“Querida y recordada familia:
Es mi mayor deseo que al recibo de esta se encuentren todos bien de salud. Yo estoy muy bien y feliz con este trabajo de institutriz.
Cuando don Agostino Sandoval marchó de Londres y les escribí mi última carta, que estoy segura él les entregó, aún no sabía si iba a ser aceptada o no para este puesto. Finalmente, el Duque de Volteen, Lord Raymond Sawford me contrató para ser la institutriz de sus sobrinas y me vine con él a su castillo en el noreste de Inglaterra, cerca de la ciudad de Newcastle, en el condado de Tyne and Ware.
Las niñas son estupendas y nos llevamos muy bien. Elizabeth es una mujercita de 17 años, y Melody es tan dulce como su nombre y tiene casi 13. Les doy clases de todo en general, incluso de protocolo, detalle que debo agradecerle a mamá por haberme explicado cuando esas cosas aunque dudara que alguna vez las fuese a usar.
Aquí está por comenzar el otoño y el tiempo refresca. El lugar donde está emplazado el castillo es espectacular, lo mismo que la gente de la zona y los empleados. Hay un ama de llaves, mucamas, cocinera, ayudantes, chofer, caballerango y mucha gente más.
Lord Sawford es un hombre muy serio y protocolar en su trato, pero justo y honrado. La señora Esther es el ama de llaves y las mucamas, Caroline y Susan, son encantadoras y muy compañeras. Luego está la gente de la cocina, el jardinero, el chofer y algunos otros, pero no tengo mucho contacto con ellos. Por ahora no conozco mucho más, aunque ya he salido a los alrededores con las niñas y me gustó mucho.
Ahora está de visita en el castillo un Conde, el cuñado del Duque, casado con la hermana fallecida de Milord. Su nombre es Lord Archibald Whitehouse, pero familiarmente lo llaman tío Pit. En su honor se dará una fiesta muy pronto, así que les volveré a escribir para contarles cómo es una fiesta de sociedad en el campo.
Tengo muchas cosas más para contarles pero será en la próxima carta. Muero de ganas de verlos a todos, los extraño mucho. También extraño nuestras comidas, el mate, la finca de la familia y los amigos; la vida me trajo hasta aquí y he de pagar un precio por quedarme, pero recuerden siempre que los quiero. Les dan mis cariños y recuerdos a todos por allí, y ustedes reciban todo el amor de esta hija y hermana que los quiere y añora,
Filomena Ferrato“
La carta había sido enviada gracias a la ayuda de la señora Esther y quizás en un mes su familia ya la estaría leyendo. Debía recorrer un largo camino: del castillo a Newcastle, de allí a Londres y luego un barco hasta Buenos Aires, donde más tarde pasaría a manos del cartero que la entregaría a su familia. Ahora podría irse a dormir, al día siguiente le esperaba una ardua jornada.
Se despertó más temprano de lo habitual, y luego del ritual de higiene, abrió el antiguo y pesado ropero que contenía las escasas ropas que le fueron otorgadas a su llegada. Era la primera vez que Filomena vestiría como amazona: un corsé ajustado le haría mantener la postura correcta, y por encima una blusa blanca abrochada hasta el cuello donde colocó una fina cinta de raso terminada en un pequeño moño, chaqueta negra con solapa de terciopelo y una amplia falda del mismo tono que llegaba diez centímetros por debajo de la rodilla. El pelo corto a la nuca permitía que se colocara el sombrero en forma de pequeña galera. Botas altas a la rodilla y guantes de cuero eran los accesorios perfectos para la terminación del vestuario. Al mirarse al espejo, éste le devolvió la imagen de una hermosa mujer, fresca y chispeante como el rocío que bañaba los campos a esa hora de la mañana.
Bajó puntualmente al comedor donde ya desayunaban los dos hombres. Los ojos del Conde querían salirse de sus órbitas al ver a Filomena acercarse: estaba realmente radiante.
-Señor Conde, Milord –saludo con una sonrisa- buenos días.
-Madame… -contestaron con una leve inclinación de cabeza.
-El traje de amazona le sienta estupendamente –dijo Pit.- Ahora resta por ver si su conocimiento en la monta y cabalgata coincide con el vestuario. Y no acepto que me diga en su defensa que tiene poca experiencia, porque no lo aceptaré.
-En mi país se dice que “En la pista se ven los pingos”. Allí podrá constatar si lo que le vengo diciendo de mi poca noción sobre el tema es verdad o no.
Un poco en broma y mucho en serio, siguieron hablando mientras que las niñas, ataviadas también para la ocasión, se sentaban y apresuradamente concluían su desayuno.
Al abrir la puerta principal, el frescor matutino los recibió como para terminar de despertarlos. El otoño se acercaba a pasos agigantados y las mañanas ya eran casi frías. Cruzaron el camino en dirección a los establos donde James los aguardaba con cuatro caballos, de los cuales tres ya estaban ensillados y listos. Era la primera vez que Filomena estaba en ese rincón de la propiedad. Le llamó la atención la varonil belleza del caballerango: era un hombre de unos treinta y cinco años, alto, con un rostro casi cuadrado, de cejas espesas y mirada tímida. Los músculos de sus brazos parecían querer rasgar las mangas de su camisa para liberarse y poder mostrarse en todo su vigor. El pantalón de pana no evitaba que insinuara otro atributo, seguramente bastante codiciado por las mujeres de la región. Un chaleco sin mangas y una boina con visera complementaban el sencillo atuendo del joven que desde su magnífica altura apenas se atrevía a mirar a los señores de la casa.
-Buenos días James. Veo que has cumplido con mi pedido. Permíteme por favor –le dijo mientras tomaba al caballo totalmente “desnudo”.
El caballo se veía manso y viejo, pero muy bien cuidado. Tenía la mirada tierna y daba la impresión de que si un niño lo montara no le haría falta darle ninguna instrucción, él con su experiencia desobedecería las órdenes del niño y haría lo correcto para preservar la integridad física de su jinete. Era de pelaje blanco con una cola lacia y larga.
-Bien señoritas, James nos ha dejado aquí todos los aparejos para ensillar a “Espuma”. Como verán, este bello corcel es anciano y por lo tanto bastante tranquilo, ideal para el aprendizaje. Melodie, este será tu caballo. Eso significa no sólo que lo montarás, sino que deberás cuidar de él, independientemente de lo que James le haga o lo cuide. Lo mismo va para ustedes dos –dirigiéndose a Filomena y Elizabeth.- Madame, creo que “Hechicera” es la yegua que usted se merece, y para mi querida Elizabeth tenemos a “Honey”. Ahora, para comenzar con las clases, las dejo con Filomena. Ella les dirá los cuidados previos y les enseñará a ensillar su caballo. Adelante madame, comience por favor –le indicó el tío Pit con una sonrisa burlona.
No se dejaría intimidar, así que apeló a su memoria y recordó los tiempos en que visitaba la casa de campo de la familia. Tomó a Espuma de las riendas y comenzó diciendo:
-No soy una amazona, y apenas si sé cabalgar, pero mi caballo es muy importante para mí, así que debo cuidarlo lo más posible, sobre todo en lo que tiene que ver con su pelaje y alimentación. Antes de ensillarlo siempre debemos ver si está seco, libre de virutas y totalmente sano, especialmente en el lomo, la zona donde va la montura.
Sobre un costado estaban acomodados todos los implementos para ensillar el corcel. Filomena los miraba de costado tratando de recordar los nombres y el orden de cada uno de ellos, pero su memoria le era esquiva con este tema.
-Señor Conde –dijo de repente- ¿me permite decirle algo en privado?
-Por supuesto… niñas, vayan en tanto acercándose y conociendo al animal. Pero con mucho cuidado. Recuerden para siempre esto: el caballo es un animal sumamente sensible. Tiene un campo de visión muy amplio, pero tiene también dos puntos “ciegos”. Nunca se pongan de frente al él o detrás de su cola porque no podrá verlas. Tampoco caminen delante de él, sino siempre de costado.
-Señor –le dijo Filomena cuando se hubieron alejado unos pasos- gracias por la oportunidad que me da, pero sinceramente no recuerdo casi nada. No estoy preparada para esto.
-¿Perdón? ¿Cómo que no está preparada? –dijo Pit con su peor cara de enojo- Dígame… ¿desde cuándo sabía usted que tendríamos esta clase?
-Desde anteayer a la cena Señor Conde
-Bien, entonces debería haberse instruido adecuadamente. Se podría haber ocupado ayer, o haberse levantado más temprano y venir hasta aquí en cualquier momento libre para que James le recordara lo que fuese necesario. Si es usted incompetente con su trabajo, no es mi problema ni mi responsabilidad. Sólo le diré algo: contaré cada uno de sus errores y le pasaré el informe a mi cuñado. Él es su patrón y verá cómo hacerle pagar su incompetencia. Ahora, siga con la clase de ensillado y después ya me haré yo cargo del resto –Se dio vuelta hacia donde estaban las niñas- Esto es inaudito…
¿Contarle a Milord sus errores? Diossss… ¡eso sería terrible! Seguramente la castigaría y quién sabe cuán severo sería esta vez. Debía recordar y no cometer errores, o al menos efectuar los menos posibles. Siguió los pasos del Conde y se dirigió hacia el caballo, al que acercó donde estaban los aparejos, dando una vuelta con él para dejar el lado derecho del animal contra los implementos. Una vez allí tomó una especie de alfombra y se la colocó sobre el lomo, hacia la parte de la cola, moviéndolo luego hacia la cabeza. El animal se movió, mostrando su molestia con un notorio relincho.
-Por Dios madame, ¿qué hace usted?
-Yo… sólo coloqué…
-James, ayúdanos aquí por favor. Ve colocando la brida mientras yo les explico a las señoritas... Madame, se ha ganado un punto en su contra. Y bien grande. Todos saben que no se debe de ir jamás, en ninguna tarea, a contrapelo del animal como hizo usted ahora. Y encima, sin haberlo atado antes. Pensándolo bien, que sean dos los puntos en su contra.
James tomó la jáquima y comenzó el proceso de cabestrear a Espuma.
-Como ven jovencitas, siempre hay que tomar la jáquima cuidando que esté derecha, sin torceduras y ampliarla para poder colocársela con comodidad y luego ajustarla. Siempre, recuerden, al costado del caballo para que pueda vernos. Luego vendrá la embocadura que dependiendo de la ocasión puede ser freno, bocado o filete…
Mientras el tío Pit iba describiendo paso a paso lo que James hacía con gran habilidad y destreza, el noble destacaba los pequeños detalles dando a las niñas y a Filomena una estupenda clase que difícilmente olvidarían.
Llegó el momento de montar y con la ayuda de los hombres, las tres damas tomaron su posición, con ambas piernas hacia el lado derecho del caballo. Una posición incómoda pero mucho más elegante para una dama. El Conde le regaló a cada amazona una pequeña y coqueta fusta mientas continuaba con su lección.
La primera clase de equitación resultó divertida y tranquila, además de corta. Los traseros de las tres jóvenes dieron las gracias en silencio, ya que aún tenían “recuerdos” de las azotaínas recibidas.
Al regresar al establo debieron, con la ayuda de James, darles a sus corceles el tratamiento debido y luego regresar al castillo para ponerse a las órdenes de Esther e ir preparando la fiesta que debía estar lista para dentro de poco más de tres semanas.
Los días fueron pasando velozmente mientras aprendían a cabalgar como verdaderas expertas. El tío Pit era muy estricto como entrenador y no les perdonaba ningún error.
Pero aquella mañana había sido muy particular; parecía que las jovencitas se habían puesto de acuerdo para hacer todo al revés, y para ellas todo era una risa. Eso, además de que el tío Pit estaba especialmente quisquilloso y severo, sin ganas de soportar niñerías.
Las tres muchachas habían aprendido a cabalgar como “ladies”, sentadas de costado y con faldas, pero ese día usaban pantalones de montar, ajustados a su cadera como una segunda piel, dejando visibles sus vientres planos contrastando con la curva de las caderas y la redondez de sus nalgas, jóvenes y túrgidas, deliciosas para azotar y magrear. El Conde debió hacer grandes esfuerzos para mantener su mente ocupada en la clase y no dejar volar su calenturienta y morbosa imaginación.
-Hoy jovencitas, cambiaremos los caballos de todos los días por otros corceles más briosos y veloces. Considero que en estos días han aprendido lo suficiente como para pasar a montar mejores animales. Le pedí a James que los tuviera preparados para no perder tanto tiempo.
El caballerango apareció con cuatro magníficos caballos. Uno totalmente negro con un pelaje suave y brillante y una mancha blanca en forma de rayo sobre la frente, obtuvo toda la atención y miradas de Filomena, que como hipnotizada se dirigió hasta él y comenzó a acariciarlo.
-Hola belleza negra…
-Bueno, parece que nuestra institutriz ha decidido cuál será su corcel por hoy. Se llama “Azabache”, madame. Y dime Elizabeth, ¿cuál te gusta a ti?
-Creo que elegiré al bayo, tío Pit
-Y yo al Pinto –dijo apresurada Melody.
-Bien… vamos entonces.
El tío Pit salió adelante, encabezando el grupo. Era una bella mañana otoñal donde ya el frío se hacía sentir, pero el sol, cada vez más débil, aún tenía fuerza suficiente en sus rayos para entibiar la piel de los jinetes.
-Hoy no les enseñaré nada nuevo, sino que cada una cabalgará a su aire y yo sólo me limitaré a observarlas. Más les vale que no cometan ningún error, pero no por estar pensando qué deben hacer, dejen de ser naturales. Observaré sus posturas, giros, destreza con las riendas, cuidado al elegir por dónde pasarán… En fin, evaluaré todo. Así que adelante, yo me mantendré detrás de ustedes.
Sin más, se colocó al fondo de la fila donde podía ver todo, incluyendo los deliciosos traseros de las jóvenes jinetes. Varias veces tuvo que acomodar su anatomía para que la silla de montar no hiciera demasiado daño en su entrepierna. Era incómodo y casi imposible para el hombre tratar de disimular su atracción por los traseros femeninos, por lo que la idea de ir al final fue brillante, así ninguna lo vería y él observaría todo a su antojo.
No necesitaron demasiados minutos para que comenzaran las risas y la charla, y de allí al griterío y la algarabía fue sólo un paso. El tío Pit miraba serio la escena mientras que interiormente se relamía pensando en cómo iban a quedar esos culitos en pocas horas más.
La campiña inglesa tenía un especial encanto y atractivo en el otoño. La variedad de árboles hacía que el paisaje se volviera de tonalidades doradas, naranjas, amarillas y ocres, como si la naturaleza hubiese abierto las minas de metales preciosos y repartiera en la vegetación los colores reservados para los minerales. Las tres jóvenes gozaban la cabalgata; risueñas y felices acompañaban con sus cuerpos el galope de los corceles, mientras decidían entrar en un bosque cercano.
Hablando de tonterías, casi habían olvidado la presencia del tío Pit, que las seguía a una distancia prudencial.
-Madame… cuéntenos más sobre la campiña de su país. ¿Es como esta? ¿Hace frío ahora por allá? ¿Cómo son los gauchos?
-El campo de mi país tiene una geografía muy variada dada su extensión. Al norte, a medida que se acerca al ecuador, el calor es más intenso y la vegetación, cuando la hay, es tropical o de climas áridos, dependiendo de la zona; luego, yendo hacia el sur, encontramos la famosa pampa y los gauchos. La pampa es territorio fértil, ideal para la ganadería vacuna y agricultura; al sur tenemos la fría Patagonia, árida e ideal para la cría de ganado ovino. Y ya en el “fin del mundo” encontramos la Tierra de Fuego, con sus nieves eternas, con sus glaciales, con esas extrañas aves, los pingüinos, que parecen vestidos de etiqueta caminando entre la nieve con ese paso tan particular… jajajajaja. Ahora, en setiembre, comienza la primavera.
-¿Y qué es el tango? –preguntó Melody
-No sé dónde habrás escuchado esa palabra Melody, pero el tango es… Bueno, digamos que es un ritmo típico y particular del Río de la Plata. Pero no es bien visto ni como música ni como baile. No es algo que puedan bailar señoritas como ustedes, pertenecientes a la nobleza.
A medida que hablaban se iban acercando al bosque arbolado; Filomena les contaba los orígenes del tango y que cuando era ella pequeña sólo se bailaba entre hombres porque se consideraba pecaminoso. Luego lo comenzaron a bailar las mujeres, pero eran mujeres de mala reputación. Cuando ella se casó y vino a Inglaterra, ya se estaba haciendo más popular, pero aún era baile de lugares de mala fama.
-¿Qué significa eso madame? –preguntó Melody ingenuamente.
-Significa –contestó Filomena dándose vuelta para responderle- que las mujeres que lo bailan no son vistas como damas decentes.
Cuando se volvió para mirar el camino era demasiado tarde. La rama le pegó en el estómago derribándola estrepitosamente. Por suerte para ella, venían cabalgando al paso, así que el golpe fue menor al susto, aunque su espalda y su trasero decían otra cosa. Se puso de pie casi de inmediato, antes que el Conde llegara a su lado.
-Gracias Madame, fue una buena forma de enseñarle a las niñas que un buen jinete nunca debe de perder de vista el camino. ¿Está usted bien para continuar?
-Sí señor Conde.
Montó nuevamente el corcel y como pudo se acomodó en la silla, en tanto Pit se acercaba a su lado para susurrarle:
-Espero que sus nalgas estén bien. Mi informe de su comportamiento ameritará vara, tawse y flogger, más lo que mi cuñado crea conveniente. Vaya preparando su mente para eso, y también su cuerpo.
Un estremecimiento recorrió la espalda de la institutriz, sin que ello impidiera que jugos íntimos comenzaran a inundaran su vulva.
El paseo continuó y el caballero decidió regresar. Al dar la vuelta Elizabeth pasó al lado de Melody y le dijo algo inaudible para el resto de los jinetes. La pequeña, mostrando un enfado inusual, quiso darle a Elizabeth con la fusta, con tan mala puntería que atinó a pegar en las ancas del caballo de su hermana mayor. El corcel, al sentir el castigo, se paró en dos patas, dando luego comienzo a una carrera alocada. Totalmente desbocado, apenas le daba la oportunidad a Elizabeth de agarrarse fuertemente para no caer.
PIt salió tras ellos, mostrando una real preocupación. No tenía la mejor montura, pero al ser un jinete experimentado pudo dar alcance al corcel desbocado y calmarlo antes de llegar a un alambrado donde seguramente al saltarlo, Elizabeth hubiese volado por los aires.
-¿Estás bien sobrinita? –preguntó el hombre, recibiendo por toda respuesta un torrente de lágrimas y sollozos por parte de la joven, que había pasado el susto de su vida. La abrazó y besó sus cabellos, antes de que los alcanzaran las otras dos mujeres, asustadas y afligidas por Elizabeth- Las tres se han ganado una buena zurra, y esta vez será sin piedad. Y despídanse de la equitación por un par de días, porque apenas podrán sentarse sobre varios cojines de plumas. Vamos… y demuestren que lo que les enseñé hasta ahora sirvió de algo.
El resto del camino fue en completo silencio. Al llegar al establo, James los esperaba con todo listo para el cepillado y aseo de los animales.
-James, encárgate tú de mi caballo. Yo me voy a sentar a fumar un cigarrillo.
Unos fardos que había sobre un costado fueron el asiento ideal para que el tío Pit, cruzado de piernas, sacara la pitillera de plata con sus iniciales y extrajera un cigarrillo. Miró hacia el piso; sin decir nada tomó un rastrillo y limpió la zona cercana a él, seguramente para que en un descuido no cayeran brasas que podrían provocar un incendio. Barrido el lugar tomó asiento y prendió su cigarro.
Las jovencitas ya habían desensillado los animales y se prestaban a cepillarlos bajo la atenta mirada del tío.
Elizabeth estaba muy molesta y no lo disimulaba. Comenzó a cepillar su animal y cuando tuvo a su hermana cerca, le dio un cepillazo con tal fuerza sobre las nalgas que sonó en todo el establo. El grito de dolor de Melody hizo inquietar a los animales, a los que hubo que tomar de las riendas para calmarlos. Pit vio todo, pero no dijo nada y siguió fumando por unos instantes más, hasta que oyó un murmullo que no tardó en convertirse en gritos. Entre medio de los corceles, las hermanas comenzaron a pelear. Antes que llegara Pit, James las había alzado, tomándolas de la cintura y alejándolas así de los caballos.
-Bien… parece que estas jovencitas están ansiosas por recibir su castigo, así que vamos a darles el gusto.
-Pero tío Pit –dijo Elizabeth con cara de víctima- no es justo que me castigues a mí. Por su culpa casi me mato –gritó la joven dando un fuerte empujón a su hermana.
-Cuidado jovencita, no trates de engañarme que seré viejo pero mi vista y oído aún funcionan bien. No acepto la actitud de Melody, pero ella se defendió de algo que le dijiste. Tú fuiste hasta donde estaba, la provocaste y ella reaccionó, no como lo hubiese hecho una dama, simplemente reaccionó; el fustazo que iba para ti terminó en el anca del caballo que ante lo imprevisto del dolor y la sorpresa, también reaccionó.
Elizabeth, recibirás el doble de castigo que Melody, por provocar y por no tener las agallas de reconocer tus errores.
-Pero…
-Si te atreves a protestar o decir una sola palabra más, será el triple. ¿Algo que agregar?
La joven bajó la vista y negó con la cabeza por toda respuesta.
-James, cierra la puerta del establo y trae para aquí aquella escalera de dos hojas. -El hombrón obedeció de inmediato, mientas que Pit se hacía con dos fustas.- Coloca la escalera aquí en el medio, y toma esta fusta.
Bien jovencitas, quiero que se recuesten una en cada hoja de la escalera, tomándose del peldaño más alto que lleguen con las piernas abiertas. Melody contará los 30 azotes y ella recibirá en cada número par. James, azotará a Elizabeth, así que… cuando quieras James.
La fusta cortó el aire e impactó sobre las nalgas de la joven, que lanzó un gemido seco, a la vez que la aniñada voz de Melody recitaba el “uno…” que la sentenciaba a recibir el siguiente azote: el primero para ella y el segundo para su hermana.
Dolió, aunque sabía que el tío Pit estaba siendo benévolo, pero el miedo al dolor, los nervios y el imaginar lo que vendría, hizo que irrumpiera a llorar. A Pit se le quebró el corazón. Era una niña, y la fusta era demasiado para ella. Simplemente, no podía hacerlo.
Filomena había sido hasta ese momento una espectadora silenciosa, sabía que no podía meterse ni impedir ningún castigo. Aún así se animó a acercarse en silencio; el Conde con un una mirada, paralizó cualquier acción pretendida por la institutriz, que lentamente se apartó a un costado.
-No madame, no se vaya. Tengo una idea: James, entrégale la fusta a madame, ella tomará tu sitio.
Filomena lo miró con los ojos desorbitados.
-Yo no azotaré a nadie Milord, y menos a mis niñas.
-Usted hará lo que yo le indique madame, o pagará las consecuencias.
-Pagaré lo que haga falta, pero no las azotaré.
-Retírese de inmediato a sus aposentos y permanezca allí hasta que yo hable con mi cuñado.
-Lo haré, pero con todo respeto, recuerde el señor Conde que no es mi patrón ni quien me contrató, y no tengo por qué obedecerlo. Con el permiso de Milord –dijo sin esperar respuesta y salió del establo. Al cerrar la puerta, el bondadoso tío indicó a James que siguiera azotando a Elizabeth, pero que en vez de darle treinta fustazos, que lo bajara a veinte.
Los ojos de James no lograban despegarse del cuerpo de su joven Ama. Ella no lo imaginaba, pero el caballerango la deseaba desde hacía mucho tiempo. Los pantalones ajustados al cuerpo, las piernas abiertas y los brazos levantados, dejaban adivinar sin esfuerzo la forma del culo de aquella joven mujer. Tenía que azotarla y eso no le daba pena, al contrario, gozaba con cada estremecimiento de Elizabeth. No le pegaba tan duro como para dañarla, pero sí eran golpes dolorosos. Por suerte para él, estaba en una posición donde nadie podía notar la tremenda erección que había logrado con toda esa situación. El tío Pit se alejó con Melody, mientras James daba rienda suelta a su sadismo sin que nadie pudiera notarlo.
-Y tú, pilluela sin remedio, vendrás conmigo –y la tomó de la oreja, obligándola a dejar el lugar. Cuando llegó donde había fumado su cigarro, se sentó y tomó a la niña del brazo haciendo que cayera de bruces sobre sus rodillas- No creas que te perdonaré tan fácilmente, ¿me oyes?
-Sí tío Pit
-Ni te olvidarás tan fácil de esta azotaína, ya verás –y sin más preámbulos bajó los pantalones de la niña, con calzones incluidos; ante sus ojos se descubrió unas nalgas diferentes a la última vez. Sólo habían pasado unos días, pero como una masa con levadura, las nalgas de su sobrina menor se habían convertido en unas redondeces blancas, suaves, limpias de todo azote; unas nalgas rubicundas como las de los ángeles de las pinturas del renacimiento. Con la primera nalgada ambas montañas se estremecieron como consecuencia del castigo, cosa que el hombre notó de inmediato. “Esta niña, con este culo, romperá varios corazones. Y más de una vara también”, se dijo riéndose de su propia ocurrencia.
La piel de la joven era tersa como un pétalo, suave y hasta con un perfume propio. El cuerpo de su sobrina destilaba pureza, belleza y juventud. Las nalgadas fueron creciendo más y más, hasta que tuvo el culito bastante colorado y la niña comenzó a gemir mientras sus lágrimas caían en abundancia.
-Ya, ya… levántate. –Obedeció mientras se frotaba los ojos con una mano y una nalga con la otra- Acomódate la ropa y tú y tu hermana pueden irse después de darme un beso y las gracias. Agradézcanle también a James. Nos vemos a la hora del almuerzo.
Mientras las niñas continuaban del establo, Filomena subió la escalinata de entrada sin mirar a los costados y se dirigió a su habitación. Allí comenzó a pensar en las consecuencias que le traerían sus contestaciones y su actitud. Se quitó la ropa de equitación, se higienizó y volvió a vestir su uniforme de institutriz. Sin nada mejor que hacer y para ocupar su mente, comenzó a escribir a mano las invitaciones para la fiesta del Duque. Finalmente habían decidido que fuera el cuatro de octubre, así habría tiempo suficiente para todo.
Ella junto a Esther y las niñas, habían creado un texto adecuado para las invitaciones teniendo en cuenta el protocolo, por lo que los papeles tenían el escudo de la familia con el nombre del Duque y cada invitación estaba personalizada con el nombre y título nobiliario del invitado. Las hojas estaban contadas y debía ser muy cuidadosa en no cometer errores. Escribió la primera invitación perfectamente pero en la segunda tuvo un grueso error: se equivocó en el título del invitado, por lo que decidió dejar todo y tras un largo suspiro comenzó a calmarse.
Sí, sin duda que estaba nerviosa. Desde el episodio del lago, el Duque apenas hablaba con ella, mientras que Filomena moría de deseos por él. Recordaba su voz, sus manos sobre su cuerpo, la mezcla de dolor y gozo producida por los azotes, su entrega total y los espasmos de placer que había tenido con los orgasmos. Quería repetir todo aquello pero de la mano de su Señor. Quizás hoy volviera a castigarla, pero nada sería comparable a aquel día.
Con la vista perdida en el paisaje de su ventanal, soñó con los ojos abiertos reviviendo los besos, la ansiedad, su vergüenza al verse desnuda delante del hombre al que adoraba. Los ojos verdes, fríos e intensos del Duque, la perseguían siempre. Sólo tenía deseos de unirse a él una vez más, ganas de que la poseyera, de ser suya, de pertenecerle por completo. Así, sumida en sus pensamientos y en sus deseos, oyó los golpes en la puerta como provenientes de otro mundo. Recién el segundo intento, más fuerte y contundente, logró sacarla de su fantasía.
-Adelante… -gritó, y al momento el pomo de la puerta giró para abrirle paso a la señora Esther.
-Madame, debe bajar de inmediato a la biblioteca. Milord y el Conde la esperan.
-Gracias señora Esther. Bajo en un momento.
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Era como un fantasma dentro del castillo. Al menos, así se sentía a veces. Estaba al tanto de cada recoveco, cada vericueto, cada habitación de su residencia. Había pasadizos “secretos” que conocía parte de su servidumbre y que los conducía a las bien ocultas mazmorras, y había otros de los que sólo él tenía conocimiento; pasillos que lo llevaban a lugares donde vigilaba personas, podía oír conversaciones y todo sin que nadie imaginara que estaba siendo observado por el dueño del castillo.
Ser el Lord no era tarea fácil, aunque mucho creyeran que sí. Todos, o mejor dicho, la mayoría de la gente, sobre todo sus empleados, pensaban que no hacía nada y que vivía del trabajo de los demás. ¡Cuán equivocados estaban! Mantener las propiedades, vigilar las inversiones, estar en los detalles de las negociaciones del ganado y las cosechas, el personal, los impuestos, el equilibrio en los gastos para mantener su fortuna… Todo eso era una labor ardua que no conocía días libres. Si bien tenía trabajando a un amplio grupo de expertos, también debía vigilarlos, a veces hasta permitir que le hicieran pequeñas estafas, sólo para no pelear y disponer de tiempo libre para disfrutar un poco más de la vida, de sus “gustos” un tanto peculiares que no todos lograban entender y menos aún, compartir.
Era un lobo solitario por culpa de esa vida secreta. No había encontrado aún una mujer que estuviera a su altura y que además, tuviera sus mismas inclinaciones. Es decir, que fuera su mujer, su amiga, su compañera, su complemento, además de una esclava que se entregara a sus deseos y gozara junto a él cada una de las disciplinas del arte de la dominación. ¿Sería Filomena la mujer que podría amoldar a sus gustos? Por lo que había visto hasta ese momento, ella gozaba los azotes, se excitaba con las humillaciones, vibraba con sus amenazas, aceptaba maravillosamente su juego y hasta le gustaba que él le diera órdenes.
Sabía que Filomena hacía lo posible por agradarlo, por cumplir con su trabajo a la perfección, pero también sabía que esperaba con ansias los castigos que él le imponía, y que ambos habían gozado increíblemente aquella mañana en el arroyo, cuando la hizo suya por primera vez. Quería volver a hacerlo, deseaba que fuese suya nuevamente. Su cuñado le había dado motivos para azotarla, pero no era suficiente, quería más, quería sentirla suya, poseerla, sentirse dentro de ella y descargar toda su virilidad en sus entrañas.
Los golpes en la puerta hicieron que reaccionara.
Se tomó un tiempo para contestar mientras recomponía sus ideas y su “masculinidad”. En ese momento volvieron a golpear, y pensó: “No es alguien muy paciente”. ¿Cuánto esperaría para llamar otra vez? Había golpeado dos veces en treinta segundos. Otra serie de golpes, un poco más fuertes se hicieron sentir, y luego, casi inmediatamente, otra vez.
-¡Pase! –gritó con furia, mientras la puerta se abría lentamente- Termine de entrar de una vez. ¿Para qué golpea cuatro veces si se va a quedar parada en la puerta?
-Lo siento Milord, es que como me mandó llamar y no respondía…
-¿Pensó madame que quizás no podía responder inmediatamente? ¿No está en su manual de buena educación golpear y esperar a que le respondan? Me estoy convenciendo de que le gusta ser castigada y busca motivos para recibir lo que desea.
-No Milord… es que…
-¡Silencio! ¿Cuándo le dije que hablara?
¡Dios! ¿Qué hacer? Si respondía lo haría sin permiso y eso equivaldría a un rezongo, y si no respondía la rezongaría también. Levantó los ojos y quedó mirando al Lord con cara compungida, mientras que él, con los brazos cruzados en el pecho, la veía como esperando una explicación que no llegaba.
-Baje la vista… no merece mirarme y menos directo a los ojos.
Obedeció en silencio mientras veía cómo los zapatos del hombre se dirigían al escritorio.
-Bien Pit, comienza por favor.
La joven levantó la vista para observar al Conde que, sentado en un sillón de espaldas a la entrada, había estado allí todo el tiempo escuchando la breve conversación. Del bolsillo interior de su chaqueta extrajo una pequeña libreta que abrió con sumo cuidado.
-Madame Ferrato como institutriz de las niñas, ha cometido varias faltas en los últimos días, a saber:
A) Mentira: dijo ser experta jinete y demostró desde un principio que no lo es. Pruebas: No ató al caballo para ensillarlo y colocó la manta a contrapelo
B) Falta de responsabilidad: Sabiendo que mentía en cuanto a su supuesta experiencia como jinete, no tuvo la precaución ni la responsabilidad de averiguar con las personas adecuadas, en este caso James o yo, los conocimientos mínimos para quedar bien delante de las niñas. Te advierto cuñado que con actitudes como esa terminarán perdiéndole el respeto.
C) Conversaciones inadecuadas e información pecaminosa: La institutriz les habló a las niñas sobre el tango, sus orígenes, de quiénes y cómo lo bailaban y lo peor, en qué lugares se bailaba.
D) Distracción imperdonable: si a las niñas les quedaba alguna duda que madame es una jinete inexperta, su falta de atención hizo que una rama la tumbara, dando un triste espectáculo a sus pupilas.
E) Desobediencia y falta de respeto: la institutriz se atrevió a negarse a cumplir una orden mía, y otra vez delante de las niñas y de un empleado. Me desautorizó delante de ellos, y eso es intolerable Raymond.
Los oídos de Filomena no daban crédito a lo que oía, y sus ojos querían abrirse más al igual que su boca. Todo su rostro era un himno a la sorpresa.
-Pero señor Conde…
-No se atreva a dirigirme la palabra madame –decía mientras rotaba en dirección a su cuñado, al que le regalaba un guiño cómplice- Raymond, exijo una reparación a esta serie de insultos. Exijo un desagravio por parte de madame. Y te lo exijo a ti que eres su patrón, su Amo, su dueño dado que trabaja para ti.
-Sólo dime qué deseas Pit –respondió el Duque, ignorando por completo la presencia de Filomena.
-Exijo que sea castigada en mi presencia, y que el castigo sea acorde a sus faltas: vara, flogger y tawse, después de una buena azotaína con la mano para calentarle el culo a esta mujer soberbia y descarada.
Filomena estaba paralizada. No se atrevía ni a pensar, pero todo aquello la estaba excitando como jamás lo imaginó.
-Siendo el agraviado, creo que te pertenece ser el primero en azotarla. Así que toma asiento y adelante. Madame… obedezca.
El tío Pit, estaba más contento que unas gaitas y su rostro lo reflejaba sin disimulo. Se sentó en una silla y le hizo seña con los dedos a la joven, que no tardó en aterrizar en sus rodillas y menos tardó aún en comenzar a sentir las nalgadas que con una pasión inusitada le inflingía el hombre. La falda subía con cada azote y la parte posterior de las rodillas ya estaban a unos quince centímetros de la tela que seguía su ascenso. El azotador miró al Duque como pidiendo permiso y a la seña afirmativa de éste, Pit terminó de subir la falda dejando a la vista los calzones del uniforme, sobre los cuales azotó y acarició también con gran placer, pues desde que la había visto desnuda en el arroyo, no había parado de imaginar cómo sería tenerla así, a su disposición para azotarla a gusto. Volvió a mirar al Duque, pero esta vez la respuesta fue negativa. Se le había vedado la posibilidad de bajar los calzones y azotar las nalgas desnudas.
-Su Amo es muy condescendiente con usted madame. Póngase de pie.
Por el rabillo del ojo y con una pícara sonrisa, Filomena miró al Duque que sin mover un músculo la observaba cómo se acomodaba la ropa.
-¿Alguien le indicó que se acomodara el vestido? El castigo aún no empieza. Colóquese sobre el escritorio, ya conoce la posición. Y recuerde alzarse la falda… Mi querido cuñado Pit, creo que necesitaré tu auxilio. Tengo por aquí un par de varas que hay que enderezar. ¿Me ayudas?
-Será un placer mi querido Raymond. Después de ti. Yo me quedaré a la derecha para enseñarte cómo debe hacerse de este lado.
-Siempre es un honor aprender de ti, pero… aquí sobra algo.
De un solo tirón bajó los calzones de la institutriz hasta el piso, mientras que ella instintivamente, cerraba las piernas. Sintió entonces que una vara se introducía entre sus muslos y recordando la vez anterior, abrió las piernas sin que le dijeran nada. Ambos hombres sonrieron.
-Veo que está bien entrenada Raymond. Felicitaciones.
-Gracias. Comienza tú Pit, por favor; yo te sigo.
Con una posición parecida a la que tomaría un esgrimista, el tío Pit colocó la vara en la mitad de las nalgas de Filomena y descargó un azote bastante fuerte. La joven apretó el filo del escritorio con sus manos y se mantuvo firme en su posición, hasta que sintió el segundo azote, más fuerte, más agudo, más lacerante. Los siguientes fueron dejando huellas en la piel, rayas rojas que cruzaban en ambas direcciones. Los hombres tomaban un turno cada vez, o lo hacía dos veces el mismo para despistar a la víctima que levantaba las piernas y se movía luego de cada golpe.
Habrían dado unos seis u ocho azotes cada uno cuando el Duque le hizo una seña a su cuñado para que se retirara, cosa que hizo en total silencio.
-Bien madame, quiero que me escuche atentamente: cierre sus ojos y levántese lentamente. Ahora, le vendaré los ojos y luego me seguirá.
Cuando se aseguró que no veía nada, la hizo rodear el escritorio y Filomena sintió que abría un cajón. Oyó ruido de metales chocándose al ser colocados sobre el escritorio.
-Ahora Filomena… ¿confías en mí?
-Sí Milord, totalmente.
-Esta es tu última oportunidad de volver a Londres o quedarte a mi lado. ¿Cuál es tu decisión?
-Me quedo a su lado Milord
-¿Deseas servirme y cumplir mis más íntimos deseos?
-Ese es mi anhelo más profundo Milord.
Filomena sintió que algo de cuero ceñía su cuello.
-Este es tu collar, mi collar, nuestro collar, el que te une a mí, el que nos recordará este compromiso de tu entrega y respeto para conmigo y de mi protección y respeto para ti. Eres mía, me perteneces. Desde ahora eres mena, mi esclava.
-¿Su esclava Señor? Por favor, explíqueme… ¿qué significa eso?
-Está bien, sólo por esta vez… Te propongo que seas mi esclava sexual y yo tu Amo y Señor. Si aceptas prometo cuidarte mientras lleves mi collar y estés bajo mi custodia, y ocuparme de que seas feliz y nada te falte mientras estemos juntos. A cambio te exijo entrega, lealtad, respeto, obediencia, sumisión, mente abierta sin tabúes, interés en aprender y atreverse a lo nuevo, a lo desconocido. Eso es lo que doy y eso es lo que exijo de mi esclava. ¿Aceptas?
-Sí mi Señor, acepto.
El ruido de metales se volvió a oír y mena sintió que algo estaba siendo colgado del collar. Era una cadena. Un pequeño tirón le hizo comprender que debía caminar. Estaba en completa oscuridad, pero su Amo la guiaba y no tenía miedo.
-Detente… -un ruido que no pudo identificar le hizo mover la cabeza tratando de adivinar de dónde provenía- Ahora sígueme.
Caminó unos pasos; de repente el ambiente se tornó frío y húmedo; un penetrante olor a humedad invadió su olfato, pero no se atrevió a decir nada. A veces caminaba siguiendo la orden de la cadena, a veces su Amo la tomaba de los brazos para indicarle que había escalones que debía subir o bajar. ¿Dónde estaban? Siempre había oído que los castillos antiguos tenían corredores y pasadizos secretos, pero… ¿estarían en uno? No se atrevía a preguntar, hubiese significado que no confiaba en él, pero sí confiaba y no diría nada. De pronto se detuvieron y se le ordenó no moverse. Quedó quieta en el lugar hasta que luego de un rato recibió la orden de quitarse toda la ropa. Mientras estuvo sin moverse pudo sentir el ruido de lo que parecía leña crepitar.
-Desnúdate –repitió Raymond con un tono susurrante.
No lo pensó, sólo siguió la orden de quien quería obedecer, de su Señor. Al terminar quedó parada en el lugar, sin saber qué hacer, hasta que sintió un tirón hacia abajo y se inclinó levemente. Fue entonces que el Duque le explicó que ese tirón significaba que la quería de rodillas, postrada ante él. Obedeció, y así de rodillas, con la cabeza inclinada, sintió las manos del Duque que le retiraba la venda. Ante sus ojos apareció un lugar lúgubre, oscuro, desprovisto de muebles, excepto por un par de sillones y unos artefactos de madera de formas extrañas. Entre penumbras, con sus ojos tratando de adaptarse a los claros oscuros del ambiente, vio unas cadenas con grilletes en las paredes y otras colgando del techo, a diferentes alturas.
Entre las penumbras vio la silueta de un hombre sentado en una de las magníficas butacas cerca de la estufa; las lenguas de fuego que danzaban esforzándose por iluminar el oscuro recinto, no lograban más que entibiar el lugar. Unas antorchas encendidas pendiendo de las paredes, hacían que el tiempo se detuviera quizás en la época medieval, quizás en el siglo anterior, quizás… Estaba confundida, aturdida, con frío y sentía la humedad en los huesos.
Abrazándose a sí misma para entibiarse con su propio calor, mena buscó al tío Pit, pero no logró verlo.
-Señor…
-Silencio. No te di permiso para hablar. Ven aquí esclava… -Se puso de pie rápidamente- ¡No! Acércate en cuatro patas, como la esclava que eres. Caminarás erguida cuando te lo indique y siempre con tu cabeza debajo de la altura en la que yo me encuentre.
El piso estaba frío, pero cerca de la estufa donde estaba su Señor, había una magnífica alfombra y sus rodillas agradecieron el contacto con algo más mullido.
-Debo castigarte mena, cometiste demasiados errores esta vez, y mi cuñado solicita una reparación. ¿Cuál crees que deba ser tu castigo?
-No lo sé Milord, usted…
-Aquí y mientras estemos siendo Amo y esclava, deberás decirme mi Amo, mi Señor, mi Dueño… pero no Milord. ¿Entendiste?
-Sí mi Amo.
-Bueno, si tú no sabes qué castigo mereces, yo sí.
Tomó la cadena y por medio de suaves tirones la llevó hasta uno de aquellos extraños muebles de madera, tapizados algunos con cuero o piel negra. La hizo ponerse de pie y colocarse de rodillas en uno de los artefactos que tenía una superficie más alta y cuatro a los costados: dos largas atrás y dos cortas delante. Sus rodillas y piernas calzaban en las superficies más largas, y al inclinarse como se lo indicó su Amo, su tronco se adaptaba a la superficie superior, mientras que podía apoyar sus brazos y aferrarse a las superficies más pequeñas. Debido a la distancia de las superficies, sus piernas quedaban abiertas y su intimidad totalmente expuesta. Sintió cómo Lord Sawford, su Amo en ese momento, ataba sus pies a la madera y luego sus manos con unas tiras de cuero que formaban parte del mueble, dejándola parcialmente inmovilizada hasta que con una gruesa tira la amarró por la cintura impidiendo cualquier intento de huir o moverse en demasía.
Algunas de las llamas del hogar y de las antorchas eran más largas que el resto y reflejaban la humedad de la vulva de mena, haciendo brillar el néctar que salía de su cueva y se resbalaba mojando el clítoris y esparciendo gotas brillantes sobre su “matita”. La excitación era evidente y no la podía esconder.
Levantó apenas la vista y sus ojos, ya más acostumbrados a la oscuridad, pudieron adivinar en la pared que estaba frente a ella, una pieza de madera enorme con un montón de instrumentos colgados. Había varas de diferentes tamaños y grosores, paletas de madera, unas tiras de madera largas con un mango, ¿cucharas de cocina?, tiras de cuero, fustas, látigos, y otros objetos que no lograba reconocer.
Pero sí reconoció a su Amo cuando tomó un instrumento nuevo para ella: era un montón de tiras de cuero unidas a un mango.
-Hoy conocerás el llamado “gato de nueve colas”. ¿Ves? Es como varias puntas de látigo juntas –se acercó a su rostro y le susurró- y duele como tal; al menos eso dicen.
Apoyó la punta del mango sobre la frente de mena, dejando que las finas tiras cubrieran su rostro y comenzó a hacerlo descender por la espada, haciendo que sintiera el contacto con el instrumento. Al llegar a la cadera optó por una de las piernas y bajó hasta el pie, donde se entretuvo un momento haciendo cosquillas a su esclava mientras que ésta no podía aguantar la risa. Claro que fue sólo un momento, hasta que sintió el primer azote en la planta del pie. Como siempre, fue sorpresivo y asustó más que doler. Los siguientes sí dolieron y bastante, así como también le dolió los azotes en la parte posterior de sus muslos y en sus nalgas. Era lo más doloroso que había sentido hasta ese momento. Con cada azote su cabeza he echaba hacía atrás y contraía su cuerpo, que apenas podía moverse. Intentaba sin resultado alzar sus piernas y manos, pero estaba imposibilitada de hacerlo.
-¡Ay! mena, mena… es una lástima que no sepas obedecer. Y peor aún que desafíes a la autoridad, a las personas que están por encima de ti –le decía al acariciar el golpeado trasero. Unos pocos azotes más fueron los que recibió antes de que la soltara.
Cuando se hubo puesto en pie, Lord Sawford tomó la cadena y la condujo hacia otro mueble. Era un banco con cuatro patas en forma de V invertida; en la parte superior tenía una madera dentada, tipo serrucho, pero con los dientes anchos y redondeados, sin filo. Allí la hizo montarse con las piernas abiertas y su vulva encima del “serrucho”.
-Veremos aquí que tan experta eres montando. ¿Me muestras como haces para cabalgar? –le decía con un tono de burla en la voz- ¿Cómo es el movimiento? ¡Muéstrame!
La joven sabía que le dolería bastante clavarse los dientes en su sexo cada vez que bajara de su imaginario galope, pero igual lo hizo hasta que él le dijo que era suficiente, que se quedara quieta en esa posición.
-No sé qué les estás enseñando a mis sobrinas mena, solo espero que no sigan tu ejemplo. Has mentido sin consideración sobre tu experiencia como jinete, y luego diste un triste espectáculo donde ni siquiera sabías los cuidados básicos del animal…
Mientras el hombre hablaba y caminaba a su alrededor, mena sentía cómo ardía su sexi con el contacto de las salientes de la madera. Deseaba fervientemente que terminara de una vez su discurso y le permitiera salir de allí, pero… quería obedecerlo y no defraudarlo más.
-Ahora ven aquí –vociferó desde una silla. Como pudo, mena bajó lentamente del mueble dentado y haciendo un esfuerzo se dirigió con la mirada baja hasta donde estaba su Señor, que la colocó sobre sus rodillas.- Abre las piernas lo más que puedas –indicó dando unos suaves golpes en la entrepierna.
Obedeció e inmediatamente sintió que algo fresco, como un bálsamo, refrescaba su dolorida vulva. Así estuvo un rato, disfrutando de las caricias de su Amo.
-Como descanso ha sido suficiente. De pie.
Una vez más, tirando de la cadena la llevó hasta otro aparato, pero este sí lo conocía. Se trataba de un cepo colocado en una tarima de madera, como a unos setenta centímetros del piso. La altura de la madera que aprisionaba las muñecas y el cuello, era regulable, así que la puso bastante baja y aprisionó allí a mena, que con su culo empinado se veía obligada a abrir las piernas y quedar totalmente expuesta una vez más.
La joven quedó extrañada cuando se dio cuenta que la habia puesto “al revés”, es decir, mirando a la pared y sus pies estaban casi en la orilla de la tarima. Pero todo tenía una explicación: Lord Sawford se puso tras ella y sin ningún miramiento comenzó a investigar todos sus agujeros posteriores. La joven sentía cómo los dedos del Duque se introducían en su sexo y en su ano sin pudor, violando sus más íntimos recodos y excitándola más de lo que podía imaginarse en una situación así. Un gemido se escapó de su boca, y como respuesta obtuvo una sonora nalgada que dejó su marca roja.
-¡Silencio! No estoy haciendo esto para tu satisfacción. Eres una perra caliente, ¿verdad? Cualquier cosa que te toque aquí –le dijo acariciando su vulva y su clítoris- es suficiente para excitarte. Pero yo lo estoy haciendo con intención de examinarte…
Los hábiles dedos del hombre salían y entraban haciendo que la joven deseara ese orgasmo que estaba por llegar en cualquier momento. Pero… así como comenzó a magrearla íntimamente sin decir nada, así también sacó sus dedos y se marchó, dejando a mena en un estado casi de desesperación.
En la soledad de la mazmorra, la novel esclava trataba de acomodar sus ideas. Ahora era la esclava de Milord, él era su Dueño, su Amo, su Señor. Trató de recordar sus palabras: “…A cambio te exijo entrega, lealtad, respeto, obediencia, sumisión, mente abierta sin tabúes, interés en aprender y atreverse a lo nuevo, a lo desconocido. Eso es lo que doy y eso es lo que exijo de mi esclava…”
En momentos como ese, cuando él la tenía bajo su Dominio, ella estaba dispuesta a hacer lo que él quisiera, lo que le pidiera. Nunca se imaginó que terminaría siendo la esclava de un hombre. Ella, tan liberal, tan emancipada, tan independiente, se había convertido en esclava por propia voluntad. ¿Estaba loca o qué?
Sintió pasos y sus pensamientos volaron. En la incómoda posición que se encontraba, con la cabeza en el cepo y de cara a la pared, era imposible ver nada, pero comenzaba a reconocer las pisadas de su Amo. Sí, era él y se estaba poniendo en cuclillas para tenerla de frente. La miró, y sin articular palabra estiró los brazos hasta alcanzar los pezones de mena, apretándolos sin piedad. Cuando la joven quiso lanzar un grito, éste fue apagado por un beso de su Amo, que con una pasión inusitada unía su boca a la de la esclava.
Con la misma celeridad con la que se había presentado, desapareció tras ella. Sintió luego de unos instantes, los dedos de su Amo que recorrían la línea de su espalda, de su columna, y seguía hacia abajo, por el medio de los hemisferios de sus nalgas que eran acariciadas sin reparos. Cuando mena esperaba que se dirigiera a sus recodos más privados, el experimentado Amo siguió hacia la pierna, la entrepierna, las pantorrillas y volvió a subir, pero sin tocar, sin siquiera rozas los genitales.
La pasión de las manos continuó por unos instantes hacia arriba y abajo, hasta que el Duque hizo correr los dedos en forma circular cerca del ano, pero sin tocarlo. Bajaba a los labios de la vulva, seguía la ruta que lo llevaba a la cueva pero con los dedos la evitaba como también evitaba tocar el clítoris. Su esclava se retorcía por aquel placer inconcluso mientras él gozaba la excitación de la joven; con sabiduría, sin que ella lo razonara la estaba llevando a que aprendiera a dilatar su gozo. Mientras hacía todo esto, le daba alguna nalgada, siempre de diferente intensidad.
-¿Estás disfrutando esclava? No sé si mereces tanto deleite…
Cuando le pareció oportuno, le manoseó los genitales, el ano, las nalgas, y con la otra buscó los senos y estiró sus pezones que se habían puesto tiesos y duros debido a la fogosidad con que estaba siendo tratada.
-Arghhhh… -gemía mena de placer.
-Bien, ya veo que también eres una perrita en celo. Y… -una pausa se imponía mientras metía los dedos en la vagina, que resbalaban sin dificultad hasta el fondo de la cueva del placer- estás empapada en tus jugos como la más caliente de las putitas. ¿Te gusta, mi esclava?
-Siii… ssssssssss… iiiiiiii… mi Ssss… Señor
.-Jajajajaaaaa… -rió estrepitosamente. Luego se acercó a su oído para susurrarle- ¿te gusta putita mía? Responde… ¿te gusta el tratamiento que te da tu dueño?
-Sí mi Amo… sí
-Y no te importa no conducirte como una dama y comportarte como una cualquiera, ¿verdad? Mira… tu propia excitación te moja las piernas.
Sentía que se moría de vergüenza, pero al mismo tiempo se sentía feliz, no le importaba nada, sólo quería seguir gozando junto a su Dueño. No supo en qué momento él se quitó la ropa, pero sí supo cuándo el hombre que adoraba la tomó, introduciéndole la totalidad de su miembro en la vulva. Comenzaron los embates; sus hombros golpean contra la madera de cepo, las palmas de sus manos sentían el fi
lo de las uñas, su cabeza parecía estallar de placer. Todo explotó en ese instante, y un orgasmo interminable se apoderó de mena; el Duque la contuvo mientras temblaba de placer. Le dio apenas unos segundos de descanso mientras untaba con crema toda su virilidad para introducirla en el ano de su esclava. El grito rebotó en las paredes y regresó multiplicado a los oídos de mena. No había tiempo para el dolor, solo para el placer…
Todo comenzó a dar vueltas. Los embates se hacían más fuertes, el dolor daba paso al placer, y comenzó otra vez a sentir una serie de orgasmos interminables. Su Amo la tomó de las caderas y la sostuvo mientras clavaba su pene hasta el fondo de las entrañas de mena y descargaba una vez más toda la pasión contenida por esa mujer que lo estaba haciendo tan feliz.
Como pudo, con las piernas temblando, sacó a mena del cepo y la alzó, llevándola hasta la alfombra delante de la estufa; una vez que la depositó allí, la cubrió con una manta y se acostó a su lado, abrazándola dulcemente.
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