domingo, enero 17, 2010

EL INSTÁNTE MÁGICO


Dedicado a Fabián

autora: Ana K. Blanco


El recepcionista lo miró atónito cuando le pidió que le indicara como llegar ante ella. Posiblemente no por la pregunta, sino por la forma en que iba vestido a esa hora de la madrugada. Se miró en el espejo del hall del hotel y aprobándose a sí mismo con una sonrisa y un guiño, salió a la calle en su busca.


Apuró el paso por la “Via” que le habían indicado; quería llegar antes que el sol la tocara. Por fin la vería, la conocería personalmente. Fabián sabía cuán famosa era ella, admirada por hombres y mujeres, no sólo de Roma sino de todas partes del mundo.


¿Cuántos años había estado planificando este encuentro? Muchos. ¿Cuántas veces había soñado despierto viéndose extasiado delante de ella? Infinidad de veces. ¿Cuánto tiempo había pasado mirando su imagen y planificando qué haría y qué diría cuando la tuviera frente a él? Una eternidad, pero seguramente valdría la pena.


Esperaba encontrarla sola… aunque sabía que era casi imposible. Por eso había madrugado, para tenerla sólo para él y poder contemplarla en todo su esplendor. Su ansiado sueño estaba a punto de cumplirse y el corazón latía más fuerte que nunca, haciendo que la sangre bullera por sus venas a un ritmo vertiginoso.

Unos pasos atrás, acompañándolo pero sin invadir su espacio, venía su amiga, su confesora, su cómplice. Ella conocía y apoyaba su sueño; era ella quien lo había acompañado a comprarse la ropa que llevaba puesta: un traje como aquellos de los años 40, con zapatos de charol combinados en blanco y negro, sombrero y un pañuelo inmaculadamente blanco que sobresalía del bolsillo de la chaqueta casi con descaro… Aunque era el sueño de Fabián, también a ella le pertenecía un poco y lo estaba viviendo con mucha intensidad.


El hombre miró como al descuido una pequeña callejuela, descubriendo que la ropa prendida en las decenas de cuerdas que unían las viviendas y cruzaban las plantas altas, lo saludaban, agitándose sin pudor. Desde aquella altura, casi suspendidos en el aire, las enormes sábanas y el humilde calcetín brincaban gozosos bajo el cielo romano. Sonrió por el augurio de buena suerte, y continuó el camino.


La Via de San Vicenzo lucía particularmente desolada en la madrugada. Durante el día miles de turistas pululaban por allí, mientras que decenas de locales de ventas de diferentes productos terminaban de llenar la calle. Es que no había turista que no quisiera conocerla. El cruce con el Vicotto dei Modelli había quedado atrás y el momento se acercaba. Cuando estaba a pocos pasos se detuvo para tomar aliento, sabía que lo necesitaría…


Caminó lentamente hasta que la tuvo frente a sí. Allí estaba: majestuosa, bella, reluciente, encantadora, dispuesta a seducirlo sin ninguna piedad. El sol despuntaba en el horizonte, pero aquel espectáculo tenía luz propia, no necesitaba del astro rey para acaparar la atención de quien la admirara.

Tuvo que detenerse para observar minuciosamente cada uno de sus detalles, desde lo más alto hasta debajo de sus pies. Era gigantesca, imposible de contener en una sola mirada. Y estaba allí, sólo para él. Era el momento que tanto había deseado y soñado… era el momento mágico entre Fabián y la Fontana di Trevi.


Neptuno lo hipnotizó, surgiendo una vez más del fondo del mar, como cada día durante siglos, desde 1762 cuando fue culminada. Vio como el dios de las aguas dominaba esta “fontana”, junto con los hipocampos que se negaban a dejar el fondo del mar una vez más, y una vez más los tritones los obligaban a mostrarse a las multitudes pero… esa vez el espectáculo era sólo para Fabián.


La Abundancia, a la derecha de Neptuno, regala desde su urna el tesoro más preciado e imprescindible para la supervivencia de la humanidad, mientras que a su izquierda la Salud le ofrece a sedienta serpiente una copa del transparente líquido: el agua.


Con la mirada fija en el dios, bajó la escalinata sin mirar, como si supiera de memoria dónde estaba cada uno de los escalones. Estaba fascinado por aquella fuente, que pertenecía al período barroco, pero su visión era totalmente subrrealista.


El líquido se volvió brillante con la luz solar, y el sonido era como si todas aquellas monedas acumuladas en el fondo, cayeran sin cesar desde lo alto de la fuente…


Abrió los ojos muy grandes, lo más grande que sus órbitas le permitían e impregnó sus retinas con aquella visión irrepetible. Sabía que aunque regresara muchas veces, ninguna sería igual.


Metió la mano en el bolsillo derecho y allí estaba. Fue lo primero que puso dentro de la chaqueta del traje, y a cada momento la tocaba para asegurarse que seguía allí. Antes de sacarla jugó un poco con ella entre sus dedos y recordando el origen, sonrió. Una pasajera se la había dado diciéndole: “Fabián, esta moneda no tiene quizás valor monetario, pero te la regalo de corazón para que el día que vayas a la Fontana di Trevi, la arrojes pensando en que vas a regresar a Roma gracias a mí, que te la regalé”.


Con la moneda en su mano derecha, se colocó de espaldas a la fuente, y deseando profundamente volver alguna vez, la arrojó sobre el hombro izquierdo, como indica la tradición. Pero solo arrojó una porque no quería enamorarse de ninguna bonita romana, y ¡mucho menos casarse con ella! Así que se ahorró las monedas que la tradición popular manda tirar para que se cumplan esos deseos.


Sin dejar de contemplarla, con la misma fascinación que cuando la descubrió, comenzó a caminar a su alrededor. Ya no estaba solo, pero el resto de la gente, bulliciosa y alegre, no sabía que esa fuente era suya por esos instantes.


Hubiese querido desnudarse, tirarse en la fuente y encontrar en ella a Anita Ekberg, sensual y erótica, mojada y húmeda, con los senos turgentes y la mirada provocante… Pero se contuvo; solo y en silencio, guardó el momento y la imagen en su mente y en su corazón.


Apolo comenzó a enviar sus rayos de fuego veraniego y Fabián acusó el calor. Se quitó la chaqueta, la corbata y al levantar su mirada vió que la fuente había dejado de pertenecerle en exclusividad, pero había sido suya por un corto lapso que fue mágico.


Su amiga lo esperaba en silencio. Comprendía la grandiosidad del momento y que debía dejarlo disfrutar lo vivido. Luego, estaría preparada para acompañarlo a vivir otro día en la bella Roma, antes de emprender viaje a Firenze. Allí le mostraría las fotos que había sacado de cada uno de los instantes irrepetibles de su sueño: la primera visita a la Fontana di Trevi.

lunes, noviembre 23, 2009

Cartas a la tía Mena - Capítulo Cuatro

“Querida y recordada familia:

Es mi mayor deseo que al recibo de esta se encuentren todos bien de salud. Yo estoy muy bien y feliz con este trabajo de institutriz.

Cuando don Agostino Sandoval marchó de Londres y les escribí mi última carta, que estoy segura él les entregó, aún no sabía si iba a ser aceptada o no para este puesto. Finalmente, el Duque de Volteen, Lord Raymond Sawford me contrató para ser la institutriz de sus sobrinas y me vine con él a su castillo en el noreste de Inglaterra, cerca de la ciudad de Newcastle, en el condado de Tyne and Ware.

Las niñas son estupendas y nos llevamos muy bien. Elizabeth es una mujercita de 17 años, y Melody es tan dulce como su nombre y tiene casi 13. Les doy clases de todo en general, incluso de protocolo, detalle que debo agradecerle a mamá por haberme explicado cuando esas cosas aunque dudara que alguna vez las fuese a usar.

Aquí está por comenzar el otoño y el tiempo refresca. El lugar donde está emplazado el castillo es espectacular, lo mismo que la gente de la zona y los empleados. Hay un ama de llaves, mucamas, cocinera, ayudantes, chofer, caballerango y mucha gente más.

Lord Sawford es un hombre muy serio y protocolar en su trato, pero justo y honrado. La señora Esther es el ama de llaves y las mucamas, Caroline y Susan, son encantadoras y muy compañeras. Luego está la gente de la cocina, el jardinero, el chofer y algunos otros, pero no tengo mucho contacto con ellos. Por ahora no conozco mucho más, aunque ya he salido a los alrededores con las niñas y me gustó mucho.

Ahora está de visita en el castillo un Conde, el cuñado del Duque, casado con la hermana fallecida de Milord. Su nombre es Lord Archibald Whitehouse, pero familiarmente lo llaman tío Pit. En su honor se dará una fiesta muy pronto, así que les volveré a escribir para contarles cómo es una fiesta de sociedad en el campo.

Tengo muchas cosas más para contarles pero será en la próxima carta. Muero de ganas de verlos a todos, los extraño mucho. También extraño nuestras comidas, el mate, la finca de la familia y los amigos; la vida me trajo hasta aquí y he de pagar un precio por quedarme, pero recuerden siempre que los quiero. Les dan mis cariños y recuerdos a todos por allí, y ustedes reciban todo el amor de esta hija y hermana que los quiere y añora,

Filomena Ferrato“

La carta había sido enviada gracias a la ayuda de la señora Esther y quizás en un mes su familia ya la estaría leyendo. Debía recorrer un largo camino: del castillo a Newcastle, de allí a Londres y luego un barco hasta Buenos Aires, donde más tarde pasaría a manos del cartero que la entregaría a su familia. Ahora podría irse a dormir, al día siguiente le esperaba una ardua jornada.

Se despertó más temprano de lo habitual, y luego del ritual de higiene, abrió el antiguo y pesado ropero que contenía las escasas ropas que le fueron otorgadas a su llegada. Era la primera vez que Filomena vestiría como amazona: un corsé ajustado le haría mantener la postura correcta, y por encima una blusa blanca abrochada hasta el cuello donde colocó una fina cinta de raso terminada en un pequeño moño, chaqueta negra con solapa de terciopelo y una amplia falda del mismo tono que llegaba diez centímetros por debajo de la rodilla. El pelo corto a la nuca permitía que se colocara el sombrero en forma de pequeña galera. Botas altas a la rodilla y guantes de cuero eran los accesorios perfectos para la terminación del vestuario. Al mirarse al espejo, éste le devolvió la imagen de una hermosa mujer, fresca y chispeante como el rocío que bañaba los campos a esa hora de la mañana.

Bajó puntualmente al comedor donde ya desayunaban los dos hombres. Los ojos del Conde querían salirse de sus órbitas al ver a Filomena acercarse: estaba realmente radiante.

-Señor Conde, Milord –saludo con una sonrisa- buenos días.

-Madame… -contestaron con una leve inclinación de cabeza.

-El traje de amazona le sienta estupendamente –dijo Pit.- Ahora resta por ver si su conocimiento en la monta y cabalgata coincide con el vestuario. Y no acepto que me diga en su defensa que tiene poca experiencia, porque no lo aceptaré.

-En mi país se dice que “En la pista se ven los pingos”. Allí podrá constatar si lo que le vengo diciendo de mi poca noción sobre el tema es verdad o no.

Un poco en broma y mucho en serio, siguieron hablando mientras que las niñas, ataviadas también para la ocasión, se sentaban y apresuradamente concluían su desayuno.

Al abrir la puerta principal, el frescor matutino los recibió como para terminar de despertarlos. El otoño se acercaba a pasos agigantados y las mañanas ya eran casi frías. Cruzaron el camino en dirección a los establos donde James los aguardaba con cuatro caballos, de los cuales tres ya estaban ensillados y listos. Era la primera vez que Filomena estaba en ese rincón de la propiedad. Le llamó la atención la varonil belleza del caballerango: era un hombre de unos treinta y cinco años, alto, con un rostro casi cuadrado, de cejas espesas y mirada tímida. Los músculos de sus brazos parecían querer rasgar las mangas de su camisa para liberarse y poder mostrarse en todo su vigor. El pantalón de pana no evitaba que insinuara otro atributo, seguramente bastante codiciado por las mujeres de la región. Un chaleco sin mangas y una boina con visera complementaban el sencillo atuendo del joven que desde su magnífica altura apenas se atrevía a mirar a los señores de la casa.

-Buenos días James. Veo que has cumplido con mi pedido. Permíteme por favor –le dijo mientras tomaba al caballo totalmente “desnudo”.

El caballo se veía manso y viejo, pero muy bien cuidado. Tenía la mirada tierna y daba la impresión de que si un niño lo montara no le haría falta darle ninguna instrucción, él con su experiencia desobedecería las órdenes del niño y haría lo correcto para preservar la integridad física de su jinete. Era de pelaje blanco con una cola lacia y larga.

-Bien señoritas, James nos ha dejado aquí todos los aparejos para ensillar a “Espuma”. Como verán, este bello corcel es anciano y por lo tanto bastante tranquilo, ideal para el aprendizaje. Melodie, este será tu caballo. Eso significa no sólo que lo montarás, sino que deberás cuidar de él, independientemente de lo que James le haga o lo cuide. Lo mismo va para ustedes dos –dirigiéndose a Filomena y Elizabeth.- Madame, creo que “Hechicera” es la yegua que usted se merece, y para mi querida Elizabeth tenemos a “Honey”. Ahora, para comenzar con las clases, las dejo con Filomena. Ella les dirá los cuidados previos y les enseñará a ensillar su caballo. Adelante madame, comience por favor –le indicó el tío Pit con una sonrisa burlona.

No se dejaría intimidar, así que apeló a su memoria y recordó los tiempos en que visitaba la casa de campo de la familia. Tomó a Espuma de las riendas y comenzó diciendo:

-No soy una amazona, y apenas si sé cabalgar, pero mi caballo es muy importante para mí, así que debo cuidarlo lo más posible, sobre todo en lo que tiene que ver con su pelaje y alimentación. Antes de ensillarlo siempre debemos ver si está seco, libre de virutas y totalmente sano, especialmente en el lomo, la zona donde va la montura.

Sobre un costado estaban acomodados todos los implementos para ensillar el corcel. Filomena los miraba de costado tratando de recordar los nombres y el orden de cada uno de ellos, pero su memoria le era esquiva con este tema.

-Señor Conde –dijo de repente- ¿me permite decirle algo en privado?

-Por supuesto… niñas, vayan en tanto acercándose y conociendo al animal. Pero con mucho cuidado. Recuerden para siempre esto: el caballo es un animal sumamente sensible. Tiene un campo de visión muy amplio, pero tiene también dos puntos “ciegos”. Nunca se pongan de frente al él o detrás de su cola porque no podrá verlas. Tampoco caminen delante de él, sino siempre de costado.

-Señor –le dijo Filomena cuando se hubieron alejado unos pasos- gracias por la oportunidad que me da, pero sinceramente no recuerdo casi nada. No estoy preparada para esto.

-¿Perdón? ¿Cómo que no está preparada? –dijo Pit con su peor cara de enojo- Dígame… ¿desde cuándo sabía usted que tendríamos esta clase?

-Desde anteayer a la cena Señor Conde

-Bien, entonces debería haberse instruido adecuadamente. Se podría haber ocupado ayer, o haberse levantado más temprano y venir hasta aquí en cualquier momento libre para que James le recordara lo que fuese necesario. Si es usted incompetente con su trabajo, no es mi problema ni mi responsabilidad. Sólo le diré algo: contaré cada uno de sus errores y le pasaré el informe a mi cuñado. Él es su patrón y verá cómo hacerle pagar su incompetencia. Ahora, siga con la clase de ensillado y después ya me haré yo cargo del resto –Se dio vuelta hacia donde estaban las niñas- Esto es inaudito…

¿Contarle a Milord sus errores? Diossss… ¡eso sería terrible! Seguramente la castigaría y quién sabe cuán severo sería esta vez. Debía recordar y no cometer errores, o al menos efectuar los menos posibles. Siguió los pasos del Conde y se dirigió hacia el caballo, al que acercó donde estaban los aparejos, dando una vuelta con él para dejar el lado derecho del animal contra los implementos. Una vez allí tomó una especie de alfombra y se la colocó sobre el lomo, hacia la parte de la cola, moviéndolo luego hacia la cabeza. El animal se movió, mostrando su molestia con un notorio relincho.

-Por Dios madame, ¿qué hace usted?

-Yo… sólo coloqué…

-James, ayúdanos aquí por favor. Ve colocando la brida mientras yo les explico a las señoritas... Madame, se ha ganado un punto en su contra. Y bien grande. Todos saben que no se debe de ir jamás, en ninguna tarea, a contrapelo del animal como hizo usted ahora. Y encima, sin haberlo atado antes. Pensándolo bien, que sean dos los puntos en su contra.

James tomó la jáquima y comenzó el proceso de cabestrear a Espuma.

-Como ven jovencitas, siempre hay que tomar la jáquima cuidando que esté derecha, sin torceduras y ampliarla para poder colocársela con comodidad y luego ajustarla. Siempre, recuerden, al costado del caballo para que pueda vernos. Luego vendrá la embocadura que dependiendo de la ocasión puede ser freno, bocado o filete…

Mientras el tío Pit iba describiendo paso a paso lo que James hacía con gran habilidad y destreza, el noble destacaba los pequeños detalles dando a las niñas y a Filomena una estupenda clase que difícilmente olvidarían.

Llegó el momento de montar y con la ayuda de los hombres, las tres damas tomaron su posición, con ambas piernas hacia el lado derecho del caballo. Una posición incómoda pero mucho más elegante para una dama. El Conde le regaló a cada amazona una pequeña y coqueta fusta mientas continuaba con su lección.

La primera clase de equitación resultó divertida y tranquila, además de corta. Los traseros de las tres jóvenes dieron las gracias en silencio, ya que aún tenían “recuerdos” de las azotaínas recibidas.

Al regresar al establo debieron, con la ayuda de James, darles a sus corceles el tratamiento debido y luego regresar al castillo para ponerse a las órdenes de Esther e ir preparando la fiesta que debía estar lista para dentro de poco más de tres semanas.

Los días fueron pasando velozmente mientras aprendían a cabalgar como verdaderas expertas. El tío Pit era muy estricto como entrenador y no les perdonaba ningún error.

Pero aquella mañana había sido muy particular; parecía que las jovencitas se habían puesto de acuerdo para hacer todo al revés, y para ellas todo era una risa. Eso, además de que el tío Pit estaba especialmente quisquilloso y severo, sin ganas de soportar niñerías.

Las tres muchachas habían aprendido a cabalgar como “ladies”, sentadas de costado y con faldas, pero ese día usaban pantalones de montar, ajustados a su cadera como una segunda piel, dejando visibles sus vientres planos contrastando con la curva de las caderas y la redondez de sus nalgas, jóvenes y túrgidas, deliciosas para azotar y magrear. El Conde debió hacer grandes esfuerzos para mantener su mente ocupada en la clase y no dejar volar su calenturienta y morbosa imaginación.

-Hoy jovencitas, cambiaremos los caballos de todos los días por otros corceles más briosos y veloces. Considero que en estos días han aprendido lo suficiente como para pasar a montar mejores animales. Le pedí a James que los tuviera preparados para no perder tanto tiempo.

El caballerango apareció con cuatro magníficos caballos. Uno totalmente negro con un pelaje suave y brillante y una mancha blanca en forma de rayo sobre la frente, obtuvo toda la atención y miradas de Filomena, que como hipnotizada se dirigió hasta él y comenzó a acariciarlo.

-Hola belleza negra…

-Bueno, parece que nuestra institutriz ha decidido cuál será su corcel por hoy. Se llama “Azabache”, madame. Y dime Elizabeth, ¿cuál te gusta a ti?

-Creo que elegiré al bayo, tío Pit

-Y yo al Pinto –dijo apresurada Melody.

-Bien… vamos entonces.

El tío Pit salió adelante, encabezando el grupo. Era una bella mañana otoñal donde ya el frío se hacía sentir, pero el sol, cada vez más débil, aún tenía fuerza suficiente en sus rayos para entibiar la piel de los jinetes.

-Hoy no les enseñaré nada nuevo, sino que cada una cabalgará a su aire y yo sólo me limitaré a observarlas. Más les vale que no cometan ningún error, pero no por estar pensando qué deben hacer, dejen de ser naturales. Observaré sus posturas, giros, destreza con las riendas, cuidado al elegir por dónde pasarán… En fin, evaluaré todo. Así que adelante, yo me mantendré detrás de ustedes.

Sin más, se colocó al fondo de la fila donde podía ver todo, incluyendo los deliciosos traseros de las jóvenes jinetes. Varias veces tuvo que acomodar su anatomía para que la silla de montar no hiciera demasiado daño en su entrepierna. Era incómodo y casi imposible para el hombre tratar de disimular su atracción por los traseros femeninos, por lo que la idea de ir al final fue brillante, así ninguna lo vería y él observaría todo a su antojo.

No necesitaron demasiados minutos para que comenzaran las risas y la charla, y de allí al griterío y la algarabía fue sólo un paso. El tío Pit miraba serio la escena mientras que interiormente se relamía pensando en cómo iban a quedar esos culitos en pocas horas más.

La campiña inglesa tenía un especial encanto y atractivo en el otoño. La variedad de árboles hacía que el paisaje se volviera de tonalidades doradas, naranjas, amarillas y ocres, como si la naturaleza hubiese abierto las minas de metales preciosos y repartiera en la vegetación los colores reservados para los minerales. Las tres jóvenes gozaban la cabalgata; risueñas y felices acompañaban con sus cuerpos el galope de los corceles, mientras decidían entrar en un bosque cercano.

Hablando de tonterías, casi habían olvidado la presencia del tío Pit, que las seguía a una distancia prudencial.

-Madame… cuéntenos más sobre la campiña de su país. ¿Es como esta? ¿Hace frío ahora por allá? ¿Cómo son los gauchos?

-El campo de mi país tiene una geografía muy variada dada su extensión. Al norte, a medida que se acerca al ecuador, el calor es más intenso y la vegetación, cuando la hay, es tropical o de climas áridos, dependiendo de la zona; luego, yendo hacia el sur, encontramos la famosa pampa y los gauchos. La pampa es territorio fértil, ideal para la ganadería vacuna y agricultura; al sur tenemos la fría Patagonia, árida e ideal para la cría de ganado ovino. Y ya en el “fin del mundo” encontramos la Tierra de Fuego, con sus nieves eternas, con sus glaciales, con esas extrañas aves, los pingüinos, que parecen vestidos de etiqueta caminando entre la nieve con ese paso tan particular… jajajajaja. Ahora, en setiembre, comienza la primavera.

-¿Y qué es el tango? –preguntó Melody

-No sé dónde habrás escuchado esa palabra Melody, pero el tango es… Bueno, digamos que es un ritmo típico y particular del Río de la Plata. Pero no es bien visto ni como música ni como baile. No es algo que puedan bailar señoritas como ustedes, pertenecientes a la nobleza.

A medida que hablaban se iban acercando al bosque arbolado; Filomena les contaba los orígenes del tango y que cuando era ella pequeña sólo se bailaba entre hombres porque se consideraba pecaminoso. Luego lo comenzaron a bailar las mujeres, pero eran mujeres de mala reputación. Cuando ella se casó y vino a Inglaterra, ya se estaba haciendo más popular, pero aún era baile de lugares de mala fama.

-¿Qué significa eso madame? –preguntó Melody ingenuamente.

-Significa –contestó Filomena dándose vuelta para responderle- que las mujeres que lo bailan no son vistas como damas decentes.

Cuando se volvió para mirar el camino era demasiado tarde. La rama le pegó en el estómago derribándola estrepitosamente. Por suerte para ella, venían cabalgando al paso, así que el golpe fue menor al susto, aunque su espalda y su trasero decían otra cosa. Se puso de pie casi de inmediato, antes que el Conde llegara a su lado.

-Gracias Madame, fue una buena forma de enseñarle a las niñas que un buen jinete nunca debe de perder de vista el camino. ¿Está usted bien para continuar?

-Sí señor Conde.

Montó nuevamente el corcel y como pudo se acomodó en la silla, en tanto Pit se acercaba a su lado para susurrarle:

-Espero que sus nalgas estén bien. Mi informe de su comportamiento ameritará vara, tawse y flogger, más lo que mi cuñado crea conveniente. Vaya preparando su mente para eso, y también su cuerpo.

Un estremecimiento recorrió la espalda de la institutriz, sin que ello impidiera que jugos íntimos comenzaran a inundaran su vulva.

El paseo continuó y el caballero decidió regresar. Al dar la vuelta Elizabeth pasó al lado de Melody y le dijo algo inaudible para el resto de los jinetes. La pequeña, mostrando un enfado inusual, quiso darle a Elizabeth con la fusta, con tan mala puntería que atinó a pegar en las ancas del caballo de su hermana mayor. El corcel, al sentir el castigo, se paró en dos patas, dando luego comienzo a una carrera alocada. Totalmente desbocado, apenas le daba la oportunidad a Elizabeth de agarrarse fuertemente para no caer.

PIt salió tras ellos, mostrando una real preocupación. No tenía la mejor montura, pero al ser un jinete experimentado pudo dar alcance al corcel desbocado y calmarlo antes de llegar a un alambrado donde seguramente al saltarlo, Elizabeth hubiese volado por los aires.

-¿Estás bien sobrinita? –preguntó el hombre, recibiendo por toda respuesta un torrente de lágrimas y sollozos por parte de la joven, que había pasado el susto de su vida. La abrazó y besó sus cabellos, antes de que los alcanzaran las otras dos mujeres, asustadas y afligidas por Elizabeth- Las tres se han ganado una buena zurra, y esta vez será sin piedad. Y despídanse de la equitación por un par de días, porque apenas podrán sentarse sobre varios cojines de plumas. Vamos… y demuestren que lo que les enseñé hasta ahora sirvió de algo.

El resto del camino fue en completo silencio. Al llegar al establo, James los esperaba con todo listo para el cepillado y aseo de los animales.

-James, encárgate tú de mi caballo. Yo me voy a sentar a fumar un cigarrillo.

Unos fardos que había sobre un costado fueron el asiento ideal para que el tío Pit, cruzado de piernas, sacara la pitillera de plata con sus iniciales y extrajera un cigarrillo. Miró hacia el piso; sin decir nada tomó un rastrillo y limpió la zona cercana a él, seguramente para que en un descuido no cayeran brasas que podrían provocar un incendio. Barrido el lugar tomó asiento y prendió su cigarro.

Las jovencitas ya habían desensillado los animales y se prestaban a cepillarlos bajo la atenta mirada del tío.

Elizabeth estaba muy molesta y no lo disimulaba. Comenzó a cepillar su animal y cuando tuvo a su hermana cerca, le dio un cepillazo con tal fuerza sobre las nalgas que sonó en todo el establo. El grito de dolor de Melody hizo inquietar a los animales, a los que hubo que tomar de las riendas para calmarlos. Pit vio todo, pero no dijo nada y siguió fumando por unos instantes más, hasta que oyó un murmullo que no tardó en convertirse en gritos. Entre medio de los corceles, las hermanas comenzaron a pelear. Antes que llegara Pit, James las había alzado, tomándolas de la cintura y alejándolas así de los caballos.

-Bien… parece que estas jovencitas están ansiosas por recibir su castigo, así que vamos a darles el gusto.

-Pero tío Pit –dijo Elizabeth con cara de víctima- no es justo que me castigues a mí. Por su culpa casi me mato –gritó la joven dando un fuerte empujón a su hermana.

-Cuidado jovencita, no trates de engañarme que seré viejo pero mi vista y oído aún funcionan bien. No acepto la actitud de Melody, pero ella se defendió de algo que le dijiste. Tú fuiste hasta donde estaba, la provocaste y ella reaccionó, no como lo hubiese hecho una dama, simplemente reaccionó; el fustazo que iba para ti terminó en el anca del caballo que ante lo imprevisto del dolor y la sorpresa, también reaccionó.

Elizabeth, recibirás el doble de castigo que Melody, por provocar y por no tener las agallas de reconocer tus errores.

-Pero…

-Si te atreves a protestar o decir una sola palabra más, será el triple. ¿Algo que agregar?

La joven bajó la vista y negó con la cabeza por toda respuesta.

-James, cierra la puerta del establo y trae para aquí aquella escalera de dos hojas. -El hombrón obedeció de inmediato, mientas que Pit se hacía con dos fustas.- Coloca la escalera aquí en el medio, y toma esta fusta.

Bien jovencitas, quiero que se recuesten una en cada hoja de la escalera, tomándose del peldaño más alto que lleguen con las piernas abiertas. Melody contará los 30 azotes y ella recibirá en cada número par. James, azotará a Elizabeth, así que… cuando quieras James.

La fusta cortó el aire e impactó sobre las nalgas de la joven, que lanzó un gemido seco, a la vez que la aniñada voz de Melody recitaba el “uno…” que la sentenciaba a recibir el siguiente azote: el primero para ella y el segundo para su hermana.

Dolió, aunque sabía que el tío Pit estaba siendo benévolo, pero el miedo al dolor, los nervios y el imaginar lo que vendría, hizo que irrumpiera a llorar. A Pit se le quebró el corazón. Era una niña, y la fusta era demasiado para ella. Simplemente, no podía hacerlo.

Filomena había sido hasta ese momento una espectadora silenciosa, sabía que no podía meterse ni impedir ningún castigo. Aún así se animó a acercarse en silencio; el Conde con un una mirada, paralizó cualquier acción pretendida por la institutriz, que lentamente se apartó a un costado.

-No madame, no se vaya. Tengo una idea: James, entrégale la fusta a madame, ella tomará tu sitio.

Filomena lo miró con los ojos desorbitados.

-Yo no azotaré a nadie Milord, y menos a mis niñas.

-Usted hará lo que yo le indique madame, o pagará las consecuencias.

-Pagaré lo que haga falta, pero no las azotaré.

-Retírese de inmediato a sus aposentos y permanezca allí hasta que yo hable con mi cuñado.

-Lo haré, pero con todo respeto, recuerde el señor Conde que no es mi patrón ni quien me contrató, y no tengo por qué obedecerlo. Con el permiso de Milord –dijo sin esperar respuesta y salió del establo. Al cerrar la puerta, el bondadoso tío indicó a James que siguiera azotando a Elizabeth, pero que en vez de darle treinta fustazos, que lo bajara a veinte.

Los ojos de James no lograban despegarse del cuerpo de su joven Ama. Ella no lo imaginaba, pero el caballerango la deseaba desde hacía mucho tiempo. Los pantalones ajustados al cuerpo, las piernas abiertas y los brazos levantados, dejaban adivinar sin esfuerzo la forma del culo de aquella joven mujer. Tenía que azotarla y eso no le daba pena, al contrario, gozaba con cada estremecimiento de Elizabeth. No le pegaba tan duro como para dañarla, pero sí eran golpes dolorosos. Por suerte para él, estaba en una posición donde nadie podía notar la tremenda erección que había logrado con toda esa situación. El tío Pit se alejó con Melody, mientras James daba rienda suelta a su sadismo sin que nadie pudiera notarlo.

-Y tú, pilluela sin remedio, vendrás conmigo –y la tomó de la oreja, obligándola a dejar el lugar. Cuando llegó donde había fumado su cigarro, se sentó y tomó a la niña del brazo haciendo que cayera de bruces sobre sus rodillas- No creas que te perdonaré tan fácilmente, ¿me oyes?

-Sí tío Pit

-Ni te olvidarás tan fácil de esta azotaína, ya verás –y sin más preámbulos bajó los pantalones de la niña, con calzones incluidos; ante sus ojos se descubrió unas nalgas diferentes a la última vez. Sólo habían pasado unos días, pero como una masa con levadura, las nalgas de su sobrina menor se habían convertido en unas redondeces blancas, suaves, limpias de todo azote; unas nalgas rubicundas como las de los ángeles de las pinturas del renacimiento. Con la primera nalgada ambas montañas se estremecieron como consecuencia del castigo, cosa que el hombre notó de inmediato. “Esta niña, con este culo, romperá varios corazones. Y más de una vara también”, se dijo riéndose de su propia ocurrencia.

La piel de la joven era tersa como un pétalo, suave y hasta con un perfume propio. El cuerpo de su sobrina destilaba pureza, belleza y juventud. Las nalgadas fueron creciendo más y más, hasta que tuvo el culito bastante colorado y la niña comenzó a gemir mientras sus lágrimas caían en abundancia.

-Ya, ya… levántate. –Obedeció mientras se frotaba los ojos con una mano y una nalga con la otra- Acomódate la ropa y tú y tu hermana pueden irse después de darme un beso y las gracias. Agradézcanle también a James. Nos vemos a la hora del almuerzo.

Mientras las niñas continuaban del establo, Filomena subió la escalinata de entrada sin mirar a los costados y se dirigió a su habitación. Allí comenzó a pensar en las consecuencias que le traerían sus contestaciones y su actitud. Se quitó la ropa de equitación, se higienizó y volvió a vestir su uniforme de institutriz. Sin nada mejor que hacer y para ocupar su mente, comenzó a escribir a mano las invitaciones para la fiesta del Duque. Finalmente habían decidido que fuera el cuatro de octubre, así habría tiempo suficiente para todo.

Ella junto a Esther y las niñas, habían creado un texto adecuado para las invitaciones teniendo en cuenta el protocolo, por lo que los papeles tenían el escudo de la familia con el nombre del Duque y cada invitación estaba personalizada con el nombre y título nobiliario del invitado. Las hojas estaban contadas y debía ser muy cuidadosa en no cometer errores. Escribió la primera invitación perfectamente pero en la segunda tuvo un grueso error: se equivocó en el título del invitado, por lo que decidió dejar todo y tras un largo suspiro comenzó a calmarse.

Sí, sin duda que estaba nerviosa. Desde el episodio del lago, el Duque apenas hablaba con ella, mientras que Filomena moría de deseos por él. Recordaba su voz, sus manos sobre su cuerpo, la mezcla de dolor y gozo producida por los azotes, su entrega total y los espasmos de placer que había tenido con los orgasmos. Quería repetir todo aquello pero de la mano de su Señor. Quizás hoy volviera a castigarla, pero nada sería comparable a aquel día.

Con la vista perdida en el paisaje de su ventanal, soñó con los ojos abiertos reviviendo los besos, la ansiedad, su vergüenza al verse desnuda delante del hombre al que adoraba. Los ojos verdes, fríos e intensos del Duque, la perseguían siempre. Sólo tenía deseos de unirse a él una vez más, ganas de que la poseyera, de ser suya, de pertenecerle por completo. Así, sumida en sus pensamientos y en sus deseos, oyó los golpes en la puerta como provenientes de otro mundo. Recién el segundo intento, más fuerte y contundente, logró sacarla de su fantasía.

-Adelante… -gritó, y al momento el pomo de la puerta giró para abrirle paso a la señora Esther.

-Madame, debe bajar de inmediato a la biblioteca. Milord y el Conde la esperan.

-Gracias señora Esther. Bajo en un momento.

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Era como un fantasma dentro del castillo. Al menos, así se sentía a veces. Estaba al tanto de cada recoveco, cada vericueto, cada habitación de su residencia. Había pasadizos “secretos” que conocía parte de su servidumbre y que los conducía a las bien ocultas mazmorras, y había otros de los que sólo él tenía conocimiento; pasillos que lo llevaban a lugares donde vigilaba personas, podía oír conversaciones y todo sin que nadie imaginara que estaba siendo observado por el dueño del castillo.

Ser el Lord no era tarea fácil, aunque mucho creyeran que sí. Todos, o mejor dicho, la mayoría de la gente, sobre todo sus empleados, pensaban que no hacía nada y que vivía del trabajo de los demás. ¡Cuán equivocados estaban! Mantener las propiedades, vigilar las inversiones, estar en los detalles de las negociaciones del ganado y las cosechas, el personal, los impuestos, el equilibrio en los gastos para mantener su fortuna… Todo eso era una labor ardua que no conocía días libres. Si bien tenía trabajando a un amplio grupo de expertos, también debía vigilarlos, a veces hasta permitir que le hicieran pequeñas estafas, sólo para no pelear y disponer de tiempo libre para disfrutar un poco más de la vida, de sus “gustos” un tanto peculiares que no todos lograban entender y menos aún, compartir.

Era un lobo solitario por culpa de esa vida secreta. No había encontrado aún una mujer que estuviera a su altura y que además, tuviera sus mismas inclinaciones. Es decir, que fuera su mujer, su amiga, su compañera, su complemento, además de una esclava que se entregara a sus deseos y gozara junto a él cada una de las disciplinas del arte de la dominación. ¿Sería Filomena la mujer que podría amoldar a sus gustos? Por lo que había visto hasta ese momento, ella gozaba los azotes, se excitaba con las humillaciones, vibraba con sus amenazas, aceptaba maravillosamente su juego y hasta le gustaba que él le diera órdenes.

Sabía que Filomena hacía lo posible por agradarlo, por cumplir con su trabajo a la perfección, pero también sabía que esperaba con ansias los castigos que él le imponía, y que ambos habían gozado increíblemente aquella mañana en el arroyo, cuando la hizo suya por primera vez. Quería volver a hacerlo, deseaba que fuese suya nuevamente. Su cuñado le había dado motivos para azotarla, pero no era suficiente, quería más, quería sentirla suya, poseerla, sentirse dentro de ella y descargar toda su virilidad en sus entrañas.

Los golpes en la puerta hicieron que reaccionara.

Se tomó un tiempo para contestar mientras recomponía sus ideas y su “masculinidad”. En ese momento volvieron a golpear, y pensó: “No es alguien muy paciente”. ¿Cuánto esperaría para llamar otra vez? Había golpeado dos veces en treinta segundos. Otra serie de golpes, un poco más fuertes se hicieron sentir, y luego, casi inmediatamente, otra vez.

-¡Pase! –gritó con furia, mientras la puerta se abría lentamente- Termine de entrar de una vez. ¿Para qué golpea cuatro veces si se va a quedar parada en la puerta?

-Lo siento Milord, es que como me mandó llamar y no respondía…

-¿Pensó madame que quizás no podía responder inmediatamente? ¿No está en su manual de buena educación golpear y esperar a que le respondan? Me estoy convenciendo de que le gusta ser castigada y busca motivos para recibir lo que desea.

-No Milord… es que…

-¡Silencio! ¿Cuándo le dije que hablara?

¡Dios! ¿Qué hacer? Si respondía lo haría sin permiso y eso equivaldría a un rezongo, y si no respondía la rezongaría también. Levantó los ojos y quedó mirando al Lord con cara compungida, mientras que él, con los brazos cruzados en el pecho, la veía como esperando una explicación que no llegaba.

-Baje la vista… no merece mirarme y menos directo a los ojos.

Obedeció en silencio mientras veía cómo los zapatos del hombre se dirigían al escritorio.

-Bien Pit, comienza por favor.

La joven levantó la vista para observar al Conde que, sentado en un sillón de espaldas a la entrada, había estado allí todo el tiempo escuchando la breve conversación. Del bolsillo interior de su chaqueta extrajo una pequeña libreta que abrió con sumo cuidado.

-Madame Ferrato como institutriz de las niñas, ha cometido varias faltas en los últimos días, a saber:

A) Mentira: dijo ser experta jinete y demostró desde un principio que no lo es. Pruebas: No ató al caballo para ensillarlo y colocó la manta a contrapelo

B) Falta de responsabilidad: Sabiendo que mentía en cuanto a su supuesta experiencia como jinete, no tuvo la precaución ni la responsabilidad de averiguar con las personas adecuadas, en este caso James o yo, los conocimientos mínimos para quedar bien delante de las niñas. Te advierto cuñado que con actitudes como esa terminarán perdiéndole el respeto.

C) Conversaciones inadecuadas e información pecaminosa: La institutriz les habló a las niñas sobre el tango, sus orígenes, de quiénes y cómo lo bailaban y lo peor, en qué lugares se bailaba.

D) Distracción imperdonable: si a las niñas les quedaba alguna duda que madame es una jinete inexperta, su falta de atención hizo que una rama la tumbara, dando un triste espectáculo a sus pupilas.

E) Desobediencia y falta de respeto: la institutriz se atrevió a negarse a cumplir una orden mía, y otra vez delante de las niñas y de un empleado. Me desautorizó delante de ellos, y eso es intolerable Raymond.

Los oídos de Filomena no daban crédito a lo que oía, y sus ojos querían abrirse más al igual que su boca. Todo su rostro era un himno a la sorpresa.

-Pero señor Conde…

-No se atreva a dirigirme la palabra madame –decía mientras rotaba en dirección a su cuñado, al que le regalaba un guiño cómplice- Raymond, exijo una reparación a esta serie de insultos. Exijo un desagravio por parte de madame. Y te lo exijo a ti que eres su patrón, su Amo, su dueño dado que trabaja para ti.

-Sólo dime qué deseas Pit –respondió el Duque, ignorando por completo la presencia de Filomena.

-Exijo que sea castigada en mi presencia, y que el castigo sea acorde a sus faltas: vara, flogger y tawse, después de una buena azotaína con la mano para calentarle el culo a esta mujer soberbia y descarada.

Filomena estaba paralizada. No se atrevía ni a pensar, pero todo aquello la estaba excitando como jamás lo imaginó.

-Siendo el agraviado, creo que te pertenece ser el primero en azotarla. Así que toma asiento y adelante. Madame… obedezca.

El tío Pit, estaba más contento que unas gaitas y su rostro lo reflejaba sin disimulo. Se sentó en una silla y le hizo seña con los dedos a la joven, que no tardó en aterrizar en sus rodillas y menos tardó aún en comenzar a sentir las nalgadas que con una pasión inusitada le inflingía el hombre. La falda subía con cada azote y la parte posterior de las rodillas ya estaban a unos quince centímetros de la tela que seguía su ascenso. El azotador miró al Duque como pidiendo permiso y a la seña afirmativa de éste, Pit terminó de subir la falda dejando a la vista los calzones del uniforme, sobre los cuales azotó y acarició también con gran placer, pues desde que la había visto desnuda en el arroyo, no había parado de imaginar cómo sería tenerla así, a su disposición para azotarla a gusto. Volvió a mirar al Duque, pero esta vez la respuesta fue negativa. Se le había vedado la posibilidad de bajar los calzones y azotar las nalgas desnudas.

-Su Amo es muy condescendiente con usted madame. Póngase de pie.

Por el rabillo del ojo y con una pícara sonrisa, Filomena miró al Duque que sin mover un músculo la observaba cómo se acomodaba la ropa.

-¿Alguien le indicó que se acomodara el vestido? El castigo aún no empieza. Colóquese sobre el escritorio, ya conoce la posición. Y recuerde alzarse la falda… Mi querido cuñado Pit, creo que necesitaré tu auxilio. Tengo por aquí un par de varas que hay que enderezar. ¿Me ayudas?

-Será un placer mi querido Raymond. Después de ti. Yo me quedaré a la derecha para enseñarte cómo debe hacerse de este lado.

-Siempre es un honor aprender de ti, pero… aquí sobra algo.

De un solo tirón bajó los calzones de la institutriz hasta el piso, mientras que ella instintivamente, cerraba las piernas. Sintió entonces que una vara se introducía entre sus muslos y recordando la vez anterior, abrió las piernas sin que le dijeran nada. Ambos hombres sonrieron.

-Veo que está bien entrenada Raymond. Felicitaciones.

-Gracias. Comienza tú Pit, por favor; yo te sigo.

Con una posición parecida a la que tomaría un esgrimista, el tío Pit colocó la vara en la mitad de las nalgas de Filomena y descargó un azote bastante fuerte. La joven apretó el filo del escritorio con sus manos y se mantuvo firme en su posición, hasta que sintió el segundo azote, más fuerte, más agudo, más lacerante. Los siguientes fueron dejando huellas en la piel, rayas rojas que cruzaban en ambas direcciones. Los hombres tomaban un turno cada vez, o lo hacía dos veces el mismo para despistar a la víctima que levantaba las piernas y se movía luego de cada golpe.

Habrían dado unos seis u ocho azotes cada uno cuando el Duque le hizo una seña a su cuñado para que se retirara, cosa que hizo en total silencio.

-Bien madame, quiero que me escuche atentamente: cierre sus ojos y levántese lentamente. Ahora, le vendaré los ojos y luego me seguirá.

Cuando se aseguró que no veía nada, la hizo rodear el escritorio y Filomena sintió que abría un cajón. Oyó ruido de metales chocándose al ser colocados sobre el escritorio.

-Ahora Filomena… ¿confías en mí?

-Sí Milord, totalmente.

-Esta es tu última oportunidad de volver a Londres o quedarte a mi lado. ¿Cuál es tu decisión?

-Me quedo a su lado Milord

-¿Deseas servirme y cumplir mis más íntimos deseos?

-Ese es mi anhelo más profundo Milord.

Filomena sintió que algo de cuero ceñía su cuello.

-Este es tu collar, mi collar, nuestro collar, el que te une a mí, el que nos recordará este compromiso de tu entrega y respeto para conmigo y de mi protección y respeto para ti. Eres mía, me perteneces. Desde ahora eres mena, mi esclava.

-¿Su esclava Señor? Por favor, explíqueme… ¿qué significa eso?

-Está bien, sólo por esta vez… Te propongo que seas mi esclava sexual y yo tu Amo y Señor. Si aceptas prometo cuidarte mientras lleves mi collar y estés bajo mi custodia, y ocuparme de que seas feliz y nada te falte mientras estemos juntos. A cambio te exijo entrega, lealtad, respeto, obediencia, sumisión, mente abierta sin tabúes, interés en aprender y atreverse a lo nuevo, a lo desconocido. Eso es lo que doy y eso es lo que exijo de mi esclava. ¿Aceptas?

-Sí mi Señor, acepto.

El ruido de metales se volvió a oír y mena sintió que algo estaba siendo colgado del collar. Era una cadena. Un pequeño tirón le hizo comprender que debía caminar. Estaba en completa oscuridad, pero su Amo la guiaba y no tenía miedo.

-Detente… -un ruido que no pudo identificar le hizo mover la cabeza tratando de adivinar de dónde provenía- Ahora sígueme.

Caminó unos pasos; de repente el ambiente se tornó frío y húmedo; un penetrante olor a humedad invadió su olfato, pero no se atrevió a decir nada. A veces caminaba siguiendo la orden de la cadena, a veces su Amo la tomaba de los brazos para indicarle que había escalones que debía subir o bajar. ¿Dónde estaban? Siempre había oído que los castillos antiguos tenían corredores y pasadizos secretos, pero… ¿estarían en uno? No se atrevía a preguntar, hubiese significado que no confiaba en él, pero sí confiaba y no diría nada. De pronto se detuvieron y se le ordenó no moverse. Quedó quieta en el lugar hasta que luego de un rato recibió la orden de quitarse toda la ropa. Mientras estuvo sin moverse pudo sentir el ruido de lo que parecía leña crepitar.

-Desnúdate –repitió Raymond con un tono susurrante.

No lo pensó, sólo siguió la orden de quien quería obedecer, de su Señor. Al terminar quedó parada en el lugar, sin saber qué hacer, hasta que sintió un tirón hacia abajo y se inclinó levemente. Fue entonces que el Duque le explicó que ese tirón significaba que la quería de rodillas, postrada ante él. Obedeció, y así de rodillas, con la cabeza inclinada, sintió las manos del Duque que le retiraba la venda. Ante sus ojos apareció un lugar lúgubre, oscuro, desprovisto de muebles, excepto por un par de sillones y unos artefactos de madera de formas extrañas. Entre penumbras, con sus ojos tratando de adaptarse a los claros oscuros del ambiente, vio unas cadenas con grilletes en las paredes y otras colgando del techo, a diferentes alturas.

Entre las penumbras vio la silueta de un hombre sentado en una de las magníficas butacas cerca de la estufa; las lenguas de fuego que danzaban esforzándose por iluminar el oscuro recinto, no lograban más que entibiar el lugar. Unas antorchas encendidas pendiendo de las paredes, hacían que el tiempo se detuviera quizás en la época medieval, quizás en el siglo anterior, quizás… Estaba confundida, aturdida, con frío y sentía la humedad en los huesos.

Abrazándose a sí misma para entibiarse con su propio calor, mena buscó al tío Pit, pero no logró verlo.

-Señor…

-Silencio. No te di permiso para hablar. Ven aquí esclava… -Se puso de pie rápidamente- ¡No! Acércate en cuatro patas, como la esclava que eres. Caminarás erguida cuando te lo indique y siempre con tu cabeza debajo de la altura en la que yo me encuentre.

El piso estaba frío, pero cerca de la estufa donde estaba su Señor, había una magnífica alfombra y sus rodillas agradecieron el contacto con algo más mullido.

-Debo castigarte mena, cometiste demasiados errores esta vez, y mi cuñado solicita una reparación. ¿Cuál crees que deba ser tu castigo?

-No lo sé Milord, usted…

-Aquí y mientras estemos siendo Amo y esclava, deberás decirme mi Amo, mi Señor, mi Dueño… pero no Milord. ¿Entendiste?

-Sí mi Amo.

-Bueno, si tú no sabes qué castigo mereces, yo sí.

Tomó la cadena y por medio de suaves tirones la llevó hasta uno de aquellos extraños muebles de madera, tapizados algunos con cuero o piel negra. La hizo ponerse de pie y colocarse de rodillas en uno de los artefactos que tenía una superficie más alta y cuatro a los costados: dos largas atrás y dos cortas delante. Sus rodillas y piernas calzaban en las superficies más largas, y al inclinarse como se lo indicó su Amo, su tronco se adaptaba a la superficie superior, mientras que podía apoyar sus brazos y aferrarse a las superficies más pequeñas. Debido a la distancia de las superficies, sus piernas quedaban abiertas y su intimidad totalmente expuesta. Sintió cómo Lord Sawford, su Amo en ese momento, ataba sus pies a la madera y luego sus manos con unas tiras de cuero que formaban parte del mueble, dejándola parcialmente inmovilizada hasta que con una gruesa tira la amarró por la cintura impidiendo cualquier intento de huir o moverse en demasía.

Algunas de las llamas del hogar y de las antorchas eran más largas que el resto y reflejaban la humedad de la vulva de mena, haciendo brillar el néctar que salía de su cueva y se resbalaba mojando el clítoris y esparciendo gotas brillantes sobre su “matita”. La excitación era evidente y no la podía esconder.

Levantó apenas la vista y sus ojos, ya más acostumbrados a la oscuridad, pudieron adivinar en la pared que estaba frente a ella, una pieza de madera enorme con un montón de instrumentos colgados. Había varas de diferentes tamaños y grosores, paletas de madera, unas tiras de madera largas con un mango, ¿cucharas de cocina?, tiras de cuero, fustas, látigos, y otros objetos que no lograba reconocer.

Pero sí reconoció a su Amo cuando tomó un instrumento nuevo para ella: era un montón de tiras de cuero unidas a un mango.

-Hoy conocerás el llamado “gato de nueve colas”. ¿Ves? Es como varias puntas de látigo juntas –se acercó a su rostro y le susurró- y duele como tal; al menos eso dicen.

Apoyó la punta del mango sobre la frente de mena, dejando que las finas tiras cubrieran su rostro y comenzó a hacerlo descender por la espada, haciendo que sintiera el contacto con el instrumento. Al llegar a la cadera optó por una de las piernas y bajó hasta el pie, donde se entretuvo un momento haciendo cosquillas a su esclava mientras que ésta no podía aguantar la risa. Claro que fue sólo un momento, hasta que sintió el primer azote en la planta del pie. Como siempre, fue sorpresivo y asustó más que doler. Los siguientes sí dolieron y bastante, así como también le dolió los azotes en la parte posterior de sus muslos y en sus nalgas. Era lo más doloroso que había sentido hasta ese momento. Con cada azote su cabeza he echaba hacía atrás y contraía su cuerpo, que apenas podía moverse. Intentaba sin resultado alzar sus piernas y manos, pero estaba imposibilitada de hacerlo.

-¡Ay! mena, mena… es una lástima que no sepas obedecer. Y peor aún que desafíes a la autoridad, a las personas que están por encima de ti –le decía al acariciar el golpeado trasero. Unos pocos azotes más fueron los que recibió antes de que la soltara.

Cuando se hubo puesto en pie, Lord Sawford tomó la cadena y la condujo hacia otro mueble. Era un banco con cuatro patas en forma de V invertida; en la parte superior tenía una madera dentada, tipo serrucho, pero con los dientes anchos y redondeados, sin filo. Allí la hizo montarse con las piernas abiertas y su vulva encima del “serrucho”.

-Veremos aquí que tan experta eres montando. ¿Me muestras como haces para cabalgar? –le decía con un tono de burla en la voz- ¿Cómo es el movimiento? ¡Muéstrame!

La joven sabía que le dolería bastante clavarse los dientes en su sexo cada vez que bajara de su imaginario galope, pero igual lo hizo hasta que él le dijo que era suficiente, que se quedara quieta en esa posición.

-No sé qué les estás enseñando a mis sobrinas mena, solo espero que no sigan tu ejemplo. Has mentido sin consideración sobre tu experiencia como jinete, y luego diste un triste espectáculo donde ni siquiera sabías los cuidados básicos del animal…

Mientras el hombre hablaba y caminaba a su alrededor, mena sentía cómo ardía su sexi con el contacto de las salientes de la madera. Deseaba fervientemente que terminara de una vez su discurso y le permitiera salir de allí, pero… quería obedecerlo y no defraudarlo más.

-Ahora ven aquí –vociferó desde una silla. Como pudo, mena bajó lentamente del mueble dentado y haciendo un esfuerzo se dirigió con la mirada baja hasta donde estaba su Señor, que la colocó sobre sus rodillas.- Abre las piernas lo más que puedas –indicó dando unos suaves golpes en la entrepierna.

Obedeció e inmediatamente sintió que algo fresco, como un bálsamo, refrescaba su dolorida vulva. Así estuvo un rato, disfrutando de las caricias de su Amo.

-Como descanso ha sido suficiente. De pie.

Una vez más, tirando de la cadena la llevó hasta otro aparato, pero este sí lo conocía. Se trataba de un cepo colocado en una tarima de madera, como a unos setenta centímetros del piso. La altura de la madera que aprisionaba las muñecas y el cuello, era regulable, así que la puso bastante baja y aprisionó allí a mena, que con su culo empinado se veía obligada a abrir las piernas y quedar totalmente expuesta una vez más.

La joven quedó extrañada cuando se dio cuenta que la habia puesto “al revés”, es decir, mirando a la pared y sus pies estaban casi en la orilla de la tarima. Pero todo tenía una explicación: Lord Sawford se puso tras ella y sin ningún miramiento comenzó a investigar todos sus agujeros posteriores. La joven sentía cómo los dedos del Duque se introducían en su sexo y en su ano sin pudor, violando sus más íntimos recodos y excitándola más de lo que podía imaginarse en una situación así. Un gemido se escapó de su boca, y como respuesta obtuvo una sonora nalgada que dejó su marca roja.

-¡Silencio! No estoy haciendo esto para tu satisfacción. Eres una perra caliente, ¿verdad? Cualquier cosa que te toque aquí –le dijo acariciando su vulva y su clítoris- es suficiente para excitarte. Pero yo lo estoy haciendo con intención de examinarte…

Los hábiles dedos del hombre salían y entraban haciendo que la joven deseara ese orgasmo que estaba por llegar en cualquier momento. Pero… así como comenzó a magrearla íntimamente sin decir nada, así también sacó sus dedos y se marchó, dejando a mena en un estado casi de desesperación.

En la soledad de la mazmorra, la novel esclava trataba de acomodar sus ideas. Ahora era la esclava de Milord, él era su Dueño, su Amo, su Señor. Trató de recordar sus palabras: “…A cambio te exijo entrega, lealtad, respeto, obediencia, sumisión, mente abierta sin tabúes, interés en aprender y atreverse a lo nuevo, a lo desconocido. Eso es lo que doy y eso es lo que exijo de mi esclava…

En momentos como ese, cuando él la tenía bajo su Dominio, ella estaba dispuesta a hacer lo que él quisiera, lo que le pidiera. Nunca se imaginó que terminaría siendo la esclava de un hombre. Ella, tan liberal, tan emancipada, tan independiente, se había convertido en esclava por propia voluntad. ¿Estaba loca o qué?

Sintió pasos y sus pensamientos volaron. En la incómoda posición que se encontraba, con la cabeza en el cepo y de cara a la pared, era imposible ver nada, pero comenzaba a reconocer las pisadas de su Amo. Sí, era él y se estaba poniendo en cuclillas para tenerla de frente. La miró, y sin articular palabra estiró los brazos hasta alcanzar los pezones de mena, apretándolos sin piedad. Cuando la joven quiso lanzar un grito, éste fue apagado por un beso de su Amo, que con una pasión inusitada unía su boca a la de la esclava.

Con la misma celeridad con la que se había presentado, desapareció tras ella. Sintió luego de unos instantes, los dedos de su Amo que recorrían la línea de su espalda, de su columna, y seguía hacia abajo, por el medio de los hemisferios de sus nalgas que eran acariciadas sin reparos. Cuando mena esperaba que se dirigiera a sus recodos más privados, el experimentado Amo siguió hacia la pierna, la entrepierna, las pantorrillas y volvió a subir, pero sin tocar, sin siquiera rozas los genitales.

La pasión de las manos continuó por unos instantes hacia arriba y abajo, hasta que el Duque hizo correr los dedos en forma circular cerca del ano, pero sin tocarlo. Bajaba a los labios de la vulva, seguía la ruta que lo llevaba a la cueva pero con los dedos la evitaba como también evitaba tocar el clítoris. Su esclava se retorcía por aquel placer inconcluso mientras él gozaba la excitación de la joven; con sabiduría, sin que ella lo razonara la estaba llevando a que aprendiera a dilatar su gozo. Mientras hacía todo esto, le daba alguna nalgada, siempre de diferente intensidad.

-¿Estás disfrutando esclava? No sé si mereces tanto deleite…

Cuando le pareció oportuno, le manoseó los genitales, el ano, las nalgas, y con la otra buscó los senos y estiró sus pezones que se habían puesto tiesos y duros debido a la fogosidad con que estaba siendo tratada.

-Arghhhh… -gemía mena de placer.

-Bien, ya veo que también eres una perrita en celo. Y… -una pausa se imponía mientras metía los dedos en la vagina, que resbalaban sin dificultad hasta el fondo de la cueva del placer- estás empapada en tus jugos como la más caliente de las putitas. ¿Te gusta, mi esclava?

-Siii… ssssssssss… iiiiiiii… mi Ssss… Señor

.-Jajajajaaaaa… -rió estrepitosamente. Luego se acercó a su oído para susurrarle- ¿te gusta putita mía? Responde… ¿te gusta el tratamiento que te da tu dueño?

-Sí mi Amo… sí

-Y no te importa no conducirte como una dama y comportarte como una cualquiera, ¿verdad? Mira… tu propia excitación te moja las piernas.

Sentía que se moría de vergüenza, pero al mismo tiempo se sentía feliz, no le importaba nada, sólo quería seguir gozando junto a su Dueño. No supo en qué momento él se quitó la ropa, pero sí supo cuándo el hombre que adoraba la tomó, introduciéndole la totalidad de su miembro en la vulva. Comenzaron los embates; sus hombros golpean contra la madera de cepo, las palmas de sus manos sentían el filo de las uñas, su cabeza parecía estallar de placer. Todo explotó en ese instante, y un orgasmo interminable se apoderó de mena; el Duque la contuvo mientras temblaba de placer. Le dio apenas unos segundos de descanso mientras untaba con crema toda su virilidad para introducirla en el ano de su esclava. El grito rebotó en las paredes y regresó multiplicado a los oídos de mena. No había tiempo para el dolor, solo para el placer…

Todo comenzó a dar vueltas. Los embates se hacían más fuertes, el dolor daba paso al placer, y comenzó otra vez a sentir una serie de orgasmos interminables. Su Amo la tomó de las caderas y la sostuvo mientras clavaba su pene hasta el fondo de las entrañas de mena y descargaba una vez más toda la pasión contenida por esa mujer que lo estaba haciendo tan feliz.

Como pudo, con las piernas temblando, sacó a mena del cepo y la alzó, llevándola hasta la alfombra delante de la estufa; una vez que la depositó allí, la cubrió con una manta y se acostó a su lado, abrazándola dulcemente.

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lunes, noviembre 09, 2009

Crónica de una jornada de emociones...

Les comenté sobre que Aldea Sado iba a hacer su primer evento BDSM. Nobleza obliga, ahora me toca decirles cómo fue, y con ello marcar el regreso de las “vacaciones” con mis blogs.


Sería relativamente fácil contarles que concurrió tal o cual persona, o que este Amo interactuó con su sumisa, o que pasó esto o aquello, pero eso es lo que se hace siempre, así decidí aventurarme e ir un poco más allá y tratar de transmitirles las emociones de protagonistas y observadores.


El sábado 17 de Octubre, pasadas las 17 horas, se dio comienzo a este evento. Fue emocionante acompañar a mi Amo que estaba ansioso, nervioso, pero sumamente alegre y expectante por lo que yo estaba segura sería un éxito como lo fue. Estuvo pendiente de cada detalle, de recibir adecuadamente y en forma protocolar a todos los invitados, que nadie se sintiera solo o desatendido.


Por supuesto que el evento fue maravilloso gracias a que todo el equipo y los buenos amigos de Aldea Sado estuvieron presentes. Porque como dice Serrat: “…si falta usted no habrá milagro”, y el milagro se hizo realidad comenzando con una ceremonia que se daba por primera vez en un evento Sado BDSM en la Argentina.


Ese acto me dio la oportunidad de conocer más de cerca la humildad de un grande cuando Sir Williams, con todo el respeto y la admiración que siente por el Maestro Avanlys le ofreció, en un sencillo acto, ser el Master de Masters de todos los eventos de Aldea Sado hasta el próximo 24 de julio del 2010. El Maestro no sabía nada y se acercó al improvisado escenario cuando fue convocado por Sir Williams, quien representando a Aldea Sado, le ofreció el medallón que simbolizaba dicho rol. Su compañera adriblack, pudo disfrutar la emoción del Maestro y gozar ella misma con el merecido reconocimiento que se le hacía a su pareja.


Los concurrentes vivieron el genuino asombro del Maestro, que abriendo los ojos desmesuradamente, le costaba aceptar que ese nombramiento fuera para él. Entonces pensé: ¿y quién más merecedor de tal nombramiento? Pero lo que para mí era tan obvio, para este protagonista no lo era. Su humildad no le permite pensar que es un Amo conocido y reconocido por toda la comunidad. Es un hombre que a pesar de en su sabiduría, sabe escuchar con paciencia aún cuando sabe que su interlocutor está errado. El Maestro Avanlys es la persona que, dentro de lo que yo conozco, más sabe de Bondage porque lo estudia y lo practica. Y no sólo en Bondage sino en cualquier tema referente al BDSM. Es una persona coherente, respetuosa, humilde, atenta a las necesidades de los demás y un cuidadoso observador de cada una de las escenas que se desarrollan en los eventos, conocedor del límite más importante: el que se pone uno mismo para no invadir al otro.


Otra cosa que me gustó ver, fue la presentación de escenas. Los Amos mostraban con merecido orgullo a sus sumisas, pero era un orgullo exento de vanidad. Y las sumisas demostraron su entrega, obediencia, cariño y hasta yo diría que complicidad con el Amo. En todas las parejas se notó una gran compenetración de uno con el otro, el respeto por el ser humano más allá de su rol, el cuidado del Amo por el bienestar de la sumisa y el esfuerzo de esta por complacerlo y demostrar su adiestramiento.


¿Saben qué disfruté también? Ver cómo algunos Amos miraban a sus sumisas mientras estas conversaban. En la mirada había amor, orgullo, ternura. Y ellas les respondían con otra mirada diferente, una mirada de quien confía, de quien se sabe protegida, de quien es perteneciente a.


Se presentaron sumisas con su Amo, sumisas sin Amo y sumisas con el Amo ausente, y de estas últimas quisiera decir algo. Fue hermoso observar su comportamiento, el tener presentes a sus Amos en todo momento, en vencer la tentación de aceptar situaciones que quizás les hubiese gustado probar pero que tenían la orden de su Amo de no hacerlo, y algunas otras situaciones que aunque no tenían prohibición u orden de no experimentar con determinados aparatos o instrumentos, decidieron que no era conveniente hacerlo y estuvieron por encima del impulso de darse ese gusto ante la duda que su Amo estuviera de acuerdo o no. Sus Amos pueden estar sumamente orgullosos de ellas, y ojalá que para la próxima reunión de diciembre puedan concurrir.


No es necesario ser solemne para ser serio, pero a veces la solemnidad es necesaria, como en el acto de nombramiento del Maestro Avanlys. Pero en el transcurso de las escenas, se vio mucha seriedad, pero no solamente de los que hacían la demostración, sino que pudo olerse el respeto de los observadores.


Creo que en este evento el protagonista principal fue la emoción, y los rostros y miradas de los concurrentes fueron el papel donde se dibujaron los sentimientos.


Amigos, estoy feliz de haber regresado con ustedes. Gracias por su paciencia y fidelidad.


Saludos cordiales,


Ana Karen Blanco

anitaK[SW]

miércoles, septiembre 23, 2009

1a Reunión de Sado y Spanking

Como buena romanticona que soy, me gusta cuando los sueños se convierten en realidad. Sobre todo cuando esos sueños son de gente a la que quiero y respeto. Y más aún cuando esas personas compartieron conmigo el tiempo de espera para volver realidad ese anhelo... Por este motivo dejé un momento mis vacaciones, para traerles esta noticia.

A veces nos preguntamos por qué este proyecto no sale cuando lo deseamos, y pocas veces nos damos cuenta que si no se concreta es porque seguramente no sea el momento adecuado. Pero cuando ese instante llega, nos da la impresión de que el universo entero conspira para que se consolide en tiempo y forma.

Hacer una reunión no es fácil cuando se toma en cuenta a los invitados y nos ocupamos de que lo pasen lo mejor posible teniendo presentes sus gustos y preferencias.

Como verán, el 17 de octubre Aldea Sado presentará su primera reunión. Y creo que será diferente a otras a las que he asistido porque en esta se tomará muy en cuenta a las nalgadas. Se le dará un espacio especial al Spanking para que la gente del BDSM que no lo conoce, sepa cómo es una sesión clásica de nalgadas y puedan comprender mejor qué sentimos los spankos.

Así que quedan todos invitados, especialmente la gente que vive en Buenos Aires y sus alrededores. Habrá de todo, hasta una competencia de nalgadas muuuuy especial!!

Quiero aprovechar la oportunidad para agradecer a Amo Ricard por el bello diseño del afiche.

A Misterioso Argentino y a Sir Williams, así como a todo el staff de Aldea Sado el mayor de los éxitos para este emprendimiento.

AKB

jueves, septiembre 10, 2009

VACACIONES...

Queridos amigos:

Últimamente he estado sobrecargada de trabajo y complicaciones a nivel personal y familiar, por eso no he escrito con la frecuencia que suelo hacerlo.

A veces creo que soy la Mujer Maravilla, y otras quizás piense que soy Dios: Omnipotente y Omnipresente. Pero la realidad es que soy un ser humano común, una mujer con la fortaleza suficiente como para aceptar que es débil y que también necesita descansar y parar de vez en cuando. Una persona lo suficientemente responsable como para darles lo que ustedes se merecen: lo mejor de mí. Y en este momento por diferentes circunstancias solo podría ofrecerles lo peor de mí.

Por eso he decidido tomarme un descanso de los tres blogs que tengo y poder regresar en Noviembre con todos los ímpetus que son normales en mí. Tengo este blog de relatos de Spanking (por eso la salamandra de esta foto) desde agosto del 2006 aunque le puse el contador mucho despues. Jamás me tomé "vacaciones" de los blogs, solo una vez les pedí un tiempo para concentrarme a escribir... ahora será algo similar, pero me lo tomaré con más calma.

Amigos, gracias por comprenderme y por apoyarme. De verdad los quiero a todos y en menos de dos meses estaré de regreso.

Besos, abrazos y cariños para todos... Hasta Noviembre!!

domingo, agosto 09, 2009

Prohibido Estacionar (segunda parte)

Autora: Ana Karen Blanco

Era la tercera vez que Dora veía a Sandra, pero nunca imaginó que sería observada totalmente desnuda por ella aquel día. Mientras Vivi le dictaba sentencia diciéndole que la inspectora tenía su licencia y sería castigada una vez por semana durante un mes por su mal comportamiento como conductora, el rostro de la joven cambiaba de colores en tanto trataba en vano de tapar su desnudez, colocando sus manos y brazos de forma que evitara que se vieran sus partes más íntimas.

En tanto, ambas mujeres miraban divertidas las reacciones de su “víctima”. En el fondo de sus pensamientos y deseos, Dora gozaba de la situación. Desde hacía varios meses venía deseando tener sexo de a tres y así se lo había dejado saber varias veces a su pareja, pero aún no lo habían llevado a cabo. Quizás fuese esa la oportunidad esperada.

-Sandra ¿qué te parece si tomamos un café?

-Encantada, y más si es servido por tan bella mucama

La joven Dora estuvo a punto de protestar por el trato, pero se dio cuenta a tiempo que era mejor obedecer sin poner ningún reparo. Bajó la mirada y se dirigió a la cocina con esa sensación que se experimenta cuando uno es observado.

Una vez en la cocina puso a marchar el café, y con la libertad que le daba el saberse libre de vigilancia, preparó la bandeja con gusto refinado, colocando el servicio completo y con los detalles que confirmaban su educación en el arte de servir.

Con el café humeante en la cafetera de porcelana, marchó hacia la sala donde la esperaban las mujeres, que no paraban de parlotear. Al agacharse a dejar la bandeja sobre la mesita del living, sus senos, túrgidos y firmes se adelantaron haciendo tambalear levemente la cafetera. Vivi la miró duramente, pero como no se derramó ni una gota de café, guardó silencio y clavó sus ojos en el servicio, inspeccionando cada detalle, tratando de encontrar el más mínimo error:

-Queremos el café con cognac. Hay una botella de Remy Martin en el estante inferior del bar. Tráelo.

Dora se da vuelta con los ojos de las mujeres clavados en sus redondas nalgas. Al llegar al mueble y abrir sus puertas, nota que tiene que agacharse demasiado, así que juntando las piernas, dobla sus rodillas y se coloca en cuclillas.

-Levántate inmediatamente –le gritó Viviana- En ningún momento dije que doblaras tus piernas. Quiero que busques la botella con las piernas estiradas, sin doblar las rodillas. Si no ves el cognac, o no alcanzas la botella, abre tus piernas y eso te permitirá ver más atrás.

No podía creer que su pareja le hiciera vivir tal humillación delante de esa otra mujer. Comenzó a agacharse lentamente con las piernas cerradas, pero no podía llegar hasta la botella, así que tuvo que abrir sus piernas lo suficiente para alcanzar el envase y para que sus admiradoras pudieran fijar la vista en sus orificios más íntimos con toda comodidad y total impunidad.

-Mi querida amiga y anfitriona, espero que me permitas esta observación. ¿Notaste un brillo muy especial, como de extrema humedad, en la vagina de tu pareja?

-Sí, claro que lo noté. La muy putita está excitada con lo que le está sucediendo ¿verdad Dora?

La joven se acercaba con el dichoso cognac en una mano y dos copas en la otra; traía su cara más colorada que una guinda. Colocó todo sobre la mesita y se quedó de pie con la mirada en el piso.

-Solo veo dos tazas aquí Dora, y somos tres.

-Yo no voy a tomar nada –replicó inmediatamente.

-¿Y esos caprichitos? Si tú eres de las que toma un café tras otro.

-Hoy no quiero, gracias.

-Más te vale que vayas a buscar una taza y nos acompañes, no busques empeorar tu situación –amenazó Vivi.

-Es que me siento mal del estómago –dijo Dora poniendo cara de dolor.

-Así que mal del estómago… Bien. Ya arreglaremos eso. En tanto, sírvenos –agregó con una amplia sonrisa dirigida a la invitada. La orden no se hizo esperar.

Mientras Dora continuaba parada, las dos damas tomaban el café con cognac, charlaban animadamente y comían unas galletitas dulces. Al culminar, Vivi pidió permiso a su invitada y se retiró por un momento, regresando casi al instante con un papel plateado.

-Sandra querida, creo que necesitaré tu ayuda. Ya ves que la única forma de ayudar a Dora es enseñándola, educándola, y quizás necesite de tu colaboración.

-Cuenta conmigo

-Dora, no quiero que te sientas enferma, así que he traído un par de supositorios para ayudarte con tu estómago…

Los ojos de la muchacha parecían querer escapar de sus órbitas, mientras que Sandra no quiso ni pudo disimular su sonrisa.

-No, no es necesario. Me pondré mejor sin la ayuda de ninguna medicina. O en todo caso me tomaré unas sales digestivas.

-De ninguna manera. Los supositorios son mucho más rápidos y efectivos –acotó Vivi mientras comenzaba a rasgar el papel plateado.

-Ya te dije que no me pondré nada de eso –gritó Dora.

-Me estás gritando niña, y sabes lo mucho que me desagradan los gritos.

-¡Sí, te estoy gritando! Y tú sabes lo mucho que me desagradan los supositorios –vociferó Dora mientras señalaba amenazadoramente a su pareja con el dedo índice.

El tiempo que demoró en verse sobre las rodillas de Vivi fue ínfimo, sólo unas micras de segundo más que lo que tardó en sentir las nalgadas. La mano de Vivi impactaba una y otra vez sobre las redondeces de la jovencita, que vio como su rostro casi se estrellaba sobre las piernas de Sandra.

-Cuando digo que te hace falta una buena educación, no exagero. A mí no me amenaza nadie, ni nadie me señala, y mucho menos tú muchachita impertinente. Dejaré tus nalgas más rojas que una amapola.

El contoneo de la joven hacía que por momentos perdiera el equilibrio, pero no la liberaba de las fuertes manos de su pareja, quien conocía perfectamente las mañas de Dora. Las nalgadas resonaban en la habitación, en tanto que los pequeños gritos y gemidos de la azotada se perdían en el fragor de la azotaína.

Sandra se había parado para ver la escena con más comodidad. Adoraba esas escenas “entrañables” como diría un querido amigo. Luego tomó asiento en una silla frente a la pareja.

-Ahora pequeña atrevida, quiero que así mismo como estás me quites una zapatilla y me la des en mi mano.

Dora odiaba que la azotara con la zapatilla, así que remoloneó y demoró en cumplir el mandato hasta que una palmada dada entre las dos nalgas, a la altura de las piernas, la hizo saltar y cumplir apresuradamente la orden. Los azotes continuaron unos minutos más, hasta que la rebelde paró de patalear y aceptó su castigo.

-Bien, ahora quiero que vayas y te coloques en esta misma posición en las rodillas de Sandra.

-Pero…

Una nueva serie de zapatillazos encontraron destino en las rojas nalgas de Dora.

-¿Sigo?

Sin decir palabra Dora se levantó y se colocó sobre las rodillas de Sandra.

-Toma Sandra, colócaselos tú por favor. Yo quiero descansar.

-No… -esgrimió Dora con tono suplicante.

La mirada dura de Vivi hizo que guardara silencio. Miró la alfombra con sus manos apoyadas en el piso para mantener el equilibrio, mientras oía rasgar el papel y reconocía el ruido de la envoltura al ser apretujada. Por el rabillo del ojo vio como su pareja le entregaba a la amiga un pote de vaselina. Lo siguiente fue la mano de Sandra deslizarse como un bálsamo por sus nalgas apretadas. Las acarició durante unos instantes hasta que logró que la joven se aflojara. La sensación era deliciosa y Dora deseaba que continuara acariciándola. Y la mujer continuó…

No le molestó sentir el dedo de la inspectora bañado en vaselina y hurgando en su agujero más íntimo, aunque sintió el pudor y la vergüenza natural del caso. Estaba empapada por el placer y el morbo de toda aquella situación. El primer supositorio penetró lentamente, casi sin esfuerzo; fue empujado suavemente por el dedo mayor de la mujer que la sostenía; hizo entrar y salir el dedo más veces de las necesarias, pero eso tampoco molestó a Dora. El segundo supositorio entró sin ninguna dificultad, con el ano totalmente abierto y distendido, pero eso no impidió que Sandra jugara durante unos instantes metiendo y sacando su dedo hasta llevar a la chica al límite del orgasmo, pero sin permitir que lo lograra.

-Levántate –la voz de Vivi la hizo retornar a la realidad- Quiero que te pares y te pongas en el rincón con las manos en la nuca y las piernas separadas. A ver si reflexionas y aprendes.

Sandra se dirigió al baño; cuando salió habían pasado varios minutos.

-Bueno… parece que los supositorios no hacen el efecto deseado –comentó Vivi- ¿O sí? Mejor vas al baño y luego nos cuentas.

Dora salió presurosa y regresó momentos después.

-¿Hicieron efecto los supositorios?

-Sí… mucho –contestó la joven tocándose el vientre.

-Me alegro, pero estoy segura que no ha sido suficiente, así que para asegurarnos te daremos una enema. Voy por los implementos. Regresa al rincón hasta que te llame.

La cara de asombro de Dora era de fotografía. Con la boca abierta y los ojos muy abiertos la vio marcharse mientras volvía a su posición en el rincón.

La inspectora tomó asiento en el sillón y bebió su primer sorbo de cognac mientras gozaba la visión de las rojas nalgas de la joven. Se puso de pie y caminó hasta ella. Dora olía a piel joven y excitada, piel suave, piel deseada y deseosa de ser acariciada. Esa mujercita le gustaba y sabía que pronto sería suya. La suerte la había tocado al conocer a esta pareja de mujeres tan abiertas en su relación y cuando Vivi le contó sus planes, no tardó en aceptar.

Pasó su mano por el brazo y el hombro de Dora, bajando luego por su columna vertebral haciéndola estremecer de placer. Tenía los pezones erectos, duros y tentadores. Se puso detrás de la joven y tomó ambos senos con sus manos, apretándolos levemente y estrujando los pezones entre sus dedos…

La voz de Vivi resonó, llamándolas desde el lavabo hacia donde se dirigieron. Allí las esperaba la esbelta mujer, quien había bajado la tapa del inodoro para que le sirviera de asiento, y cruzada de piernas mostraba impúdicamente la cánula del recipiente.

Un sudor frío corrió por la espalda de Dora. No era la primera vez que su pareja usaba la enema como forma de castigo, más que medicinalmente. A la joven no le agradaba, pero al mismo tiempo sentía una fuerte excitación durante la aplicación y también durante la preparación de los elementos. Pero el que estuviera ahí Sandra le agregaba un morbo especial. Esa mujer tenía unas manos espectaculares que sabía cómo mover. Los segundos que estuvieron solas hicieron que su libido se acrecentara al máximo con las caricias de la inspectora.

Las nalgas aún le ardían por los azotes recibidos, así que de forma totalmente obediente, se tiendió sobre las rodillas de Vivi.

-Vaya sorpresa Dora. ¿Cómo es esto que vienes sin protestar? Es todo un milagro. ¿Será debido a la presencia de Sandra o a las nalgadas que te di hace un rato? Jajajajaaaaaa… No importa, la cuestión es que estás aquí.

Mientras le hablaba iba acariciando y magreando el espectacular culo de la muchacha, que se iba distendiendo cada vez más. De vez en cuando dejaba caer una nalgada suave con intención de que la jovencita se relajara, y lo estaba logrando.

La cánula había sido introducida previamente en vaselina. De todas formas, Vivi tomó una pequeña cantidad en su dedo enguantado, y lo colocó en la entrada del ano. Suavemente, con movimientos circulares, hizo que el ano se abriera. Dora comenzó a sentir cómo la cánula se introducía en su agujero. Pasados unos segundos, el agua tibia empezó a llenar sus entrañas. Una sensación de bienestar y agrado fue la primera impresión que le dejó la enema. Pero cuando sus tripas se llenaron de líquido, ya no fue tan agradable.

Vivi quitó la cánula y tomó su lugar un plug, que tapó el agujero por completo.

-Ya conoces la rutina. Ponte de pie y espera. Sabes que tienes prohibido sacarte el plug o tocarte sin mi permiso… Ya te avisaré. En cuanto termines te bañas adecuadamente usando este jabón, y regresas a la sala. Allí te esperamos…

Dora sentía que no resistía ni un segundo más cuando la voz de Vivi llegó a sus oídos dándole permiso para evacuar. El baño posterior fue revitalizante: había recogido su cabello y dejó correr el agua por su cuerpo, que se deslizó por el cuello, la nuca, los brazos, los senos, el vientre y los glúteos terminando por las piernas por donde corría lamiendo sus pies. El jabón acarició cada centímetro de piel y se introdujo en sus rincones más íntimos. La espuma se deslizó y desapareció con el agua limpia que enjuagó su superficie dejándola fresca y perfumada. Salió de la ducha y se envolvió en una bata de toalla, aprisionando todos los aromas…

Apareció en la sala fresca y radiante, con un brillo especial en sus ojos, deslizándose como una felina en celo y dispuesta a todo. Lo decía con su mirada, con sus gestos, con sus movimientos…

-Bueno, aquí está la niña. Bienvenida jovencita, era hora.

-¡Qué fresca se ve! –dijo Sandra

-Y cómo te sientes Dora. Supongo que liviana ¿no?

-Sí, me siento muy bien. Tan bien que tengo ganas de quitarme todo…

Se abrió la bata ante la mirada devoradora de ambas mujeres, que no perdían movimiento de la muchacha. Tiró hacia atrás el cuello y dejó que la prenda se deslizara suavemente por sus hombros, la espalda, la cadera… y fuera a dar al piso. El cuerpo de Dora tenía un brillo especial, su piel se veía radiante, suave, con un vello casi adolescente. Miró a las mujeres de forma atrevidamente sensual, casi se podría decir que las desafió a que fuesen capaces de complacerla. Ella, tan joven y vital, era capaz de hacer feliz a más de una mujer a la vez. Vivi no aguantó; tuvo que pararse y acercarse a su amor. Estaba totalmente hechizada por la imagen de su pareja.

-Me alegro que te sientas muy bien, porque esta noche no ha terminado aún. Digamos que se podría decir que aún no ha comenzado. Ven, acércate… Mmm… ¡qué bien hueles! Fíjate Sandra, huele a rosas.

La otra mujer estaba paralizada mirando la escena. Sus emociones se habían concentrado en su estómago formando un torbellino que hacía que su sangre bullera por las venas, mientras que la excitación viajaba en un bólido imparable su deseo de placer. Dora clavó sus ojos en los de Sandra que le mantuvo la mirada, queriendo imponer su dominación sobre aquella chiquilla desafiante. Se levantó acercándose a la joven y hundiendo su nariz en el cabello de Dora.

-Sí, huele muy bien, pero me gustaría saber qué tan bien se higienizó esas zonas que no se ven. ¿Me permites inspeccionar Vivi?

-Adelante, estoy segura que Dora me dejará muy bien parada. Demuéstrale, cariño –le dijo antes de besarla apasionadamente en los labios, beso que Dora correspondió en la misma forma.

Sandra tomó a Dora y la apartó levemente de su pareja.

- A ver, quiero que gires y me permitas verte. Bien… -dice mientras le daba unas pequeñas nalgadas en su cola- Quédate así, de espaldas e inclínate hacia delante tocando tus rodillas.

Un ruido que es reconocido por Dora la hace girarse de golpe. Sandra estaba colocándose un guante quirúrgico en su mano derecha.

-Ah, has reconocido el sonido del guante. Bueno, así sabré qué tan bien higienizada estás.

Sin más, se colocó en un costado y con su mano izquierda empujó la cabeza de la muchacha haciendo así que expusiera más su intimidad. Luego la indujo a abrir sus piernas por completo e introdujo levemente dos de los dedos en la vagina, y empujó hasta que no pudo meterlos más. Se quedó inmóvil unos segundos y luego retiró la mano y la olió.

-Sin duda que hay un rico aroma a jaboncito, pero ya está mezclado con otros olores tanto o más excitantes que este. Veremos si lo podemos mejorar…

Volvió a tomar a la joven, pero esta vez aferró sus cabellos de manera firme pero sin violencia, y empujo nuevamente la cabeza. Esta vez los dedos encontraron más humedad al meterse en la cuevita de Dora, y allí comenzaron a danzar haciendo que los jugos se deslizaran fuera de la vagina. De forma inconsciente, la joven mujer acompañaba el ritmo de la mano con su cadera y su cuerpo.

-¿Qué pasa Dora? Sientes mis dedos entrar y salir de tí ¿verdad?

-Sssi… sí, sí.

-¿Están suficientemente dentro o los empujo más? ¿Quieres que los mueva de otra forma, los sientes bastante? Vamos potranquita… muévete, cabalga sobre mi mano, moja el guante, hazlo entrar y salir de ti a tu antojo, a tu aire, a tu ritmo…

Dora sentía que estaba en la gloria. Había tenido que sostenerse apoyándose en una silla para gozar al máximo el ritmo que le imponía Sandra. Estaba en la cresta de la ola del placer y no quería bajar de allí.

-Dime que hago Dora ¿paro o sigo? Mejor paro…

Y sacó la mano dejando a Dora en el cenit de la lujuria. La joven tuvo ganas de gritar que no, que no se detuviera, que continuara hasta hacerla llegar al orgasmo, pero se contuvo y guardó silencio.

-Ahora quédate parada y de piernas muy abiertas. Vivi, ya constaté que esta niña se bañó perfectamente, así que ahora si me permites, vigilaré y me haré cargo de los pechos de esta joven. Me preocupan sus pezones, los tiene muy erectos y parecieran que están por explotar.

-Adelante Sandra, hazlo.

La inspectora se acercó al oído de Dora y comenzó a rodear la oreja con la lengua, mordisqueando suavemente el lóbulo. Continuó hacia abajo por el cuello mientras que sus manos tomaban los pechos y sus dedos jugaban con los pezones de la joven. El objetivo de su boca eran esos frutos rosados, sabrosos, apetitosos. Con la lengua mojaba las aureolas y el pezón, y con sus dientes los mordía sin llegar a hacerles daño; sus labios hacían el efecto de una ventosa, y todo el conjunto llevaba a la joven al séptimo cielo.

-Bien… creo que ha sido suficiente por hoy Sandra.

Si bien la idea era que Dora quedara excitada y no llegara al orgasmo, como castigo, en realidad fue castigo para las tres, pero entre Sandra y Vivi ya habían hecho los arreglos para la semana siguiente que era el cumpleaños de Dora.

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El viernes, día en que Sandra debía venir, era el cumpleaños de Dora.

-Sé que es tu cumpleaños amor, -dijo con un mohín Vivi- pero Camelia, nuestra vecina, me pidió si podríamos sacar a sus perros a pasear y yo le dije que sí. ¿Tú lo harías por mí?

Dora sabía que era una excusa para prepararle algo, así que accedió para dejar a su pareja sola y tranquila.

-Claro, yo pasearé a sus perros.

-Gracias, eres un sol. Solo que deberías sacarlos ahora, recuerda que hoy viene Sandra y seguramente venga antes. Al menos eso me dijo –explicó Vivi- Solo te pido que tengas mucho cuidado. Esta mañana ha llovido y me dijo Camelia que había mandado bañar a sus perros ayer. Esos galgos afganos con esos pelos largos y lacios son terribles. No los lleves al parque que capaz que se ensucian, que sea una vuelta rápida. A propósito: te ves hermosa hoy. Me encanta que hayas estrenado mi regalo.

Un conjunto de pantalón y chaqueta color crudo y una blusa haciendo juego, había sido el regalo escogido por Vivi en una de las tiendas más caras y exclusivas de la ciudad. Miró a la joven nuevamente, enfundada en aquellas prendas tan bellas y se volvió a enamorar de su pareja. Un pensamiento oscuro cruzó su mente.

-Querida, tú ya estás vestida y preparada… Quizás sea mejor que le pidamos al paseador que los saque él.

-Pero Vivi… Siempre los saco a pasear y jamás ha pasado nada. Los llevaré al parque un rato y regresaré enseguida.

-No, al parque ya te dije que no. Mejor unos minutitos por estas calles y listo. La llave del apartamento de Camelia está donde siempre. Vete ya.

Apenas cerró la puerta, Vivi se puso a preparar todo para el festejo. Había comprado un pastel de nata y fresas, el preferido de su amada Dora. La botella de champagne fue colocada en el refrigerador, así como también los bocadillos ya preparados en bandejas. La verdadera fiesta no estaba en la comida, sino en la sorpresa que le querían dar. Esa noche sería “su” noche. Su fantasía de tener sexo de a tres se convertiría en realidad.

Mientras tanto, una alegre y elegantísima Dora caminaba por las calles cercanas a la casa. Iba inmersa en sus pensamientos, imaginando que su pareja cumpliría por fin su fantasía de tener sexo con una tercera mujer, que seguramente sería Sandra.

La inspectora era como a ella le gustaban: grande, bonita, elegante, autoritaria. Lo que le había hecho la semana anterior le había gustado muchísimo aunque no se le había permitido el orgasmo…

Se detuvo en la esquina para cruzar. ¿Cómo había ido a parar ahí? Estaba frente al parque, se había dejado llevar por los animales que estaban acostumbrados a hacer ese recorrido a diario.

Parada en la esquina, esperando el cambio de luces, no vió venir el autobús que doblaba justo frente al charco que estaba delante de ella. La oleada de agua sucia que levantó no fue demasiado fuerte, pero alcanzó para mojar a los perros y la parte baja de sus inmaculados pantalones. “Quizás con un paño húmedo…”, pensó, cuando miró a los perros aprontarse para… sacudirse toda el agua sucia que había quedado en sus largos pelos.

Se miró: no había arreglo posible, el traje estaba arruinado por completo. ¿Cómo podría explicar lo sucedido? Comenzó a hablarles a los perros en forma dura, y estos, pensando que estaba jugando, le saltaron encima dejando sus enormes patas sucias marcadas en la chaqueta. No lo podía creer… su suerte no podía ser peor. Con lágrimas en los ojos emprendió el regreso al departamento.

Vivi y Sandra charlaban animadamente en el sofá cuando un ser embarrado de pies a cabeza, acompañado de dos alambres con pelos largos y mojados, abrió la puerta.

-Por Dios… ¿qué sucedió? ¿Qué significa esto Dora? –inquirió Vivi

-Un autobús pasó y mojó a los perros, ellos se sacudieron y… y… me dejaron así

-¿Cómo le explico esto a Camelia? Dame esos animales, los llevaré a la veterinaria para que los bañen… y tú, quítate inmediatamente esa ropa y prepárala para la tintorería. No puedo creer que hayas hecho esto Dora…

-Lo siento Vivi… no fue intencional, yo…

-No digas nada. Simplemente… obedece. Si me hubieras hecho caso y hubiésemos llamado al paseador de perros, esto no habría sucedido. Sandra, hazme el favor y ayúdala, ¿sí?

Mientras que la joven se quitaba la ropa, Sandra iba preparando la tina de baño. Una Vivi enfurecida entró al departamento y se metió en el baño con Dora desnuda y de una oreja.

-…y no me importa que sea tu cumpleaños, esto te va a costar más caro de lo que me costó ese traje a mí.

-Pero Vivi… no fue mi culpa. Ese autobús…

-Nada, no digas más nada y métete en la bañera ahora mismo.

La joven obedeció mientras Sandra trataba de calmar a su amiga. Susurraron unas frases in entendibles para Dora, y luego, con sonrisas cómplices se dirigieron a la tina. Sin decir palabra comenzaron a frotar el cuerpo de la joven: guante exfoliante, espuma de baño, lociones en el agua… Cada centímetro de piel fue tratado con firmeza, de una manera delicada y dulce. Dora comenzó a distenderse y se dejó hacer…

Las cuatro manos estaban dirigidas a brindar placer a la cumpleañera: los pechos, el vientre, el Monte de Venus y todos sus agujeros, la espalda, la cintura, brazos, manos, piernas y pies, todo lugar que tocaban era para el exclusivo placer de la jovencita. No sabía cuánto tiempo había pasado cuando la hicieron levantarse para secarla.

Mientras Sandra secaba su parte posterior sin dejar que se le escapara ni una gota de agua, el frente era atendido por Vivi, que sentada cómodamente, sabía qué lugar tocar y cómo hacerlo para que, como quien aprieta un botón, los gemidos de Dora salieran de su boca sin que se lo propusiera. Nunca había recibido un baño tan excitante.

-Bien, llegó el momento del castigo –dijo su pareja con toda tranquilidad- Apresúrate a tomar tu lugar Dora.

-¿Cómo? No entiendo…

-¿Pensabas acaso que te liberarías del castigo? Pues te equivocaste, ponte en posición inmediatamente. Y con las piernas abiertas.

Primero fue con la mano abierta, hasta dejar sus nalgas de un rosa fuerte, y luego el cepillo de mango largo con el que habían refregado su espalda, aún mojado y pesado, se estrelló una y otra vez en el culo colorado y ardiente de la joven. Pero aún faltaba algo: las correas de los perros.

-No me mires con esa cara de inocente criatura Dora. Por supuesto que te azotaré con las correas para que recuerdes ser más cuidadosa la próxima vez. Ponte de pie y agáchate tomándote los tobillos con las manos…

Eran correas de cuero, finas, pero al estar dobladas se multiplicaban lo mismo que el dolor que causaban. Cada pocos correazos, uno, no tan fuerte pero que igual se sentía, cruzaba la vagina impactando casi siempre en el clítoris. Los correazos golpearon una vez y otra también los enrojecidos globos que clamaban por un descanso.

Sandra no perdía ningún movimiento, y aquella escena de una mujer azotando a otra siempre la había excitado. Le gustaba ver el poder y la potencia de la azotadora, su rostro impávido ante los gritos y las lágrimas de la víctima, el imaginar el placer de ambas y sus vaginas empapadas de los jugos del placer. Si Vivi se lo hubiese permitido, ella también hubiese azotado a Dora, pero aún no era su momento…

-Quiero que te pares y te vayas a la habitación. Ponte con las almohadas bajo tus tripas, con el culo en pompa que aún no hemos terminado contigo… cumpleañera. Y tienes prohibido tocarte…

Las nalgas eran un poema de Spanking, y se bamboleaban rítmicamente con los pasos de su dueña. Obedeció las órdenes y se quedó allí tendida, esperando su destino y excitada como pocas veces lo había estado, esperando sin saber lo que le aguardaba. Sentía su vagina mojada a tal punto que tenía miedo de que sus jugos mojaran las almohadas.

Cuando sintió la presencia de las mujeres, no se atrevió a darse vuelta. Un dedo en cada pie, y ambas mujeres subieron por las piernas de Dora hasta toparse con las hirvientes nalgas. Al tener las piernas separadas y con las almohadas levantando su pelvis, el panorama de sus intimidades estaba completo. Tenía una vagina rosada, joven, húmeda y atractiva.

Un frescor revitalizante cubrió cada una de las nalgas, acariciada por dos manos de dueñas diferentes La crema se deslizaba suavemente por su piel. Una mano subió hacia la cintura y la espalda y la otra bajó por las piernas donde se le unió la otra mano para masajear placenteramente ambas piernas a la vez. Las cuatro manos se encontraron nuevamente en las posaderas de Dora.

Las mujeres se echaron en la cama, una de cada lado de la joven. Los ojos de Dora se encontraron con los de Vivi y sus bocas se juntaron en un dulce beso de amor. Sí, se amaban, y a lo largo de los años de convivencia habían logrado esto de comunicarse sin hablar, solo con miradas o gestos. Y la mirada de la joven hacia su pareja, era clara: estaba pidiéndole permiso para entregarse a la otra mujer.

-Dorita, mi amor… Este es mi verdadero regalo de cumpleaños: cumplirte tu fantasía de estar con otra mujer y conmigo a la vez. Este es tu día y esta será tu noche. Las dos dedicadas a ti, a tu placer, a tu satisfacción… Quédense aquí, ya regreso.

Casi al instante Vivi estaba de vuelta con una bandeja conteniendo el pastel de cumpleaños, el champagne y tres copas, además de los demás implementos para cortar y servir el pastel; colocó todo en medio de la cama.

La única vela en medio del pastel fue encendida mientras Vivi y Sandra entonaban “Que los cumplas feliz…” y la homenajeada se preparaba para soplarla.

-Recuerda los tres deseos Dora –dijo Sandra antes de que la cumpleañera soplara fuertemente.

Sentadas en la cama comenzaron a reír mientras comían y charlaban animadamente; en tanto el champagne iba bajando en la botella… Dora se veía feliz, reía sin cesar y en una de esas risotadas se tiró hacia atrás, volcando el pastel sobre su pecho. Silencio total.

Vivi dejó su plato sobre la bandeja, y cuando iba a criticar a Dora por su torpeza, Sandra se acercó a la muchacha y comenzó a pasar la lengua por su pecho, tomando el pequeño trozo de pastel con su boca. Suavemente, con precisión, como lo haría una gata, fue lamiendo cada centímetro del pecho donde había caído crema. Succionaba los pezones, los apretaba con sus dientes y seguía lamiendo.

Los ojos de Vivi se llenaron con aquella imagen de lujuria lésbica, de pasión incontrolada, de dos mujeres gozando el momento. Se sintió un poco fuera de juego, así que…

-Sandra, debes tener sed. Las fresas y la nata quedan muy bien con el champagne –y tiró un chorro que recorrió los senos y continuó camino al vientre.

El frío líquido fue a parar a la boca de Vivi, que ansiosa, tomó aquello que era como una pócima de amor, luego de haber pasado por el cuerpo de su amada. La operación volvió a repetirse, pero la boca de la mujer bajó lo suficiente como para que el chispeante líquido se confundiera con los jugos íntimos de Dora. La boca se abrió como un cofre y la lengua saltó como su más codiciado tesoro, que fue en busca del éxtasis de la muchacha, concentrado en su vagina. No tardó en llegar al orgasmo, que fue largo e intenso. Pero las mujeres no le darían tregua.

Por el rabillo del ojo, Vivi pudo divisar una enorme fresa en medio del pastel. La tomó, bañándola previamente en la crema y luego, con sumo cuidado, esparció el chantilly dejando un gran copo en el clítoris, ubicando la enorme fresa en la entrada de la vagina. Nuevamente la lengua comenzó su danza de excitación, reconociendo cada uno de los lugares que tocaba. La fresa entraba y salía levemente de la vagina, que la comprimía o expulsaba de acuerdo a lo que sentía. Con un mordisco aprisionó la fresa y jugó con ella metiéndola y sacándola del orificio, hasta que la engulló por completo.

Sandra, en tanto, se ocupaba de besar, acariciar y sostener emocionalmente a la joven, que gozaba ampliamente aquella experiencia.

Cuando Vivi dio por culminada esa parte de su tarea, Sandra sacó de entre las sabanas un dildo con vibrador que hizo sonar en el oído de Dora, haciendo que se sobresaltara. Con sumo cuidado dio vuelta a la joven, obligándola a poner el culo en pompa. La crema que habían usado anteriormente fue protagonista otra vez. Sandra sobaba, mordía y apretaba las nalgas, mientras cubria de besos las redondeces de la joven. Metió la punta del dildo en la crema e inmediatamente abrió las nalgas y comenzó a introducir el aparato en el ansioso ano de Dora. El movimiento de sus caderas hacia delante y atrás, reflejaba los deseos de la muchacha por tener otro orgasmo inmediatamente.

Vivi se colocó bajo los senos, chupando y apretando los pezones, mientras Sandra manejaba magistralmente el dildo, haciendo que Dora se corriera una vez más.

Fue entonces que Sandra cambió de posición y se puso con las piernas muy abiertas delante de Dora, dejando que la joven gozara de la visión de su hermosa vagina. Luego de unos instantes, Dora bajó su rostro y comenzó a devolverle a Sandra los favores recibidos. La lengua de la muchacha fue el arma que desarmó a la inspectora, que tomando la cabeza de la joven, aferrada a los cabellos, movía y dirigía para lograr el máximo de placer.

Vivi, en tanto, montó a Dora como un semental, moviendo la cadera magistralmente y frotando su clítoris en el culo de la muchacha. El orgasmo llegó tan fuertemente que casi cayó de bruces sobre la espalda de Dora. Y los gemidos de Sandra se debían a lo mismo, con la diferencia que además de la lengua, la experta jovencita metía dedos en cuanto agujero encontrada, dándole a la inspectora uno de los mayores orgasmos de su vida.

La fiesta de cumpleaños siguió, y por unas horas Dora olvidó que aún le quedan dos semanas más de cruel castigo… y de placer sin límites, sin reglas, sin tabúes.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE


jueves, julio 16, 2009

PROHIBIDO ESTACIONAR

Dedicado a Slipper, mi fiel seguidor

La vida moderna nos lleva a vivir apurados, siempre con poco tiempo, siempre a las corridas. Facturas pendientes de pago, trámites, el trabajo, las tareas domésticas, la pareja, los hijos, los padres... Muchas cosas para hacer y sólo 24 horas para realizar todo. Pero esta vida moderna también nos da facilidades y comodidades, como el automóvil. Este maravilloso invento nos traslada velozmente y nos permite hacer más cosas en menos tiempo. Bueno, al menos a veces.

Dora era buena conductora, por eso Viviana, su pareja desde hacía cinco años, no tenía inconveniente en prestarle el flamante auto recién comprado. Era moderno, pequeño, compacto, muy cómodo y fácil de estacionar.

Y cuando hablamos de estacionar en las grandes urbes, eso sí que es un inconveniente, sobre todo cuando estamos en el centro de la ciudad, como aquella tarde estaba Dora. Los “parking” o “playas de estacionamiento” tenían dos inconvenientes: o eran muy caros o estaban repletos. A la protagonista de nuestra historia le daba mucho fastidio cuando tenía que hacer algo en la zona bancaria o comercial porque siempre tenía algún inconveniente, y a veces tardaba más en encontrar un Parking con lugar o un sitio libre, que lo que le tomaba el trámite en sí mismo.

Viviana le había pedido que le llevara un documento a su contador que tenía la oficina en la zona bancaria. La oficina estaba en el 5° piso del edificio ubicado a mitad de cuadra de la transitada calle. El Parking más cercano estaba a dos cuadras y quizás ni siquiera tuviera lugar. Miró el cartel con el símbolo de “Prohibido estacionar” y dudó si dejarlo o no. “Sólo será un momento”, pensó. “Son las 5 y 30 de la tarde y la prohibición es hasta las 6. Creo que me arriesgaré, no pasará nada”.

Miró por el espejo retrovisor y los laterales. Ningún vehículo de la policía de tránsito aparecía a la vista. Cerró la portezuela y corriendo tocó timbre. Una voz femenina que reconoció como la de la secretaria del contador, contestó:

-Buenas tardes ¿quién es?

-Emilia, soy Dora. Vengo a dejar el documento que el Contador Arias le pidió a Viviana, pero tengo el auto mal estacionado aquí en la puerta del edificio. ¿Puedo dejarle el documento al portero para que te lo alcance?

-No Dora, no hagas eso por favor. Ese documento es demasiado importante para dárselo a nadie. Yo no puedo bajar, pero te esperaré en la puerta del elevador, así no perderás tiempo. Sube.

La chicharra de la puerta principal sonó y Dora corrió al elevador, siempre mirando hacia el auto. El elevador era tan antiguo como el edificio, había que abrir y cerrar las pesadas puertas y esperar que se desplazara lentamente, piso por piso de forma que a la mujer se le hizo un trayecto interminable. Entregado el famoso documento a la secretaria y luego de un fugaz saludo, emprendió el regreso hacia la planta baja.

Tal cual imaginó que podía suceder, vio desde la puerta del elevador cómo una inspectora de tránsito labraba un acta mientras un hombre amarraba el auto para subirlo a la grúa. Sus pies volaron hasta la presencia de las personas que se estaban llevando el automóvil.

-Espere, espere por favor. Solo bajé un momento para entregar un documento, no hace ni cinco minutos que estacioné aquí.

La inspectora bajó sus gafas de sol, y con una mirada burlona le contestó:

-Señora, si se fija en el cartel, el símbolo significa “Prohibido estacionar”, no significa “Puede estacionar por menos de 5 minutos”. ¿Es usted la propietaria del vehículo? Necesito su licencia de conducir y el documento de propiedad del automóvil.

-No me estacioné, solo me detuve. Y no soy la propietaria, le pido por favor que no se lleve el coche… Pagaré la multa que tenga que pagar. Aquí tiene mi licencia y la del auto.

-Se estacionó señora; detenerse quiere decir mantener el auto encendido y sin que el conductor lo abandone en ningún momento, para ascenso o descenso de pasajeros. Lo siento señora –dijo la bella inspectora tomando los documentos- pero el vehículo será trasladado hasta la playa de retención más cercana. Allí podrá pagar la multa y retirarlo.

Sin agregar palabra se dirigió a la parte posterior para verificar las placas. Escribía el acta sobre un enorme clip de madera donde apoyaba las hojas. Sobre un costado de su cadera colgaba la libreta de multas y al verla Dora tembló. Estaba perdida. ¿Qué podría hacer? Titubeó, pero luego se animó y acercándose lentamente a la inspectora le dijo en voz baja:

-El auto no es mío, me lo prestó mi amiga, por favor comprenda… Quizás haya alguna manera de arreglar esto.

-¿Está usted insinuando sobornarme para que la deje marchar? Me ofende señora, y esto no quedará así. Agregaré a la multa el intento de soborno.

Todo le estaba saliendo mal… Esta estúpida inspectora, encima de todo, no colaboraba en nada y en vez de ayudarla, la estaba hundiendo más. El auto ya estaba encima del remolque y su desesperación crecía segundo a segundo. Pero en ese momento se le ocurrió algo… y ahora sí no vaciló en llevar a cabo su idea.

-Señora inspectora, permítame retirar unos papeles que tengo dentro del automóvil. Tengo que ir a pagar unas cuentas y necesito mi agenda.

-Entregue la llave al hombre de la grúa y él le alcanzará lo que necesita.

-No, no… lo siento. Hay valores y cosas personales ahí y no quiero que nadie lo toque.

-Pero señora, por favor, nadie le quitará nada. O le da las llaves al conductor o…

Los ojos suplicantes de la infractora conmovieron a la esbelta mujer vestida con traje de falda gris y una camisa inmaculadamente blanca de cuyo cuello pendía una corbata negra. Un gesto con los ojos, asintiendo, bastó para que Dora subiera al remolque; en menos de lo imaginado estaba trepada encima de la grúa y entró al auto inmediatamente, acomodándose en el volante. Fue entonces que bajó el vidrio de la portezuela y desde allí gritó:

-Señora inspectora, le comunico que no me bajaré de aquí hasta que me asegure que no se llevará el auto. No me niego a pagar la multa, pero sí me niego a que el automóvil sea llevado a ese lugar. No me moveré de aquí dentro, y sé que usted no puede mover la grúa si va un pasajero en el vehículo.

La inspectora, atónita, no podía creer que la joven la hubiese engañado tan descaradamente.

-Señora... Perrone –dijo mirando la licencia- le sugiero que no empeore las cosas. Está actuando como una niña caprichosa. Bájese de allí y continuemos correctamente este procedimiento. Me pidió un favor y se lo concedí, pero usted me engañó en mi buena fe. Bájese.

-No, no me bajaré porque finalmente ¿sabe qué? La multa es injusta. Tampoco pagaré la multa, y exijo que me dejen bajar el vehículo de aquí.

No tuvo más remedio que subir a la grúa, pero Dora, al ver que se acercaba, subió el vidrio rápidamente y cerró la puerta con la tranca. Desde allí dentro continuó igual de terca con su decisión de no bajarse de automóvil, mientras veía que la inspectora hacía llamadas desde su móvil.

Poco fue el tiempo transcurrido para que el lugar se llenara de policías, periodistas y sobre todo, curiosos. La gente la miraba y sonreía. Algunos levantaban su dedo pulgar como símbolo de apoyo y aliento, otros la señalaban con cara de enojo, y varios fueron los agentes que con diferentes tonos de voz le pidieron u ordenaron que se bajara de allí, pero hizo caso omiso de todo lo que le dijeron. Ya estaba metida en tremendo lío y pensaba llevar eso hasta las últimas consecuencias.

Una sombra apareció a su lado y Dora pensó que sería otro tonto agente suplicándole que se bajara del auto, pero no era así. El rostro enojado de Viviana era peor para Dora que cualquier agente, por bravo que éste fuera. Ahora sí que estaba en un lío, pero… ¿cómo se había enterado su pareja de lo que pasaba?

-Dora, baja ahora mismo del auto, o abre la ventanilla para hablar –le dijo con una voz dura y firme

-No, no voy a bajar nada. No voy a bajar la ventanilla ni me voy a bajar yo.

-Dora… mi paciencia ya llegó al límite hoy. Te recuerdo que este es mi auto, y si tengo que romper una ventanilla para abrir la puerta, lo haré. Y entonces sí que no quiero estar en tu lugar. No empeores las cosas y abre la puerta… ¡ya!

Estaba perdida. Vivi no andaba con vueltas y sabía que todo esto le costaría muy caro a su bolsillo y a sus nalgas. Así que decidió abrir la portezuela del auto y afrontar las consecuencias de sus actos.

Apenas el seguro de la puerta saltó, Vivi me metió dentro y le quitó el cinturón de seguridad.

-Nunca en mi vida había pasado tanta vergüenza. Y todo por tu culpa Dora, pero ya sabes que esto no va a quedar así. Apróntate porque esto lo vas a pagar muy caro y por mucho tiempo. Toma todas tus cosas y bajas ya… -le dijo mientras jalaba su oreja izquierda- Si te comportas como una niña malcriada y tonta, así te trataré delante de todo el mundo.

Sin soltar su oreja en todo el trayecto, la metió dentro de la patrulla bajo los flashes de los fotógrafos, las cámaras, los gritos y los aplausos de la gente que se reía de la situación. Dora, colorada como un tomate, con la cabeza gacha, se acomodó en el asiento seguida de Vivi.

Todo el trayecto hasta la comisaría tuvo que oír los justificados rezongos de su pareja, y las amenazas en voz baja de lo que le esperaba cuando llegaran a la casa.

-¿Cómo te enteraste Vivi?

-¿Cómo no enterarme? Me llamaron de la seccional de policía, me llamó la inspectora que te puso la multa, saliste en las noticias de la noche y seguramente salgas en los periódicos de mañana. Como para no enterarme… La que no te enteras eres tú, pero te aseguro que te vas a enterar. Esto no va a quedar así.

En la comisaría las esperaba el abogado de la familia que pasó bastante trabajo hablando y convenciendo al juez de que la dejara libre bajo fianza. Vivi tuvo que pagar la exorbitante fianza para que pudiera salir, pues estaba acusada de disturbio en la vía pública, soborno, desacato y… ya no recordaba qué más…

Toda la noche en vueltas por culpa de Dora. Vivi estaba cansada y aún debían pasar por la playa donde estaba el vehículo secuestrado. Desde la comisaría hasta allí, ninguna de las dos articuló palabra. Una vez en las oficinas del lugar, Vivi pidió para hablar con la inspectora. Ante los ojos de Vivi se presentó una mujer alta, robusta, con su pelo negro atado en un rodete a la altura de la nuca. El rostro adusto de la inspectora y su fría mirada al dirigirse a Dora, le agradaron a Vivi, que extendió su mano para saludarla. Luego de intercambiar unas palabras que Dora no pudo oír, se metieron en una oficina y la infractora comenzó a inquietarse. Sabía que esta jugarreta le había salido muy mal, y que pagaría con dinero y nalgadas su capricho. Seguro que la tipa esa la hundiría aún más con su pareja.

Vivi tenía unos 40 años. Era rubia natural y llevaba el pelo corto, tenía unos bellisimos ojos celestes que habían eclipsado a Dora desde la primera mirada. Era delgada, pequeña de estatura, elegante y muy femenina, aunque extremadamente dominante. Vivi era el cerebro de la pareja, la parte madura, la voz pensante y quien continuamente tenía que estar pendiente de las niñerías de Dora, una mujer de unos 25 años, vestida como adolescente rebelde, con minifalda de jean, sudadera y sandalias bajas. El pelo rojo, brilante y largo parecía una llamarada corriendo por su espalda, mientras los ojos verdes miraban con desesperación el despacho donde habían desaparecido las dos mujeres.

La puerta de la oficina se abrió y una Vivi enojada apareció haciéndole señas de que entrara. De mala gana e imaginando el reto que le darían entre las dos, casi arrastrando los pies, Dora se metió en la oficina sintiendo que la puerta se cerraba tras de si.

-Bien Dora, la inspectora está esperando que le des tus disculpas.

-Lo siento –dijo la joven mujer con la cabeza baja.

-Espero que así sea señorita, porque su comportamiento dejó mucho que desear ayer. Por hacerle un favor, me metió en un lío. Tuve que dar explicaciones a mis superiores de cómo había llegado usted al interior de su vehículo. Gracias a mi comportamiento anterior y a mi foja de servicio, sólo me suspendieron tres días. Y todo por usted.

-Realmente lamento que tenga que pasar por todo esto, señora. Mi intención no fue perjudicarla.

-Seguramente no, pero lo hizo. La señora Viviana me dijo que me pagaría usted los tres días de suspensión, cosa que no acepté, pero le pedí que a cambio me permitiera hacer algo…

Los ojos verdes de Dora miraron inquisitivamente a Vivi.

-La señora inspectora quiere que tú aprendas tu lección de forma que no se te olvide. Me pareció algo justo y accedí. Espero que tú lo hagas también…

-Pero… ¿qué piensa hacer?

La inspectora no dijo palabra. Simplemente la tomó del brazo, se acercó a una silla y se sentó. Dora voló por el tirón y aterrizó sobre las piernas de la mujer. La primera nalgada resonó en la oficina y el asombro de la joven no le permitía casi, comprender lo que pasaba. A Sandra, ese era el nombre de la inspectora, no le temblaba la mano para escribir multas, ni tampoco para darle a la joven su merecido castigo.

La escueta falda de jean dejaba ver apenas el comienzo de las nalgas de Dora, que enseguida se colorearon. La robusta Sandra azotaba sin piedad y sin descanso a la traviesa conductora, que estaba recibiendo una “colorida” lección, bajo la sonriente mirada de Vivi.

Luego de unos diez minutos de nalguearla, la hizo poner de pie. Vivi la tomó de la oreja y la llevó a un rincón de la oficina. Allí colocó las manos de Dora sobre la cabeza, levantó su falda y bajó el diminuto bikini dejando las rojas nalgas al aire. Un gritito de asombro salió de la boca de la joven.

-¿Querías decir algo? ¿Es que te va a dar vergüenza que Sandra vea tus nalgas? Tú no tienes vergüenza, o no hubieras hecho lo que hiciste. Veremos si después de esto la recuperas. Sandra ¿serías tan gentil de convidarme con un café?

Sentadas en sendas butacas, detrás de la joven, miraban el espectáculo mientras saboreaban la infusión caliente.

-Creo que es hora de continuar Sandra. Adelante…

-Gracias. Dora, ven aquí. Quiero que te quites la bikini, coloques tu pancita sobre ese escritorio, te tomes del otro extremo y abras tus piernas.

-Pero…

-¿Alguna objeción Dora? –dijo la dura voz de Vivi.

Sin que le quedara otra opción, obedeció. Sandra se colocó delante de la joven con una madera de unos diez centímetros de ancho por unos 25 o 30 de largo.

-¿Sabes qué es esto Dora? Esta es la madera que uso como soporte para escribir las multas. Y esta vez dejaré la multa escrita en tus nalgas con ella, y espero que se quede en tu mente con si fuese con tinta indeleble.

Se colocó sobre el lado izquierdo de la inmadura muchacha, y colocando la mano izquierda sobre la cintura, comenzó a azotarla con la madera, que hacía las veces de paddle. Los azotes picaban, dolían, humillaban… y las lágrimas corrían por el rostro de Dora. De vez en cuando, Vivi pasaba su mano por las nalgas para comprobar el calor.

-Bien, creo que ha sido suficiente, me doy por satisfecha Vivi –dijo Sandra luego de innumerables azotes.

-Tú, ponte las bragas y vuelve al rincón. Yo voy a pagar la multa, retirar el auto y nos vamos para casa. Sandra, gracias por todo. Dora ¿qué le dices a la inspectora?

La ancestral familia de Sandra pasó por la cabeza de Dora, desde la más antigua tatarabuela hasta la descendencia aún no nacida, pero con la mirada en el suelo, dijo:

-Gracias por su lección señora inspectora. No la olvidaré.

Sandra no sabía si tomar eso como un agradecimiento o como una amenaza, pero prefirió la primera opción. Hacía tiempo que no se sentía tan feliz. Por fin había podido darle una lección a una conductora caprichosa e impertinente.

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Serían como las ocho de la noche cuando Dora despertó. Habían llegado a la casa directo a ducharse, tomar algo y dormir. Ambas estaban muy cansadas por todo lo vivido.

-Era hora que te despertaras… Levántate, y así como estás te espero en la sala. Tú y yo tenemos que hablar.

Vivi estaba con ropa de entre casa. Un vestido sin mangas, fresco, y unas chancletas sin taco eran todo su vestuario. Hacía calor, pero el balcón abierto de la sala dejaba que la fresca brisa nocturna entrara a raudales. El sonido estridente de la música que sonaba en los parlantes, se entremezclaba con la voz masculina del informativista que leía las noticias en la tele. La mujer tomó asiento en la mitad del sofá inmaculadamente blanco y cruzó las piernas.

Dora apareció momentos después, con la cara somnolienta y vestida con una corta blusa de dormir y unas bragas haciendo juego. Como era su costumbre, iba descalza.

-Ven, siéntate aquí a mi lado –le indicó Vivi- Ya sabes de qué quiero hablar. Tu barrabasada de ayer me costó la mitad de los ahorros que teníamos para las vacaciones… Pero no es eso lo que más me molesta, sino tu actitud. Sabes perfectamente que tu conducta merece un castigo. No me importa lo que hizo esta mañana la inspectora, te lo merecías. Pero ahora vendrá mi castigo, y ahorraré saliva repitiendo lo que ya sabes.

Aunque Vivi era más pequeña en tamaño que Dora, estaba tan acostumbrada a su altura, que con un solo tirón logró ponerla en posición. Quizás fuera por la frecuencia con que nalgueaba a su pareja, pero la menuda veterana tenía una fuerza increíble en su mano y en su brazo. No pasaron muchos minutos sin que las piernas y la cadera de la joven comenzaran a moverse al compás de los azotes, y sus nalgas se bambolearan rítmicamente, tomando un color cada vez más rojo. Dora no intentó cubrirse, sabía que eso ponía de muy mal humor a su pareja.

-Ahora, alcánzame la chancleta.

-No, Vivi, por favor… ¡con la chancleta no!

-Dije que me dieras la chancleta. No acepto negativas después de todo lo que pasó. La chancleta… ¡ahora!

Dora conocía ese terrible instrumento que su pareja manejaba tan bien. Sabía cómo azotar, hacerle arder y no dejar marcas. La suela era de madera, pero estaba forrada de una pesada goma rígida.

-Párate y ponte con las manos en el asiento de la silla. Las piernas separadas…

Los azotes continuaron largo rato, hasta que la envió al rincón, con las manos en la nuca y sin bragas. Vivi fue hasta el bar y se sirvió un trago con bastante hielo antes de sentarse a ver su obra.

Amaba profundamente a esa chiquilla grande, y a pesar de los líos en que la metía a veces, una vez culminado el mal momento, siempre terminaba riéndose de lo sucedido. Y esta ocasión no era la excepción. Le gustaba ver a su chica de atrás, tenía un hermoso cuerpo y unas nalgas adorables. Verlas teñidas de rojo la excitaba más de lo que ella misma deseaba. Y siempre terminaba castigándola menos de lo que debería, pero aunque le gustaba ver sus expresiones de dolor, también le gustaba observarla en pleno gozo. Sus azotes nunca eran lo bastante fuertes como para hacerle daño, pero sí como para que le dolieran.

-Quiero que vayas al dormitorio, prepares la cama y me esperes tendida, desnuda, y con tres almohadas bajo tu vientre; y como siempre, con las piernas bien separadas. Coloca sobre la cómoda el cepillo grande de pelo, el cinto grueso y la vara.

La orden tuvo una respuesta inmediata. La joven salió de la sala y se perdió en el pasillo que llevaba a la habitación. Tenía claro que cuanto más demorara en obedecer, más duro sería el castigo.

Vivi siguió tomando su copa despaciosamente. Adoraba hacerla esperar, llegar de sorpresa, sin hacer ruido y acariciarla antes de continuar con la azotaína. Llevar otro elemento y azotarla por sorpresa con otra cosa.

Cuando llegó al dormitorio dos montes de carne blanca y expectante la esperaban. Dora presintió su presencia y bajó la cabeza. Esperaba el primer azote, pero éste no llegó. En cambio sintió el plug que, embadurnado con un frío gel, se iba introduciendo lentamente en su ano. Su vagina no quedó vacía, pues recibió un delicioso dildo que la llenó por completo. Sintió en sus agujeros, primero un frío que enseguida se convirtió en picor y luego en un calor muy fuerte. Tuvo que moverse, no aguantaba…

-Bien… veo que hace efecto. Con eso de la gripe A se está usando mucho el alcohol en gel. Pensé que una suave embadurnada en los elementos que te coloqué no estaría mal… Veo que no me equivoqué..

La madera del cepillo picaba por fuera y el gel por dentro, Odiaba la madera, pero eran tantas las sensaciones que estaba teniendo que no sabía cómo calmar su excitación. Cuando sintió el cuero del cinto golpear sus doloridas nalgas, comenzó a convulsionarse descaradamente.

Vivi le quitó los juguetes y comenzó a besarle las nalgas. Los labios se pegaban a la piel ardiente y la lengua proporcionaba un hùmedo refresco a las coloradas protuberancias, deslizándose hacia todos sus agujeros, ya abiertos y lubricados. Las expertas manos de la mujer se deslizaron por todas las zonas más calientes de la joven, llevándola hasta la cúspide del placer y el éxtasis. Tenía los pezones endurecidos, y la voz se entrecortaba por los gemidos, no tardarìa mucho en llegar al clímax. Las contorsiones hacían que su cuerpo reptara por la cama, mientras que sus jugos mojaban las sábanas. Pocas veces había alcanzado tanta felicidad.

Luego, Vivi se desnudó totalmente, y siguió besándola por todos lados, concentràndose en su nuca, los lóbulos de las orejas y el cuello. Su pasión también crecía momento a momento, frotándo sus cuerpos y sientiéndo sobre su vientre el calor de las nalgas de Dora. Tardó sólo unos segundos en montándose encima, frotó su clítoris contra las nalgas como queriendo introducirse dentro de su amante, hasta llegar al orgasmo.

Abrazadas en posición fetal, quedaron dormidas totalmente satisfechas.

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A la semana siguiente, pasados exactamente siete dias del acontecimiento del auto, sonó el timbre. Eran como las nueve de la noche, y tal cual Vivi se lo había ordenado como parte del castigo, Dora se desplazaba desnuda por el apartamento, y tenía el mandato de atender en esas condiciones.

Abrió apenas asomando la cabeza para ver quién era y reconoció de inmediato a Sandra, que sin pedir permiso, empujó la puerta y se introdujo en la sala del apartamento. Vivi sonrió ampliamente al verla.

-Sandra, qué bueno que pudiste venir.

-Veo que esta joven sigue castigada. ¿Ya le dijiste qué pasará? -inquirió la inspectora, ataviada con un ajustado vestido de lycra y altísimos tacones aguja. Se dieron un beso en la mejilla mientras Vivi respondía mirando a la jovencita.

-No, aún no, pero lo haré ahora.

Dora sabe que tiene prohibido usar el auto por un mes, y que debe estar desnuda mientras esté en la casa. Lo que no sabe es que tú retienes su licencia de conducir, y que durante este mes será castigada una vez por semana por ti, hasta que le sea reintegrada su licencia y su permiso para volver a conducir mi vehìculo.

Dora se moría de vergüenza, pero por otro lado, le gustaba el hecho de sentirse exhibida ante

Sandra. Sería un mes largo sin duda, pero con seguridad recordaría siempre con dolor y placer qué hacer frente a un cartel de “prohibido estacionar”.

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martes, junio 30, 2009

MI NUEVO BLOG DE RELATOS


A todos los lectores de este blog:

Desde que me convertí en sumisa he tratado de explorar mi vena de escritora en relatos de BDSM. Los que me siguen desde hace mucho tiempo, habrán notado que en mis últimos relatos he sido más osada en cuanto al sexo y también he puesto pequeños toques de BDSM en las escenas.

He repetido hasta el cansancio que soy spankee desde niña, por no decir que lo soy desde que nací. Y desde hace 18 meses que me he convertido en sumisa por opción. Con esto sólo quiero significar que he estado en las dos orillas y que conozco ambas márgenes: el Spanking y el BDSM.

Respeto mucho este blog, porque comencé en él junto a un gran escritor y comparando mis primeros relatos con los últimos, siento que he crecido en mi forma de escribir. Siempre he escrito con gran respeto por mis lectores, y creo que eso se nota. Pues bien, siguiendo esa misma línea de respeto, sé que ha muchos de mis lectores spankos les "choca" el leer relatos de BDSM, y esa es la razón por la que he decidido tener otro blog con temas BDSM, y continuar este con temas pura y exclusivamente de Spanking. De todas formas, si alguno desea visitarme en mi otra casa, será muy bienvenido, aunque luego decida no quedarse.

La dirección de mi nuevo blog de relatos es:

http://desdelamazmorrademisfantasias.blogspot.com

Siempre recuerdo que este es mi primer blog, y con seguridad, el que más quiero.

Espero que me acompañen en mi nueva aventura. Los abrazo desde aquí con el cariño, el respeto y la calidez de siempre. Gracias por existir y por estar allí.

Ana Karen Blanco
AKB

viernes, junio 05, 2009

A todos mis amigos y seguidores


Quiero contarles que me he inscripto en un concurso de relatos en una conocida web de BDSM: Mazmorra. Ese relato no lo publicaré en este blog porque no me parece ético hacerlo, pero como sé que muchos de ustedes son miembros de esta web, los invito a que entren a la página a leer el relato, que sinceramente, me ha gustado mucho escribir. Es una temática a la que no estoy acostumbrada, pero sin duda que es interesantísima. Este es el enlace:

http://www.mazmorra.com.ar/contenido/relato/bdsm-gourmet---primera-parte


Por otra parte recibí una petición de parte de Aldea Sado, para escribir un relato en "EXCLUSIVA" para su web. Por lo tanto, ese relato al que llamé "Sin Límites", tampoco lo encontrarán en este blog, pero si no se lo quieren perder, este es el enlace:


http://www.sadoyspanking.com.ar/relatos.php


Sin duda que ambos relatos fueron escritos con el mismo cariño y la misma pasión y cuidado que los que cuelgo aquí, pero ustedes tendrán la ventaja de leer y disfrutar a muchos otros autores sobre Spanking y muchos temas más.


Gracias a todos, queridos amigos, por su compañía y apoyo en cada uno de mis emprendimientos.


Saludos cordiales y todo mi afecto para ustedes,


Ana Karen Blanco

miércoles, junio 03, 2009

PASTELERIA VIENESA

Autora: Ana Karen Blanco
Correr, ir a prisa, apresurarse, volar, darse prisa, apurarse… y podría inventar mil sinónimos más en aquel momento. María Kamila Wojkiewicz, o Majka, como la llamaban los amigos, estaba en Viena en la escuela del maestro repostero y chocolatero vienés, Franz Mikail Holzer, para recibirse como chef en repostería y volver a su Polonia natal a trabajar en algún hotel o restaurante de categoría.
El Maestro Mikail no perdía tiempo: gran parte de lo que producía en la enseñanza a su escaso alumnado, porque debían de ser poco menos que genios para estar allí, eran encargos para fiestas diplomáticas o privadas, cenas gubernamentales, u órdenes específicas de algún hotel o restaurante de lujo que, aún teniendo sus propios chefs, le encargaban alguna de sus especialidades.
Las corridas de aquel día eran para la mesa de postres encomendada por la embajada de un país sudamericano que quería dulces de su país y también típicos vieneses. El maestro había ordenado que el centro de atención debía ser una gigantesca torta Rogel, también llamada torta alfajor y una Sachertorte, que eran, según el maestro, lo que más representaba a cada país. Restaban seis horas para dejar los 25 postres en la cocina de la embajada. Estaba todo preparado, sólo faltaba la cobertura de la vedette vienesa y la encargada de hacerlo era Majka.
Era casi mediodía y estaba sola en la gigantesca cocina de la escuela. El maestro había salido en busca de Peter, su amigo personal y fotógrafo oficial de sus obras, para que sacara fotos de cada artesanía que saldría para la embajada.
La joven polaca sabía que esta oportunidad era como su examen final para obtener el titulo. Estaba poniendo toda su atención en el armado de la torta Sacher, que estaba quedando perfecta; venía ahora el momento de cubrirla con la gruesa capa de chocolate que le es tan característico a esta torta, inventada por Franz Sacher en 1832 para el príncipe Klemens Wenzel von Metternich.
Una de las cosas que Mikail más recalcaba, reclamaba y exigía en sus empleados y alumnos, era la limpieza inmaculada de los pisos y lugar de trabajo. Más de una vez había despedido sin miramientos por no tener su lugar de trabajo aseado y ordenado perfectamente. Por eso también eran las prisas de Majka, porque en los apuros había derramado clara de huevo en el piso y tenía que limpiar velozmente para continuar trabajando, pero también debía atender el chocolate que tenía derritiendo para que no se pasara de punto. Corrió en busca del termómetro y lo introdujo dentro del recipiente. Tenía la exacta graduación para extenderlo, así que sin pérdida de tiempo tomó el chocolate y con paso ligero se dirigió a la torta, pero cuando estaba a pocos pasos de la mesada, resbaló.
Sin saber cómo se encontró en el suelo con el chocolate derramado por todos lados. La clara de huevo había cumplido su maldición y una vez más el maestro tenía razón: si hubiese limpiado en el mismo momento del derrame, eso no hubiese sucedido, pero no era momento de lamentarse. Se levantó y salió en busca de los elementos de limpieza, dejando tras de sí, una hilera de huellas de chocolate. Su ropa, zapatos, cabello… todo era un desastre, sin hablar de la cocina. Lo primero que debía hacer era limpiarse ella, para no seguir dejando chocolate por todas partes… Se quitó los zapatos, la ropa y se encaminó al vestuario. Allí se bañó y se puso ropa interior limpia, mientras se apresuraba para regresar a la cocina. Tomó un equipo de trabajo inmaculado, pero pensó que si se lo ponía en ese momento también lo mancharía, así que en ropa interior y una corta camiseta comenzó a limpiar el estropicio. Por suerte el desparramo había sido en el suelo y poco más, pero el chocolate había comenzado a coagularse y la limpieza no era tan fácil. Además, ya había pasado casi una hora desde la salida del maestro, lo que significaba que regresaría en cualquier momento.
Necesitaba agua casi hirviendo para aflojar el chocolate, y una espátula para recogerlo mejor. Con esos elementos en la mano, y asegurándose de haber limpiado todas las superficies verticales como paredes, placares y bajo-mesadas, comenzó rápidamente a recoger el chocolate.
Por el ojo de buey de las puertas vaivén de la entrada de la cocina, dos pares de ojos observaban el delicioso culo juvenil que se movía en rápidos giros. Un brevísimo tanga dejaba a la vista dos globos túrgidos, blancos y aterciopelados como un jazmín.
El chispazo del flash la sorprendió en una pose bastante vergonzosa: de pie y agachada, con las piernas abiertas, limpiando con la espátula los últimos restos de chocolate. Cuando miró hacia el lugar de donde provino la luz, vio a Mikail con el rostro entre sorprendido e iracundo, mientras que Peter, risueño y divertido, seguía sacando fotos. En ese momento se dio cuenta de su falta de ropa y trató de cubrirse.
-Madame Wojkiewicz –le espetó un enfurecido Mikail- ¿quiere explicarme qué significa esto? ¿Qué ha hecho en mi ausencia además de tirar por el piso mi magnifico chocolate? ¿Cómo se atreve a estar así vestida, o mejor dicho, desnuda, en mi cocina? Estoy esperando que conteste…
El maestro Mikail era famoso por su mal humor. Maduro, de unos 50 años, con un cuerpo atlético, interesante y guapo para su edad, pero insoportable como todo genio que se precie de tal. Fuera de su trabajo tenía una sonrisa bella y compradora, pero sólo sus amigos íntimos la conocían. La jovencita de apenas 23 años siempre se sentía intimidada por la presencia de su ídolo máximo, y en ese momento lo único que deseaba era desaparecer de allí.
-Maestro… es que tuve un accidente, me caí con el recipiente del chocolate y…
-¿Sufrió un desmayo, vahído, caída de presión o algo asi?
-No maestro… me resbalé.
-Si se resbaló es porque tenía el piso sucio, así que no tiene excusa. Pero de todos modos el haberse caído ¿le da derecho a estar desnuda en mi cocina?
-Es que me bañé y para no ensuciar el equipo nuevo pensé que era mejor quedarme así para limpiar. Pero ya estoy terminando maestro. Con permiso, me voy a vestir…
-Sí señorita Wojkiewicz, vístase y márchese. Usted no tiene más lugar en esta escuela. Si se cayó en mi cocina por no tenerla aseada adecuadamente, no la quiero aquí.
No, no podía ser verdad. No era justo que por un accidente del que si bien era responsable, no dejaba de ser un accidente.
-No maestro, por favor. He luchado mucho por estar aquí a su lado, en su escuela. Permítame quedarme, déme otra oportunidad, se lo suplico.
-No. Nadie se queda a mi lado después de semejante descuido.
Peter no dejaba de mirar el impresionante cuerpo de la joven repostera: estaba como para sacarle fotos de todos los ángulos y con cualquier luz. O sin luz, “desnuda y en lo oscuro” como decía el poeta. Pero conocía a su amigo y sabía que difícilmente cambiaría de opinión. A menos que…
-Mikail, deberías darle otra oportunidad, aunque haciéndole pagar su torpeza, claro.
-Sí maestro, estaría dispuesta a hacer lo que usted creyera necesario, a pagar mi descuido con el castigo que creyera conveniente.
La mirada de Mikail cambió.
-No lo creo. Soy bastante severo en mis castigos, sobre todo físicamente. Soy de los que están convencidos que una buena azotaína vale más que mil palabras, así que… Es mejor que se marche, porque de quedarse, la azotaré.
-Está bien maestro. Sé que lo merezco –dijo la joven bajando la cabeza.
-Majka: el castigo será por no mantener limpio su lugar de trabajo, por hacer las cosas precipitadamente, por el desparramo del chocolate, y sobre todo… ¡por usar ese tipo de ropa interior tan indecente! -dijo mirando el diminuto tanga que llevaba la joven, que tratando de cubrirse con las manos, se ruborizó una vez más.
-Lo que usted diga maestro.
-Bien… primero lo primero. Vístase, termine de limpiar mientras yo preparo el chocolate para cubrir la torta y Peter va sacando las fotos de los postres.
Mientras que la joven se retiraba con la ropa en la mano, el veterano repostero pudo apreciar su magnífico culo. Debía darse prisa en terminar con esa torta, pues lo esperaba un trabajo mucho más gratificante.
En tanto Majka se ponía el pantalón y la chaqueta blanca, veía a los dos hombres hablando animadamente, pero en voz baja. Mikail había perdido esa cara de ira que tenía y ahora sonreía divertido mientras trabajaba de una forma majestuosa el espeso chocolate. Una vez vestida, se puso a limpiar con ahínco el lugar, hasta dejarlo reluciente.
-Maestro, ya terminé la limpieza –le dijo tímidamente, con la mirada baja y la voz susurrante.
-Bien. Entonces comenzaremos con su castigo, y Peter sacará las fotos correspondientes para que le quede a usted el recuerdo de esta azotaína.
-Pero… No quisiera fotos maestro.
-Está bien, está en su derecho a negarse. Puede irse en paz, comprendo que su vanidad y su soberbia le impidan tener este acto de humildad. Retírese de mi escuela de una vez, y buena suerte.
-No, no… Que sea como usted quiera.
-Madame, esto no es un juego donde pueda usted decir que acepta y a los cinco segundos cambiar de opinión. Si se queda, será para obedecer en todo lo que le diga. De lo contrario, márchese y todos en paz.
-Me quedo maestro –dijo con firmeza- Obedeceré y aceptaré el castigo que desee imponerme. El señor Peter será testigo de mi decisión y mi palabra.
Peter le regaló una sonrisa coronada por un guiño. Por primera vez la joven observó más detenidamente al fotógrafo. Tendría alrededor de 30 años, quizás menos. Era de estatura elevada, pelo dorado y ojos castaños. Tenía cuerpo de modelo; su sonrisa y simpatía hacía que se viera más guapo y deseable aún. Con semejantes encantos, seguramente podía sacar lo mejor de las mujeres que modelaban para él.
El repostero vio de inmediato la química que se estaba dando entre su amigo y su alumna, y supo enseguida cómo sacarle provecho.
Colocó una silla en un amplio espacio de trabajo, y con el dedo índice llamó a la joven, indicándole que debía ubicarse boca abajo sobre sus rodillas. La jovencita obedeció, sin demasiada expectativa sobre lo que le iba a suceder.
Nunca pensó que la mano de Mikail tuviera tanta fuerza. El azote dolió, ardió, picó. Los azotes se hicieron pesados y fuertes, además de abundantes, y con una frecuencia más rápida que lo que ella se hubiese imaginado. Las nalgas se movían de forma ondulante, subían y bajaban con el golpe y lo que más deseaba el repostero era ver otra vez esas preciosas nalgas.
-Ponte de pie, quítate lo pantalones y la chaqueta –dijo mientras Majka obedecía sin decir nada- Ahora quiero que apoyes tus manos en el asiento de la silla y abras las piernas para que tengas mejor equilibrio –le dijo a la joven, mientras pensaba en lo delicioso que sería ver algo de su intimidad. Pero estaba equivocado. El tanga de la polaquita era lo suficientemente grande en la parte inferior como para cubrir lo mínimo. Igual se veía preciosa, con las nalgas rojas y ese pedacito de tela que apenas la cubría.
-¿Cómo puede una dama vestirse con una prenda así? Eso no puedo tolerarlo. Si así te vistes, ya imagino cómo eres, y te prometo que sé perfectamente cómo tratar a las de tu clase –decía con voz profunda y amenazante, mientras le sonreía a su amigo que seguía sacando fotos.
Se puso a la izquierda de la joven, tomó su cintura mientras descargaba más azotes con la mano. De vez en cuando acariciaba las hirvientes nalgas, dándoles un tibio respiro.
Peter se puso delante de la muchacha para sacar fotos del rostro lloroso y dolorido. Hubo un momento en que ella lo miró con tanta ternura que… no pudo evitar el tomar la carita entre sus manos y besarla dulcemente, mientras que los azotes se hacían suaves y sensuales. El fotógrafo la ayudó a incorporarse agarrándola de la cintura y posando sus labios en el rostro, orejas y cuello de la joven.
-Oigan… que esto es un castigo, no una fiesta. Peter, compórtate, y Majka… ven conmigo. –La tomó de la mano, haciéndola que se colocara boca abajo sobre la mesada de madera que utilizaban para amasar- Necesito tu ayuda Peter…
Sin proferir una sola palabra, comenzó a quitarse el cinto con una sonrisa. Su amigo, acostumbrado ya a este tipo de circunstancias, lo imitó. La joven iba a decir algo, pero al ver el rostro de enojo del repostero, decidió guardar silencio. Colocados a ambos lados y blandiendo sendos cinturones doblados a la mitad, comenzaron a azotarla, intercalando un azote cada uno. Ella se movía, se retorcía de dolor y también de placer.
-Llegó el momento de restaurar la moral, jovencita. Esto está de más –dijo el repostero, arrancando de un impulso el diminuto tanga que no puso mayor resistencia ante el violento tirón. Los azotes recomenzaron con la misma intensidad, pero el paisaje cambió. Cada vez que movía las piernas, la jugosa vagina brillaba más que un conjunto de diamantes.
Los tres participantes estaban excitados. Los sádicos azotando y la masoquista gozando cada azote. Un estimulado Peter le quitó el sostén, dejando libres los maravillosos senos que colgaban como uvas maduras y apetecibles. Entre ambos hombres pusieron a la joven boca arriba y mientras el fotógrafo se hacía cargo de su vagina, rosada, joven y jugosa, Mikail bañaba con chocolate los senos y los succionaba con fruición.
Cuando Peter vio qué hacía Mikail con el chocolate, decidió imitarlo chorreándolo sobre el monte de Venus, totalmente depilado, mientras caía sobre el clítoris y seguía bajando. La lengua salió disparada hacia toda la zona. Una y otra vez era la pasaba por el clítoris, subía hasta el monte, bajaba por los labios de la vagina y se introducía en la cuevita del amor, lamiendo todos los rincones.
Los gemidos de placer de la jovencita eran interrumpidos sólo por algún beso fugaz que le ofrecían los hombres. Peter estaba loco de excitación y deseaba hacer algo más, pero no tenía muy claro qué, así que volvió a empuñar el recipiente chocolatero y sin ningún miramiento introdujo en él su pene. Lo sacó chorreando y sin pensarlo lo metió en la vagina de Majka. Quizás el apreciar una nueva sensación, quizás todo lo vivido, o quizás la tremenda excitación de la que era presa en ese momento, hizo que en el vaivén del movimiento gozara mucho más.
Fue en ese instante en que Mikail se subió a la mesada, tomó el recipiente del chocolate y le chorreó un poco a su alumna en la boca. Era la primera vez que veía el atributo más grande y oculto del repostero: un falo grueso y largo, con la cabeza rosada como una fresa madura y salpicada por pequeñas gotas, producto de la excitación. Semejante daga sólo pedía una vaina donde guardarse, así que la joven ofreció su boca para llevar ese pene a su punto de mayor tamaño. La joven iba haciendo crecer el miembro en cada pasada de lengua, en cada profundización, en cada suave mordisco de sus dientes.
-Pero ¿qué haces? –le pregunta el maestro. Y empuñando una cuchara de madera, le propinó unos pocos azotes en los pezones, que reaccionaron de inmediato- No se te ocurra morderme nunca más ¿entendido? Ahora… continúa lo que venías haciendo.
El fotógrafo no podía aguantar mucho más, los embistes eran cada vez más fuertes y no tenía interés ni deseos de prolongar aquella situación. ¿Sería claro decir que la vagina quedó impregnada de chocolate con leche?
Peter volvió a tomar la cámara y continuó su tarea de sacar fotos de todo tipo. Hizo acercamientos a la vagina de Majka, mostrando cómo salía del agujerito ese líquido de color extraño y textura viscosa. No se cansaba de sacar fotos, queriendo inmortalizar cada uno de los instantes que podrían ser importantes en la vida de los tres, y si era en primer plano y en blanco y negro… ¡mejor!
Mikail, que ya estaba encima de la mesada, aprovechó para hacer levantar a la joven y tomar su lugar: boca arriba. Le pidió que se sentara a horcajadas encima de él, cosa que ella hizo de inmediato, en tanto la penetraba por la vagina.
-Peter, deja ya de sacar tantas fotos y ayuda. Esto no es una fiesta ni una orgía, sino un duro castigo para esta niñata descuidada y díscola. Toma la paleta y azótala.
Mientras que Peter seguía las instrucciones de su amigo, el veterano tomó a la jovencita de la nuca, atrayéndola hacia sí con un fuerte empujón. Ese movimiento hizo que las nalgas de la Majka quedaran en pompa y expuestas, lo que ayudó al fotógrafo a cumplir las órdenes de su amigo.
En cada azote la joven se movía hacia arriba y abajo, logrando una deliciosa fricción entre ambos órganos, que podrían sacar chispas en cualquier momento debido a la fogosidad de los dos participantes.
Una vez más, Mikail acercó el rostro de la muchacha al suyo, la besó con una pasión que permitía constatar claramente el estado de excitación en que se encontraba el hombre; luego puso el rostro de la chica a un costado acercándose lentamente a su oído, y sin dejar de penetrarla con fuertes embates le susurró:
-Ahora sabrás lo que es bueno… entre Peter y yo te haremos saber cómo se trata a las de tu clase…
Si faltaba algo para que Majka llegara una vez más al orgasmo, eran esas palabras mezcladas con los azotes, la excitación de sentirse “usada” y tratada como una perrita en celo. Una pequeña pero conocida seña entre los amigos, fue suficiente para que Peter se montara en la mesada, preparándose para penetrar el dulce ano de la mujer.
Sintió correr un pesado líquido entre sus nalgas, mientras que una mano se encargaba de introducir el producto y mojar con él su pequeño orificio. Con el mismo aceite, Peter embadurnó su pene y así comenzó lentamente a penetrarla.
Majka sentía como que se partía, que su ano no resistiría el atlético miembro del joven; a pesar del dolor no dijo nada, porque era demasiado el placer que estaba teniendo para parar todo aquello en ese preciso instante. Muchas veces había oído hablar de la doble penetración, pero jamás pensó vivirlo, y menos aquella tarde.
Como una máquina locomotora que comienza su viaje avanzando lentamente al dejar el andén, así comenzaron a moverse los hombres: con un movimiento apenas perceptible al comienzo, y luego un poco más a prisa cada vez, hasta llegar a una sincronización casi perfecta de ambos amigas, que no contentos con la penetración usaban otras técnicas como la de Mikail, que apretaba y tiraba de los pezones de la joven en tanto Peter, ubicado detrás de ella, le besaba la nuca haciéndola estremecer con su tibio aliento.
La excitación era demasiada. No tardaron en llegar al orgasmo. Luego permanecieron juntos, abrazados y en silencio por varios minutos, disfrutando cada segundo de los momentos vividos.
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Los postres y tortas llegaron a tiempo a la embajada. El frescor de la tarde los hizo pensar en refugiarse en un café. No se decidían si irían al Central o al Landtmann, pero optaron por éste último por ser el más cercano.
Los recibió un establecimiento grande y antiguo, perfectamente bien conservado. La elegancia del lugar, cubierto por espejos y madera, hicieron que Majka se sintiera cómoda y distendida después de la movida tarde que había tenido. Se ubicaron en una mesa sobre un ventanal. Un camarero vestido con un atuendo tan distinguido y elegante como el lugar, tomó la orden del trío.
Majka pidió un café Melange, con leche caliente; Peter un café Obres, preparado con crema; Mikail prefirió un Kaffeinfreier Kaffee, o sea, descafeinado. La pastelería casera era de la mejor de Viena, y fue Majka quien se encargó de solicitarla.
Mientras que preparaban su orden, Mikail le contó a su estudiante extranjera que aquel café siempre había sido un lugar visitado por artistas e intelectuales locales; abierto en 1873 por un comerciante de café, Franz Landtmann, el local había tenido a Sigmound Freud como uno de sus clientes más célebres, entre otros muchos.
La orden de los cafés fue servida con el característico vaso de agua corriente. Cuando el camarero se hubo alejado lo suficiente, Mikail preguntó:
-Dime… ¿Lo pasaste bien? –dirigiéndose a Majka.
-Maravillosamente bien. Fue el castigo más gozoso de mi vida. Claro que esto que sucedió hoy es una garantía de mi comportamiento.
-Esa actitud te enaltece Majka. Me alegro que aceptes que gracias a este castigo has aprendido la lección y tendrás cuidado de mantener limpio tu lugar de trabajo.
-Bueno maestro, eso será cuando trabaje en otro lugar, pero luego de la experiencia de hoy, estoy deseando cometer algún desastre para recibir otro “castigo” similar –respondió la joven, con una gran sonrisa.
-¿Debo tomar esa declaración como una amenaza? –le inquirió Mikail levantando la ceja…
-Pues…–dijo con una gran sonrisa respondiendo a las de los hombres- espero que así lo tomen ambos.
-Entonces ninguna queja ¿verdad? –preguntó un sonriente Peter.
-Sólo una, y es bastante grave –dijo Majka con seriedad y bajando los ojos- Espero que si una situación similar se repite, no vuelva a darse lo mismo otra vez…
La miraron con asombro y algo de incertidumbre. Majka le dio un mordisco al exquisito dulce, tomó un gran sorbo de su Melange y enfrentando la mirada inquisitiva de los dos hombres, les dijo:
-Es que… ¡no me gusta el chocolate!

- FIN -

domingo, mayo 17, 2009

MARIO BENEDETTI

Maestro…

Es difícil hablar sobre usted. Quizás, don Mario, porque usted provoca respeto.

Sería muy, pero muy fácil agarrar entrar en Internet y contarle a la gente que usted nació el 14 de setiembre de 1929, en Paso de los Toros, allá por el medio del país, del lado norte del Río Negro, ese río que divide en dos al paisito. Podría decir que pasó una niñez con apremios económicos y que en 1946 se casó con Luz López Alegre, su gran amor, su compañera… Esa con la que caminó la ruta de la vida, mano a mano y codo a codo siendo “mucho más que dos”.

¿En cuántos sitios trabajó Don Mario? En un montón, sin duda. Desde la casa de repuestos de autos hasta periódicos, revistas, semanarios. ¿Se acuerda cuando en 1974 clausuraron el semanario Marcha?

Pero usted siguió escribiendo cuentos, novelas, poemas. ¿Quién no leyó, vió en el cine o al menos oyó hablar de “ La Tregua ”?

¿Cuántas veces vimos escrito aquello de “Usted puede contar conmigo. No hasta dos o hasta diez, sino… contar conmigo”.

Por eso Don Mario, yo no puedo escribir sobre usted. No me animo ¿sabe? Me queda grande…

Quisiera contarle a todos la gran cantidad de premios con que lo honraron en vida; las veces que lo nombraron “Doctor Honoris Causa”, a alguien con escasos estudios secundarios.

¿Sabrá la gente que usted fundó junto a miembros del Movimiento de Liberación Nacional (Tupamaros) el Movimiento 26 de Marzo? ¿Y que tuvo que abandonar su país por sus pensamientos políticos? Pasó tu exilio en Argentina, Perú, Cuba, España… Pasó 10 años alejado de su paisito y de su esposa.

Allá por 1985, Joan Manuel Serrat graba “El Sur también existe”, basado en sus poemas y con su ayuda y colaboración personal.

¿Premios? Muchos. Jristo Botev en Bulgaria, Llama de Oro de Amnistía Internacional en Bruselas, Morosoli de plata en Minas, Uruguay, Orden al Mérito Docente y Cultural Gabriela Mistral en Chile, Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en España, Premio Iberoamericano José Martí, Premio Internacional Menéndez Pelayo… Y siguen y siguen.

Pero ¿qué importa? Usted escribió más de 80 libros, además de artículos, discursos y muchas cosas más. 40 de sus libros fueron traducidos a 20 idiomas.

Recién acabo de ver en la televisión a su amigo Galeano que dijo que su apellido, “Benedetti”, significa “benditos”. Benditos nosotros que tuvimos la suerte de disfrutarlo en vivo y deleitarnos con sus poemas.

Hoy, 17 de mayo de 2009, los medios de comunicación mundiales han dado la noticia de su desaparición física, con 88 años.

Entonces… ¿Qué más puedo decir yo? Mejor lo dejo a usted y a sus poemas, dos de los que más me gustan a mí.

Hasta siempre Don Mario...

Hagamos un Trato

Compañera
usted sabe
puede contar
conmigo
no hasta dos
o hasta diez
sino contar
conmigo

si alguna vez
advierte
que la miro a los ojos
y una veta de amor
reconoce en los míos
no alerte sus fusiles
ni piense qué delirio
a pesar de la veta
o tal vez porque existe
usted puede contar
conmigo

si otras veces
me encuentra
huraño sin motivo
no piense qué flojera
igual puede contar
conmigo

pero hagamos un trato
yo quisiera contar
con usted

es tan lindo
saber que usted existe
uno se siente vivo
y cuando digo esto
quiero decir contar
aunque sea hasta dos
aunque sea hasta cinco
no ya para que acuda
presurosa en mi auxilio
sino para saber
a ciencia cierta
que usted sabe que puede
contar conmigo.


UNA MUJER DESNUDA Y EN LO OSCURO


Una mujer desnuda y en lo oscuro
tiene una claridad que nos alumbra
de modo que si ocurre un desconsuelo
un apagón o una noche sin luna
es conveniente y hasta imprescindible
tener a mano una mujer desnuda.

Una mujer desnuda y en lo oscuro
genera un resplandor que da confianza
entonces dominguea el almanaque
vibran en su rincón las telarañas
y los ojos felices y felinos
miran y de mirar nunca se cansan.

Una mujer desnuda y en lo oscuro
es una vocación para las manos
para los labios es casi un destino
y para el corazón un despilfarro
una mujer desnuda es un enigma
y siempre es una fiesta descifrarlo.

Una mujer desnuda y en lo oscuro
genera una luz propia y nos enciende
el cielo raso se convierte en cielo
y es una gloria no ser inocente
una mujer querida o vislumbrada
desbarata por una vez la muerte.


sábado, mayo 16, 2009

Versiones Spankas de Mitologia Griega: EL RAPTO DE EUROPA

Autora: Ana Karen Blanco

Dedicado a Amosum

Los conocedores de la mitología griega, y aún los que no tienen demasiada noción sobre el tema, saben que Zeus, el padre y el más poderoso de los dioses griegos, era un conquistador empedernido y no le interesaba mucho si la mujer que anhelaba era diosa, ninfa o mortal. Las leyendas sobre sus amoríos son, digamos… abundantes, ya que no me animo a decir “demasiadas”

Con tal de lograr sus bajos propósitos carnales, Zeus no tenía ningún reparo en disfrazarse, transformarse, o usar sus poderes para adueñarse de su víctima, como en este mito que les relataré hoy: el rapto de Europa.

La doncella en cuestión, Europa, era una hermosa joven asiática. Esta princesa, hija de Agenor y Telefasa, reyes de Tiro en Fenicia, solía jugar con otras doncellas en unos prados pertenecientes a su padre; estos prados que morían en la playa, era donde pastaban los rebaños de toros del rey,

La belleza sin igual de la princesa atraía pretendientes que llegaban desde todos los puntos mas remotos del mundo y también del Olimpo. Dioses o mortales, eran rechazados uno a uno por la mujer. La beldad y primores de Europa, llegaron a oídos del propio Zeus que no demoró en bajar a la tierra para conocer a la joven; quedó impactado por su hermosura desde que la vio correr por el prado hasta zambullirse en el mar. Al salir empapada, con la tela de su fina túnica pegada al sinuoso cuerpo, el dios decidió que de alguna forma sería suya.

Gran estratega en cuestiones del amor, planificó raptar a la jovencita que había hecho reverdecer sus impulsos amorosos con sólo verla correr y jugar por los verdes valles. Impactado estaba a tal punto, que no podía dejar de pensar en la princesa de cuerpo voluptuoso y amplias caderas, ideales para el amor.

El dios de más poder del Olimpo, decidió pedirle ayuda a su hijo Hermes, encargándole que llevara el rebaño de toros del rey desde los prados hasta la playa donde Europa y sus amigas pasarían otro día de diversión.

Llegado el día, Hermes obedeció, siguiendo las instrucciones de su padre: conducir a los toros del rey hasta las cercanías del lugar donde las jóvenes doncellas jugaban, danzaban, recogían flores con las que fabricaban coronas y guirnaldas que se ponían unas a otras.

Entre la manada de toros había uno que se destacaba por su belleza y color. Estando cerca de la playa, el animal se separó del rebaño y se fue acercando lentamente al grupo de doncellas. Se trataba de un ejemplar de un blanco deslumbrante, facciones nobles y dulce mirada, que en vez de infundir temor, invitaba a aproximarse a él y acariciar su níveo lomo.

Algunas de las jóvenes se asustaron al ver aparecer al animal, pero Europa vio que no era de temer y lo agregó a sus juegos, colocándole guirnaldas, brindándole caricias y haciendo corros en torno a él. El manso animal se dejaba hacer, y hasta parecía disfrutar de las atenciones de que era objeto.

Europa se acercó acariciando su costado, mientras que el animal se recostó lamiendo los pies de la princesa, que se sintió halagada con el gesto de la bestia. Sus amigas la incitaron a sentarse en el lomo del toro, cosa que hizo mientras adornaba sus cuernos con sendas guirnaldas de flores, confiada y entregada al noble animal, sin saber qué le ocurriría después.

Cuando la joven Europa se sintió segura de que la bestia no le haría daño, decidió sentarse a horcajadas sobre él. Fue en ese momento que el toro se incorporó y se encaminó al mar velozmente, con la preciosa carga sobre su espalda. Sin entender qué sucedía, la princesa sólo atina aferrarse de uno de los cuernos del animal con una mano, y con la otra se abraza a su cuello mientras que entra al agua donde Poseidón aguarda para ayudar a su hermano Zeus; secundado por otro miembro de la familia del Olimpo: Éolo, dios de los vientos. Ambos dioses ayudan en la huída de Zeus, levantando olas enormes que hacen huir a la corte de Europa.

En tanto, el toro y su valiosa presa fueron llevados por el mar casi en andas. Ayudaron en la huída las sirenas, hijas de Zeus, mientras que Poseidón daba órdenes a distintas criaturas marinas que surgieron como cortejo para que la pareja llegara rápidamente a la isla de Creta.

El rey Agenor, enterado de lo sucedido, caminó y caminó por todos los senderos y caminos en busca de su hija, gritando su nombre y llamándola sin cesar: “¡Europa! ¡Europa!”, pero ésta nunca le respondió. Cuenta la leyenda que los habitantes de los lugares por dónde pasaba, de tanto oírlo, terminaron llamando así al continente.

Al poner pie en tierra firme, la joven princesa se deshizo en llanto mientras golpeaba al animal.

-Toro, ¿por qué has hecho esto? ¿Dónde me has traído? ¿Para qué me has alejado de mi hogar, familia y amigos? ¿Qué será de mí ahora, perdida en esta isla?

Cayó de bruces, sus lágrimas caían sobre la arena blanca mientras que el viento levantaba su falda mostrando sin pudores los encantos de la muchacha.

-Levántate Europa –dijo una estruendosa voz.

La joven alzó su cabeza y vio a un hombre tendiéndole la mano. El sol estaba en su cenit y no le permitía ver el rostro del desconocido, así que haciendo gala de su juventud, la joven comenzó a correr sin tener claro a dónde dirigirse. Cuando se cansó, volvió su rostro para ver si aún era perseguida y se topó de lleno con el pecho del hombre, pero ahí sí pudo ver su cara: era el dios Zeus, lo sabía, podía intuirlo, adivinarlo sin que nadie se lo dijera.

-Europa, mi bella Europa… las cosas que he hecho para estar junto a ti en esta isla.

La joven no quería olvidar que se trataba de él más grande de todos los dioses, pero aún así su enojo era tan colosal que no pudo evitar que la ira saliera disparada de su boca en forma de palabras.

-Zeus, dios de dioses… Debería sentirme halagada que hayas puesto tus ojos en mí, pero en cambio solo siento fastidio y repulsión; me raptaste y quieres poseerme sin importarte nada de mí. No quiero estar contigo, no te deseo, te repudio, eres un ser odioso y detestable. No te atrevas a tocarme…

El dios, en vez de encolerizarse, se rió divertido de las palabras de la joven; tenía bien claro que sin moverse, con su sólo deseo, podría poseer a aquella muchachita rebelde sin que ella ni nadie pudiera hacer algo para impedirlo. Pero no. En vez de usar la fuerza o sus poderes, quiso que esta vez la joven se entregara por sí misma, y más aún: que le pidiera que la poseyera. Serían solo dos seres en esa isla paradisíaca: él, olvidaría que era el más grande de todos los dioses y ella una simple mortal, pero… más hermosa y deseable que cualquier criatura del Olimpo.

-¿No quieres que te toque? Pues no lo haré. Serás tú misma quien vengas a suplicarme que te posea.

-Jamás haré eso. ¡Jamás!

-Claro que lo harás, y pagarás muy caro el haber rechazado a Zeus –dijo mientras se iba desvaneciendo en el aire.

Europa quiso gritarle que no se fuera, que no la dejara sola, pero su soberbia fue más fuerte y calló. Comenzó a caminar sin una dirección hasta que cansada, cuando el sol caía y estaba casi sin fuerzas, se dio cuenta que había andado en círculos. La noche corrió su manto de terciopelo negro salpicado de diamantes, pero la luna había estado decreciendo su tamaño y casi no iluminaba. Llegó al mar; cerca de la orilla y tapada con hojas secas trató de dormir, pero el sueño era difícil de conciliar con tanto miedo, frío y hambre. Finalmente Morfeo se apiadó de ella y tomándola en sus brazos, veló sus sueños.

El sol picaba cuando despertó. El sonido del mar le recordó su tierra, su familia, sus amigas… y se entristeció. Iba a comenzar a llorar cuando un aroma delicioso invadió su olfato. Al girar su cabeza vio a Zeus comiendo pescado asado en una improvisada barbacoa, y con un montón de fruta a su alrededor. Tentada por el hambre, la princesa se acercó con la esperanza de ser invitada a tan grandioso festín.

-Señor, tengo mucha hambre.

-Ajá.. –respondió el dios mientras chupaba uno a uno los dedos de su mano y seguía comiendo.

-¿Podría tener una porción de comida?

-Sí, podrías si me dieras algo que me gustaría poseer…

-Ya le dije que no le daré mi cuerpo.

-Tampoco lo quiero, ya no me interesa –dijo Zeus con desdén- Puedo poseer a mujeres más bellas y deseables que tú. Así que olvídalo… no me interesas. Vete y déjame comer en paz, no quiero que me molestes.

La joven no podía creerlo. Si ya no la quería… ¿qué haría entonces?

-Entonces Señor… ¿qué es lo que quieres poseer?

-No me gustan los frutos del mar. Quiero vino, pan y queso.

-Pero… ¿en esta isla? Estamos solos, quizás consiguiera uvas silvestres, pero nada más

-Bueno… yo sé cómo conseguir todo, y siendo que soy podría obtenerlo con solo desearlo, pero quiero que me lo traigas tú, así también te doy la oportunidad de comer. ¿Entendido? Si aceptas conseguirme esas cosas, puedes sentarte a comer.

Sin pensar demasiado, Europa se tiró, literalmente, sobre la comida y llenó sus mandíbulas además de su estómago. Una vez que hubo satisfecho su hambre, el dios preguntó:

-Bien ¿estás lista para partir?

-No, no estoy lista, pero supongo que debo partir igual…

-Exactamente. Ahora presta atención: sigue mis instrucciones y llegarás de regreso con todo lo que te he pedido. Pero te advierto algo: no deberás probar comida ni bebida. Con solo un bocado que tomes, será suficiente para que el maleficio caiga sobre ti. Estás advertida.

Tomó una pequeña rama, alisó la arena y dibujó allí los caminos a seguir por la joven, que miraba al dios de una forma diferente. Algo le decía que el dios aún la seguía deseando, y eso le hizo sentirse más bella e importante aún. Dejó sus pensamientos de lado y se concentró en el trazado y las explicaciones del dios.

-Recuerda: mañana antes de que el sol esté sobre mi cabeza deberás estar de regreso, o ya no me encontrarás nunca más. Ahora puedes comenzar tu periplo.

El camino a recorrer era fácil, lo difícil seria conseguir lo que el dios le había pedido. Ella no llevaba monedas ni nada que pudiera canjear con los dueños de los alimentos, así que debería usar sus encantos o… engañar hábilmente a esa gente para poder hacerse con lo que necesitaba.

El primer lugar en aparecer, tal como se lo había dicho Zeus, fue el molino. Un delicioso aroma a pan caliente salía del horno a leña. Varias hogazas de pan esperaban ser cocinadas mientras seguían creciendo en tamaño.

-¿Qué deseas mujer? –dijo el molinero con cara de pocos amigos

-Quisiera saber si puedes darme una hogaza de pan.

-¿Darte? Niña, yo no doy ni los buenos días, así que si no tienes con qué pagar, vete de aquí.

-Al menos Señor, déjeme pagarle con trabajo –dijo la joven que jamás había trabajado en su vida.

-Muéstrame tus manos –le exigió el molinero. Las tomó y miró despectivamente- Esas no son manos de trabajo, pretendes engañarme ¿eh? Mejor vete de aquí rápido, antes de que me arrepienta de dejarte ir y decida hacer contigo lo que estoy pensando. Eres una hermosa hembra y yo hace mucho que estoy solo. Por todos los dioses del Olimpo… todo lo que te haría si te tuviera en mis manos.

La joven comenzó a retroceder al ver el rostro del hombre, lleno de deseo y lascivia, con la mirada perdida en el cuerpo de la joven, que huía presurosamente. Cuando se hubo alejado, comenzó a sacar las hogazas del horno doradas y crujientes, mientras metía las crudas.

Europa miraba la escena a lo lejos, y se fue acercando al cesto donde el experto hombre colocaba el pan. En un descuido de este y sin pensarlo demasiado, tomó una de las hogazas y salió corriendo presurosa con el pan bajo el brazo, que de tan caliente casi quemaba su piel. Huyó tan presurosamente que trastabilló y cayó rumbo al arroyo que ayudaba a mover las aspas de la rueda del molino. Sin soltar la hogaza, se asió con su mano libre de unos matorrales, quedando atascadas las piernas en unas ramas, como si estuviera sentada en ellas pero… con las nalgas al aire. Como pudo, se tomó fuerte de las ramas superiores, cuando sintió un fuerte impacto en su trasero: las aspas del molino no tenían espacio suficiente para pasar, así que azotaban a Europa levantando su trasero, sin casi darle tregua entre un azote y otro. La princesa, que entre gritos y ayes no soltaba el pan, atrajo al molinero con el alboroto. El hombre se acercó y al ver el espectáculo no pudo contener la risa. Miró a la joven y se fue.

Europa no tenía forma de marcharse ni de escapar. Con el pan asido fuertemente debajo del brazo, la joven sentía arder sus nalgas con el impacto de las aspas y sabía que no podría soportar mucho más, cuando una cuerda cayó a su costado.

-Toma la cuerda y átala fuertemente a tu alrededor –le dijo una voz que le sonó familiar. Al mirar hacia arriba, vio al molinero que la observaba con ojos pícaros y una sonrisa cómplice. Obedeció y luego de asegurarse de que estaba bien amarrada, el hombre comenzó a tirar de ella hasta que la subió a su lado.

Luego de desatarla la metió bajo su brazo exponiendo su culo una vez más y dejó caer sendos correazos sobre sus nalgas,

-Esto es por la tontera de dejarte caer allí. Por el robo del pan, ya se cobró el molino. Ahora… vete de aquí.

No se hizo esperar: corrió y corrió en dirección al lugar que le había indicado Zeus. Pero la noche se acercaba y ella necesitaba descansar de alguna forma que no fuese sentada.

Con los últimos rayos de luz, divisó una cabaña con el hogar prendido. Era el hogar de la pastora de cabras que fabricaba quesos con la leche de los animales que cuidaba. Los quesos no eran muy grandes, pero se veían apetitosos. Estiró su mano para tomar uno cuando una fuerte nalgada la levantó en peso y la hizo quedar por un momento en puntas de pie.

-¿Qué crees que estás haciendo, bribonzuela? ¿Quieres robar mi queso?

-No, no señora. Solo que se veía tan bien hecho, tan apetitoso, que me dieron deseos de probarlo.

-Para probarlo tendrías que pagarlo primero. ¿Cuánto dinero traes?

-Ninguno…

-Entonces sí eres una ladronzuela. Ven para aquí que yo te voy a dar tu porción…

Tomó a la princesa de una oreja como si de una niña traviesa se tratara y sentándose en el mismo banco que seguramente usaba para ordeñar sus cabras, la cruzó sobre sus rodillas y comenzó a azotarla. Europa tenía dolorido aún su trasero por los golpes de las aspas y por los correazos del molinero; estos nuevos azotes le dolían el triple, sin tomar el cuenta que la pastora tenía una fuerza descomunal y las nalgadas resonaban por todo el bosque. El pan yacía sobre la mesada, al lado de los quesos maduros y listos para saborear..

La pastora no tenía compasión de la joven, ni siquiera cuando levantó su túnica y vio los globos enrojecidos. Igual siguió castigando a la muchacha que no paraba de quejarse y llorar del dolor. Las súplicas para que parara de azotarla, sus lágrimas y el estado calamitoso de sus nalgas no ablandaban el duro corazón de la veterana mujer. Cuando creyó que había sido suficiente, paró. La noche ya se había instalado sobre la isla cuando la fornida pastora ató con fuerza a un poste a la presunta ladrona de quesos.

-Así se que no escaparás en la noche robándote mis quesos.

-No señora, jamás haría algo así.

-Sí, claro… eso dicen siempre los ladrones. Mejor duérmete.

Con el cansancio acumulado por las horas vividas, el hambre, el frío nocturno y más, Europa logró dormirse antes de lo que pensaba, pero también se despertó antes. Con el movimiento de la noche, los nudos se habían aflojado y podía desatarse por si misma. Con un pequeño esfuerzo se deshizo de las cuerdas, tomó el pan, dos quesos pequeños y comenzó a correr. Cuando había corrido unos cien metros, se detuvo. No podía huir de esa forma y darle a la pastora la razón, así que regresó, tomó un cuchillo y cortando una tercera parte del pan, lo depositó en el lugar de los quesos. Luego, marchó.

Helios ya había dejado del mar, volando hacia los cielos en su carroza de fuego, rumbo al sol, cuando el hambre volvió a asaltar a nuestra heroína. Miró el pan, el queso y recordó las palabras de Zeus, que la comida estaba encantada y que si llegaba a probarla, algo malo le pasaría.

Todo eso pensaba mientras atravesaba unos viñedos de los que pendían unos racimos sumamente apetitosos. Al final del camino un hombre la vio acercarse entre las cepas y la esperó. Era un hombre maduro, que la miraba con ojos de deseo y no lo podía disimular.

-¿Qué deseas bella joven? ¿Algo de vino que acompañe tu pan y tu queso?

-Eso desearía Señor, pero no tengo dinero para pagarle.

-Bueno, eso no sería problema si tú y yo nos divirtiéramos un rato juntos –dijo el bodeguero lanzándole una mirada de lascivia.

-No, eso no. Pero compartiría con usted un trozo de pan y queso frescos a cambio de uno de sus pellejos

-Excesivo valor le das a tu comida muchacha, o muy poco valoras mi vino, el mejor de toda la región.

-Eso es lo que usted dice, pero yo aún no lo pruebo y no sé cómo es.

-Este vino es néctar de los dioses. El propio Baco haría cualquier cosa por probarlo. Ven conmigo y te convidaré.

Tomó un cacharro de barro y recorrió varios pellejos que tenía colgados hasta que se detuvo en uno y dejó caer dentro del recipiente un líquido espeso, entre púrpura y violáceo, y con el cacharro entre sus manos se dirigió hacia una mesa donde se sentó.

-Bien, aquí está mi vino –dijo mirando fijamente a la chica que creyó adivinar a quién le recordaba una mirada similar- Ahora trae tu pan y el queso y desayunemos juntos, aunque veo que ya has comido.

-No, no he probado bocado desde ayer. Lo que falta del pan lo he dejado como pago por los quesos.

-Entonces has de tener mucha hambre –dijo el hombre sacando de su costado una afilada daga que hizo sobresaltar a la joven- No temas, nada te haré que no quieras. Toma –dijo aferrando con cuidado el arma por el lado del metal y poniendo hacia ella la empuñadura- corta tú misma la comida.

Cortó un trozo de pan como para emparejar la mitad de la hogaza y un buen trozo de queso que dividió en fetas. Ese era el queso: Feta, que se elaboraba con leche de cabra y oveja; era algo salado y de textura cremosa, lo conocía muy bien. El otro queso parecía que fuera Manouri, hecho en forma de cono truncado; al cortarlo se notaba que era de pasta suave y blanda, no tenía corteza y olía a leche fresca. Europa lamentó no tener algo de miel para echarle por encima.

Mientras ella estaba ocupada cortando los alimentos, el bodeguero se levantó y regresó con varios racimos de uvas de tipos diferentes. Los granos conservaban gotas de agua que los hacía verse más frescos y apetitosos. En pocos instantes quedó una mesa suculenta, y más aún para los ojos de Europa que aún no sabía cuál sería la consecuencia de tomar cualquier alimento, pero tenía claro que algo pasaría si llevaba algo a su estómago..

-Vamos pequeña, comienza a comer –dijo el bodeguero tomando un pedazo de pan y otro de queso. Europa miró el pan: estaba amasado con harina blanquísima, tenía una consistencia esponjosa y suave por dentro, mientras que por fuera estaba crocante y dorado; el queso estaba bien curado, era de consistencia pastosa, de sabor y olor penetrante, elaborado con leche de cabra por la textura y el aroma. Ver comer al bodeguero era una invitación a probar aquellos deliciosos manjares que transformaban su rostro en gestos de deleite, diferentes en cada bocado. Emitía sonidos de agrado mientras masticaba lentamente, como queriendo descubrir algo especial con cada sabor…

Al probar su propio vino, la transfiguración del rostro fue increíble.

-Es un vino digno de Baco, y toda esta comida sería un festín hasta para el mismo Zeus. Es una lástima que no lo pruebes, aunque sea un pequeño bocado para ver cómo sabe. ¿Tienes hambre, verdad? Entonces no logro entender cómo rechazas probar estas delicias.

Tomó dos enormes granos de una uva blanca, que al morderlos soltaron un brillante líquido que se comenzó a escurrir por la comisura de su labio.

La hambrienta joven no soportó más y se lanzó sobre la comida, olvidando los modales y el protocolo. Ora un mordisco de pan con queso Feta, ora un gran trago de vino, ora uvas y queso Manouri que se deshacía en su boca, mezclando los sabores en un mismo bocado. Tuvo que cerrar los ojos para poder gozar más intensamente el sabor de la comida. Cuando hubo tragado los primeros bocados, todo a su alrededor se tornó brillante y apetecible, pero no podía parar de comer. Fue entonces que recordó las palabras del dios: “…Pero te advierto algo: no deberás probar comida ni bebida que te ofrezcan, porque está todo encantado. Con solo un bocado que tomes, será suficiente para que el maleficio caiga sobre ti. Estás advertida”. Lo que no se daba cuenta era cuál sería el encantamiento, excepto ver todo más bello, con más brillo, más apetecible, como toda aquella comida que no podía parar de tragar.

-Está todo sabroso, ¿verdad? –al volver la vista y enfrentar al bodeguero comprendió el maleficio. Unos enormes deseos sexuales se apoderaron de ella. Era como si Eros hubiese lanzado todas las flechas juntas a su corazón. El hombre, feo y desdentado le parecía deseable, y sintió repugnancia de si misma. Se puso en pie rápidamente y tomando el pellejo de exquisito vino, lo colocó sobre su hombro y comenzó a correr de regreso a la playa, abrazando en la huída el resto del queso y el pan, y un enorme racimo de uvas en la mano… que iba desgranando de a una con su boca mientras corría sin cesar. El bodeguero no se movió, dejando que huyera. Sabía perfectamente dónde encontrarla.

En su huída, todo la excitaba, le parecía deseable, y a todo lo relacionaba con el sexo: los árboles se le antojaban con formas fálicas, los animales habían decidido reproducirse todos ese día, la comida le resultaba afrodisíaca, el aire era como mil manos que la acariciaban, sus vestiduras la rozaban lujuriosamente…

Llegó a la playa y depositó su tesoro sobre un manto que hacía las veces de mantel. Hervía por dentro, así que decidió tirarse en el mar a ver si podía bajar la temperatura interior de su organismo. El sol había llegado a su punto más alto y el calor de sus rayos había entibiado las aguas, por lo que le resultó difícil enfriar nada allí. Pero desnuda en el mar sintió las aguas que lamían su piel y se metían en todos sus agujeros.

De la entrepierna brotaba el néctar de su excitación, sus pechos erguidos lucían los pezones más duros e hinchados que nunca. Su necesidad de tener sexo y dejar de ser doncella se multiplicaba cada segundo. Sin saber qué hacer, trató de buscar a Zeus para que la ayudara y le diera una solución para salir de aquella candente y desesperante situación. Tomó el manto con los alimentos y se introdujo en el interior de la isla en busca del dios.

Corrió y corrió arduamente durante lo que le parecieron largas horas. Aunque jamás se lo confesaría, deseaba que Zeus la poseyera desde que lo vio convertido en hombre. Europa se sabía hermosa y deseada por mortales y dioses, pero su ego se acrecentaba cuando pensaba que el dios máximo quería hacerla suya. Y ella también lo deseaba. Si hubiese hecho un poco de esfuerzo, quizás habría evitado el comer aquellos alimentos que la habían conducido a ese estado de excitación desesperante, pero en realidad deseaba pertenecerle, y el haberse dado un hartazgo de comida prohibida, le daba la fuerza para lanzarse a los brazos del dios con una pasión desconocida para ella.

Finalmente encuentra a Zeus acostado, dormitando al lado de una fuente y corre a su lado. No sabe si despertarlo o no, pero sus ansias de pertenecerle son tantas que besa desesperada los labios del dios.

-Pero ¿qué haces, mujer?

-Te despierto mi Señor. Quiero ser tuya, quiero que me poseas, que me hagas conocer el placer carnal. Hazme tuya Zeus. –las palabras salían a borbotones de sus labios, en forma impulsiva y sin pensar.

-¿Dónde está lo que te pedí? –le inquirió Zeus con toda calma.

Europa abrió el manto y ante los ojos del dios apareció lo que sería una tercera parte de la hogaza de pan, la mitad del queso y un pellejo de vino que se notaba algo vacío.

-¿Y es esto lo que le presentas a Zeus? ¿las sobras de un festín? ¿Cómo te atreves mujer? ¿Cuántos han comido de aquí antes que yo?

-Esos alimentos ya han sido probados por otros, pero el plato principal está aún sin tocar, esperando por ti –dijo la joven poniéndose de pie.

Con un rápido ademán, quitó el broche que sostenía la tela de su túnica y ésta cayó al suelo. El maravilloso cuerpo de la joven Europa quedó al descubierto. Su cabello, que cubría pudorosamente uno de sus pechos y el cofre de su virginidad, fue corrido por una ráfaga de aire tibio.

-¡Por todo el Monte Olimpo! ¿Cómo te atreves a ofrecerte de esa forma? Eres una doncella, una virgen, pero ya veo que tendré que enseñarte cómo comportarte. Conozco a las de tu clase… y sé cómo corregirlas.

Sin mucho esfuerzo tiró del brazo de la joven que fue a aterrizar sobre sus rodillas. Tenía un culo descarado y respingón. La mano del dios de los cielos, del rayo, el trueno y el águila descargó su mano sobre las níveas protuberancias de Europa, que comenzaron rápidamente a tomar el color de las amapolas.

Con cada palmada el cuerpo de la muchachita se retorcía. Lanzaba pequeños gemidos y en su fuero íntimo gozaba al sentir la mano del dios sobre su piel. Con el movimiento la joven se había descolocado, así que el dios volvió a ponerla en su lugar y luego, para sostenerla, pasó la mano sobre su cintura. Una vez allí comenzó a acariciarla hacia arriba hasta que el pecho derecho de Europa estaba en su mano. Lo acarició suavemente y tomó entre sus dedos el suave pezón y lo apretó dura y firmemente, mientras que con la otra mano buscaba el botón del placer de la jovencita, mientras esta gemía entre el placer y el dolor. Cuando lo encontró, empapado en sus propios jugos, comenzó a acariciarla hasta llevarla al punto del orgasmo, pero sin permitirle que llegara al máximo placer. Fue entonces que la hizo poner de pie y la obligó a caminar a su alrededor…

Zeus no podía creer tanta belleza. Desde el rostro arrebolado de la joven, bajando por su cuello y hombros, los pechos blancos adornados por dos pezones rosados, el vientre liso y sedoso, las generosas caderas, el culo rojo y túrgido, las piernas curvilíneas hasta los pequeños pies, todo en ella era perfecto. El dios, extasiado, tomó a la doncella en sus brazos y la introdujo en la fuente, donde lavó con sus propias manos cada centímetro de excitada piel. Al salir del agua, secó con su boca y con su lengua el cuerpo juvenil. Luego, la tendió sobre su propio manto y comenzó a cebarla con los alimentos que ella misma había conseguido con tanto esfuerzo.

Tendida a su merced, tomó el pellejo de vino y lo esparció sobre ella, para luego lamer hasta la última gota de aquel néctar que se mezclaba con los de la mujer, produciendo un elíxir que emborrachaba al dios de tanto placer. Su virilidad estaba en su cenit, en el punto máximo de excitación cuando decidió penetrarla hasta lograr su desfloración. Fue en ese instante en que se dio cuenta, al mirar sus ojos, que todos los personajes con los que había estado, el molinero, la quesera y el bodeguero… eran Zeus disfrazado. Debió darse cuenta antes, porque todos tenían los mismos ojos y la misma mirada. Pero nada le importaba, estaba feliz de estar con el padre de todos los dioses del Olimpo y posiblemente el mejor amante.

Aquella tórrida tarde se amaron varias veces hasta caer rendidos. Se durmieron abrazados para volver a unirse en la noche una y otra vez. La Fuente de Gortina fue testigo de los embates pasionales del dios y la mortal. Un árbol que daba plátanos, después de aquellas escenas de amor, sexo y lujuria, volvió sus hojas perennes.

Cuando Europa despertó, el dios ya no estaba junto a ella, pero le había dejado tres valiosos regalos: Talo, un autómata que utilizaría cuando se convirtiera en la primera reina de Creta para vigilar la isla; Laelaps, el perro que siempre acertaba con sus objetivos de caza, y por último una jabalina que siempre daba en el blanco.

Cuenta la leyenda, que la princesa a los nueve meses dió a luz a los tres hijos de Zeus: Sarpidón, Radamantes y Minos que llegaría a ser rey de Creta y se convertiría en el carcelero del Minotauro. Para que Europa no quedara desamparada, el dios arregla su boda con Asterión, rey de Creta que toma a los hijos de la joven y el dios, como propios.

También se dice que tras la muerte de Europa, en su honor el mayor de los dioses del Olimpo creó una constelación con forma de toro, ya que gracias a eso había podido raptar a la princesa. Desde entonces Tauro se incluye entre los signos del zodiaco.


- F I N -

domingo, abril 12, 2009

Corín Tellado: la Dama de la novela rosa

María del Socorro Tellado López nació el 25 de abril de 1927 en Asturias.

Esta maravillosa y talentosa escritora comenzó su obra muy jovencita; publicó su primera novela “Atrevida Apuesta” en 1946, con apenas 19 años y después que un librero la puso en contacto con la Editoral Bruguera , que la contrató con la condición de que escribiera una novela por semana.

En la España de la postguerra sus novelas se vendían como pan caliente, por sólo un duro (5 pesetas). Se hizo conocida en Latinoamérica a través de la publicación de sus novelas cortas en la revista “Vanidades”, a partir de 1951.

Sin duda que una señora capaz de escribir más de cuatro mil novelas en 63 años de carrera, vender 400 millones de ejemplares y ser la escritora más leída luego de Cervantes, merece toda mi admiración. Sacando cuentas muy rápidamente, sólo una persona privilegiada como ella puede escribir un promedio de más de una novela por semana. Y lo más asombroso es que, a pesar de tratar siempre el mismo tema, el amor de pareja, no se repetía en sus argumentos.

Fui una de sus tantas lectoras en mi adolescencia, cuando las mujeres soñamos con el amor. Siempre me llamó la atención que sus novelas no tienen una época definida, sino que siempre tuvo el cuidado de describir los lugares, los personajes y toda la ambientación, ropa inclusive, de forma que uno lo pueda ubicar en cualquier año del siglo XX, a partir de 1945 o 50. Simplemente magistral.

Sus novelas fueron también adaptadas al cine y a la televisión por medio de telenovelas, tanto en España como en América Latina.

Admirada y querida por talentos de la pluma, a esta asturiana le fue otorgada la medalla al “Mérito en el trabajo”.

Ayer, 11 de abril, falleció a la edad de 81 años en Gijón, Asturias, España, y no puedo dejar de escribir sobre ella y compartir con ustedes esta noticia.

Desde mi lugar de aprendiz de escritora, reciba usted mi humilde homenaje a su talento. Gracias por habernos dejado su legado que es un canto al amor rosa, gracias por su lucha porque el Asturianu o Bable fuera aceptado como lengua, y gracias por haber compartido con nosotros sus dotes para la pluma.

Descanse en Paz Corín Tellado…

martes, abril 07, 2009

Versiones Spankas de Mitología Griega: EROS Y PSIQUE (parte final)

Autora: Ana Karen Blanco
Vagando su tristeza por la tierra y consciente del error que había cometido, Psique piensa en su amado. En tanto Eros que había decidido irse al Olimpo, llora tendido en su lecho, enfermo de amor.

El dios del amor había desaparecido y el mundo decaía tornándose feo, aburrido, sin gracia ni placeres. Los niños, amigos y amantes estaban solos y nadie mostraba afecto.

Los dioses no comprendían qué pasaba, pero una gaviota le contó a Afrodita el motivo de tanta desdicha: el amor de su hijo por Psique. No era una diosa, ni una musa, sino… una simple mortal. Con todo su enfado fue al Olimpo y enfrentó a su hijo llenándolo de reproches y sentenciándolo que si seguía así le quitaría sus armas para dárselas a otro. De nada servían sus palabras: Eros seguía sumido en una profunda tristeza.

Afrodita, como madre y suegra, quería atrapar a la princesa para castigarla y regresar al mundo a su estado normal. Desde que esto había pasado, los hombres habían dejado de reverenciarla. Así que, según Apuleyo en “El Asno de Oro”, la diosa ofrece una recompensa a quien dé algún dato de Psique:

«Siete dulces besos de la boca de la mismísima Afrodita, y un exquisitamente delicioso empujón de su lengua de miel entre sus apretados labios.»

Según parece, Vieja Costumbre habría sido quien capturó a Psique. No hay ningún documento que diga si disfrutó o no la recompensa. La pobre princesa fue entregada a manos de las temibles Pena y Ansiedad, que la castigaron sin piedad y fue luego devuelta a la diosa.

Posiblemente ninguna diosa sea tan rencorosa como Afrodita; aún con Psique arrodillada ante ella, seguía enojada, ya que por culpa de esa mortal su hijo era infeliz; aún envidiosa de la belleza de la princesa, comienza a poner en práctica su venganza.

-No te perdonaré ni permitiré que mi hijo regrese a tu lado a menos que dejes de ser mortal. Para lograrlo deberás primero cumplir cuatro tareas; recién entonces serás merecedora de convertirte en esposa de Eros, el dios del amor, hijo de Afrodita –dijo la diosa con todo el orgullo de sentirse superior a la joven, sino en belleza al menos en poder.

-No podré hacerlo…

-Si realmente lo amas, lo harás. Si no eres capaz de intentarlo siquiera, puedes irte. No eres digna del amor de un dios.

En ese momento recordó el rostro de su amado y la tristeza por su pérdida le llenó el alma de pena. Tenía que hacerlo aún corriendo el riesgo de no lograrlo.

-Dime cuál es mi primera tarea diosa mía…

-Tu primera tarea será acomodar un montón de semillas de siete tipos: trigo, cebada, mijo, simientes de adormideras, garbanzos, lentejas y habas, de forma que cada una esté en el lugar apropiado antes del anochecer. Ahora vete y no regreses hasta haber concluido tu tarea, o sea, al anochecer.

Cuando Psique se enfrentó a la pila de semillas de diferentes tipos, vió que su tarea era imposible de realizar en tan poco tiempo. Dió por perdido su amor por Eros y lloró desconsoladamente. Sus lágrimas y su llanto desesperado atrajeron la atención de una mujer que pasaba por allí. Al preguntarle la razón de su congoja, la princesa le contó su tragedia.

-¿Y a ti te parece que estás en esta situación debido a qué?

-A que mis hermanas me incitaron a desobedecer; a que tuve el descuido de que se me cayera una gota sobre mi amado, y a que la diosa Afrodita me obliga a hacer esto para recuperarlo sabiendo que no lo podré hacer –contestó rápidamente Psique entre sollozos.

-Sí podrás hacerlo con mi ayuda, pero esto te ha sucedido por una razón que no mencionaste. Ahora ¿estás dispuesta a pagar cualquier precio que te pida por ayudarte a realizar esta tarea?

-No si ello pone en juego mi honor. Prefiero perder a mi Amado.

-No, no comprometerá tu honor. Pero deberás pagar un precio y no podrás rehusarte. ¿Aceptas?

-Sí, acepto –dijo sin dudar.

-Bien… trato hecho.

La mujer levantó sus brazos y lanzó un sonido casi imperceptible; era un sonido extraño. En cuestión de segundos manchas negras se encaminaron hacia ellas: eran hormigas. Cientos, miles de hormigas que tomaban las semillas y las iban colocando en siete montones. Las horas pasaban y las incansables trabajadoras hacían bajar cada vez más la pila principal mientras las más pequeñas iban creciendo a su alrededor. Antes del anochecer, la tarea estaba cumplida y la mujer desapareció junto con las hormigas.

Cumplida la tarea y antes del atardecer, Psique se presentó ante Afrodita. La diosa, algo asombrada por el logro de la joven, le sentenció la segunda tarea.

-Tu segunda tarea será traerme el áureo vellón del rebaño de carneros dorados de sol que pastan cerca del río.

Camino a cumplir su segunda tarea, la joven pensó en lo fácil que será trasquilar los carneros y volver con el vellón para la diosa. Pero no era así. Al llegar al lugar vio que los animales eran excesivamente agresivos y sería imposible quitarles un vellón. Su desesperación fue tan grande que sólo pensó tirarse al río, pero una voz la detuvo.

-Calma… no desesperes.

Psique miró a su alrededor pero no vio de dónde provenía aquella voz que era como un soplido. Al sentirla nuevamente comprobó que provenía del viento que pasaba por una caña quebrada.

-¡Oh, dulce viento! Es que la tarea que me ha impuesto Afrodita es irrealizable.

-No lo es. Yo puedo ayudarte si prometes cumplirme un deseo.

Luego de titubear unos instantes la joven pensó que el viento no podría pedirle ningún deseo que fuese contra su honor, así que aceptó.

-Dime cuál es el secreto, qué debo hacer.

-Debes esperar a la noche. Los carneros duermen, descansan y tú podrás entrar con cautela y quitar los vellones que dejan en los arbustos al refregarse en ellos durante el día. Si en algún momento quisieras quitárselos de otra forma, te matarían.

Agradecida con el viento, Psique esperó la noche y con gran sigilo fue tomando uno a uno los vellones de los arbustos, logrando así dar por cumplida su segunda tarea al entregar su pedido a Afrodita.

-Bien, jovencita. Ahora deberás cumplir con la tercera tarea. Toma. –le dice mientras le extiende una vasija de cristal- Tu tercer tarea consistirá en llenar este recipiente con las aguas estigias. Aquí espero tu regreso.

Una sonrisa burlona se dibujó en el rostro de la diosa. Psique tomó la vasija y con su cabeza baja se retiró del lugar.

La tarea era irrealizable para cualquier mortal. Esas aguas eran las que alimentaban los ríos de los infiernos y caían desde lo más alto de una enorme montaña, casi imposible de ser escalada, y encima, custodiada por dragones. La única forma de llegar era muriendo primero. En la ladera de la montaña se sentó y rompió en llanto una vez más.

Un águila que revoloteaba por los aires, bajó y se acercó a ella preguntándole qué le pasaba. Psique le explicó la tarea que le había encomendado Afrodita.

-Eres una mortal necia y tonta. ¿Cómo esperas hurtar…? Es más ¿Cómo imaginas tocar siquiera una gota de esas aguas tan crueles como santas? Hasta el mismo Júpiter se espanta ante ellas. ¿Sabías que así como los mortales juran por los dioses, estos juran por la majestad del lago Estigio? Dame ese recipiente.

Con la vasija de cristal en el pico y tras un vuelo magistral del que Psique no perdió detalle a la distancia, el águila logró llenar el cacharro y volver al lado de la princesa.

-Antes de tocar nada, debes prometerme que obedecerás una orden mía, cuando llegue el momento.

-Acepto –dijo Psique con toda seguridad.

-Toma entonces el recipiente y márchate.

Afrodita no daba crédito a sus ojos cuando la joven presentó la vasija repleta con las negras aguas del Estigio. Sus sentimientos se encontraron: por un lado estaba feliz de que la mortal que amaba su hijo fuera capaz de superar pruebas tan duras, pero por otro lado la enojaba que lo lograra.

-Has cumplido hasta ahora todo lo que te he encomendado. Veremos si eres capaz de superar la última tarea. Deberás ir al reino de los muertos y pedirle a Perséfora que te regale un pote con su ungüento de belleza. Si logras este último pedido, no sólo tendrás mi perdón sino que intercederé para que mi hijo Eros te perdone. Vete.

Su cerebro no paraba de pensar. ¿Ir al reino de los muertos estando viva? Solo podría lograrlo si muriese. Si estuviera muerta seguro que de alguna manera sería vuelta a la vida otra vez, aunque no sepa cómo. Lo mejor sería tirarse de la torre, así que sube hasta lo más alto asomándose peligrosamente al borde. Duda un momento, y es cuando oye una voz proveniente de la propia torre:

-¡No lo hagas Psique! Puedes lograr tu tarea si sigues mis instrucciones.

-¿Qué debo hacer? Dímelo y seguiré tus explicaciones sin dudar.

-No tan rápido niña. Primero deberás prometerme una ofrenda que me darás cuando te sea reclamada.

-Así será querida amiga. Dime ahora qué debo hacer.

La voz le indicó cómo llegar a la entrada del reino de los muertos y cómo actuar, además de otros secretos que tendría que ir usando a medida que se le fueran presentando las dificultades. Agradecida, Psique se retiró veloz hacia el camino indicado.

Luego de un largo periplo que no detallaré para no aburrir más al lector, Psique logró entrar al reino de los muertos por la entrada de Ténaro en el sur de la Hélade , llevando dos monedas en su boca y un trozo de pan de cebada untado con miel en cada mano, tal como le había dicho la torre. Al acercarse a la entrada, el Cancerbero le salió al paso y allí tuvo que utilizar el primer trozo de pan. Mientras que el guardián de tres cabezas devoraba el manjar, tuvo tiempo de escabullirse y pasar velozmente por el costado del monstruo.

Ya en el infierno, Psique recordó que no debía sentir lástima por nadie porque la Compasión no vive en este lugar. Así que haciendo oídos sordos a todos los ruegos y pedidos, pasó de largo ante el hombre cojo que le solicitó que le ayudara a levantar la leña que había caído de su mula, y no intentó salvar al hombre que se estaba ahogando, sino que siguió adelante hasta llegar a las orillas del río Estigia, cuyas aguas ya conocía. Allí estaba Caronte, esperando en su barca.

-¿Qué quieres mortal?

-Que me cruces, y aquí tienes tu óbolo –dijo con seguridad Psique, sacando una de las monedas de debajo de su lengua. La voz de la torre le había dicho que en el infierno todo se paga de una forma u otra porque allí vive la Codicia. Y para que el barquero de los infiernos la cruzara sin cobrarle, debía esperar cien años.

Una mano podrida y fétida salió del suelo y un descarnado se levantó, ofreciéndole ayuda para subir a la barca. Entre el terror y el asco, Psique subió presurosa sin aceptar la ayuda del muerto.

En el viaje vio a las Tres Tejedoras del Destino que le hablaron, pero prefirió hacerse la distraída y no entender nada de lo que le decían.

Una vez que Caronte la hubo cruzado, logró llegar delante de Perséfone y quedó admirada por su belleza.

-Siéntate –le dijo Perséfone indicándole una silla acojinada.

-Gracias por su generosidad Señora, lo haré aquí –contestó hábilmente la joven, sentándose en el piso mientras recordaba que la torre le había advertido que si se sentaba en esa silla se olvidaría de todo.

La anfitriona chasqueó los dedos y de inmediato fue preparada una mesa con los más deliciosos manjares.

-Sírvete lo que desees –ofreció con la más cordial sonrisa la esposa de Hades.

-Le agradezco su hospitalidad, pero no tengo ni hambre ni sed.

Otra vez su habilidad y su memoria la salvaron, recordando que quien come algo en el infierno, allí se queda para siempre.

-Entonces… ¿qué es lo que quieres de mí?

Psique le contó lo más brevemente que pudo su historia y el pedido de Afrodita. Lentamente y con una gracia sin igual en sus movimientos, Perséfone colocó un poco de su ungüento de belleza en un pote, tal como le solicitó la valiente joven que había entrado al infierno por recuperar el amor de su vida.

-Ya tienes lo que viniste a buscar. Puedes retirarte y volver al mundo donde está la luz, deliciosa y brillante. Pero recuerda: bajo ninguna circunstancia podrás abrir ese pote; sólo puede ser abierto por Afrodita. Quedas advertida.

La princesa, velozmente agradeció y salió en busca de Caronte, al que entregó la otra moneda para que la llevara de vuelta a la otra orilla. Corriendo, con el pote fuertemente apretado en sus manos, llegó a la salida, donde arrojó lejos el otro trozo de pan y huyó rápidamente. Estaba fuera de los infiernos, y el pote estaba a salvo. La última tarea estaba cumplida.

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¿A quién le asombraría que esta princesa, casi spankee por lo desobediente, caprichosa y sobre todo curiosa, se le pasara por la cabeza el abrir el dichoso pote? Supongo que a nadie ¿verdad?

Pues sí queridos lectores, esta curiosa princesa comenzó, en su camino de vuelta al templo de su suegra, no tuvo mejor idea que hacer lo que había sido advertida que no lo hiciera: abrir el pote. Pero no le importó. Olvidando que había sido la curiosidad la que ya había arruinado su vida una vez, volvió a caer en el mismo error.

Sentada en el pasto de un prado, mirando hacia todos los costados como si alguien la estuviera espiando y con sumo cuidado, abrió el pote. Pero en vez de encontrar belleza el vaho que despide el contenido del pote, hace que encuentre el sueño eterno. Cae en un profundo letargo, dormida para toda la eternidad.

Así la encontró Eros, que advertido de lo que le había sucedido a su amada y apiadado por todo lo que había pasado la joven por reconquistar su amor y conseguir su perdón, corrió a su lado para rescatarla. Y así la encuentró, con el pote caído a un costado y más bella que nunca.

Para poder extinguir los poderes del pote, lo cierra herméticamente. Acto seguido, toma una de sus flechas con punta de oro y toca la frente de su amada, que despierta de forma inmediata. Al ver a Eros, lo abraza y besa desesperadamente, feliz por el reencuentro.

Luego de amarse apasionadamente, Eros tomó en sus brazos a Psique, que llevaba el pote apretado entre sus manos y volaron por los aires hacia el templo de Afrodita.

Al llegar, la joven princesa lo entregó a la diosa y esta, conmovida por el esfuerzo y la capacidad de su nuera para pasar las duras tareas que le impuso, y al ver tan feliz a su hijo nuevamente, la perdonó.

-Psique, por mi parte estás perdonada, pero alguien tiene algo más que decir aquí. ¿Verdad hijo?

Eros se adelantó y tomó a su amada de la mano.

-Mi bella Psique, estoy feliz de que hayas logrado el perdón de mi madre. También tienes el mío, pero… No he olvidado todo lo que ha sucedido, la forma en que me hiciste sufrir por tu curiosidad y cómo sufrió el mundo a consecuencia de ello. Sé que ya has expiado parte de tus responsabilidades con la realización de las tareas, pero aún no es suficiente. Te diré que en cuanto a las tareas, hay aquí cuatro visitas que reclaman verte –dijo señalando a un costado. Al instante aparecieron Demeter, Éolo, el mismísimo Zeus y Perséfone; la joven princesa no entendía.

-Pero… ¿por qué están ellos aquí? –preguntó

Afrodita se acomodó en su trono para ver la escena que se venía. En ese instante uno de los personajes, una mujer, se adelantó.

-Yo soy la diosa Demeter, hija de Rea y Cronos. Soy la diosa de las Cosechas, de los campos. Si recuerdas tu primera tarea, soy quien te ayudó a realizarla. Mandé a las hormigas como representantes de la Naturaleza y ellas, siguiendo mis instrucciones, hicieron siete montones que quise que significaran las siete fuerzas de la Naturaleza.

En aquella circunstancia te pregunté dos cosas: si sabías por qué estabas en esa situación y no me contestaste; luego te pregunté si estabas dispuesta a pagar cualquier precio que no manchara tu honor y me dijiste que sí. Bien… he venido a cobrarte.

-Es un justo reclamo Señora. Dígame cómo y cuánto debo pagar.

-Buena pregunta, pero veo que sigues rehusando reconocer el motivo que te llevó a estar en esta situación, así que te lo diré: fue tu curiosidad. Y es por eso que estoy aquí, para darte una lección que te ayude a recordar que no debes ser curiosa.

La princesa bajó la cabeza y no se animó a decir nada. Afrodita se revolvía en su trono pensando en lo buena que se estaba poniendo la situación. Demeter hizo desnudar a la joven y atarla a una columna. Tenía un cuerpo envidiable, joven y perfecto. Fue en ese momento que se presentó un esclavo portando un instrumento: era un mango de madera con siete cuerdas atadas a él, colgando, y con un nudo en el extremo de cada soga.

-Hay un número –dijo Demeter- que se repitió mucho, así que yo lo volveré a repetir: es el siete. Siete semillas, siete montones, las siete fuerzas de la Naturaleza ,… así que el precio que te cobraré por la ayuda prestada es que te azoten con ese látigo de siete puntas. ¿Cantidad de azotes? Siete veces siete.

Sin decir nada, la joven aceptó en silencio la sentencia. Los azotes comenzaron a caer, pero sin la fuerza máxima que el verdugo podía golpear. Aún así, la espalda, las piernas, y sobre todo los glúteos, dieron cuenta a fuerza de líneas rojas, de cada uno de los azotes. Al terminar, Psique estaba dolorida y exhausta.

-Por ser la diosa de la Naturaleza , te daré un don y al mismo tiempo un castigo: que cada vez que recibas un escarmiento, tu cuerpo jamás quede marcado y todo se cure rápidamente cuando haya terminado. Ese es el don, y la condena será que nunca podrás disfrutar demasiado tiempo la visión de las marcas de los azotes. He visto que sufres pero también los gozas, así que allí tienes el don y el castigo.

En ese mismo momento las marcas de los azotes comenzaron a desaparecer, mientras que la joven era desatada y el segundo personaje se acercaba a ella.

-Soy Éolo, dios de los vientos, quien te prestó ayuda en la segunda tarea convertido en la brisa que vibraba en la caña y te hablaba. Tú aceptaste cumplirme un deseo.

-Sí Señor…

-Mi deseo es que, de pie y con las manos apoyadas en una butaca, recibas los azotes que te daré con esta vara silbadora –dijo mientras cortaba el aire con una fina vara de mimbre que hizo temblar de miedo a Psique. Aún sabiendo lo doloroso que sería, marchó firmemente y se colocó en la posición indicada, con las piernas muy cerradas. Su amante se puso delante de ella, mirándola a los ojos y apoyando sus manos sobre las de su princesa.

-Abre tus piernas… y permite a los dioses deleitarse con el espectáculo de tu cuerpo.

Con su mirada puesta en las partes más íntimas de la princesa, el dios de los vientos comenzó a azotarla con varazos firmes, duros, contundentes y… silbadores. La vara cortaba el aire y producía un silbido agudo hasta que se estrellaba contra las nalgas juveniles de Psique. Unas finas líneas rojas cruzaban las nalgas y con cada azote la joven sollozaba por el dolor producido. Al mismo tiempo, el verse desnuda, observada, azotada en público, le producía una enorme excitación que se agrandaba por la presencia de Eros.

Al terminar los azotes, Éolo regresó a su lugar mientras las heridas se iban cerrando y Psique se recomponía rápidamente.

La otra mujer se acercó y fue reconocida al instante por Psique: era Perséfone.

-Ya me conoces: soy Perséfone, hija de Zeus y Demeter, pero también soy la voz en la torre. Yo era la más propicia para ayudarte, porque sé los secretos del infierno. Quería socorrerte a concretar tu amor, a que volvieras con tu amado Eros, pero… ¡me fallaste! Tu curiosidad pudo contigo una vez más.

¿Recuerdas que te pedí una ofrenda? Bien… ha llegado la hora que me la des. Quiero que me ofrezcas tus nalgas para dejártelas más ardientes que el fuego del infierno. Hoy aprenderás que la curiosidad no es buena consejera. Ven aquí…

Psique seguía desnuda, mientras la madre de su amante miraba divertida toda la escena. Perséfone tomó asiento en una cómoda butaca, mientras la princesa caminaba para ponerse sobre las rodillas de la dueña de la voz de la torre, e imaginaba que quizás se hubiese confabulado con su hermana, Afrodita, para hacerla caer en la trampa del pote. Una vez que estuvo al lado de la diosa, se colocó encima de sus rodillas y las nalgadas comenzaron a retumbar sobre los mármoles del templo de Afrodita.

La mano de Perséfone ardía, pero no tanto como las nalgas de la joven princesa. La diosa tenía una fuerza grandiosa en su mano ¡parecía que nalgueaba con fuego! Cada centímetro de las nalgas se puso rojo, muy rojo y brillante, como una lengua de fuego… Psique había soportado con entereza los otros castigos, pero este comenzaba a dolerle de una forma diferente. Sufría los azotes tanto como los gozaba, porque por su entrepierna comenzaba a escurrir un pequeño hilo de líquido nacarado.

Cuando creyó que había sido suficiente, la hizo ponerse en pie.

-Yo he terminado, ahora le toca el turno a mi padre.

-Sí… Zeus ha quedado para el final porque es el más importante. No hubieras logrado jamás la tercer tarea sin la ayuda del padre de los dioses convertido en águila –dijo el dios del trueno- En aquel momento me prometiste que obedecerías una orden mía.

-Sí, eso fue lo que dije.

-Bien. Entonces mi orden es que te cases con Eros en el Olimpo. El día de la boda tu esposo se encargará de castigarte como mereces por tu inclinación a la curiosidad, por desobedecerlo, por haber sometido al mundo a un tiempo terrible y porque así se lo ordeno yo. ¡Eros!

El dios, más gallardo que nunca, se presentó ante Zeus que miró a Psique a los ojos para hablarle.

-Eros se presentó ante su madre y ante mí para pedirnos permiso para casarse contigo. El permiso le fue concedido. Luego hablé con los dioses del Olimpo y convenimos en hacerles un obsequio que se les dará como regalo de bodas. Ahora… toma a tu mujer entre tus brazos y vamos al Olimpo. La boda se celebrará hoy mismo.

El Olimpo estaba de fiesta. Los novios lucían esplendorosos. Eran una pareja perfecta en cuanto a su belleza, y ese día la alegría los hacía verse aún mejor. Los esponsales comenzaron con Zeus como maestro de ceremonia. Llegado el momento más importante, el dios sirvió una copa con un líquido extraído de una vasija de oro.

-El momento ha llegado y ahora les diré cuál es su regalo de bodas de parte de todos los dioses del Olimpo. Psique… -la joven princesa se acercó al dios- Toma, bebe esto y serás inmortal; Eros nunca se apartará de ti y esta boda durará para siempre.

La joven obedeció sin titubear y al tragar aquel líquido se convirtió en diosa, en inmortal, adquiriendo un brillo y luminosidad especial que la hacía aún más bella.

Los festejos comenzaron y mientras los dioses, musas, ninfas y demás invitados bailaban, comían y bebían, los excesos de la mesa los llevaban a otro tipo de excesos que también estaban permitidos y eran bien vistos en esos días, y más en el Olimpo.

A hurtadillas, los contrayentes se escabulleron y lograron escapar al palacio de Eros. Era de día y se podían amar a la luz del sol. Comenzaron a besarse y cada beso era como agregar elementos combustibles a una hoguera. Cada vez el calor era más intenso y sus cuerpos comenzaban a pedir más y más.

Eros se recostó en un canapé e hizo que su esposa lo rodeara. Cuando se inclinó levemente para besarlo, él la tumbó sobre sus piernas y comenzó a nalguearla.

-Pero… ¿qué haces?

-Cumplo las órdenes del dios de los dioses. Zeus me dijo que te castigara y eso haré. Te dije que te había perdonado, pero no que me había olvidado de lo que habías hecho. Prepárate porque será una larga jornada de castigos para ti.

La mano del dios picaba, pero no era correctivo. Era más bien un delicioso dolor que la conducía al más puro placer. Los gritos de Psique no eran tales, sino gemidos de delectación y regodeo. La virilidad de Eros se hizo sentir sin esperar demasiado, pero aún no era el momento.

Paró de azotarla sólo para pasar sus dedos por la línea que dividía a los dos hemisferios y continúo bajando la mano por la entrepierna que ya estaba húmeda. Instintivamente, la joven abrió sus piernas para facilitar la tarea de su esposo, que comenzó a rozar levemente los labios de la vagina mientras pasaba suavemente sus dedos por el clítoris, en tanto que con la otra mano daba suaves azotes sobre las nalgas.

No pasó mucho tiempo sin que abriera los cachetes de la novel diosa y buscara su ano. Se encontraba cerrado y casi impenetrable, así que mojando sus dedos con la divina saliva, logró penetrar el agujero más íntimo de su amada y jugar con sus dedos en él, para deleite de Psique, que gozaba cada vez más intensamente.

-Ven, recuéstate a mi lado –susurró Eros. La mujer obedeció de inmediato. Con la suavidad que lo caracterizaba, Eros besó cada hebra de su cabello, su frente, nariz, labios y siguió bajando hasta los pechos erectos y suaves. Los suspiros de la joven eran música para sus oídos, así que siguió bajando hasta llegar a la zona más lujuriosa.

El clítoris se encontró esta vez con la punta de la lengua del dios y sus dedos. Con los unos rodeaba el centro de placer hasta llegar a la entrada de la vagina, y al moverlos hacia delante y atrás oprimiendo suavemente, tocaba con la lengua el clítoris concediéndole a su esposa sensaciones desconocidas por ella hasta ese momento.

El dios, con su experiencia, supo esperar hasta que la joven estuvo a punto de llegar al orgasmo para introducir entonces los dedos de su otra mano en la vagina y al mismo tiempo en el ano. Los espasmos no se hicieron esperar y un líquido suave fluyó mientras el clítoris sentía un suave movimiento que iba cesando a medida que las contracciones de sus músculos desaparecían.

La dejó descansar unos instantes, pero antes de que él lo esperara, ella había tomado por su cuenta el pene del dios del sexo, que no podía ser más perfecto. Imposible para la boca de la joven contener semejante ejemplar. Así que tomó con su mano derecha la base del pene y con movimientos ya conocidos por ella –él se los había enseñado las primeras veces en la oscuridad- torcía levemente el miembro mientras subía y bajaba su boca, y la lengua en el interior rodeaba toda aquella carnosidad como queriendo limpiarlo sin dejar ningún lugar sin lustrar.

Lo hizo ponerse en cuatro patas y sin dejar de masajear su virilidad, buscó el ano del dios y con su lengua lo abrió hasta poder introducir la punta. El vaivén de todos los movimientos hizo que el dios del sexo y del amor se extasiara. Tomó a su esposa y la penetró, gozando los dos más de lo imaginado por ellos mismos. La eyaculación no se hizo esperar y los gemidos de goce tampoco.

Eros pasó el resto de la jornada castigando a su esposa por orden de Zeus, y amándola con desesperación por el profundo amor que sentía por ella, mientras en el Olimpo los festejos por la boda continuaban.

Por fin, luego de mucho padecer, Eros y Psique, o sea, el Amor y el Alma pasaron a estar juntos por toda la eternidad. Y para colmar este amor, nace de esta pareja de dioses una hija que como no podía ser de otra manera, le pusieron por nombre, Placer. Vaya uno a saber por qué…

FIN


sábado, abril 04, 2009

Versiones Spankas de Mitología Griega - Primera entrega: EROS Y PSIQUE

Debo confesar que me encantan los mitos y leyendas de Grecia y Roma. Todas esas historias de inmortales y mortales, de caballos alados, gente convertida en una cosa u otra, y dioses con poderes increíbles.

Si bien hay varias historias que me atrapan, hay algunas que me atraen particularmente, entre ellas la de Atalanta, o la de Diana cazadora, o la de Afrodita. ¿Y qué tal la historia, romántica si las hay, de Eros y Psique?

La historia de estos dos personajes pertenece a la edad tardía del arte y la poesía griega y romana, pero… ¿la habrán contado correctamente? Creo que Lucio Apuleyo en su “Metamorfosis” (o El Asno de Oro) no le hizo justicia a esta maravillosa y romántica historia, así que los invito a conocer la leyenda de “Eros y Psique”, versión Spanka.

Psique era la menor de tres hermanas. Como no podía ser de otra manera, la princesita (era hija de un rey) era bellísima, tanto que la propia Afrodita envidiaba su hermosura, ya que muchos hombres habían dejado de adorarla por ir a conocer a esta princesa que no lograba casarse con ninguno, porque todos se sentían poca cosa para ella. Afrodita estaba celosa con toda razón, y ya sabemos cómo son las mujeres cuando nos ponemos celosas o envidiosas de otra mujer: a veces somos capaces de todo. Y esta diosa no sería humana pero tenía mucho de mujer, así que le dijo a Eros (o sea, Cupido, el dios del sexo y el amor) que le lanzara a la niña una flecha con su punta oxidada. La intención era que con esa flecha ella se enamorara del hombre más horrible y ruin que encontrase (o que muriera de tétanos, quién sabe lo que piensan estas diosas). Con esta pequeña introducción con bromas incluidas (lo siento, no pude evitar la tentación), comienza esta historia.

Eros partió velozmente del Olimpo y se dirigió a Anatolia. Las princesas reían y jugaban en los jardines del palacio del rey, distraídamente. El dios se escondió y quedó fascinado ante la impresionante belleza de Psique, que destacaba entre todas las demás. Tenía el cabello largo, castaño oscuro, con enormes bucles brillantes que caían a raudales por sus hombros y espalda. Los ojos verdes estaban enmarcados por unas enormes pestañas prietas que resaltaban con la piel blanca y brillante como el nácar. Tenía el cuerpo tan ondulado como sus cabellos, los pechos redondos y túrgidos resaltaban en su túnica que también envolvía unas caderas redondas y anchas. Las piernas torneadas por escultores divinos sostenían el más maravilloso trasero imaginado por hombre, dios o mortal. Tanta beldad no era posible en una mujer.

La risa cristalina, su forma de moverse, la gracia de sus brazos y manos… todo en ella era perfecto. El dios se enamoró sin quererlo, en cuestión de horas. Al darse cuenta que aquella era la mujer de sus sueños, se vio en la encrucijada de obedecer o no a su madre. Si la obedecía, haría infeliz a aquella primorosa muchacha y sería infeliz él mismo. Si no la obedecía, desataría la ira de la diosa.

Se acercó sigilosamente al cuarto de la princesa y la miró dormir. Su sueño era plácido y su pecho subía y bajaba lentamente con cada suspiro. Se veía tan atractiva tirada en la cama, cubierta con aquella tela que marcaba cada curva del cuerpo. Pero debía obedecer a su madre.

Eros tomó la flecha del carcaj que llevaba en su espalda, apuntó su arco y disparó sin titubear. La flecha dió en el blanco: el medio del mar. Había decidido su destino: raptaría a Psique. Entró a la habitación, tomó a la doncella en sus brazos y usando sus poderes partió volando hacia su palacio.

Una vez allí, Eros la despierta. La noche fue su cómplice y lo seguiría siendo. Eros, utilizando todos sus encantos como dios del amor, logró que la muchacha se enamorara de él y aceptara sus condiciones: siempre se verían en la noche y ella jamás trataría de saber quién era su enamorado. Psique, llena de amor aceptó, aún repleta de dudas y de curiosidad, porque había algo en aquel hombre que la hacía sentir muy bien, confiada, entregada a él sin reparos. No tardaron en amarse apasionadamente.

La experiencia del dios hizo que la joven conociera la pasión por primera vez. Con una dulzura única, luego de hablarle durante largo rato, comenzó a besarla de una forma tan suave que parecían caricias. El aliento del joven era como un fuego que la quemaba fatal y lentamente. Las manos comenzaron a recorrer los cuerpos y se toparon con pieles de terciopelo, suaves, tibias, túrgidas y ardientes.

Eros la recostó suavemente sobre la espalda mientras que sus manos continuaban el viaje de descubrimiento para ambos: mientras él develaba el cuerpo magnífico de la joven princesa, ella descubría el amor y el sexo de la mano de aquel desconocido que no era otro que el dios de aquellas cosas que estaba aprendiendo.

Rostro, cuello, pechos, vientre, piernas, pies eran recorridos por el joven dios, que no se cansaba de tocar a Psiquis, mientras ella gozaba por vez primera las delicias del sexo.

Al llegar el momento de la penetración y la desfloración, el gozo de ambos llegó al máximo terminando en un orgasmo que sólo sirvió para dar paso otro más La juventud, las ansias y ganas de amarse una y otra vez, hicieron que los jóvenes se amaran hasta caer rendidos en brazos de Morfeo que veló sus sueños, quizás envidioso de tanta dicha.

La primera noche fue deliciosa, pero Helios comenzaba a alejar a la noche saliendo del fondo del mar, montado en sus caballos de fuego. Eros sabía que era hora de marcharse para no ser descubierto por su amada. Ella no lo sabía, pero era la única forma de protegerla de Afrodita.

La joven pasaba los días sola en el palacio de Eros, esperando que la noche apareciera porque ella era quien traía a sus brazos a su amado.

Aunque las noches eran excepcionales, los días transcurrían lentos y tediosos. La vida de Psique se hizo aburrida y comenzó a añorar cada vez con más fuerza a sus hermanas y los momentos y juegos que disfrutaban juntas. En el palacio de su padre siempre estaba inventando travesuras que más de una vez la habían conducido a recibir fuertes azotes por parte de su padre o de algún esclavo. Muchas veces la joven pensaba en esas azotaínas y sentía la misma sensación que cuando recordaba sus momentos íntimos con su amante.

Su amante, su marido… Aún no había podido ver su rostro, no sabía quién era ni cómo era. Esas dudas la asaltaban durante el día e imaginaba que su amado era un monstruo, un ser horrible y deforme, pero al llegar la noche con sus sombras, no hacía otra cosa más que desear que apareciera para rogarle una y otra vez que permitiera verlo. La negación continúa era la única respuesta. Una noche, luego de oír sus quejas, lamentos y lloriqueos de niña caprichosa, el enojado dios la tomó del brazo haciéndola volar por los aires y aterrizar sobre sus rodillas. Estaba desnuda y su vientre se estrelló encima de las piernas del hermoso dios. Un hombre enojado era malo, pero un dios enojado podía ser terrible. La mano derecha del joven inmortal comenzó a caer sobre las bellas nalgas de la joven que por hermosas parecían pedir descaradamente ser nalgueadas.

Los gritos de Psiquis retumbaban en las paredes del palacio, y la ira del dios se fue calmando a medida que aumentaba el calor que desprendían los globos de la muchacha.

-¡Vaya, vaya! Esto está hirviendo –susurró Eros con voz risueña

-¿Está muy rojo? –preguntó tímidamente la joven

-Supongo que sí, no puedo verlo.

-Prende la lámpara y fíjate –agregó la princesita con un tono inocente.

-Eres muy inteligente amada mía, pero ya sabes que no puedes ver mi rostro. No puedo explicarte el por qué, ya te lo dije muchas veces, pero es por tu propio bien. Ahora, por querer engañarme, recibirás una nueva tanda de azotes.

Trató de protegerse con las manos, patalear, gritar y llorar prometiendo que no volvería a tratar de engañarlo pero lo único que lograba era darle nuevos motivos para que la siguiera castigando.

-Bueno –dijo luego de un rato interminable- no sé qué color tendrán tus nalgas, solo puedo asegurarte que si Hefesto necesitara calor, en tus nalgas podría encender lo que deseara.

Así como con anterioridad se habían escuchado los gritos y llantos de Psique, ahora podían oírse las risas del dios. La joven, sentada a su lado, comenzó a sollozar de forma incontrolable. Tan doloroso parecía su llanto que enterneció al joven.

-Ven aquí mi amada princesa, y deja de llorar. Era un castigo merecido y buscado, acéptalo.

-No lloro por el castigo mi Señor, sino por…

-Anda, cuéntame… ¿Por qué lloras?

-Como te vengo diciendo desde hace muchas lunas, extraño a mi gente y sobre todo a mis hermanas. Deseo verlas mi Señor, por favor.

-Psiquis, ya te dije que si las veías ellas se pondrán celosas de tu felicidad y querrán arruinarla. Terminarán con nuestra dicha y seremos infelices por siempre.

-No es así amado Señor. Yo necesito verlas, las extraño mucho y estoy segura que ellas a mí también.

-Si les haces caso nuestra felicidad terminará. Pero no quiero verte triste, sólo te pido que recuerdes mis palabras. Ahora duérmete en mis brazos. Descansa mi bella princesa.

Cayó en un sueño profundo y cuando despertó estaba en el palacio de su padre. Pudo finalmente abrazar a sus hermanas y contarles con lujo de detalles todo lo acontecido. Describió a su marido como el más maravilloso de los hombres, el que la trataba tan bien y la hacía tan feliz.

-¿Y quién es él, Psique? ¿Cómo se llama, qué hace?

Las preguntas de sus envidiosas hermanas comenzaron a llover sobre la joven que no sabía qué responder. ¿Cómo decirles que no sabía quién era? ¿De qué forma explicarles que no sabía cómo lucía y que ni siquiera podía pronunciar su nombre porque desconocía cuál era?

-Bueno, él… es un joven cazador

-¿Y es alto, es guapo? ¿Qué es lo que caza? ¿Dónde vive? ¿De dónde viene? ¿Cuál es su nombre?

-Caza… animales y viene de… viene de… un lugar muy remoto y casi inaccesible. Vive… vive… lejos de aquí. Su nombre, bueno… yo le dijo mi Señor…

-¿No sabes cómo se llama tu marido? –le increpó la mayor

-¿Ni dónde vive ni cómo luce? –agregó la otra hermana.

La menor de las hermanas comenzó a llorar desconsoladamente.

-A ustedes queridas hermanas, no puedo mentirles.

-No lo hagas, cuéntanos qué sucede...

-La verdad es que no se quién es. Una noche desperté y me encontré en un lugar desconocido, un bello palacio no sé en dónde. Él me dijo que me había visto y se había enamorado de mí. Me trato muy bien, dulcemente y nos amamos. Me enamoré de él pero no sé cómo se llama ni qué rostro tiene. Siempre aparece en las noches y tengo prohibido mirarlo con mis ojos mortales, así que no puedo encender ninguna lámpara ni nada que dé luz. En las noches de luna siempre se oculta en lugares oscuros.

-Claro, debe de ser un monstruo horrible -dijo la hermana mayor

-No lo creo. Tiene la piel muy suave y el pelo también. Me trata con mucha dulzura, aunque ayer me dio una fuerte azotaína.

-¿O sea que además te maltrata?

-No fue maltrato, fueron unas nalgadas como tantas veces hemos recibido aquí de nuestro padre o de algún verdugo.

-Deberías saber cómo es. Tu vida corre peligro. ¿Y si es un ser deforme y feo? ¿Por qué no quiere que lo veas? ¿Y si es un demonio de los infiernos? -vociferó la hermana mediana.

-Mira hermanita -le dijo la mayor- deberías saber con quién estás.

-Pero… es que me dice que no debo saber quién es por mi propia seguridad.

-Por tu propia seguridad deberías esperar a que se duerma, tomar una lámpara y verle el rostro para enterarte qué clase de monstruo tienes por marido. Debes saber con quién estás –agregó la mayor de las princesas con un gran énfasis en su voz.

-Pero... eso seria desobedecerlo y romper la promesa que le hice.

-Si te mata en un arrebato de locura ya no importara que lo obedezcas ni que seas fiel a tus promesas –le dijo, mirando por el rabillo del ojo a ver si convencía a su pequeña hermana de hacer lo que ellas le decían y poder así arruinar el matrimonio de aquella criatura que con su belleza opacaba la de ellas. Todos los hombres que se acercaban al reino y al palacio era en busca de su hermana menor, mientras que a las dos mayores todos las ignoraban.

-Nuestra hermana mayor tiene razón. Deberías saber con quien estás, pero seguro que no te animas a descubrir la verdad: te casaste con un monstruo diabólico –terminó diciendo la hermana mediana que odiaba a la pequeña con tanta o más inquina que la mayor.

La pobre joven se vio acosada por sus hermanas y su cabeza comenzó a elucubrar la forma de descubrir con quién estaba. Ella quería conocer el rostro de su amado, pero sabía que si él la descubría todo se terminaba.

La visita a sus hermanas no fue lo que había pensado. Casi no pudo jugar porque su pensamiento se posó en el hombre sin rostro al que amaba profundamente. No quería faltar a la promesa, pero al mismo tiempo su curiosidad era cada vez mas grande.

El tema se repitió varias veces en el día y la curiosidad de Psiquis aumentaba a medida que la jornada iba terminando. A la hora de dormir, escuchó nuevamente a sus celosas hermanas que le recalcaron la necesidad de ver el rostro de su esposo, y que sería un buen momento cuando él se durmiera.

Cavilando lo sucedido y con la mente en su amado sin rostro, Psique se durmió profundamente esperando ver a su amor al despertar, y así fue. Eros la despertó cubriéndola de besos y amándola una vez más.

Las horas que estaban juntos nunca les parecían suficientes. Habían estado separados el mismo tiempo de todos los días, pero por alguna extraña razón los dos sentían que se necesitaban más que nunca, así que se amaron varias veces antes de caer rendidos por el sueño y el cansancio.

Psique, con las palabras de sus hermanas aún en la cabeza y más curiosa que el resto de las mortales de su género, se levantó sigilosamente y prendió una lámpara. En el mayor de los silencios y con todo cuidado, temiendo lo que iba a ver, acercó la luz al rostro de su amado. La serena belleza de Eros la cautivó.

Tenía un rostro perfecto y aniñado. Sus ojos cerrados despedían paz, el cabello ensortijado, largo, rubio y brillante era el marco ideal para aquel ser divino. Sus labios, esos labios que la besaban con tanta pasión, eran gruesos y voluptuosos sin dejar de ser apetecibles. Recorrió el cuerpo con la lámpara deteniéndose brevemente en cada detalle, en cada músculo, en su parte más viril y cuanto más lo miraba, más se enamoraba de él. Pero su bello rostro era lo que más le llamaba la atención. Volvió a él y acercó la lámpara un poco más para poder admirarlo más de cerca.

Pero la suerte no estaba de su lado. Una gota de aceite caliente se volcó de la lámpara y cayó sobre el rostro de su amado, despertándolo de inmediato. Había sido descubierta y aquel rostro apacible y pacífico, se había convertido en una máscara de furia e ira que la atemorizó, haciéndola retroceder.

-¡Mujer! ¡Has traicionado mi confianza y mi amor! Lo único que te pedí es que no me vieras el rostro pero me desobedeciste. Espero que lo hayas mirado bien, porque nunca me volverás a ver. No mereces estar a mi lado.

-¡No mi Señor, lo siento! Mis hermanas me dijeron que debía conocer el rostro de mi esposo, y yo…

-Y tú preferiste hacerles caso a ellas y no a mí. Pues ahora pagarás tu atrevimiento. No me volverás a ver…

La ira del dios se había convertido en tristeza. Decepcionado, con los ojos llenos de lágrimas y oyendo los sollozos de Psique, Eros salió del palacio y desapareció hundido en una profunda tristeza... (continuará)

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domingo, febrero 01, 2009

LA LECCIÓN DEL BANDOLERO - capítulo final

Autora: Ana Karen Blanco

Al principio, las intenciones de Juanjo eran otras, pero ahora que había conocido a Merceditas, que la había visto personalmente, que se había prendado de sus ojos, de su cuerpo y de su sonrisa, no quería dejarla ir.

Ella, por su lado, no daría su brazo a torcer y seguía pareciendo una joven altiva, caprichosa y mal criada, pero en realidad se daba cuenta que en estos días había cambiado bastante. Este rapto le había permitido conocer otro estilo de vida que jamás imaginó. Y los castigos, los azotes, la humillación… todo eso le causaba sensaciones encontradas que no comprendía. Se le estaba volviendo habitual el hecho de sentir un cosquilleo en sus partes más íntimas, sentir correr jugos de su vagina o alborotarse con el revoloteo de mil mariposas en su estómago cuando sabía que la iban a castigar. Y eso era algo incomprensible e inadmisible en una señorita cristiana y decente. ¿Cómo era posible que disfrutara el dolor? ¿Era acaso ella una mártir como las de los libros que le leían en el catecismo? ¿Era eso lo que sentirían? Porque si no era así… ¿cómo explicarse las sensaciones vividas al recibir un azote, o al verse humillada con una palabra o una actitud?

A pesar de ser bandoleros, le parecía que aquellos hombres no deseaban hacerle daño, sólo querían convertirla en una mujer obediente y respetuosa. Había sido castigada incontables veces en pocos días, y aunque no lo admitía abiertamente, sus actitudes habían cambiado.

Juanjo la veía como vería un alfarero a la arcilla: húmeda, fresca, manejable, sumisa a la acción de sus manos y a sus deseos, aunque tuviera que moldearla una y otra vez hasta lograr el objeto deseado. No, no es que quisiera un ser sin vida propia, sino que se había propuesto que ella deseara estar a su lado por su voluntad, sin forzarla. Para eso debía enamorarla y lo haría, aunque aún no sabía cómo. Por ahora necesitaba tiempo, paciencia y esfuerzo, pero lo único que tenía a raudales era la disposición a esforzarse al máximo para lograrlo. En cambio la paciencia le era esquiva, pero estaba llegando lentamente. ¿Tiempo? No tenía demasiado, pero trabajaba día a día para lograr su cometido.

Las jornadas podrían haberse vuelto rutinarias, pero no era así. Ambos jóvenes estaban pendientes uno del otro: ella para escaparse en el menor descuido de Juanjo, y éste cuidando que no lo hiciera. Por otra parte, los rezongos y llamados de atención eran algo que formaba parte de la vida diaria en el campamento.

Merceditas no era tonta y había cosas que las hacía a propósito, sólo para verlo enojado y sonreírle burlonamente. El experto bandolero se preguntaba muchas veces si estaría buscando que la castigara. Si hubiese podido leer el pensamiento de la joven sabría que ella deseaba íntimamente sentir la fuerza de su mano sobre su cuerpo, no le importaba si era para acariciarla o para azotarla, pero quería sentir el contacto de su piel. Claro que ese deseo no era menor que la idea de huir hacia su padre y su vida de niña rica y mimada. Lo extrañaba ya que él la amaba, cuidaba y mimaba como nadie en este mundo. Pensó en aquel hombre de casi sesenta años y en lo desesperado que estaría sin saber nada de ella.

Con la cabeza baja y los pensamientos en su padre y en su hogar, tomó los baldes para ir hasta el arroyo a buscar agua como todos los días. Cuando llegó a la orilla se descalzó y al posar sus pies en el pasto, sintió una tibia caricia. El sol estaba en lo alto y sus rayos se hacían sentir. Remangó su falda y me metió en el agua; las ondas lamieron sus extremidades y los deseos de darse un baño no fueron pocos. Miró hacia todos lados: nadie andaba por los alrededores excepto los perros y Nocturno, que pastaba a pocos pasos de ella. No lo pensó dos veces. Junto a los zapatos dejó caer su corsé, la camisa, la falda y enagua, y por último los calzones. La brisa fresca la acarició, envolviendo la juvenil figura. Sombra y Bandido miraban a la joven echados sobre el pasto, mudos testigos del sublime cuerpo que poseía Merceditas, que se iba adentrando en el agua saltando para que las gotas fueran mojándola y resbalaran por su piel, que sentía el contraste del frío del arroyo con la calidez de su cuerpo.

No miró hacía atrás, solo siguió avanzando hasta que el agua casi había llegado a la altura de la cadera, sus pezones se habían puesto rígidos, reflejando de esa forma la frialdad del arroyo. Tomó un poco de ánimo y levantando los brazos se lanzó hacia delante, dando unas pocas brazadas. El agua se sentía deliciosa después de aquel chapuzón, pero al querer apoyar sus pies en el lecho del arroyo… se dio cuenta que no hacía pie y que el agua traía en ese punto su propia fuerza; entonces decidió volver. Braceó hacia la orilla, pero no se movía de lugar. Fue recién en ese momento que recordó las palabras de Goliat y Juanjo, que le habían advertido más de una vez que si decidía huir nunca lo hiciera por el arroyo porque era muy peligroso. Trató de mantener la calma y nadó con más fuerza, pero la orilla se veía cada vez más lejana y el arroyo la iba llevando sin que pudiera hacer nada.

Mil pensamientos le vinieron a la cabeza. No sabía qué hacer, y apenas si había avanzado. Su fuerza estaba extinguiéndose cuando una mano vigorosa la tomó del brazo: era Juanjo.

-Pasa tus brazos por mi cuello y tómate bien fuerte –le dijo mientras la ataba a él con otra cuerda.

Una vez que la hubo atado, comenzó a tirar de la otra cuerda y a avanzar hacia la orilla. Varias veces zafó de la cuerda y tuvo que volver a comenzar, hasta que finalmente hizo pie y pudieron caminar. Faltando poco para llegar a la orilla, desató a la joven, que no se animaba a mirarlo. Por el rabillo del ojo, Merceditas pudo ver que Juanjo había atado con gran maestría una resistente cuerda a un árbol cerca de la orilla.

-Lo siento…

-¿Qué lo sientes? No, aún no lo sientes, pero lo sentirás, eso puedo asegurártelo. ¿Cuántas veces te advertimos sobre el peligro de las corrientes del arroyo? –le gritaba Juanjo mientras la cubría con una manta.

-¿Cómo te diste cuenta que estaba en peligro?

-Lo imaginé desde un principio. Por eso te lo advertí, pero de todas formas sabía que tarde o temprano intentarías esa ruta para huir, así que vine hasta aquí con Goliat que hizo maravillas con los nudos, y preparamos las cuerdas. Hoy hacía calor e imaginé que harías algo así aprovechando para escapar. Cuando quise detenerte ya era tarde, así que corrí hasta aquí y te esperé, calculando llegar a tiempo para el rescate.

-Pero Juanjo… yo no me iba a escapar, solo quería bañarme.

-Eso no te lo crees ni tú –Merceditas bajó la vista y preguntó con cara inocente:

-¿Cómo es que Goliat sabe tantos nudos?

-Porque fue marino, pero no intentes cambiar la conversación. No te liberarás del castigo, comenzando desde ahora.

Se sentó sobre el pasto y tiró del brazo de la joven. Esta voló por los aires dejando la manta por el camino y fue a dar encima de su rodilla izquierda. Juanjo quedó extasiado con la desnudez de la joven. La espalda… tan perfecta, tan suave, tan marcada la línea de la columna… Su piel blanca y tersa, estaba llena de una minúscula y suave vellosidad que se transparentaba con la luz solar. Juanjo levantó más su rodilla y el vientre de la joven subió, dejando a la vista su parte más íntima. La vellosidad de su vagina conservaba aún pequeñas gotas del agua del arroyo, como conservaría una flor las gotas del rocío. Ella mantenía sus piernas cerradas, pero aún así sus agujeros quedaban totalmente expuestos.

El bandolero, acostumbrado a vivir experiencias de todo tipo, se sintió turbado ante tal visión. La belleza era incomparable, no había nada que se le igualara. Su mente se alejó de la tierra y vagó extraviada por los territorios de Eros y Afrodita, imaginándose como un fauno que habiendo atrapado una ninfa, la rapta para aplacar en ella sus más bajos… Bandido comenzó a ladrar a su alrededor, como pidiendo que no azotara a su amiga, trayéndolo de regreso a la realidad.

Miró las redondeces de la joven y recordó la técnica del Universitario. Y la probó. Cada nalgada hacía que las carnes de la joven se movieran graciosamente. Sonrió y siguió azotando, cada vez más fuerte. Le llamó la atención que Merceditas no protestara, pero continuó con la azotaína. Al cabo de un rato el rojo brillante de las nalgas reflejaban la luz del sol, casi encandilando su visión.

-Esta vez vas a aprender a obedecer.

Iba a seguir azotándola, pero los pensamientos y deseos más lujuriosos se apoderaron de él. Deseaba a Merceditas con toda la pasión de hombre, pero no podía hacerle nada. Estaba excitado y eso lo puso de muy mal humor.

-Levántate –le dijo mientras la ayudaba tomándola de la cintura- Vístete y vete de aquí, regresa a la cueva y ponte a hacer las tareas.

La joven se cubría apenas con sus manos y brazos.

-Juanjo, yo quería…

-¡Que te vayas mujer! ¿O no has oído la orden? Vete de aquí ahora mismo antes de que me arrepienta. ¡Vete!

Salió corriendo con la vista y el rostro bañado en lágrimas. No entendía por qué Juanjo la había tratado tan mal. Sí, ella había cometido un error, una falta grave, pero en su voz no sólo había enojo, sino también rabia e impotencia. Y no lograba adivinar el por qué.

En tanto él la veía alejarse corriendo, desnuda, con las nalgas rojas y el cabello húmedo aún. Aquella visión confirmó el amor que sentía por aquella ninfa que le había robado el corazón al ladrón más famoso de la comarca de Jaén. Se puso de pie y se encaminó hacia un rincón de la arboleda, con intención de llevar un poco de calma a tanto ardor interior.

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Merceditas estaba feliz de pasar los días con Juanjo, de hacerle rabiar, de buscar sus rezongos y sus castigos. A veces, la mayoría del tiempo, hacía cualquier cosa para llamar su atención, pero no siempre era así.

Ella estaba casi todo el tiempo feliz y radiante, aunque por momentos su tristeza era notoria. Eran los instantes en que recordaba a su padre y extrañaba el modo de vida que había tenido siempre. Pasaba largas horas pensando si quedarse o regresar, y siempre estudiaba la forma de escapar, aunque varias veces teniendo la oportunidad… no se animaba, y la ocasión pasaba y debía esperar la siguiente.

Aquel día se levantó dispuesta a todo. No tenía mucha noción de hacía dónde dirigirse, pero igual decidió marchar. Tenía que arriesgarse…

Nocturno estaba desensillado, pero aún así se trepó de él y comenzó a cabalgar hacia el mismo lado del arroyo por el que había ingresado cuando la trajeron el primer día. Los perros comenzaron a ladrar y el ruido de los cascos resonó en el bosque. El dueño del corcel apareció para verlos alejarse al galope. El silbido agudo que Juanjo lanzó hizo casi paralizar al animal, que frenando y al agachar su cabeza, lanzó por los aires a la joven que se dio de cabeza contra el pasto, quedando inmóvil.

Cuando Juanjo se acercó y se agachó junto a ella, comenzó a moverse lentamente entre quejidos y gemidos. Luego de asegurarse que no tenía ningún hueso quebrado, la tomó en sus brazos y la llevó hasta la cueva, colocándola en un camastro. Preparó un brebaje con yuyos que había recogido el Hermano y se lo dio a beber. Al rato la joven estaba profundamente dormida, pero no se despegó de ella y veló su sueño. Era todo un placer observarla dormida, tan plácida y confiada como un bebé. Se acercó a su cara y la llenó de besos. Cuando comenzó a moverse, se alejó prudentemente y se conformó con mirarla.

Ya estaba atardeciendo cuando Merceditas despertó. Intentó levantarse pero tenía todo el cuerpo dolorido.

-Veo que Mademoiselle se ha despertado. Justo a tiempo para que comience a pagar sus… ¿cómo llamarlas? ¿travesuras? ¿caprichos? ¿rebeldías? ¿Qué nombre le daría Mademoiselle?

-No sé de qué me habla –dijo ella tomándose la cabeza con ambas manos.

-Ah… no lo sabe. Pues hablo de todo lo que ha hecho hasta hoy: faltas de respeto, caprichos, rebeldías, contestaciones, desobediencias, y hasta… intentos de fuga, como el del otro día en el arroyo que casi nos cuesta la vida a los dos, y el de hoy, que casi hace quebrar a Nocturno.

-Casi, casi… No ha pasado nada en concreto, así que no puede decir nada. Le dije que seguiría intentando escapar, y –dijo sonriendo- sólo he tratado de cumplir mi palabra.

-Así que además es graciosa. Bien, eso significa que ya fue suficiente.

Sin dirigirle la palabra la tomó del brazo y la obligó a ponerse en pie, llevándola hasta una pared de la cueva. Una vez allí la puso contra la pared y la apretó, tomó sus manos y las ató para luego elevarla y colgarla de un gancho, dejándola apenas en puntas de pie.

Esta vez no usó nada cortante, sólo sus manos. Soltó el corsé y lo lanzó lejos, luego fue rasgando una a una cada prenda: blusa, falda, calzones y enagua quedaron a un costado hechos jirones. Una vez más la desnudez de la joven