cubrió de besos, con los ojos cerrados e inundado de una ternura incomparable.
Fue entonces que se dio cuenta que aquella mujer que era su prisionera, su rehén, había ganado su corazón y no podía hacerle ningún daño, sólo amarla profundamente. Con su virilidad a punto de explotar, sacó fuerzas de donde no tenía y la desató. Cuando se hubo cerciorado de que estaba bien, se dio media vuelta y marchó fuera de la cueva.
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A la mañana siguiente Juanjo se levantó más temprano de lo habitual. Le dio de comer a los animales, cepilló a Nocturno y tomó algunas cosas que colocó en un morral.
-Me voy a cazar y me llevo los perros. Volveré lo antes posible. Ven aquí… -Merceditas obedeció sumisamente- Te dejaré atada, no quiero que escapes.
Le colocó un grillete en el tobillo y se marchó seguido de Sombra y Bandido. No había terminado de oír los pasos del bandolero alejándose cuando comenzó a tratar de zafar. Imposible. Siguió la cadena y vio que estaba clavada al suelo de la cueva, amurada a la pared, pero no. Una estaca de metal había sido martillada hasta meterla en la piedra. Comenzó a removerla, a darle vueltas y giros hasta que logró que tuviera movimiento. Necesitaba quitar la tierra de alrededor. Pensó… ¡una cuchara! Sí, con una cuchara lograría quitar la tierra.
Encima de la mesa estaba aún dispuesta la vajilla del desayuno. Caminó hasta allí, pero por mucho que se estirara, no llegaba. Trató una y otra vez, pero no lo consiguió. Cansada, se sentó en el suelo. Quizás… si lograra llegar a la pata de la mesa y arrastrarla hacia ella. Pero... ¿con qué? Miró a su alrededor y nada le servía. ¡El látigo! Claro que sí.
Con un poco de dificultad y algo de estiramiento, logró tomarlo con la punta de los dedos. Cuando lo tuvo en sus manos se puso de pie y… se dio cuenta que lo único que sabía del manejo del látigo, era que debía hacerlo con mucho cuidado.
En el primer intento tiró gran parte de lo que había encima de la mesa. Golpeó paredes, muebles, y hasta ella misma recibió algún chasquido en algunas partes de su anatomía, pero luego de probar varias veces logró enganchar las patas de la mesa y con no menos esfuerzo tirar de ella y correrla unos centímetros. Debía tener gran cuidado, porque si se caía todo no lograría su cometido.
Y sucedió: tiró con demasiada fuerza y la mesa se volcó, desparramando todo por el suelo. Una cuchara quedó algo más cerca de ella, pero aún estirándose, no llegaba. Intentó con el mango del látigo y finalmente la ansiada herramienta estaba en sus manos. Debía darse prisa.
Fue hasta la pared y escarbó, aflojó la tierra, volvió a escarbar hasta llegar al extremo de la estaca. No se veía fácil, pero en realidad lo era. No tenía nada para aflojar el metal pero usó el ungüento que Juanjo le ponía; girando y moviendo la estaca logró sacarla de la piedra.
Una vez libre ensilló a Nocturno y salió montada en el noble animal rumbo al arroyo. Ella sabía que Juanjo guardaba un mapa de la zona en la alforja. Buscó y allí estaba, no necesitaba nada más. Su padre le había enseñado desde pequeña a interpretar mapas para que supiera ubicar las propiedades, los sembradíos, las comarcas, ciudades y pueblos. Con el mapa en la mano comenzó a alejarse, mientras el bandolero la veía partir. Los perros se pusieron en guardia al sentir al caballo, pero él los calmó y evitó que ladraran.
Ver alejarse a la mujer que amaba le partió el corazón. Sabía que era una chica inteligente y que lograría escapar si así lo deseaba, pero él esperaba que no lo hiciera, esperaba que se quedara a su lado, pero ella no pertenecía a ese lugar, a ese mundo.
Se veía tan bella montada en el corcel negro, con su piel blanca, su pelo dorado y brillante como el mismo sol.
-Amigos, quédense aquí y vigilen la cueva –dijo dirigiéndose a los perros- Velaré su camino hasta que me asegure que toma la ruta correcta.
Montó otro corcel que pastaba en el bosque y salió tras la joven, siguiéndola de cerca para asegurarse que nada le pasara. Cuando llegó al camino principal se detuvo y la vió perderse en rápido galope. Secó la lágrima que le corría por la mejilla y regresó al campamento.
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En primero en reconocer a la niña fue Manuel, el capataz de la hacienda. Antes de que llegara su padre ya había salido a recibirla. Entró a todo galope en el corcel negro y casi se tiró del caballo para correr a abrazar a su padre.
-¡Hija mía! ¡Mi niña… por fin! ¿Estás bien, te han hecho daño?
-No papá, nadie me hizo daño. Estoy bien, pero necesitaba tanto verte, te extrañé tanto… Fueron días muy duros. Tengo tanto para contarte…
-Ya te están preparando un baño, y comida, y ropa… Mírate como estás, pareces… -en ese momento le miró el rostro a la joven y calló. A pesar de estar despeinada, con la ropa desprolija… se veía hermosa, feliz, radiante. Era un hombre veterano y comprendió lo que pasaba- Mejor ve a asearte, y mientras me cuentas todo lo que pasó.
-Sí papá –le dijo mientras que le daba un fuerte abrazo colgada de su cuello.
El sonido de los cascos del caballo, hicieron que se diera vuelta de inmediato. Varios hombres trataban de calmar a Nocturno que en dos patas relinchaba y amenazaba con golpear a quien se atreviera a tocarlo.
-No lo toquen, déjenlo ir –grito la joven tomando las riendas del animal- Gracias amigo, vuelve ahora con tu amo –le susurró al oído.
Un nuevo relincho a modo de despedida fue lo último que se oyó antes de que el brioso animal tomara carrera por el mismo lugar que habían llegado. La joven se lo quedó mirando mientras se alejaba.
-Francisco, Antonio… traigan herramientas para quitar el grillete del pie de mi hija.
Luego de unos momentos, Merceditas se sintió liberada del peso del grillete. Se metieron en la finca y ella subió a sus aposentos, donde un ejército de doncellas preparaban el baño para la joven, su ropa, zapatos y cintas para el cabello.
Don Pablo buscó una cómoda butaca y prendió un cigarro mientras que el cuarto contiguo su hija tomaba un baño y contaba la primera parte de su experiencia, que él ya conocía por boca de los otros ocupantes del carruaje el día que fue secuestrada Merceditas, y también por el conductor.
Desde que se metió en la tina asistida hasta pasado los postres, aquella chiquilla no dejó de hablar. Le contó todo, con pormenores, aunque obvió muchas partes por pudor y porque había detalles que quería preservar para ella y Juanjo. Don Pablo, un hombre veterano y experimentado la oía y mientras lo hacía sonreía o ponía cara de circunstancias, pero siempre callaba. Para él estaba todo muy claro.
-Bien hija, para tu tranquilidad y la de la gente de toda esta comarca, enviaré dos tropas en busca de ese bandolero. No permitiré que todo lo que te hizo quede sin reparar. Pagará por sus actos, eso te lo prometo. Y servirá de ejemplo para todos los que se aprovechan de jovencitas inocentes e indefensas como mi niña. Lo atraparé, lo torturaré como hizo contigo y luego lo colgaré.
Lucía furioso, como un buen padre que quiere lavar de todas formas el honor de su hija. Merceditas no sabía qué decir. No quería que le hicieran ningún daño, pero no podía decirle a su padre que sentía algo muy especial por aquel hombre que… ¡Dios! Qué confundida estaba.
El día se pasó rápidamente. Su padre le había insistido para que se retirara a descansar, pero no quiso. Prefirió pasear por los jardines, jugar con sus perros y evitar a la gente que quería hablar con ella e indagar sobre su experiencia. Al atardecer, recostada en un diván pensando en todo lo sucedido, oyó gritos y alboroto. Corrió rápidamente hacia la ventana y vio que su padre hablaba con el Capitán Zeballos y le daba órdenes. De inmediato dos grupos de soldados partieron rumbo al camino que ella había recorrido aquella mañana.
Durante la cena, Don Pablo colmó de atenciones y mimos a su hija, tratando de arrancarle una sonrisa que le era esquiva.
-Papá… ¿a dónde enviaste esos soldados?
-Merceditas, tú no debes preocuparte por eso. Ya pasaste bastantes malos ratos en manos de esos malhechores. Ahora sólo debes preocuparte de ti y de ser feliz. Sólo te prometo por las cenizas de tu madre que de aquí en más serás feliz y me haré cargo de ese bandolero.
-No quiero que nadie salga lastimado papá –le susurró al hombre que la tenía acurrucada entre sus brazos.
-Ay Merceditas… eres tan buena hija. Tienes un corazón noble y eso me enorgullece. Pero tú no te preocupes que aquí está tu padre para encargarse de todo –agregó besando su frente- Ahora vete a dormir y descansa. Habrás extrañado tu cama ¿verdad? Anda mi niña, ve y que Dios vele tus sueños.
Se despidieron con un abrazo y un beso en la frente. La niña dormía en casa y el juez se sentía mejor.
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Cuando Juanjo vio regresar a Nocturno suspiró aliviado.
Recogió todo lo que pudo de la cueva y lo escondió. Ya había enviado un mensajero de confianza a avisarles a sus compañeros que no regresaran hasta nuevo aviso. Se reuniría con ellos en algunos días, pero no debían regresar a la cueva pues seguramente estaría vigilada. Merceditas había escapado y debían ser precavidos.
Merceditas… Cerraba los ojos y recordaba su cuerpo, sus formas, su sonrisa, su piel. Sonrió al revivir sus contestaciones y disfrutó ante la visión de sus caprichos de niña rica.
No podía estar sin ella, pero la joven había decidido marchar junto a su padre y abandonarlo.
Cabalgaba por entre los olivares, bajo el calor de la primavera, seguido del otro corcel, los perros y… aquella angustia que le oprimía el corazón.
Algo debía hacer. Ya tenía pensado qué, pero sabía que era una locura. De todas formas debía intentarlo. Se acercó a una choza humilde donde un hombre maduro salió a su encuentro. Luego de unas breves palabras y un más breve descanso para que Nocturno tomara agua y se restableciera, Juanjo salió al galope dejando al cuidado de aquel hombre a sus fieles perros y al otro caballo. Se jugaría el todo por el todo. Ganar o perder. Estaba dispuesto a todo y aún conciente de los riesgos que corría, no daría marcha atrás. De todas formas, la vida sin Merceditas ya no tenía sentido.
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Con la lámpara prendida, Merceditas recorrió con la vista su habitación. Eran los aposentos de una dama fina y elegante, además de adinerada. Pero cambiaría todo aquello por estar al lado de Juanjo y que este la abrazara con esos brazos enormes y poderosos.
Apagó la lámpara, conciente de que no podía conciliar el sueño, pensando en su bandolero, en sus ojos, en sus besos, su boca, sus manos. La primera vez que la azotó, el estar desnuda delante de tantos hombres, el haber sido humillada y castigada por ellos, las azotaínas de Juanjo, sus rezongos que le sabían a pura miel.
En su mente se instaló la última azotaína, cuando como nunca sintió estremecerse su cuerpo con la sola presencia de Juanjo. Recordó su ceguera forzada y el ansia por besarlo. La lengua tibia y húmeda que recorría su oreja, su cuello, la espalda. ¿Y cuando hundió su rostro entre sus nalgas y pudo sentir el jadeo y el aliento de la boca de aquel hombre que la excitaba sólo con pensar en él?
No eran pensamientos dignos de una joven decente como ella, pero no podía evitarlos. Reviviendo las escenas y con el rostro del bandolero en su mente, se durmió.
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Una sombra se deslizó en la noche. Trepó desde el porche y se coló por la ventana. Al meterse en la habitación, distinguió claramente la figura en la cama y hacia allí se dirigió.
Cuando Merceditas sintió que algo tapaba su boca, trató de zafar, de gritar, de quitar esa mano que le impedía pedir ayuda. Alguien le había colocado la rodilla en el pecho, casi impidiendo sus movimientos. La sombra le introdujo en la boca un lienzo y enseguida le colocó una venda. Sus gritos se ahogaron en su garganta, y la desesperación la hacía moverse más y más, corcoveando como una yegua salvaje.
El desconocido tomó sus manos y las ató con una cuerda a la cabecera de bronce. El hombre que la estaba atando tenía una fuerza increíble. A continuación fueron sus piernas. Peleaba todo lo que podía, pero era una lucha infructuosa, vana, sin la menor posibilidad de ganar.
Con los ojos desorbitados y tratando de ver en la oscuridad, pudo reconocer el rostro y la figura de Juanjo. No lo podía creer ¿Por qué él haría algo así?
Ante la vista de la joven, la sombra ya identificada comenzó a desvestirse. Un torso masculino, torneado por cinceles divinos cada uno de sus músculos, se dibujaba entre la oscuridad. Las botas, el pantalón…
Juanjo se acostó a su lado y la miró a los ojos. Ella ya no se movía, sólo lo miraba entre sorprendida y asustada.
-Mujer… -le susurró al oído- quiero que escuches bien esto porque lo diré sólo una vez: te amo, te quiero, no puedo vivir sin ti. Cuando decidiste huir pensé que era lo mejor, pero me equivoqué. Por eso estoy aquí… Te quiero para mí, sólo mía y sólo para mí.
Comenzó a tocar su cabello, el rostro, el cuello y la nuca. Los besos eran suaves, dulces, y la mano de Juanjo comenzó a deslizarse por el cuerpo encima del camisón. La joven echó la cabeza hacia atrás y lanzó un sonido que fue interpretado como un gemido por él.
Levantó el camisón y el juvenil cuerpo apareció lentamente. Sus piernas largas y la redondez de la cadera quedaban cubiertas por el calzón. Siguió subiendo la prenda y aparecieron los senos, redondos, blancos como una montaña y coronados por una deliciosa cereza. No pudo aguantarse sin besarlos, tocarlos, disfrutar tan deliciosa tentación. La joven negaba con la cabeza, pero sin poner demasiada resistencia con el cuerpo.
Bajó sus calzones. Allí sí sintió que se movía demasiado, abriendo los ojos y negando con la cabeza de forma insistente, mientras trataba de hablar.
En un acto que le pareció sumamente arriesgado, desató las piernas de la joven. Luego subió hasta la cabecera y desató sus manos, para finalmente quitarle la venda y el lienzo de la boca.
-No grites por favor –le pidió con voz suplicante.
-No te preocupes, no lo haré.
-Merceditas, te amo. Jamás te haría daño, y aunque te deseo con todas las fuerzas de mi alma, nunca haría nada en contra de tu voluntad. Te lo dije una vez y te lo repito ahora: no te haré nada que tú no quieras que te haga.
La joven se sentó en la cama y se terminó de quitar los calzones. Luego, lentamente, quitó su camisón y lo tiró al costado de la cama. Acercó sus labios a los del hombre, pasó sus brazos por el cuello de él y lo besó con extrema ternura, mientras se acostaba nuevamente trayendo al hombre encima de ella.
Juanjo no lo podía creer. Era su sueño, su fantasía que se estaba haciendo realidad. Y ella por fin conocería “eso” tan maravilloso de lo que le hablaban sus amigas casadas.
La cadencia de Juanjo al acariciarla nada tenía que ver con la batalla que se desató luego de los primeros instantes.
Las bocas se unían comiéndose una a otra, los brazos se multiplicaban como pulpos para que no quedara ninguna parte del cuerpo del otro sin tocar, sin explorar, sin besar. La cabeza de la joven iba hacia atrás, dejando el largo cuello desamparado, para que la lengua lo recorriera por completo y acabara entre los pechos que eran magreados y pellizcados por las manos masculinas, incansables, deseosas de más.
El hombre se colocó de rodillas entre las piernas de Merceditas y la atrajo hacia sí, haciendo que ella abrazara su cadera con las piernas, sintiendo el roce de su miembro casi en su interior. Los jugos de la joven eran una clara prueba de su excitación. En esa posición se besaron y las caricias continuaron…
La volvió a depositar en la cama y lentamente comenzó a introducirse en ella, con toda la ternura que fue capaz. La cadencia en los movimientos, los besos, las caricias, las frases susurradas a su oído hicieron una experiencia deliciosa e inolvidable de la primera vez de Merceditas.
Una vez que se hubieron amado, continuaron juntos, abrazados por un largo rato, prodigándose besos, caricias y mimos. Fue Merceditas quien rompió el silencio.
-¿Y ahora? ¿Qué haremos?
-Ahora mi amor, sólo nos queda una solución: casarnos. Pero… ¿te casarías con un bandolero? ¿Estarías dispuesta a seguirme? Ya viste cómo es mi vida. Podría dejar de ser un bandolero por ti y vivir en algún lugar, alejado de esta vida, pero jamás podría darte estos lujos. Sería la vida de un campesino: una vida sencilla, humilde, de trabajo, de sacrificios. Nada que ver con la vida que has llevado hasta ahora Merceditas.
Quizás sea mejor para ti el aceptar alguno de los candidatos que te cortejan.
-No, no quiero a ninguno sólo a ti. Y no me importa vivir sin los lujos de esta casa. Sólo me dolería tener que dejar a mi padre. Eso nos rompería el corazón a los dos, y además… me estaría yendo con uno de los hombres más buscados por él. Hoy envió dos tropas para capturarte, y luego de mi secuestro no parará hasta dar contigo.
-Merceditas… ¿confías en mí?
-Sí, claro que sí.
-Entonces vístete y fúgate conmigo. Iremos al convento de los jesuitas y buscaremos a un fraile que nos case. ¿Aceptarías casarte conmigo?
-Sí ¡claro que sí!
Se levantaron, se vistieron y mientras que Juanjo huía por la ventana, ella bajaba velozmente las escaleras, sin hacer ruido y salió al encuentro de su amado por una puerta lateral. Con el apuro y la emoción del momento, no notó la figura que la miraba desde la sala principal.
Juanjo la esperaba montado en Nocturno. Se veía tan guapo, tan gallardo. Su figura resaltaba en el horizonte. La visión era maravillosa: la noche estaba sobre ellos, pero el sol venía apareciendo lentamente y con sus rayos de luz cortaba la negrura de la noche e iluminaba las nubes. Todo se veía tan fresco, tan lozano, tan… nuevo. Se estrenaba un nuevo día, comenzaba una nueva jornada, pero para ellos era mucho más que eso: ellos comenzaban una nueva vida, un ciclo recién estrenado. Este ciclo de su vida era como ese amanecer: único e irrepetible, y pensaban aprovecharlo al máximo.
Montada en las ancas de Nocturno y abrazada a su hombre, Merceditas había tomado la decisión de estar el resto de su vida junto a Juanjo. Salieron a todo galope rumbo al convento mientras los cascos del corcel resonaban en las calles vacías sin dar tiempo a los curiosos a mirar quién era el responsable del alboroto matutino.
Los jardines del monasterio estaban húmedos. Las flores los recibían con sus mejores galas y las gotas de rocío eran como pequeños brillantes pendientes de sus pétalos. Juanjo desmontó y luego ayudó a la que ya era su mujer y en pocos instantes más sería su esposa.
Desde la puerta principal se oían las voces de los monjes rezando Laudes. Deberían esperar a que terminaran sus rezos para ser atendidos por Fray Domingo. En tanto quedaron esperando en el locutorio del convento, en silencio, oyendo el canto armonioso de los frailes.
Un murmullo de pisadas se oyó por los pasillos y comenzaron a pasar rumbo al comedor. En silencio, con sus cabezas gachas y trasladando con ellos el ambiente de oración y recogimiento que habían obtenido en la capilla, desfilaban uno a uno o en pequeños grupos de dos o tres. Uno de los monjes se dirigió a ellos.
Fray Antonio era un hombre de unos 60 años o quizás un poco más. Tenía en su rostro la serenidad y la compasión que quizás le diera la vida del monasterio. Vestido sencillamente con su hábito, impecable dentro de su humildad, con el aroma de la limpieza y una bella sonrisa que le iluminó el rostro cuando vio al bandolero.
-Juanjo, hijo. Qué noticias me traerás para estar aquí a esta hora de la madrugada. Cuéntame, cómo está el Hermano y… ¿Merceditas? ¿Niña, pero qué haces tú aquí?
Los jóvenes se miraron y el sabio sacerdote se dio cuenta de todo. Era una mirada llena de amor y pasión.
-Bien, si lo que desean es casarse sólo quiero saber una cosa: ¿están seguros?
-Sí Fray Antonio –contestaron al unísono.
-Hmmm… está bien. Yo los conozco a los dos, ambos son mayores de edad y quiero suponer que saben lo que hacen. De todas formas hablaré por separado con cada uno y les tomaré confesión. Luego de eso decidiré si los caso o no. Juanjo, tú primero. Ven conmigo, y tú espera aquí.
-Sí Fray Antonio, como usted mande.
Los minutos se le hacían eternos a Merceditas, mientras que el monje le exigía a Juanjo que le contara lo sucedido. Luego llamó a Merceditas e hizo lo propio. La joven confesó sus amores prohibidos con Juanjo y también que él no la había obligado a nada, sino que ella había querido que fuese así porque lo amaba, y que ahora deseaba casarse con él a pesar de todo lo que aquello implicaba. Lo único que le preocupaba era que su padre sufriría y quizás no le perdonara su unión con el bandolero. Pero era un riesgo que estaba dispuesta a correr.
-Merceditas, creo que aún no conoces bien a tu padre.
Con ambos jóvenes confesados y absueltos, los tres se dirigieron a la capilla. El fraile le indicó a Juanjo que buscara dos testigos y los trajera mientras él se preparaba para la ceremonia. El feliz contrayente salió presuroso hacia el portón mientras el monje se dirigía a la sacristía a colocarse la vestimenta apropiada. Allí tomó el Alba y lo ciñó con el cíngulo, rezando las oraciones que indicaba esta ceremonia. Tomó luego el Ámito, lo colocó en su espalda y cruzó las cintas por el cuerpo. Miró hacia donde estaban colgadas las Casullas y titubeó si ponerse la de color blanco, porque era una festividad, o quedarse con la verde porque era el color de la esperanza. Se decidió por el último color. Para completar su atuendo tomó la Estola bordada por las Hermanas Carmelitas de Ávila, un regalo hecho al convento hacía ya unos años, y haciendo conjunto con ella el correspondiente Manípulo. Por último tomo el libro de liturgias y se dirigió al altar donde lo esperaban los contrayentes y los tres testigos sentados en el primer banco. ¿Tres? Ah… Sí, claro, debían ser tres.
Las flores que llevaba la novia en la mano le resultaron conocidas. Sólo esperaba que Fray Vicente, el encargado del jardín, no protestara demasiado por el robo. Miró a la novia y se preguntó porqué todas las novias, lindas o feas, se veían especialmente bellas y radiantes el día de su boda.
Se puso de espaldas a los contrayentes, se persignó y comenzó la ceremonia que sería corta y sencilla. Abrió su libro y comenzó a recitar de memoria las palabras dichas tantas veces. Cuando llegó a la frase: “…y si alguien tiene algún motivo para oponerse a esta unión, que hable ahora o calle para siempre.”, una voz gritó desde la primera fila.
-¡Yo!
-Papá… –mustió Merceditas
Don Pablo se acercó al altar y tomó la mano de su hija, dirigiéndose al fraile le dijo:
-Fray Antonio, no es que me oponga a la boda, sino que protesto porque se me negó la dicha de entrar con mi hija a la iglesia y entregársela al hombre que ella eligió. -Merceditas bajó la cabeza
-Perdón papá, pensé que te opondrías.
-Ad
mito que el señor Juan José Canosa no es el hombre que siempre soñé para ti, pero es quien tú elegiste, y si estás segura de tu decisión… yo te apoyo aunque no esté de acuerdo. Señor Canosa, le entrego la mano de mi única hija, María de las Mercedes Medina Lemos, y prometo ante Dios que si la hace usted infeliz, me ocuparé de que pague por ello. Tienen mi bendición y mi permiso. Y aquí están las arras con las que nos casamos tu madre y yo. Las pongo ahora en tus manos para que siga esta tradición.
Merceditas tomó las 13 monedas, doce de oro y una de metal como lo indicaba la tradición y las depositó en manos de su esposo.
-Y aquí están los anillos. También son los que usamos tu madre y yo el día de nuestra boda. Juanjo, tómelos por favor. Lamento la interrupción Fray Antonio, gracias.
Merceditas no pudo aguantar la emoción y con el rostro lleno de lágrimas se abalanzó y abrazó a su padre que la estrechó con todo su amor, sabiendo que su niña del alma ya no le pertenecía totalmente. Permaneció el resto de la ceremonia de pie junto a los novios. Al llegar a la frase final, con una alegría que no quería ni podía disimular, Fray Antonio les dijo:
-… y yo los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.
Los ya esposos se dieron un beso casto y respetuoso por de más. No sólo por respeto del lugar donde estaban, sino también respetuosos del sacerdote y de Don Pablo. Al salir de la capilla los recibió un día andaluz de cielo azul, sin una nube y con el sol resplandeciente.
La pareja y el padre de la novia emprendieron el regreso al cortijo de Don Pablo. Había mucho que hablar.
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Ese mismo día, el juez de Jaén Don Pablo Medina, decretaba el perdón para el bandolero Juan José Canosa y su banda, otorgándoles el salvoconducto y tierras para que se instalaran y se convirtieran en campesinos.
Don Pablo había pasado la finca “Los Torrijos” a nombre de su hija cuando esta cumplió 18 años, pero había esperado hasta ese momento para darle la noticia. Le serviría de dote y podrían comenzar allí la nueva vida que tanto deseaban.
Con los años llegaron los nietos que correteaban por los jardines y jugaban con el abuelo Pablo, mientras que su yerno se encargaba maravillosamente bien de todos los negocios y Merceditas estaba convertida en una perfecta ama de casa, aunque por las noches se seguía comportando como la chiquilla malcriada, rebelde y encantadora de la que el bandolero se había enamorado y que, todavía, debía corregir bastante seguido.
- FIN -