Había pasado una larga temporada desde aquella experiencia con Sandra, a la que continuaban viendo de vez en cuando. Dora se puso a

estudiar para obtener ascensos en su trabajo, y consiguió varios ascensos, junto a una figura más rolliza. El estar muchas horas sentada, estudiando, las comidas rápidas para no perder tiempo en la cocina, los nervios… todo jugó en contra de la joven que aumentó varios kilos en pocos meses.
-Dora, querida… -le decía Vivi- Sería conveniente que hicieras dieta, no solo por estética, sino por tu salud. No es bueno que estés con sobrepeso, así que irás a la dietista y a un gimnasio.
La joven iba a protestar, pero su pareja no se lo permitió:
-No quiero oír una sola palabra. Está decidido. Te hice una cita con la doctora Benítez para mañana, después que salgas de tu trabajo. Cuando llegues aquí quiero ver la dieta y la inscripción en el gimnasio.¿Entendido?
-Sí, Señora –respondió resignada y en voz baja.
Al día siguiente Vivi la estaba esperando en la sala. Apenas entró le extendió un grupo de papeles donde estaba impresa la dieta, y otro con la inscripción en el gimnasio.
-Hummm… Tienes siete kilos de sobrepeso. Y la dieta es muy llevadera. Esto de comer cada tres horas es lo mejor: es la base para bajar saludablemente. Te dio una dieta para bajar un promedio de entre uno y dos kilos por mes. Perfecto…
Al estar de espaldas, no pudo ver la cara de disgusto de Dora, quien pensaba: “Está loca si piensa que voy a bajar tan poco. Esa cantidad de comida es un disparate, y comer tan seguido es una locura. Yo voy a hacer las cosas como me parecen a mí. ¡Las dietistas no saben nada!”.
Los días se sucedían, y también las semanas. No había pasado el primer mes cuando Dora comenzó a quejarse de dolores estomacales, e incluso llamaron una tarde del gimnasio para avisar que la fueran a buscar porque había tenido un par de vahídos en clase. Cuando se subieron al auto, Vivi le dijo:
-Me dijiste que estabas haciendo bien la dieta, que estás comiendo todo y a las horas correctas.
-Sí, Vivi. Te juro que sí… Como todo, a las horas, todo bien… De repente me bajó la presión por el calor, qué se yo…
-Quizás. Pero de todas formas vamos a ir a ver a la Dra. Benítez. Conseguí que nos atendiera en el consultorio de su casa. Cuando le expliqué lo que pasaba, me dijo que te llevara, que te vería después de terminar con el resto de los pacientes que ya tenían cita.
-¿Hoy? ¿Para qué? ¿Cuál es el apuro?
Haciendo caso omiso a las protestas de Dora, aparcó el auto en la puerta del consultorio y hacia allí se dirigieron.
Esperaron durante un par de horas hasta que la doctora salió para dirigirse a su secretaria:
-Manuela, ya es tarde. Sólo me queda atender a la señorita Dora, así que puedes irte. Yo me ocupo de cerrar todo.
-Como usted diga, doctora. Hasta mañana entonces…
Ambas mujeres entraron al consultorio. Vivi no pudo con su genio, y comenzó a explicarle a la doctora los síntomas de su compañera.
-Comprendo… Creo que lo mejor será que revise por completo a la paciente. ¿Le importaría esperar afuera, por favor?
-No… no, no… por supuesto –respondió Vivi un tanto desorientada-. Esperaré en la sala. Permiso.
Al cerrar la puerta, la doctora le indicó a Dora que subiera a la balanza. Luego le dijo que se quitara la ropa, se pusiera un poncho de papel y se recostara en la camilla. Mientras se desvestía detrás de un biombo, comenzó el interrogatorio. Sin Vivi presente, la joven se sinceró con la profesional y le fue contando la verdad: no estaba comiendo las cantidades indicadas, se salteaba muchas comidas y hacía ejercicio de más.

-Doctora… creo que se terminaron los ponchos.
-No puede ser –respondió sorprendida. Abrió varios placares y cajones, pero todo fue en vano-. ¡Qué contrariedad! No sé cómo… En fin, póngase su vestido nuevamente, aunque es bastante molesto para examinarla. Dígame ¿a usted le molestaría quedarse sin la ropa?
La carita de la muchacha fue de sorpresa, y no supo qué responder.
-Bue… bueno… yo…
-Disculpe… No debí haberle insinuado eso. Póngase el vestido.
-No… es que me da un poco de cortedad –miró a la profesional y por su mente pasaron como un refusilo, las fantasías que siempre tuvo de estar en un consultorio con una doctora-. Claro que es una profesional y confío plenamente en usted.
Salió de detrás del biombo, completamente desnuda, cubriéndose con las manos y los brazos parte de los pechos y su monte de Venus. La doctora quedó mirando paralizada el delicioso cuerpo de la muchacha. Estaba acostumbrada a ver gente desnuda, pero la perfección de las curvas femeninas, la sorprendió gratamente. Necesitó unos segundos para recomponerse.
-Colóquese en la camilla, por favor –agregó en un tono profesional-. Creo que lo más conveniente será hacerle una revisión completa. Y me alegra que me haya dicho la verdad, porque eso me facilitará mucho el diagnóstico. Ahora… tenga a bien ponerse boca abajo y distiéndase. Le tomaré la temperatura analmente; siempre es más seguro.
Dora, obediente, se colocó como le indicó la médica y levantó levemente sus nalgas para facilitarle la tarea. Las nalgas se elevaban en forma escandalosa, ofreciéndose ingenuamente a las manos de la profesional, quien tomando un termómetro lo embetunó con vaselina; luego abrió las nalgas con gran suavidad y… así se quedó unos instantes, sin hacer nada, excepto deleitarse con el fabuloso panorama que tenía ante sus ojos. Aquellos segundos se le hicieron interminables a Dora; en cierto momento comienza a introducírselo lentamente, y la joven se mueve molesta, tratando de zafar.
-¡Señorita! –La voz firme paralizó a Dora- Esto es algo que debo hacer. Creo que no es demasiado molesto, como para que lo soporte por un minuto ¿verdad? Si se sigue moviendo, puede hacerse daño, así que ¡quédese quietita!
No hizo falta repetirlo. La joven no movió ni un solo músculo ante la firme orden de la doctora, quien quizás para distender la situación comenzó a hacerle preguntas mientras apretaba las nalgas con la intención de que no se saliera el termómetro.
<<… Y dígame Dora ¿con que frecuencia mueve los intestinos?
-Cuando hago bien la dieta, a diario. En estos últimos días tuve un poco de dificultad, pero ya evacué hoy.
-Perfecto. ¿Ha tenido algún dolor últimamente?
-A veces cuando hago demasiado ejercicio me duelen los músculos…
-Eso se arregla parando a tiempo… -dijo aflojando las nalgas para retirar el termómetro, y mirando el resultado, agregó- Temperatura normal.
La manipulación del termómetro, la firmeza de la profesional y toda la situación vivida, hicieron que la joven se excitara más y más. Luego de revisarle la temperatura y la presión arterial, siguió por la reacción de las pupilas, los ganglios, la gargant

a, la nuca y el pecho, hasta llegar a los senos para palparlos, hundir los dedos en busca de nódulos y apretar los pezones al punto que casi gritó de dolor, pero logró la reacción esperada: se pusieron duros y tensos. Continuó después con la zona del estómago, donde tardó un poco más.
Desde la camilla, Dora pudo observar como la doctora se colocaba los guantes de látex. Ese sólo hecho le bastó para hacer volar su imaginación una vez más. Instintivamente cerró sus piernas, pues sentía la humedad que parecía escurrirse fuera de su vulva.
-Aflójese, por favor –dijo la doctora mientras se terminaba de ajustar el guante-, le voy a hacer un examen ginecológico. Tranquila, aflójese…
Colocada al costado de la paciente, abrió los labios de la vulva con los dedos de la mano izquierda, mientras el gel frío corría por la mano derecha, enguantada, introduciéndose en el agujero más íntimo, haciéndola sentir una mezcla de dolor y placer. La doctora, ajena en apariencia a las sensaciones de Dora, sacaba y metía la mano, movía los dedos y creaba una excitación que la examinada no pudo soportar, dejando escapar un leve gemido.
-Siento incomodarla –dijo sin mirarla-; soporte un poco más, ya estoy terminando…
En la camilla, y con los ojos entreabiertos Dora suplicaba con su pensamiento: “No, no termines… Sigue así toda la noche…”.
De repente, quitó su mano y retirando los guantes que desechó en un cesto con tapa, le dijo:
-No se levante aún. Vuelva a ponerse boca abajo, me temo que tendré que aplicarle un par de inyecciones.
-¿In… inyec… ciones? –Replicó con cara de susto.- Doctora, por favor… ¿no las puede cambiar por píldoras?
Un par de golpes en la puerta distrajeron la atención de la profesional. Era Vivi, pidiendo permiso para pasar.
-Si su amiga no tiene inconveniente, yo tampoco. Pase…
Se sorprendió al ver desnuda a Dora, quien con rapidez le explicó que se habían acabado los ponchos y por eso se había quedado así.
-¿Ya terminó, doctora? –preguntó Vivi.
-Casi. Le explicaba a Dora que decidí ponerle un par de inyecciones: una para aliviarle los vahídos, y otra para prevenir los dolores estomacales. Ella me preguntaba si podía cambiarlo por pastillas. La respuesta es: sí, puedo, pero las inyecciones son más rápidas y efectivas. No sé… Usted decide, Dora.
-No doctora, ella no está en condiciones de decidir nada. Si usted dice que es mejor, no lo dude: inyéctela.
Ante la mirada de la facultativa, la joven asintió; sabía que era mejor no protestar, así que se puso boca abajo y esperó… De repente sintió la fría humedad del alcohol sobre su trasero, seguida de una serie de pequeñas nalgadas y de inmediato el pinchazo; la aguja se introdujo lentamente dejando salir un líquido espeso que la quemaba por dentro. La segunda inyección fue similar. Al terminar, tenía dos focos ardientes en su trasero.
-Por favor –dirigiéndose a Vivi-, sóbela por unos momentos. Es un líquido espeso y si no se masajea le quedará el bulto. Cuando termine puede vestirse; tiene sobre la mesada los elementos para higienizarse.
-Sí, sí. Perfecto, gracias –respondió de inmediato.
La doctora escribió algo en la ficha y fue a lavarse las manos mientras Dora se vestía. Ese fue el momento que la astuta Vivi aprovechó para leer la ficha médica. Así se enteró de la mala alimentación, del salteo de ingestas, el exceso de ejercicio y los malestares.
Cuando las tres estuvieron sentadas, la profesional les explicó que debido al estrés y a la variante en la alimentación, Dora tenía un principio de gastritis que era totalmente tratable con un cuidado mayor en las comidas y medicinas para el estómago.
-El medicamento que le hará mejor en este momento, es un protector de las paredes estomacales. Es un líquido blanco que si bien no tiene un buen sabor, es muy importante para la recuperación. No deje de tomarlo al menos por unos diez días, o hasta que se sienta mejor…
-No se preocupe doctora, lo hará –respondió Vivi.
-También es importante que coma cada 2 o 3 horas. Poca cantidad, seguido y consuma los alimentos que le indico en esta dieta –dirigiéndose a Dora, le extendió una hoja que Vivi se apresuró a tomar.
-Yo la llevaré junto con el resto de las indicaciones, y me encargaré de que haga bien las cosas. ¿Es todo, doctora?
-Sólo una cosa más: les sugeriría que regresaran en un mes para ver cómo sigue la paciente –y poniéndose de pie, les extendió la mano para saludarlas.
-Aquí estaremos, doctora. Buenas noches y muchas gracias…
-Gracias –agregó Dora con una gran sonrisa.
Cuando se retiraron, volvió al consultorio y con una gran sonrisa abrió un placard... ¡lleno de ponchos descartables!
En el camino de regreso, fueron hablando de los medicamentos; pararon en una farmacia y Dora bajó, regresando casi de inmediato.
-¿Qué pasó? –Preguntó Vivi intrigada- ¿Conseguiste todo o no había?
-Sí, sí… Vamos –respondió nerviosa.
-A ver… -Quitándole la bolsa de la mano, Vivi comprobó que faltaba el jarabe blanco-. ¿No había jarabe?
-No… no había. Vamos, quiero volver a casa, no me siento bien… -dijo tocándose el estómago con cara de víctima, tratando de que su amiga le creyera, pero no tuvo suerte. Vivi se bajó del auto y se dirigió a la farmacia, donde averiguó que si bien no había la marca que la doctora había indicado, había otra que era similar y hasta mejor.
-…aunque como le dije a la otra señorita –indicó el farmacéutico-, el sabor es un poco más desagradable. Pero es mucho más efectivo.
-¿Sí, eh? Deme dos frascos, por favor… Y gracias por la recomendación –dijo antes de retirarse del establecimiento.
El camino hasta la casa lo hicieron en un álgido silencio. Apenas entraron, Vivi tomó a su amante de la oreja conduciéndola hasta el sillón, donde sin mayor explicación la puso sobre sus rodillas y comenzó a nalguearla con firmeza, mientras intercalaba alguna frase que le permitiera a Dora saber el motivo del castigo, aunque era más que obvio.
-¿Así que hacías todas las comidas, verdad? –Una lluvia de palmadas cayó sobre las nalgas- ¿Así que no tuviste ningún prurito en mentirme haciéndome creer que comías lo suficiente?
-Pero… ¡ayyyyy! Vivi… yo… la doctora no dijo nada de eso… -entre gritos y gemidos, Dora trataba de comprender el enojo de su compañera. ¿Cómo se había enterado?
-No trates de engañarme, Dora, que ya tienes castigo suficiente con lo hecho hasta ahora. Es verdad, la doctora no dijo nada, pero de

jó a la vista el expediente y pude leerlo… No comes la cantidad indicada –y descargó otra lluvia de azotes-, no comes a las horas indicadas… -más nalgadas cayeron sobre el trasero que comenzaba a enrojecerse-, haces ayuno y cuando comes, evidentemente, todo te cae mal. Pero no conforme con todo eso –se quitó la sandalia y empezó a propinarle una serie de fuertes golpes en el ya enrojecido trasero- haces ejercicio en demasía, todo para bajar de peso más rápido. ¡Ponte de pie y quítate toda la ropa! ¡Al rincón hasta que te llame!
Cabizbaja, la muchacha se dirigió al rincón, donde estuvo parada largo rato, con su culo en llamas y las manos sobre la cabeza, hasta que Vivi la convocó.
-No creas que acabó tu castigo; te dije que vinieras porque es la hora de tomar tu medicamento. Aquí tienes la cuchara y la botella…
-Yo no voy a tomar esa cosa asquerosa –respondió, tapándose la boca.
-Dora… -la miró con cara amenazante- …que no estoy de humor para soportar tus niñerías. Eres una adulta y este medicamento no es otra cosa que la consecuencia de tus actitudes. Así que… abre la boca y…
-¡No me importa, no lo haré! –gritó, acentuando su actitud de niña caprichosa con una patada en el suelo.
-Está bien… -Colocó el medicamento y la cuchara sobre la mesa del comedor; luego puso una silla con el respaldo hacia dicha mesa, e hizo arrodillarse a Dora en ella. Cuando estuvo instalada, le dijo- Aquí está mi maletín de instrumentos. Los sacaré y te daré diez azotes con cada uno, hasta que tomes el medicamento. Tienes tiempo de cambiar tu actitud mientras los saco…
Primero salieron las maderas: paletas de diferentes tamaños, cucharas, varas y hasta una regla; luego los cueros: cintos, tawses de varias lenguas, fustas, rebenques, látigos… Lo último en salir fueron los plásticos con un matamoscas gigantesco que Dora conocía muy bien por cómo picaba.
Comenzó con las paletas de madera y siguió con las cucharas, pero no pudo soportar las varas. Así que en medio del castigo y con las lágrimas cayendo sobre su pecho, tomó el frasco y la cuchara. Le costó destaparlo, y cuando iba a colocar el líquido en la cuchara, Vivi se acercó a su oído para advertirle:
-Quiero que la cuchara esté llena… Y si se derrama una sola gota, deberás tomar una cucharada más. ¿Entendido?
-Sí, señora.
Obedeció, pero cuando tenía la cuchara cerca de la boca, Vivi le dio un fuerte varazo que hizo que desparramara parte del líquido sobre su pecho. Tratando de hacer trampa, volvió a llenar la cuchara y haciendo varias caras de repugnancia, tragó el desagradable medicamento antes de apoyar la botella y la cuchara sobre la mesa.
-¿Por qué apoyas las cosas si aún no terminaste? –Inquirió Vivi antes de descargar un nuevo azote sobre las maltrechas nalgas de la desobediente mujer- Aún te falta una cucharada más por todo lo que desparramaste.
-Pero Vivi… ¡Si volví a l

lenar la cuchara! –se quejó.
-Lo sé, pero no fue lo que yo te ordené. Te dije que tomarías otra y eso harás. Si tuviste la buena voluntad de llenar la cuchara… significa que estás entendiendo. Ahora toma la que falta, o… ¿prefieres que te siga insistiendo?
Respondió tomándose otra cucharada de aquel endemoniado líquido, acompañando su accionar con otro repertorio de gesticulaciones de asco y repugnancia.
-Ahora, así desnuda como estás, irás a cocinar. Esta noche cenaremos juntas y estaré vigilando de cerca lo que comes… Y recuerda que hago todo esto por tu bien.
Mientras le hablaba al oído acariciaba las nalgas de Dora y, aprovechando algún descuido, recorría con sus dedos la hendidura de la vulva juvenil…
Cuando estaba en plena tarea culinaria, Vivi apareció con un tarro de crema donde hundió sus dedos, extrayendo una buena cantidad.
-Tú has de cuenta que yo no estoy, y sigue con lo tuyo –ordenó al comenzar a distribuir la pomada en ambas nalgas. Subía y bajaba la mano, dejaba deslizar los dedos por todos los agujeros y rincones, obligando a la cocinera a exhalar más de un gemido de placer. Mientras que con una mano esparcía el ungüento, con la otra acariciaba los senos y apretaba los pezones o bajaba hasta el botón del placer y lo masajeaba con fruición, torturando con delicadeza a la excitada Dora.
Lo que comenzó en la sala con un castigo y continuó en la cocina como regalo de placer, culminó en la cama en una noche de lujuria y pasión. Ambas recorrieron sus cuerpos, reconociéndolos una vez más y regalándose una sesión de delectación mutua.