domingo, febrero 26, 2012

Fotos personales para compartir

Una vez más las musas han huído de mí, así que decidí compartir con mis seguidores y amigos, unas fotos muy recientes y que me gustan mucho. Un poco de todo, como en botica...

Febrero, carnaval montevideano en un tablado
disfrutando el espectáculo de la murga "Agarrate Catalina"

Dejar volar la imaginación con un juego de roles
donde el Gerente tenga para ver algo más que el dictado...

...y así terminamos siempre, esta vez con el causante del color de mis nalgas como protagonista:
el rebenque, mi instrumento favorito!

Reflejos de otra azotaína...

Paseando por El Prado, visitamos el Monumento a los últimos Charrúas...

viernes, diciembre 23, 2011

UN DELICIOSO Y NALGUEABLE 2012 PARA TODOS!

Otro año está a punto de terminar, y la vida nos regala uno nuevecito para estrenar: el 2012!!

Es mi sincero deseo que todos disfruten de estas Fiestas, que sean felices, que disfruten como cada uno lo desea, y que den o reciban azotes y nalgadas a diestra y siniestra...

Que los que aún no se han animado, se animen.

Que los que ya lo han probado y les gusta, lo sigan haciendo.

Que los que han abandona y quieren regresar, el Spanking los espera.

A todos... una deliciosa SPANKONAVIDAD y un fabuloso y nalgueable 2012!!

Con mi mayor afecto para amigos, lectores, críticos constructivos y destructivos... para todos...

Un GRACIAS enorme por leer lo que escribo y darme ánimos para seguir!!

Saludos y FELICIDADES!

A.K.B.

sábado, diciembre 03, 2011

SIN DOCUMENTOS

La casa estaba a oscuras y el auto fuera del garaje cuando faltaba una hora para la medianoche. El pesado BMW con más de treinta años en su haber, estaba limpio y lustrado gracias a Lautaro, que había pasado casi toda la tarde en esa tarea. Su padre se había encargado de llenarle el tanque de combustible con la certeza que aquella noche, su hijo se lo “robaría” para salir con sus amigos. Aquel automóvil tenía con Don Ricardo más de veinte años y era su pasión, así que sabiendo que Facundo, el mejor amigo de su hijo desde la infancia, chico responsable y maduro para sus diecinueve años sería el que lo manejaba, estaba tranquilo.
Lo que Don Ricardo no sabía era que Lautaro saldría antes de tiempo para ir a buscar a su amigo, sin el consentimiento de éste, hasta la casa a unas quince cuadras de distancia. Cuando Facundo se enteró era demasiado tarde para detenerlo, porque ya había salido y no sabía el camino que tomaría para llegar.
El novel conductor no lo podía creer… Estaba emocionado, feliz, se sentía un hombre manejando aquel auto solo. Puso la reversa, dio marcha atrás con cuidado y salió calle abajo con la radio prendida.
-No, esa no…-pensó para sí- mejor busco mi estación favorita…
Bajó un momento la vista para buscar, y cuando la levantó era demasiado tarde: tenía el auto demasiado cerca para frenar. El golpe no fue grande, y aunque el ruido a cristales rotos lo asustó, sabía que aquello no era lo peor, sino que estaba manejando sin el permiso de su padre, con un seguro que no lo cubriría porque era menor y conducía… ¡sin documentos!
Se levantó del asiento automáticamente, no por convicción sino porque era eso lo que se acostumbraba, pero en realidad no sabía qué hacer. Recién cuando, fuera del automóvil se fijó en el otro vehículo, notó que para su desgracia había chocado un Jaguar Super V8. Los daños no habían sido muchos, pero en un coche de ese valor cualquier arreglo era caro.
Cuando se abrió la portezuela del auto afectado, unas piernas largas y esbeltas, enfundadas en medias negras y con zapatos de tacón del mismo color, aparecieron junto con la dueña. Se trataba de una mujer de unos 35 años, vestida muy elegante. Se acercó y miró al jovencito desde su altura, insinuando un cuerpo pulposo bajo el tenue vestido.
-¿Qué te pasó? ¿Se te olvidaron los lentes, estás drogado o te distrajiste buscando el biberón? –le dijo en tono sarcástico la mujer.
-No, no… yo… me distraje y… -visiblemente nervioso, no sabía cómo explicar lo sucedido.
-Bueno… en definitiva a mí no me importa qué te pasó, sólo quiero que me des tus documentos y los de tu vehículo para llamar al seguro –lo cortó, sacando de su bolso un moderno móvil-. Mientras tanto voy a ir tomando unas fotos, nunca está de más como prueba.
Cuando mira nuevamente al muchacho, nota que aún no se ha movido del lugar.
-¿Y? ¿Qué esperas? No tengo toda la noche para estar aquí. Dame tus documentos y los del automóvil –le dijo con un tono firme y seguro.
-Es que… yo… -titubeaba Lautaro buscando la forma de explicarle que no tenía ningún papel.
-¡Ay, no! No puede ser… Seguro que con esa cara eres menor y no tienes permiso, ni seguro, ni nada… Sólo falta que me digas que robaste el auto…

El jovencito respondió de inmediato:
-No, no lo robé. Es de mi papá… Pero… pero… -bajando la cabeza, agregó- Él no sabe que lo estoy manejando yo. Se suponía que lo manejaría mi amigo Facundo.
Como si no lo oyera, Ruth tomo su móvil y comenzó a sacar fotos de los autos:
-Bien, ya tengo las fotos. Ahora, llama a tu padre para ver cómo arreglamos esto.
-No, por favor… -suplicó el joven- No lo llame. Si se entera me castigará por el resto de mi vida; me quitará el auto, el saludo y… ¡la juventud! Ya le dije que él no sabe nada. Mañana tengo que sacar mi permiso de conducir. Por favor… permítame irme y le juro que le pagaré los daños.
-¿Ah, sí? ¿Y cómo? ¿Acaso trabajas, tienes un sueldo o una entrada fija? No lo creo…
-No, pero tengo el dinero que me han regalado por mi cumpleaños. Se lo daré todo, le juro que le pagaré…
Ruth se estaba divirtiendo mucho, y si la situación continuaba, seguro que se divertiría mucho más.
-Por si no lo notaste, este auto es un Jaguar. No tendrás dinero suficiente para pagar. No, no, no… mejor llamemos a tu papá.
-¡Noooooooo! No lo llame, haré lo que usted quiera, pero por favor no lo llame. En poco rato más cumpliré los dieciocho años, y…
-¿O sea que además de todo eres menor de edad? –Preguntó la dama con cara de asombro- Esto es el colmo. Ya mismo me estás dando el teléfono de tu padre o lo saco por la matricula del auto y si tengo que hacer eso, te va a ir peor aún.
-Por favor… Mis amigos me están esperando para ir a festejar… ¿Por qué no se nos une y festejamos juntos mi cumpleaños? Será nuestra invitada.
-Mira jovencito… -La figura de la dama le pareció gigantesca a su lado- A mí me tiene sin cuidado tu cumpleaños y tu festejo. Yo quiero que alguien se ocupe de pagar los daños de mi auto, o al menos… -dijo llamando la atención del joven que veía abrirse una pequeña esperanza.
-O al menos… ¿qué?
-Te haré una propuesta. Primero: muéstrame tu documento de identidad para comprobar tu edad. Segundo: lo que más deseo es darte una lección y que la aprendas. Por lo tanto: o telefoneas a tu padre para que se encargue de los daños, o…
-¿O qué? –preguntó Lautaro mientras le extendía su documento de identidad, probando así que realmente en pocos minutos sería su cumpleaños número dieciocho.
-O lo arreglamos de otra forma. ¿Cómo? –Preguntó sin darle oportunidad al joven de abrir la boca- Enseñándote de la única forma que un niño caprichoso y desobediente aprende: con una buena azotaina ¡hasta dejarte el culo ardiendo!
Lautaro no sabía si hablaba en serio o si lo estaba fastidiando. Quedó estático, sin saber qué responder. Ruth volvió a tomar la palabra:
-Bien, tu silencio habla por ti. Llamaré a mi seguro y que ellos se encarguen de todo. Tengo las fotos del ambos vehículos, no necesito nada más. Puedes irte...
-No, no… Está bien, acepto. Pero necesito hablar con mis amigos y decirles qué pasó.
-Hazlo –y le extendió una tarjeta personal-. Aquí están mis datos; te espero en mi casa en quince minutos. Si no estás para esa hora, llamaré al seguro para reportar el siniestro. Quince minutos que ya están corriendo…
No tuvo que decir más. Antes de que poner en marcha el Jaguar, miró por el espejo retrovisor y vio cómo el joven gesticulaba hablando por su móvil.
Cuando habían pasado dieciséis minutos, sonó el timbre de la residencia de Ruth. Abrió la puerta con el teléfono inalámbrico en la mano. Era Lautaro.
-Sí… Es que… Estoy mirando los daños y creo que no vale la pena hacer la denuncia… Sí, estoy segura… Olvídelo y gracias por su tiempo –dijo mientras apretaba el botón para terminar una comunicación que nunca había hecho, era todo teatro para impresionar al muchacho- Pasa y cierra la puerta. Llegaste justo a tiempo, estaba hablando con el seguro…
Cerró la puerta y miró deslumbrado la estancia. Era una casa lujosa, con muebles modernos y piso de mármol lustrado. Fue conducido por la dueña hasta un salón con hogar, varios sillones y sofás que combinaban entre sí.
-Antes que me olvide… ¡Feliz cumpleaños! –le dijo estampando un sonoro beso en su mejilla- Felicitaciones, ya eres mayor de edad. Lástima que comienzas metido en un lío.
Dirigiéndose a un mueble donde guardaba licores, le preguntó qué deseaba tomar. “Una cerveza bien helada” pidió, y fue complacido de inmediato.
El líquido frío y con un leve amargor bajó por su garganta tratando de apagar una sed que parecía inextinguible.
-Tómala con calma, muchacho. Si tienes mucha sed, te daré agua o refresco…
-No, señora. Está bien así –dijo mientras los colores le encendían las mejillas.
-No me digas “señora”. Me llamo Ruth y soy soltera…
Con el apretón de manos comenzó una conversación que se hizo cada vez más distendida. Tomaron asiento y hablaron hasta que la dama le pidió que se sentara a su lado, en el sofá grande. Luciano apoyó la botella en una mesa preguntándose si esa veterana querría seducirlo. La verdad era hermosa, sensual, parecida a las que él imaginaba en sus fantasías más ardientes. Al intentar sentarse fue manipulado y, sin saber cómo, se vio boca abajo sobre las rodillas de la mujer.
-Oiga… qué… ¿qué es esto, qué hace?
-Solo cumplo mi palabra: te dije que te azotaría y eso haré.
Nunca se había visto en una situación igual. Sus padres lo habían castigado muchas veces, pero jamás así. La primera palmada le supo a caricia, y las siguientes le sirvieron para relajarse. Si ese era el castigo, no le molestaba que lo siguiera azotando el resto de la noche…
-Ahora levántate, Lautaro. Quiero que te quites los pantalones y te vuelvas a colocar en esta misma posición.
-¿Cómo? Pero… yo…
-Escúchame bien, mocoso, porque te lo diré solo una vez: aceptaste venir aquí, aceptaste que te castigara, aceptaste mi propuesta. Así que te queda obedecerme. Cuanto más demores, peor para ti… ¿Entendido? Ahora, obedece en silencio.
- Azóteme cuanto quiera, pero no me quitaré los pantalones.
-Lo harás, niño, claro que lo harás. Digo… por si no te acuerdas, viniste aquí para ser castigado. Y ahora que lo pienso mejor, quítate todo menos el bóxer.
Lautaro se sintió intimidado y decidió no protestar; sabía que sería en vano, estaba en manos de esa bruja. Al ponerse nuevamente sobre sus rodillas, al rozar su virilidad con la tibieza de de la piel femenina, se sintió excitado. Hasta que los azotes reaparecieron; podía sentirlo
s: dolían, ardían, sentía cada una de las palmadas. Comenzó a sentirse confundido… ¿Cómo era posible que gozara, que se excitara con esa situación? ¿Cómo podía disfrutar de los azotes, del dolor, de la humillación? Jamás imaginó que podría sentirse tan bien en semejante situación.
De repente dejó de sentir los azotes y pensó que todo había terminado. ¡Cuán equivocado estaba! Ruth tomó una revista y la dobló a lo largo.
-Esto sí sería noticia… Si tus compañeros pudieran verte en este momento ¿qué dirían? Ver a su amiguito sobre las rodillas de una dama, semidesnudo, siendo castigado con la misma revista donde fue noticia… Sería gracioso ¿verdad? –Soltó una sonora carcajada, aunque él guardaba silencio.
A veces paraba de azotarlo para hablarle, y a veces lo castigaba imprimiendo más fuerza a medida que le decía las frases para poner más énfasis en sus dichos como en ese momento.
- Dime una cosa Lautaro… ¿Cuánto crees que cueste el arreglo de mi Jaguar?
-No tengo idea…
-Yo calculo que…trescientos o cuatrocientos dólares. Como está muy claro que tu papá no me los pagará y mucho menos tú, decidí cobrarte con azotes: un dólar, un azote. Quizás sean demasiado para una sola vez… -Se había detenido, acomodando sus brazos en la espalda del muchacho- Hoy te cobraré una parte y dejaremos el resto para otro día. ¡Por Dios, qué generosa estoy hoy! Pero ahora que lo pienso… ¿Cuántos azotes te he dado hasta ahora, Luciano?
-No tengo idea… -respondió con prontitud.
-¡Vaya, qué pena! Tendremos que comenzar de cero, entonces…
Sin más, dio el primer azote con la revista y el joven empezó la cuenta. Cuando llegó a diez y sin decir nada, le bajó la única prenda que vestía, descubriéndole las nalgas mientras él tratara de impedirlo, sin éxito. Continuó disciplinándolo y bajando la prenda interior hasta las rodillas, pero la víctima se movía demasiado y terminó por quitársela con el pataleo haciendo caso omiso de las advertencias de Ruth, quien tomó una decisión drástica para controlar a su víctima: abrió levemente sus piernas hasta lograr que el pene, visiblemente erecto, quedara aprisionado entre ellas. Sabía que con eso lograría una mayor excitación de parte del adolescente.
¿Es necesario explicar que los mozos de la edad de Lautaro tienen el “esperma urgente”, como dice en su canción Jaime Ross? Todo se confabuló en contra –o a favor- para que se diera una imparable y copiosa eyaculación entre las piernas de Ruth, quien estaba totalmente consciente que aquello sucedería en cualquier momento. Al sentir el líquido caliente correr por su entrepierna, se paró de golpe, dejando que su víctima cayera al suelo en medio de un charco viscoso y blancuzco.
-Pero… ¿cómo te atreves? ¿Es que te gusta tanto que te animas a hacerlo entre mis piernas? Toma pañuelos desechables de esa caja y límpiame… ¡pero ya!
Obedeció con torpeza. Estaba confundido, nervioso, excitado… Se sentía humillado pero al mismo tiempo gozaba la situación, y era algo que no podía comprender. Como pudo, limpió las piernas de la mujer, tratando de apurarse, de no tocar más arriba de donde debía hacerlo y de dejarla seca antes que su secreción llegara a tocar los zapatos. Todo eso bajo la presión femenina que lo obligaba a apurarse, a limpiarla a ella, al piso y a sí mismo. Cuando terminó, le recriminó la cantidad de papel que había utilizado.
-…y lo agregaré a tu cuenta. Me gustaría saber qué debo hacer contigo. En vez de bajar tu deuda, cada vez aumenta más. Ven para aquí, cerdito –y lo tomó de la oreja llevándolo hasta el respaldar de un enorme sofá que enfrentaba la chimenea-; inclínate aquí, apoya tus manos en el asiento y tu cadera sobre la parte alta del respaldar.
Obedeció, quedándole las piernas en el aire. Ruth le acercó el pantalón para que le diera el cinturón. Como pudo, tratando de hacer equilibrio, sacó la correa de cuero y se la entregó. Ella lo dobló al medio y comenzó a golpearse la pierna sin dejar de mirarlo. Luego caminó, dando un par de vueltas alrededor del sofá. Al comenzar la tercera vuelta le dió un fuerte correazo, cruzando ambas nalgas a la vez:..
-Las piernas separadas y retoma la cuenta donde quedaste. A menos que quieras comenzar de cero otra vez –ordenó, sabiendo que era casi imposible que recordara.
-Sesenta y ocho… -contó Lautaro.
-¿Es que además de todo pretendes tomarme por tonta, muchachito? –interrumpió.
-No… es que yo pensé que… -se excusó.
-Mira, mejor no pienses, no hables… sólo continúa contando –exigió mientras gozaba la situación. Le daba unos cuantos azotes y luego paraba para acariciar las nalgas rojas, calientes y brillantes. Ruth podía observar entre las piernas de Lautaro, su masculinidad, que continuaba exuberante y preparada para una nueva descarga.
-No te atrevas a moverte, jovencito. –Salió regresando con un pote y un par de toallas. Colocó una sobre el sofá y lo hizo tenderse allí para aplicarle la otra toalla, humedecida. El frescor le calmó el ardor de las nalgas y los nervios. Se distendió aún más cuando comenzó a extenderle la crema por la zona castigada, mientras le preguntaba con dulzura si se sentía mejor.
-Sí, mucho mejor… Gracias –respondió.
-Me alegro que así sea, porque aún falta la segunda parte del castigo.
Lautaro se incorporó de golpe, provocando la risa de la dama.
-Calma, calma… Habrá una segunda parte, pero no será hoy. Tendrás que regresar para que te de el resto de tu castigo. Recién entonces borraré las fotos del móvil. Hasta entonces estarás en
mis manos. De todas formas, quiero preguntarte algo y necesito que seas sincero: ¿quieres regresar por el resto?
Guardó silencio un momento y después, bajando la cabeza con vergüenza, respondió:
-Sí…Lo deseo.
-En ese caso te espero dentro de una semana. Ahora vístete y vete.
Aquella noche misma noche, Lautaro le contó a sus amigos parte de la historia. Ocultó muy bien la azotaína y las sensaciones que le había producido la experiencia de ser azotado y dominado por una mujer.
A la semana siguiente regresó por más. Y tuvo más. Descubrió cuánto le gustaba sentir la mano de Ruth en sus nalgas. Descubrió el estremecimiento que recorría su médula cuando ella le susurraba amenazas al oído. Descubrió cuánto le gustaba estar “suspendido” en el sillón sintiendo la suave dureza del cinturón. Descubrió las delicias de sentirse observado en el rincón, estando desnudo, humillado, con las nalgas enrojecidas y a merced de Ruth. Y descubrió lo grato, motivador y didáctico que es hacer el amor después de una azotaína con una dama que lo doblaba en edad. Descubrió y sobre todo, aprendió, que a pesar de lo interesante que le resultó aquella experiencia, no conduciría nunca más sin documentos. Para asegurarse, Ruth le exigió el permiso de conducir como condición para que la siguiera visitando. Ella tampoco podía creer que aquel joven la hiciera tan feliz y que pudiera lograr enseñarlo a controlar su “esperma urgente”, sin perder su potencia y frecuencia juvenil.

lunes, septiembre 26, 2011

¡FELIZ CUMPLEAÑOS, SIR WILLIAMS! por Nik Zula



El 25 de setiembre fue el cumpleaños de Sir Willy Williams. Abusando de la generosidad de Nik Zula, este genial dibujante de Spanking, le pedí que me hiciera un dibujo para regalarle a mi Señor. Este es el fabuloso resultado, porque salió muy parecido, con su rebenque siempre en la mano!! jajajaaaaa...

Aclaro que él vende sus dibujos, pero este vino de regalo por el cumpleaños. Muchas gracias!! y nunca dejes de dibujar!

domingo, agosto 07, 2011

8/8, Día Mundial del Spanking - 2011

Cuando mi amigo Fer Forever y yo pensamos en este día, fue pensando en festejar el Spanking como lo ven los Spankos clásicos: con roles de Padre/hija, Esposo/esposa, Jefe/secretaria, Profesor/alumna, etc; con el vestuario adecuado; con los berrinches, travesuras, provocaciones y demás lindezas de las spankees, y los supuestos enojos y posterior disciplina por parte de los Spankers...






Comparto la idea de que el Spanking forma parte del BDSM, que es una de las disciplinas más usadas porque el Spanking es azotar cualquier parte del cuerpo, no sólo las nalgas.

El Spanking como lo viven los Spankos, es el azote sólo en las nalgas y muslos.



¿Saben qué? Creo que no importa. Lo importante es que viviamos lo que decidimos vivir de forma plena, libres, con gusto y con ganas. Y el BDSM tiene su día, el 24/7. Y este es el día del Spanking, pero del Spanking clásico, como lo vivimos y entendemos los Spankos. Porque aunque soy sumisa, me sigo considerando una spankee y el Spanking como lo entendemos los Spankos, sigue siendo lo que más me gusta.


Así que para todos, Spankos y Bedesemeros y como cada uno lo quiera ver y vivir...


¡¡FELIZ DÍA MUNDIAL DEL SPANKING!!

lunes, agosto 01, 2011

PROHIBIDO ESTACIONAR - tercera parte

Había pasado una larga temporada desde aquella experiencia con Sandra, a la que continuaban viendo de vez en cuando. Dora se puso a estudiar para obtener ascensos en su trabajo, y consiguió varios ascensos, junto a una figura más rolliza. El estar muchas horas sentada, estudiando, las comidas rápidas para no perder tiempo en la cocina, los nervios… todo jugó en contra de la joven que aumentó varios kilos en pocos meses.
-Dora, querida… -le decía Vivi- Sería conveniente que hicieras dieta, no solo por estética, sino por tu salud. No es bueno que estés con sobrepeso, así que irás a la dietista y a un gimnasio.
La joven iba a protestar, pero su pareja no se lo permitió:
-No quiero oír una sola palabra. Está decidido. Te hice una cita con la doctora Benítez para mañana, después que salgas de tu trabajo. Cuando llegues aquí quiero ver la dieta y la inscripción en el gimnasio.¿Entendido?
-Sí, Señora –respondió resignada y en voz baja.
Al día siguiente Vivi la estaba esperando en la sala. Apenas entró le extendió un grupo de papeles donde estaba impresa la dieta, y otro con la inscripción en el gimnasio.
-Hummm… Tienes siete kilos de sobrepeso. Y la dieta es muy llevadera. Esto de comer cada tres horas es lo mejor: es la base para bajar saludablemente. Te dio una dieta para bajar un promedio de entre uno y dos kilos por mes. Perfecto…
Al estar de espaldas, no pudo ver la cara de disgusto de Dora, quien pensaba: “Está loca si piensa que voy a bajar tan poco. Esa cantidad de comida es un disparate, y comer tan seguido es una locura. Yo voy a hacer las cosas como me parecen a mí. ¡Las dietistas no saben nada!”.
Los días se sucedían, y también las semanas. No había pasado el primer mes cuando Dora comenzó a quejarse de dolores estomacales, e incluso llamaron una tarde del gimnasio para avisar que la fueran a buscar porque había tenido un par de vahídos en clase. Cuando se subieron al auto, Vivi le dijo:
-Me dijiste que estabas haciendo bien la dieta, que estás comiendo todo y a las horas correctas.
-Sí, Vivi. Te juro que sí… Como todo, a las horas, todo bien… De repente me bajó la presión por el calor, qué se yo…
-Quizás. Pero de todas formas vamos a ir a ver a la Dra. Benítez. Conseguí que nos atendiera en el consultorio de su casa. Cuando le expliqué lo que pasaba, me dijo que te llevara, que te vería después de terminar con el resto de los pacientes que ya tenían cita.
-¿Hoy? ¿Para qué? ¿Cuál es el apuro?
Haciendo caso omiso a las protestas de Dora, aparcó el auto en la puerta del consultorio y hacia allí se dirigieron.
Esperaron durante un par de horas hasta que la doctora salió para dirigirse a su secretaria:
-Manuela, ya es tarde. Sólo me queda atender a la señorita Dora, así que puedes irte. Yo me ocupo de cerrar todo.
-Como usted diga, doctora. Hasta mañana entonces…
Ambas mujeres entraron al consultorio. Vivi no pudo con su genio, y comenzó a explicarle a la doctora los síntomas de su compañera.
-Comprendo… Creo que lo mejor será que revise por completo a la paciente. ¿Le importaría esperar afuera, por favor?
-No… no, no… por supuesto –respondió Vivi un tanto desorientada-. Esperaré en la sala. Permiso.
Al cerrar la puerta, la doctora le indicó a Dora que subiera a la balanza. Luego le dijo que se quitara la ropa, se pusiera un poncho de papel y se recostara en la camilla. Mientras se desvestía detrás de un biombo, comenzó el interrogatorio. Sin Vivi presente, la joven se sinceró con la profesional y le fue contando la verdad: no estaba comiendo las cantidades indicadas, se salteaba muchas comidas y hacía ejercicio de más.
-Doctora… creo que se terminaron los ponchos.
-No puede ser –respondió sorprendida. Abrió varios placares y cajones, pero todo fue en vano-. ¡Qué contrariedad! No sé cómo… En fin, póngase su vestido nuevamente, aunque es bastante molesto para examinarla. Dígame ¿a usted le molestaría quedarse sin la ropa?
La carita de la muchacha fue de sorpresa, y no supo qué responder.
-Bue… bueno… yo…
-Disculpe… No debí haberle insinuado eso. Póngase el vestido.
-No… es que me da un poco de cortedad –miró a la profesional y por su mente pasaron como un refusilo, las fantasías que siempre tuvo de estar en un consultorio con una doctora-. Claro que es una profesional y confío plenamente en usted.
Salió de detrás del biombo, completamente desnuda, cubriéndose con las manos y los brazos parte de los pechos y su monte de Venus. La doctora quedó mirando paralizada el delicioso cuerpo de la muchacha. Estaba acostumbrada a ver gente desnuda, pero la perfección de las curvas femeninas, la sorprendió gratamente. Necesitó unos segundos para recomponerse.
-Colóquese en la camilla, por favor –agregó en un tono profesional-. Creo que lo más conveniente será hacerle una revisión completa. Y me alegra que me haya dicho la verdad, porque eso me facilitará mucho el diagnóstico. Ahora… tenga a bien ponerse boca abajo y distiéndase. Le tomaré la temperatura analmente; siempre es más seguro.
Dora, obediente, se colocó como le indicó la médica y levantó levemente sus nalgas para facilitarle la tarea. Las nalgas se elevaban en forma escandalosa, ofreciéndose ingenuamente a las manos de la profesional, quien tomando un termómetro lo embetunó con vaselina; luego abrió las nalgas con gran suavidad y… así se quedó unos instantes, sin hacer nada, excepto deleitarse con el fabuloso panorama que tenía ante sus ojos. Aquellos segundos se le hicieron interminables a Dora; en cierto momento comienza a introducírselo lentamente, y la joven se mueve molesta, tratando de zafar.
-¡Señorita! –La voz firme paralizó a Dora- Esto es algo que debo hacer. Creo que no es demasiado molesto, como para que lo soporte por un minuto ¿verdad? Si se sigue moviendo, puede hacerse daño, así que ¡quédese quietita!
No hizo falta repetirlo. La joven no movió ni un solo músculo ante la firme orden de la doctora, quien quizás para distender la situación comenzó a hacerle preguntas mientras apretaba las nalgas con la intención de que no se saliera el termómetro.
<<… Y dígame Dora ¿con que frecuencia mueve los intestinos?
-Cuando hago bien la dieta, a diario. En estos últimos días tuve un poco de dificultad, pero ya evacué hoy.
-Perfecto. ¿Ha tenido algún dolor últimamente?
-A veces cuando hago demasiado ejercicio me duelen los músculos…
-Eso se arregla parando a tiempo… -dijo aflojando las nalgas para retirar el termómetro, y mirando el resultado, agregó- Temperatura normal.
La manipulación del termómetro, la firmeza de la profesional y toda la situación vivida, hicieron que la joven se excitara más y más. Luego de revisarle la temperatura y la presión arterial, siguió por la reacción de las pupilas, los ganglios, la garganta, la nuca y el pecho, hasta llegar a los senos para palparlos, hundir los dedos en busca de nódulos y apretar los pezones al punto que casi gritó de dolor, pero logró la reacción esperada: se pusieron duros y tensos. Continuó después con la zona del estómago, donde tardó un poco más.
Desde la camilla, Dora pudo observar como la doctora se colocaba los guantes de látex. Ese sólo hecho le bastó para hacer volar su imaginación una vez más. Instintivamente cerró sus piernas, pues sentía la humedad que parecía escurrirse fuera de su vulva.
-Aflójese, por favor –dijo la doctora mientras se terminaba de ajustar el guante-, le voy a hacer un examen ginecológico. Tranquila, aflójese…
Colocada al costado de la paciente, abrió los labios de la vulva con los dedos de la mano izquierda, mientras el gel frío corría por la mano derecha, enguantada, introduciéndose en el agujero más íntimo, haciéndola sentir una mezcla de dolor y placer. La doctora, ajena en apariencia a las sensaciones de Dora, sacaba y metía la mano, movía los dedos y creaba una excitación que la examinada no pudo soportar, dejando escapar un leve gemido.
-Siento incomodarla –dijo sin mirarla-; soporte un poco más, ya estoy terminando…
En la camilla, y con los ojos entreabiertos Dora suplicaba con su pensamiento: “No, no termines… Sigue así toda la noche…”.
De repente, quitó su mano y retirando los guantes que desechó en un cesto con tapa, le dijo:
-No se levante aún. Vuelva a ponerse boca abajo, me temo que tendré que aplicarle un par de inyecciones.
-¿In… inyec… ciones? –Replicó con cara de susto.- Doctora, por favor… ¿no las puede cambiar por píldoras?
Un par de golpes en la puerta distrajeron la atención de la profesional. Era Vivi, pidiendo permiso para pasar.
-Si su amiga no tiene inconveniente, yo tampoco. Pase…
Se sorprendió al ver desnuda a Dora, quien con rapidez le explicó que se habían acabado los ponchos y por eso se había quedado así.
-¿Ya terminó, doctora? –preguntó Vivi.
-Casi. Le explicaba a Dora que decidí ponerle un par de inyecciones: una para aliviarle los vahídos, y otra para prevenir los dolores estomacales. Ella me preguntaba si podía cambiarlo por pastillas. La respuesta es: sí, puedo, pero las inyecciones son más rápidas y efectivas. No sé… Usted decide, Dora.
-No doctora, ella no está en condiciones de decidir nada. Si usted dice que es mejor, no lo dude: inyéctela.
Ante la mirada de la facultativa, la joven asintió; sabía que era mejor no protestar, así que se puso boca abajo y esperó… De repente sintió la fría humedad del alcohol sobre su trasero, seguida de una serie de pequeñas nalgadas y de inmediato el pinchazo; la aguja se introdujo lentamente dejando salir un líquido espeso que la quemaba por dentro. La segunda inyección fue similar. Al terminar, tenía dos focos ardientes en su trasero.
-Por favor –dirigiéndose a Vivi-, sóbela por unos momentos. Es un líquido espeso y si no se masajea le quedará el bulto. Cuando termine puede vestirse; tiene sobre la mesada los elementos para higienizarse.
-Sí, sí. Perfecto, gracias –respondió de inmediato.
La doctora escribió algo en la ficha y fue a lavarse las manos mientras Dora se vestía. Ese fue el momento que la astuta Vivi aprovechó para leer la ficha médica. Así se enteró de la mala alimentación, del salteo de ingestas, el exceso de ejercicio y los malestares.
Cuando las tres estuvieron sentadas, la profesional les explicó que debido al estrés y a la variante en la alimentación, Dora tenía un principio de gastritis que era totalmente tratable con un cuidado mayor en las comidas y medicinas para el estómago.
-El medicamento que le hará mejor en este momento, es un protector de las paredes estomacales. Es un líquido blanco que si bien no tiene un buen sabor, es muy importante para la recuperación. No deje de tomarlo al menos por unos diez días, o hasta que se sienta mejor…
-No se preocupe doctora, lo hará –respondió Vivi.
-También es importante que coma cada 2 o 3 horas. Poca cantidad, seguido y consuma los alimentos que le indico en esta dieta –dirigiéndose a Dora, le extendió una hoja que Vivi se apresuró a tomar.
-Yo la llevaré junto con el resto de las indicaciones, y me encargaré de que haga bien las cosas. ¿Es todo, doctora?
-Sólo una cosa más: les sugeriría que regresaran en un mes para ver cómo sigue la paciente –y poniéndose de pie, les extendió la mano para saludarlas.
-Aquí estaremos, doctora. Buenas noches y muchas gracias…
-Gracias –agregó Dora con una gran sonrisa.
Cuando se retiraron, volvió al consultorio y con una gran sonrisa abrió un placard... ¡lleno de ponchos descartables!
En el camino de regreso, fueron hablando de los medicamentos; pararon en una farmacia y Dora bajó, regresando casi de inmediato.
-¿Qué pasó? –Preguntó Vivi intrigada- ¿Conseguiste todo o no había?
-Sí, sí… Vamos –respondió nerviosa.
-A ver… -Quitándole la bolsa de la mano, Vivi comprobó que faltaba el jarabe blanco-. ¿No había jarabe?
-No… no había. Vamos, quiero volver a casa, no me siento bien… -dijo tocándose el estómago con cara de víctima, tratando de que su amiga le creyera, pero no tuvo suerte. Vivi se bajó del auto y se dirigió a la farmacia, donde averiguó que si bien no había la marca que la doctora había indicado, había otra que era similar y hasta mejor.
-…aunque como le dije a la otra señorita –indicó el farmacéutico-, el sabor es un poco más desagradable. Pero es mucho más efectivo.
-¿Sí, eh? Deme dos frascos, por favor… Y gracias por la recomendación –dijo antes de retirarse del establecimiento.
El camino hasta la casa lo hicieron en un álgido silencio. Apenas entraron, Vivi tomó a su amante de la oreja conduciéndola hasta el sillón, donde sin mayor explicación la puso sobre sus rodillas y comenzó a nalguearla con firmeza, mientras intercalaba alguna frase que le permitiera a Dora saber el motivo del castigo, aunque era más que obvio.
-¿Así que hacías todas las comidas, verdad? –Una lluvia de palmadas cayó sobre las nalgas- ¿Así que no tuviste ningún prurito en mentirme haciéndome creer que comías lo suficiente?
-Pero… ¡ayyyyy! Vivi… yo… la doctora no dijo nada de eso… -entre gritos y gemidos, Dora trataba de comprender el enojo de su compañera. ¿Cómo se había enterado?
-No trates de engañarme, Dora, que ya tienes castigo suficiente con lo hecho hasta ahora. Es verdad, la doctora no dijo nada, pero dejó a la vista el expediente y pude leerlo… No comes la cantidad indicada –y descargó otra lluvia de azotes-, no comes a las horas indicadas… -más nalgadas cayeron sobre el trasero que comenzaba a enrojecerse-, haces ayuno y cuando comes, evidentemente, todo te cae mal. Pero no conforme con todo eso –se quitó la sandalia y empezó a propinarle una serie de fuertes golpes en el ya enrojecido trasero- haces ejercicio en demasía, todo para bajar de peso más rápido. ¡Ponte de pie y quítate toda la ropa! ¡Al rincón hasta que te llame!
Cabizbaja, la muchacha se dirigió al rincón, donde estuvo parada largo rato, con su culo en llamas y las manos sobre la cabeza, hasta que Vivi la convocó.
-No creas que acabó tu castigo; te dije que vinieras porque es la hora de tomar tu medicamento. Aquí tienes la cuchara y la botella…
-Yo no voy a tomar esa cosa asquerosa –respondió, tapándose la boca.
-Dora… -la miró con cara amenazante- …que no estoy de humor para soportar tus niñerías. Eres una adulta y este medicamento no es otra cosa que la consecuencia de tus actitudes. Así que… abre la boca y…
-¡No me importa, no lo haré! –gritó, acentuando su actitud de niña caprichosa con una patada en el suelo.
-Está bien… -Colocó el medicamento y la cuchara sobre la mesa del comedor; luego puso una silla con el respaldo hacia dicha mesa, e hizo arrodillarse a Dora en ella. Cuando estuvo instalada, le dijo- Aquí está mi maletín de instrumentos. Los sacaré y te daré diez azotes con cada uno, hasta que tomes el medicamento. Tienes tiempo de cambiar tu actitud mientras los saco…
Primero salieron las maderas: paletas de diferentes tamaños, cucharas, varas y hasta una regla; luego los cueros: cintos, tawses de varias lenguas, fustas, rebenques, látigos… Lo último en salir fueron los plásticos con un matamoscas gigantesco que Dora conocía muy bien por cómo picaba.
Comenzó con las paletas de madera y siguió con las cucharas, pero no pudo soportar las varas. Así que en medio del castigo y con las lágrimas cayendo sobre su pecho, tomó el frasco y la cuchara. Le costó destaparlo, y cuando iba a colocar el líquido en la cuchara, Vivi se acercó a su oído para advertirle:
-Quiero que la cuchara esté llena… Y si se derrama una sola gota, deberás tomar una cucharada más. ¿Entendido?
-Sí, señora.
Obedeció, pero cuando tenía la cuchara cerca de la boca, Vivi le dio un fuerte varazo que hizo que desparramara parte del líquido sobre su pecho. Tratando de hacer trampa, volvió a llenar la cuchara y haciendo varias caras de repugnancia, tragó el desagradable medicamento antes de apoyar la botella y la cuchara sobre la mesa.
-¿Por qué apoyas las cosas si aún no terminaste? –Inquirió Vivi antes de descargar un nuevo azote sobre las maltrechas nalgas de la desobediente mujer- Aún te falta una cucharada más por todo lo que desparramaste.
-Pero Vivi… ¡Si volví a llenar la cuchara! –se quejó.
-Lo sé, pero no fue lo que yo te ordené. Te dije que tomarías otra y eso harás. Si tuviste la buena voluntad de llenar la cuchara… significa que estás entendiendo. Ahora toma la que falta, o… ¿prefieres que te siga insistiendo?
Respondió tomándose otra cucharada de aquel endemoniado líquido, acompañando su accionar con otro repertorio de gesticulaciones de asco y repugnancia.
-Ahora, así desnuda como estás, irás a cocinar. Esta noche cenaremos juntas y estaré vigilando de cerca lo que comes… Y recuerda que hago todo esto por tu bien.
Mientras le hablaba al oído acariciaba las nalgas de Dora y, aprovechando algún descuido, recorría con sus dedos la hendidura de la vulva juvenil…
Cuando estaba en plena tarea culinaria, Vivi apareció con un tarro de crema donde hundió sus dedos, extrayendo una buena cantidad.
-Tú has de cuenta que yo no estoy, y sigue con lo tuyo –ordenó al comenzar a distribuir la pomada en ambas nalgas. Subía y bajaba la mano, dejaba deslizar los dedos por todos los agujeros y rincones, obligando a la cocinera a exhalar más de un gemido de placer. Mientras que con una mano esparcía el ungüento, con la otra acariciaba los senos y apretaba los pezones o bajaba hasta el botón del placer y lo masajeaba con fruición, torturando con delicadeza a la excitada Dora.
Lo que comenzó en la sala con un castigo y continuó en la cocina como regalo de placer, culminó en la cama en una noche de lujuria y pasión. Ambas recorrieron sus cuerpos, reconociéndolos una vez más y regalándose una sesión de delectación mutua.


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viernes, junio 24, 2011

Esa vieja puta y fría...


...La muerte andaba rondando,
quién sabe dónde andará.
No me dejes alegría,
no te vayas vida mía,
que esta puta vieja y fría
nos tumba sin avisar.
“La muerte”, de José Carbajal



Y esta vez fue a mi madre, a la que “esta puta vieja y fría”, la tumbó sin avisar. Falleció el día 12 de este mes de junio, a los 87 años, luego de una vida de sacrificios, de trabajo y de generoso amor para su familia y todos los que la rodeaban.
Era una asturiana fuerte, una campesina de manos trabajadoras, sencilla, alta, grande y elegante que pasó por este mundo con porte de reina, dejando una huella profunda en el corazón de quienes la conocimos. Con ella aprendí que la distinción y el refinamiento no pasan por el valor económico de una prenda o una alhaja, sino en saber lucirla.
También tuve el privilegio de festejar con mis padres sus 63 años de casados, hasta que mi papá partió. Pero como el 13 de junio cumplían 65 años, creo que mi mamá decidió ir a festejarlos con el hombre de su vida, brindando con un culín de sidra en alguna nube...
Ambos partieron sin enterarse de mis gustos, pero creo que desde donde me están mirando, estarán felices de ver que su hija menor está haciendo lo que realmente quiere y le gusta.
Y para terminar, deseo agradecer a Sir Williams, mi Amo y mi pareja fiel, el hombre que me soportó, me contuvo y me acompañó en los peores momentos de mi vida. ¡Gracias!
Quiero cerrar ahora con un poema que me envió una prima desde España, y que trasmite lo que estoy sintiendo:



¡Quisiera decirte tanto!
y sin embargo no atino.
Se me agolpan las palabras.
Siento…pero no escribo.
Sí. Siento llorar mi alma
porque te añoro y no te veo.
Y siento brotar la rabia
tantos días contenida
por saber que te perdía.


Y el deseo de abrazarte
y de decirte te quiero
Y de hablarte
y de mirarte
y de cogerte las manos.
Y siento… un gran vacío.
Siento pena por tu falta,
y siento rabia por tu suerte.
Siento añoranza de tu risa
Que se la ha llevado la muerte.
Siento….. ¡siento tanto!
que lo vuelco en estas líneas
y te dedico este canto.

JDIANA (1999)



Hasta pronto, amigos.

jueves, marzo 17, 2011

OBRA DEMORADA

NOTA: Agradezco a Nick Zula su permiso para agregar este estupendo dibujo a este relato.

Emilia tenía la convicción que para sobrevivir en un mundo de hombres como la arquitectura y sobre todo la construcción, debía imponerse exigiendo y haciendo valer su título de arquitecta. Hacía poco que se había recibido, era su primer trabajo importante en la empresa de su padre, deseoso de jubilarse y dejar la empresa en manos de su hija.

Con apenas 27 años le tocaba enfrentarse a hombres mucho mayores que ella, experimentados, recios y duros a fuerza de trabajar a diario entre hierros, pedregullo, cemento y… planos de arquitectos que diseñaban edificaciones muy bonitas en planos y dibujos, pero difíciles de construir.

Robustiano, el capataz de la obra, con sus 45 años de edad y más de treinta de experiencia gracias a su padre que lo había instruido desde niño hasta que logró el título de Maestro Mayor de Obras. Aunque no renegaba de sus estudios, sabía que el verdadero conocimiento se lo había dado la experiencia diaria. Este hombre que había lidiado con mucho profesional en su vida le tenía poca simpatía a los arquitectos, sobre todo a los nuevitos sin experiencia, confiados en su título y desconfiados de los que llevaban años en la profesión. Pocos escuchaban las apreciaciones de los encargados que más de una vez los habían salvado de un derrumbe por un mal cálculo o por falta de experiencia.

Sí… definitivamente Robustiano no quería a los arquitectos, y menos a Emilia. Esa muchachita engreída pretendía obediencia sólo por su título. ¡Faltaría más!

La obra iba atrasada en casi dos meses por no atenerse a los planos originales. Cambiaba todos los días, atrasándolos más de lo normal. Siempre se tiene en cuenta el clima y los imprevistos, pero nadie pensó en las divagaciones de la joven arquitecta. Más de una vez deseó ponerla sobre sus rodillas, para quitarle sus tonterías y enseñarle un mínimo de respeto por el trabajo y el esfuerzo de los demás, pero eso significaría perder el empleo y regalar toda la energía que había invertido allí.

Había días como aquel donde todo salía mal. El material no llegaba, la grúa averiada, el último invento de la arquitecta se había desmoronado –a pesar de sus advertencias- y Diego, su mano derecha, estaba con la pierna recién enyesada por una caída, pero fiel como “milico de cuartel” que estando de licencia va al cuartel a tomar mate. Diego no podía movilizarse pero hacía trabajo de oficina y de vigilancia.

El capataz no necesitó darse vuelta para saber que había llegado. La obra se paralizaba cada vez que Emilia aparecía con sus minifaldas y escotes de infarto. Ningún obrero se atrevía a decirle nada ni falta que hacía, porque con sus miradas las palabras sobraban.

-Buenos días –saludó la joven-. ¿Qué sucede para que tantos obreros estén sin hacer nada? ¿Están de huelga acaso? Faltaría eso nomás, con el atraso que tiene esta obra.
-Buenos días arquitecta –respondió de forma bastante cortante-. Ellos están parados porque aún no llega el mat…
-¿Y aún no reclamó? Claro… y pretendo que la obra no esté atrasada –interrumpió molesta.
-Reclamé varias veces –respondió Robustiano apelando a su paciencia-, el material está al llegar. Por eso le dije a la gente que estuviera aquí, para no perder tiempo en la descarga.
-¡Ja! –exclamó mirando hacia arriba-, por lo que veo la grúa también está parada…
-Sí. Hace un mes le dije que estaba funcionando mal y usted no quiso pararla, así que hoy ordené detenerla por seguridad –cuando intentó interrumpirlo, la cortó-, y antes de que pregunte la respuesta es: sí, ya llamé al técnico.

Sin mediar palabra la joven se dirigió al edificio. Robustiano reconoció en su mente la hermosura de Emilia y de qué buena gana le enseñaría un mínimo de educación y consideración. Se alejó moviendo las caderas, con la falda suelta meciéndose al compás del viento y de su insinuante bamboleo. Pero Éolo desoyó sus plegarias para que soplara más fuerte y le permitiera ver las nalgas prietas y redondas.

Tal cual suponía, bajó echa una furia, reprochando y culpando al encargado de la obra por el estrepitoso fracaso de su última invención. Una vez más se armó de paciencia:

-Se lo advertí señora. Le dije que eso no funcionaría de esa forma –dijo el hombre con una calma y una seguridad que exasperó aún más a Emilia.
-Aquí la arquitecta soy yo, y usted está para cumplir mis órdenes.
-Eso hice y allí tiene el resultado. Su empeño por hacer las cosas mal es lo que nos atrasa. Un poco de humildad le permitiría escuchar a la gente con experiencia, evitando estas situaciones. Ayer le advertí esperar hasta que fraguara el material para…
-A mí nadie me trata así ni me dice qué hacer. Es usted un atrevido, irrespetuoso, y… ¡queda despedido!
-¿Despedido por qué? –Preguntó Robustiano con una enorme sonrisa.
-Por todo lo que le mencioné, pero sobre todo por su responsabilidad en la demora de esta obra…

El hombre se apoyó sobre una hormigonera rascándose la nuca, pensativo. Se quitó el cinturón de herramientas que fue a parar sobre una montaña de pedregullo y dirigiéndose hacia la joven, se sentó sobre una pila de ladrillos, mirándola con cara de pocos amigos. Emilia pensó en huir de aquella mirada, pero pensó que no le haría nada por ser mujer, porque era la hija del dueño con un cargo superior, y sobre todo… porque había demasiados testigos.

-Bueno… Como me acaba de despedir ya no pertenezco a la empresa, usted ya no es mi jefa, soy un feliz desocupado, por lo tanto… -dijo remangándose la camisa- ahora puedo hacer lo que hace tiempo tengo ganas, y que reprimí tantas veces por caballero y por cuidar mi trabajo.

La arquitecta estaba a la izquierda del ex encargado, cosa muy conveniente dado que Robustiano era zurdo. Fue muy fácil para un hombre con tanta fuerza, acostumbrado a cargar bultos pesados, poner a la dama sobre sus rodillas con tal velocidad y destreza que Emilia notó su posición junto con la primera nalgada. No pasaron ni cinco segundos cuando los albañiles los rodearon, riendo y aplaudiendo a su jefe.

-¡Eso es jefe, póngala en su lugar! ¡Hágale sentir el rigor de un macho! ¡Estamos con usted, no se deje!

De nada le sirvieron los gritos, ni los pataleos, ni los intentos de zafar del enorme constructor. Sin esfuerzo, Robustiano logró levantar la falda y bajarle las bragas, dejando a la arquitecta con toda su intimidad expuesta a todos los hombres de la obra. Tenía dolido algo más que el orgullo porque su trasero despedía fuego por las nalgadas propinadas por las manazas ásperas y callosas del hombre que no paraban de azotarla. Avergonzada, no paraba de llorar.

-Señora arquitecta, –dijo el azotador apoyando un codo en la cintura de la chica, mientras que con la otra mano raspaba las nalgas en lo que intentaba ser caricia- debo agradecerle por haberme dado la oportunidad de cumplir un viejo deseo: azotarla. Debe aprender modales, respeto por los demás, por su trabajo, y sobre todo escuchar. Además, sabemos que es usted la única responsable de los atrasos por su obstinación, siendo capaz de anteponer su orgullo a la experiencia de sus subordinados.
-Eso no es así. El único responsable de los atrasos es ust… -las nalgadas resonaron mientras que los movimientos de piernas se hacían cada vez más violentos, dando a los espectadores masculinos un excitante panorama de la profesional. El color del trasero era de un carmesí subido, y aún así la arquitecta no daba su brazo a torcer.- ¡Déjeme en paz! ¡Suélteme, so bruto!
-No la soltaré hasta que acepte la verdad…

Tardó un buen rato antes de admitir que había sido ella la responsable de las demoras. Recién entonces la soltó. Lo más rápidamente que pudo, se subió sus bragas y bajó su falda mientras que un hombre se abría paso entre los obreros.

-¡Papá! –gritó con júbilo la joven corriendo al encuentro del veterano- ¿Cuándo llegaste? ¿Viste lo que pasó?
-Sí, vi todo… desde tu llegada.
-Entonces aprobarás que haya despedido a este… bruto, rufián, ordinario…
-Pero mi niña… Por supuesto, –dijo el hombre abrazándola ante la mirada de desaprobación del constructor- por supuesto que estoy de acuerdo… con Robustiano.
-¿Cómo? –preguntaron al unísono la arquitecta y el capataz.
-Este hombre hizo lo que debía: ponerte en tu lugar, enseñarte un poco de educación, algo que ni tu madre -en paz descanse- ni yo, logramos hacer durante toda tu vida. Ahora porque eres arquitecta y la hija del dueño te crees con derechos que no te corresponden. Escúchame bien Emilia: confié en ti para hacer esta obra, pero si quieres continuar en ella deberás hacerlo bajo la supervisión de Robustiano. Eso siempre y cuando él acepte regresar al trabajo después que le pidas disculpas…
-¿Yo? ¿Pedirle disculpas a este… este… hombre? Ni loca –y le dio las espaldas cruzándose de brazos.
-Está bien –respondió su padre- como desees.

El azote del cinto la hizo saltar, más por lo inesperado y sorpresivo que por el dolor. Don Emiliano, reboleando el cinto, le dijo:

-No tienes nada más que hacer aquí. Vamos para la casa…
-No papá, espera… yo…
-No hay nada que esperar. ¡Camina!
-Le pediré disculpas a Robustiano, lo haré, lo juro…

Todos se volvieron a reunir alrededor de los protagonistas para seguir de cerca el espectáculo. La joven se acomodó el cabello, tosió, tragó saliva y en un tono petulante y altanero, dijo:

-Señor Robustiano, lamento el malentendido. Puede regresar a su trabajo.

Otro cintazo en sus nalgas la hizo avanzar y perder momentáneamente la estabilidad. La cara de enojo de su padre hizo que repitiera el pedido, no sin antes advertirle:

-Te advierto que no tengo apuro. Puedo estar aquí el resto de la jornada y darte tantos cintazos como sean necesarios hasta que digas las palabras exactas en el tono adecuado. Dijiste que le pedirías disculpas y eso harás. O… -levantó su brazo con el cinto doblado, amenazante.
-Señor Robustiano –repitió mirando el cinto- acepto que el retraso de la obra fue mi responsabilidad. Le pido que me disculpe por haber querido inculparlo y… -la mano de Don Emiliano subió todavía más- y… le ruego que acepte nuevamente su puesto.
-¿Así nada más? ¿Usted cree que puede ofender a un trabajador y que este volverá a su puesto sólo porque le pide disculpas y le ruega que regrese? No señorita, yo tengo que tener algún tipo de compensación extra.
-Tiene razón –asintió el veterano.- Emilia le dará un 10% de lo que ella gana hasta que se termine la obra. ¿Verdad hijita? –agregó con un tono al que la joven no se pudo negar.- ¿Desea algo más, Robustiano?
-Sí, sólo una cosa más. Que la señorita arquitecta tome en cuenta mis consejos, y que podamos “discutir civilizadamente” como hoy, cuando ella no quiera entrar en razón.
-Aprobado con todo mi agradecimiento –dijo sonriente el padre de la joven.
-Pero… papá… tú no puedes permitir que… -sólo le bastó mirarlo para darse cuenta que su padre no bromeaba, y que si no aceptaba se tendría que ir. La muchacha tomó sus carpetas del suelo y se alejó, abriéndose paso entre los obreros.

Al entrar en su auto sonrió divertida mientras se sobaba las nalgas. Su treta, planificada durante varios meses, había dado buenos frutos y el hombre con el que se excitaba noche tras noche, la había azotado como tantas veces lo soñó. Y su padre había ayudado sin saberlo. Ahora sí, esa obra marcharía cada día mejor, aunque… seguramente “discutirían civilizadamente” muchas veces en las oficinas, antes de terminar el edificio.
- F I N -

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domingo, febrero 20, 2011

AKB: MI PROPIA WEB

No es sorpresa para nadie que yo diga que este blog es mi favorito, el que más amo, donde me siento como "en casa". Fue el primero que tuve y donde colgué mis primeros relatos escritos en solitario y luego con mi querido y siempre recordado amigo Amadeo Pellegrini.

Debo reconocer ante ustedes y ante mí misma que jamás imaginé tener mi propia web. Es más, cuando escribí mi primer relato "Siempre tuvo la lengua muy larga...", no imaginé que tendría el éxito que tuvo.

Una vez con Amadeo hablamos de escribir un libro, pero eso nunca se llegó a concretar. Hoy estoy terminando mi primer libro que, Dios mediante, pronto publicaré. ¿Quién lo diría?

Así que quiero hacer en esta página el lanzamiento oficial de la web AKB: ANA KAREN BLANCO. En ella encontrarán mis relatos desde el primero, los de Spanking, los de BDSM, y alguna cosita de mi blog de sumisión. Pero allí también estarán algunos de los magníficos artículos de mi amigo y compatriota Vitabar, y una recopilación de su blog de "La Feria de los Azotes".
Y quiero agradecer a Sir Williams por apoyarme en todos mis proyectos; a Vitabar por su enorme paciencia y su impecable trabajo diseñando la web; a Fer por haberme impulsado a escribir; a Amadeo por permitirme caminar de su mano desde el principio de nuestra amistad, y a Domme Lili, por ser mi crítica literaria y mi amiga incondicional. Y a todos ustedes, seguidores y amigos por quienes hoy estoy dando este nuevo paso en mi vida. Simplemente: ¡Gracias a todos!

Espero que les guste, que lo disfruten, y que dejen sus comentarios por aquí. Besos a todos mis amigos y seguidores...

AKB
Ana Karen Blanco

domingo, enero 30, 2011

NUESTRO PRIMER PREMIO...

Este blog que tiene más de 3 años (39 meses para ser exactos), con más de 181.000 visitas y casi 100 seguidores, jamás había recibido un premio. Pero... hubo alguien que se acordó y a ella quiero agradecerle profundamente esta deferencia. ¡Gracias querida mey{MPD}! por haber recordado este humilde blog de relatos.

Para recibir este premio, tenemos que cumplir con ciertos requisitos como responder las siguientes preguntas, así que aquí va:

Nombre: anitaK[SW] o Ana Karen Blanco, como firmo en este blog solamente
Una música: Pop Latino
Estado de ánimo: alegre, positiva, afectuosa
Color: azul
Una estación: Otoño
Serie: House, Lie to me
Frase o palabra que dice más de ti: Usted puede contar conmigo. No hasta 5 o hasta 10, sino... contar conmigo.
¿Qué piensas del premio?: Que me encanta recibirlo, que me alegra que alguien premie el blog que más amo y en el que comencé como escritora. ¡Gracias!

Ahora debo premiar 15 blogs, lo que me resultará bastante difícil, pero lo haré, comenzando por el de Spanky Argentina, porque hay que tener coraje para abrir un blog en un momento donde todos están en las redes sociales. Aquí van:

Spanky Argentina
Nalgadas y azotes
El viejo sendero del Spanking
Spanking Latino
El blog de Don González
BottomsRed chimaurispankoblog
Mi mundo Spanko
Azotes y Erotismo
hachita{A}
Azote
Spanking y Disciplina Doméstica en la Argentina: porque a pesar de que hace 4 años que cerró, este blog está vigente entre los Spankos.
Spank Catalá
Pestange
Yo Spankee

¡Gracias a todos por existir!

viernes, enero 14, 2011

Un regalo del tío Pit...

Cuando inauguré este blog me prometí que solo pondría cosas hechas por Amadeo Pellegrini y por mí. Así fue con una sola excepción, de un trabajo hecho por Mara, una querida amiga de España. Ahora viene una segunda excepción: son unos dibujos realizados por un querido y "entrañable" amigo: Pit Piterson, y él mismo nos cuenta sobre su teveo, ideal para nostálgicos.

Es una parejilla de los años 60, ya sabes algo machistas, él prepara oposiciones todo el día estudiando y ella es una niña pija que ni se molesta en preparar una merienda para ir los dos de picnic.

Jejeje... Vespa, nikis Lacoste, pañuelico en la cabeza a lo Costa azul, y un anuncio en avioneta de Mirinda , un refresco que había en España en esa época que ya no existe... ¡ah! y claro, unos buenos chirlos si era preciso!


Aquí los dejo con esta historieta corta. Y que la disfruten..












miércoles, diciembre 22, 2010

¡¡FELIZ NAVIDAD SPANKA!! - con regalo incluído

Y me voy a poner en tono de spankee, porque... yo siempre, siempre, siempre he festejado la navidad con calor, con sol y con playa. Así que este año ME NIEGO a poner un post con dibujitos de gente abrigada, con nieve y estufas a leña, que serán muy entrañables (como dijera el tío Pit), pero prefiero fastidiar al tío Fer y poner niñas vestidas de mamá Noela con culitos al aire y con hilo dental festejando la Navidad que tan poco simpática le cae.

Por culpa de la bendita tradición, en mi país y en casi toda latinoamérica, comemos turrones, mazapanes, panettone, nueces, almendras y todas esas cosas hipercalóricas con temperaturas de 35º. ¡No'sjusto! ¡No Señor! Todo por tener ascendencia española, italiana o de otro país europeo y que nos han legado sus tradiciones navideñas.

Bueno... Terminada la protesta: ¡FELIZ NAVIDAD Y UN FABULOSO AÑO 2011! les deseo a todos los amigos y lectores de este tan querido para mí, blog de relatos de spanking.

Como regalo de Navidad, quiero dejarles un pasaje del libro en el que continúo trabajando: "Cartas a la tía Mena". Espero que lo disfruten..



CARTAS A LA TÍA MENA - Capítulo 6
LA FIESTA
(fragmento)


El tío Pit era un estupendo guía en la enorme biblioteca de su cuñado. Tenía perfectamente ubicados los volúmenes más importantes además de ser un ávido lector. Literatura clásica o contemporánea, los grandes filósofos griegos o los pensadores franceses, todo era motivo de charla para él. También en un rincón de la biblioteca había unos pocos libros de cocina con recetas de diferentes naciones.

-¿Qué tipo de comida prefiere madame?
-Creo que la nuestra, la inglesa, pero en realidad me gusta todo. Los pescados, los vegetales, aunque… tengo una debilidad.
-Adoro las debilidades… ¿Cuál es la suya madame?
-Llámeme Justine por favor. La verdad es que me da algo de pena decirlo…
-¿Por qué? Confíe en mí, cuénteme…
-Bueno… mi debilidad son… las golosinas, en especial los chocolates.
-¿De verdad?
-Pues sí. Y eso me trajo grandes inconvenientes de pequeña. Apenas tenía alguna moneda corría a comprarme chocolate, luego no comía, mi madre me preguntaba el por qué y siempre terminaba con las nalgas coloradas –la risa sincera de la mujer enardeció más de deseos al tío Pit.
-¿Sabes algo Justine? Secreto por secreto, te contaré el mío –le dijo mientras la dama se aprontó para escucharlo.
-Cuenta Pit, cuenta…
-Pues verás, a mí no es que me gusten mucho las golosinas ni el chocolate, pero… justamente había comprado unos bombones para mis sobrinas y como ellas se marcharon quedaron allí en mi habitación. ¿No te apetecería comer alguno?
-Pero… eso no estaría muy bien visto Pit. Una señora entrando a la habitación de un caballero… ¿qué dirán los otros invitados?
-No te preocupes por ellos, seguro que fueron a jugar alguna partida al salón de juegos –mientras iba hablando, arrimaba más y más su cuerpo al de Justine en tanto sus manos corrían de un lado a otro, deteniéndose en las nalgas aún túrgidas y apetecibles. El experimentado caballero notó que al hablarle al oído, la viuda vibraba más de lo común. Besó dulcemente su cuello cuando por detrás de la dama vio una figura de mujer que se asomaba por la hendija de la puerta, pero desapareció de inmediato.- Ven conmigo mi niña, y te convidaré con unos deliciosos bombones.

Salieron de la biblioteca rumbo a la escalera. Pit delante y de su mano, un par de pasos detrás, Justine. Subieron hasta el dormitorio y al abrir la puerta encontraron la habitación en una suave penumbra. Sobre la mesa principal había, además de la lámpara que daba una tenue luz, unas cajas de bombones; en eso se fijó Justine más que en que la cama fuera de dos plazas y que una señora, viuda de un famoso militar, sucumbiera tan fácilmente a los encantos de un dandy como el tío Pit.

-Sírvete lo que gustes mi querida niña –invitó, mientras abría las diferentes cajas de bombones. Los había de licor, de chocolates variados, rellenos, con almendras o avellanas…

La mujer comenzó a servirse entrando como en una compulsión: no podía parar. En tanto, Pit le quitó la chaqueta y le sugería que probase uno y otro, mientras sus manos corrían con precaución sobre el cuerpo de Justine. Cuando las cajas estaban casi por la mitad, Pit la separó en forma brusca de la mesa.

-Por Dios Justine ¿qué has hecho? ¿Eres conciente de la cantidad de chocolate que comiste? Seguramente eso te hará daño y tú lo sabías, pero igual seguiste comiendo. Creo que te has comportado de forma muy grosera, has sido una niña que ha pecado de glotonería. Y eso no puede quedar así, de ninguna manera…
-Pero… Pit… si tú… me diste permiso… yo… yo te dije que me gustaba el chocolate y…
-Eso no es excusa Justine. Creo que tendré que castigarte como lo hacía tu mamá, no hay otra solución.
-No… no puedes…
-No sólo puedo, sino que me veo en la obligación moral de hacerlo. Más vale que no te opongas niña, y me obedezcas.

Como sin querer, Pit vió un brillo especial en los ojos de Justine y su sonrisa nerviosa mientras tomaba una silla y la ponía en la mitad de la habitación.

-Ahora ven para aquí chiquilla traviesa y colócate sobre mis rodillas para tu castigo –le dijo con un tono duro y severo mientras que la mujer ponía sus caderas encima de las piernas de Pit-. Eso es, al menos debes de ser obediente y aceptar de buen grado lo que mereces.

Los azotes no eran fuertes, sino que todo lo contrario. Justine pensaba que ni siquiera llegaban a caricia y era más lo que frotaba sus nalgas que lo que las azotaba. Lo que ella no sabía era que el pícaro Conde lo estaba haciendo a propósito, para hacerla desear más.

De repente los golpes comenzaron a ser más fuertes y la mujer se movía cada vez más, tratando de evitar los azotes.

-Vaya, vaya, vaya… ¿Es que ahora te duelen Justine?
-Sí, para ya…
-No, no… ¡qué va! Ahora es que empieza lo bueno –y sin más levantó la falda de la dama, dejando al descubierto unas bellas piernas enfundadas en sendas medias de seda que se sostenían con unas ligas forradas de encaje con un moño y una florcita: toda una coquetería que de poco le sirvió a la dama para liberarse de la paliza.

Las bragas fueron a dar a las rodillas, que con el movimiento de las piernas en pocos segundos estaban por el suelo.

-Justine, si no paras de moverte tendré que tomar una drástica decisión.
-No me importa, déjame ya, no quiero que me azotes, no eres mi madre.
-Ni Dios permita. Pero si tu madre estuviera aquí, seguramente aprobaría mi decisión de castigarte.
-No hice nada malo, déjame…

Las nalgas estaban calientes, así que el tío Pit comenzó a sobarlas suavemente y como sin querer, a rozar la vulva húmeda de jugos ardientes. De forma inconsciente o no, Justine abría levemente las piernas para permitir que la mano sobara su vulva con más facilidad, pero Pit se cuidaba mucho de hacerlo.

-¿Qué no hiciste nada malo? Aceptaste sin ningún reparo subir a la habitación de un hombre solo, te comiste una cantidad inconfesable de chocolates, y estás casi desnuda sobre las rodillas de un desconocido con el culo al aire y tu cosita empapada y caliente. ¿Es así?

La mujer bajó la cabeza sin decir palabra porque todo lo que Pit estaba diciendo era verdad, aunque tenía claro que lo decía sólo para tener una excusa para nalguearla, que era lo que ambos deseaban.

-Ahora ponte de pie y tráeme el cepillo que está encima de esa cómoda… -Obedeció sin protestar- Ven, vuelve a tu lugar. Ah, mi querida Justine… Creo que no hay nada más entrañable que una azotaína con un cepillo aplicada por un tío que ama la disciplina y quiere que las niñas se comporten debidamente.

Pit no sabía cuánto odiaba la madera Justine, pero pudo imaginarlo por la forma en que se movía, así que aplicaba unos cuantos cepillazos bien distribuidos, y luego le daba unos masajes que la hacían subir a la gloria bendita.

-Bien, entonces… quítate toda la ropa y tírate en la cama, con las almohadas bajo la tripita. La falta ha sido muy grave y necesitas pagar con esa humillación tu culpa. Vamos… obedece.

Como una niña dócil y disciplinada, se fue quitando toda la ropa hasta que un cuerpo de mujer apareció bajo aquel vestido elegante pero soso. Las medias, las ligas, los zapatos todo se quitó, y se puso en la posición indicada y con las piernas muy cerradas.

-Abre las piernas, quiero que la humillación sea total.

Si el tío Pit tuviera dientes y colmillos, sería como un lobo ante un tierno cordero. Solo le faltaba que se le cayera la baba y no habría diferencia. Esa mujer tirada en su cama, con el culo en pompa, toda su intimidad exhibida sólo para él… Se quitó el cinto y comenzó a azotarla, primero con fuerza y luego fue bajando la intensidad del azote hasta parar. Notó el agite en la respiración de ella, y le dijo:

-Te voy a poner una crema para aliviarte. Quédate así un momento y descansa…

No pasó ni un minuto cuando sintió la mano de Pit esparciendo la crema sobre sus hirvientes nalgas. Pero no conforme con eso también puso crema en su espalda y piernas. Tenía buenas manos para los masajes y no le incomodaba dárselos a damiselas desnudas sobre su cama.

Justine sintió el cuerpo del hombre sobre ella, pero no dijo nada a pesar de que estaba desnudo. La azotaína la había dejado tan sublimemente excitada que no deseaba nada más que ser penetrada por aquel hombre. Percibió el aliento caliente en su nuca, en su cuello, besos en el lóbulo de las orejas y… aquel pedazo de carne venosa y tibia que la penetraba suavemente. Ambos comenzaron a moverse al compás del ruido de la cama de metal, y la excitación creció.

-Ven… ponte en cuatro patas, quiero penetrarte por aquí también… -dijo tocándole el ano.
-No, por favor ¡allí no!
-¿Por qué no? ¿No te gusta?
-No lo sé… es que… nunca lo hice por allí a pesar de que mi marido me lo pidió muchas veces.
-¿Sabes por qué no se lo diste a él, querida? Porque lo estabas reservando para mí. Te prometo que no te dolerá y será una experiencia altamente placentera… Ahora, relájate, quédate quieta y déjame hacer…

Lo primero que hizo fue lograr que pusiera su culo lo más alto y abierto posible, y hasta allí llegó con su lengua, que experta, hizo vibrar de placer a la dama. Luego, tomó algo de otro pote y untó el ano de Justine. La siguió tocando, apretando sus pezones y su clítoris. Cuando la joven dio signos de molestia, untó todo su miembro con la crema.

-Por Dios Pit ¿Qué me has hecho? La picazón allí es terrible, no la soporto, haz algo por favor –dijo mientras llevaba sus manos hacia el ano. Con toda calma, Pit tomó un pañuelo y ató las manos de la mujer a los barrotes de la cama, mientras ella se retorcía por la terrible picazón.
-Shhhhhh… Tranquila, verás que yo te calmaré ese ardor enseguida.

Con máximo cuidado, comenzó a pasar la crema por el ano y acto seguido su pene la penetró suavemente, con gran ayuda de la mujer que se movía sin cesar. Ninguno de los dos necesitó demasiado tiempo para correrse, aunque Justine había llegado al orgasmo más de una vez.

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lunes, diciembre 13, 2010

De regreso...

Aquí estamos de regreso de unas maravillosas vacaciones. Al final, no nos fuimos en octubre sino en noviembre. Y recién ahora nos estamos reintegrando.

EN ESTE BOSQUE SESIONABAMOS...!!
Fueron días tranquilidad donde tuvimos eso que tantas veces nos falta en la agitada vida diaria: tiempo.
Hubo tiempo para distenderse, pasear, caminar, compartir y hasta sesionar al aire libre y en la intimidad de la cabaña.
Hubo tiempo para conocernos más y para indagar con sana curiosidad sobre la vida del otro.

Hubo tiempo para que el hombre conociera a la mujer y el Amo conociera a la sumisa.

Hubo tiempo para que la mujer apreciara y descubriera cosas que no sabía sobre el hombre, y para que la sumisa siguiera aprendiendo de su Amo.

Hubo tiempo para escuchar música, ver películas, compartir gustos comunes y acompañar al otro en tareas que interesan a sólo una de las partes, pero el otro está ahí aunque sea para sentir su presencia.
Hubo tiempo para descubrimientos, aventuras, y aprendizajes…
Pero el tiempo de vacaciones se acabó y aquí estamos nuevamente, para continuar el camino con fuerzas renovadas.
Quiero agradecerle a Willy, mi pareja, estos estupendos días a su lado. Y a mi Amo, Sir Williams, la oportunidad de seguir enriqueciéndome como su sumisa.

¡Que se repita!

lunes, octubre 11, 2010

BLOG DE VACACIONES

Y no me importa. Si nadie me lo dice, me lo diré yo: me voy de vacaciones porque ME LAS MEREZCO. Después de muchos años me tomaré quince días todos seguidos y sin pausa de vacaciones. Así que no me verán hasta el mes de noviembre.

Sé que este año no ha habido mucha producción de relatos. Me hubiese gustado escribir muchos más, pero... muchos cambios en mi vida, poco tiempo, poca inspiración quizás. Así que les agradezco que se hayan quedado a mi lado a pesar de lo poco que escribí.

Así que me voy a una cabañita en las sierras y allí trataré de adelantar todo lo que pueda el libro que hace dos años comencé a escribir. "Cartas a la tía Mena" será mi primer libro y de acuerdo a cómo se venda escribiré más. Todo depende de ustedes, mis lectores y amigos.

Bueno, los dejo por aquí con alguna imagen del lugar donde estaremos. Besos y saludos para todos.

AKB

domingo, octubre 10, 2010

UNA CENA DE NEGOCIOS

Dedicado a Lety
Por suerte para la pareja, los niños estaban de vacaciones en casa de los abuelos desde hacía una semana, y seguramente se quedarían un mes más. Eso significaba que podían tener sus riñas matrimoniales sin estarse cuidando de que sus hijos oyeran las disputas. No piense el lector que se llevaban mal. No, nada de eso. Emiliano y Leticia se amaban profundamente, pero… la joven mujer tenía un carácter muy difícil y a su esposo se le acabaría la paciencia en cualquier momento.

-…y te guste o no te guste tendrás que acompañarme a esa cena –le espetó Emiliano.- Si logro que estos ejecutivos acepten abrir esa cuenta en la empresa, será el negocio de nuestra vida, conseguiré un importante ascenso y por lo tanto un gran aumento también. No nos puedes negar esa posibilidad ni a los niños ni a mí. Además, vendrán con sus esposas, no puedo presentarme solo.
-Pero Emiliano… esa cena no será en la pizzería de la esquina, sino en el restaurante más caro y famoso de la ciudad. No tengo ropa adecuada, ni zapatos, ni…

Leticia seguía poniendo excusas y a su esposo lo llevaban los demonios.

-Tienes una tarjeta que nunca usas. Hazlo esta vez y cómprate el vestido que desees y todo lo que necesites. Yo me voy de la ciudad y volveré el sábado unas horas antes del evento, así que sólo te pido que no me digas nada. Anda Lety, dame el gusto y esa noche ponte bonita, sexy… que los hombres se queden envidiando la mujer que tengo. ¿Sí? ¿Me darás ese gusto?

Una sonrisa que Emiliano no pudo ver por estar abrazándola, se dibujó en el rostro de la joven que adquirió un aire casi maléfico.

-Haré todo lo que me pides, amor. Puedes irte tranquilo –agregó Lety.
-Gracias mi vida. Sabía que podía confiar en ti.

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Llegó a la casa con los minutos contados. El avión se había retrasado y sólo tenía 3 horas para llegar al restaurante. Para colmo de males, no encontró a su esposa en la casa, sólo su ropa perfectamente ordenada sobre la cama, y todo lo que necesitaba. Sobre el impecable traje azul resaltaba una nota escrita en un papel blanco. La tomó en sus manos:

“Amor,
Encontré un lugar estupendo para peinarme y maquillarme cerca de la casa de mi hermana Laura. Ella me lo recomendó. Así que decidí que mejor me pasaras a buscar por su casa porque ella me ayudará a arreglarme. Encontré todo lo que necesitaba para esta noche siguiendo tus indicaciones. Creo que estarás de acuerdo conmigo cuando me veas.
Te dejo todo lo que necesitas encima de la cama. Llámame antes de salir de casa para esperarte en la puerta. Besos,
Lety”

Emiliano se desvistió para ducharse y comenzar a aprontarse. Leticia en casa de Laura… eso no le gustaba mucho. Su cuñada era una buena mujer, pero bastante provocativa en su forma de vestir y de actuar.

El agua caliente comenzó a correr por su cansado cuerpo, revitalizándolo de inmediato. La imagen de Lety vino a su mente. Era una mujer que no llamaba la atención en la calle, pero a él lo había enamorado su dulzura y candidez, aunque a veces deseaba que fuese un poco más… atrevida, como su hermana. Claro que si se lo proponía, Leticia podía ser tremendamente sensual y provocativa. Recordó que la semana anterior estaba vestida sólo con una tanga y una camiseta cuando salió corriendo a atender el teléfono. Pero no lo hizo parada, sino que se arrodilló sobre el sillón y se tiró hacia delante, haciendo que la camiseta se subiera y dejara insinuar un poco más del nacimiento de sus nalgas que mecía como al descuido. ¡Dios, qué sexy estaba! Con el sólo recuerdo de aquella escena su virilidad comenzó a crecer hasta límites casi insospechados. Si ella hubiese estado allí, seguramente llegarían tarde a la cena.

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La noche estaba algo fresca, así que el inmenso chal que se había puesto sobre los hombros y que la cubría hasta la cintura no le venía mal. Estaba yendo a la bendita cena contra su voluntad, pero sin duda que se vengaría de su esposo por obligarla a salir. Tenía todo planeado y esta vez ni siquiera Laura, que solía ayudarla en sus travesuras, la había secundado en sus planes. Sólo le había permitido vestirse allí para aconsejarla que no siguiera adelante con aquello, pero todo había sido en vano. Lety era una mujer caprichosa, rebelde, contestataria y difícilmente no se salía con la suya.

En la peluquería habían recogido sus rulos en un moño estudiadamente descuidado, donde los bucles caían aquí y allá dándole a su rostro un aspecto travieso e infantil. El maquillaje era suave y hacía resaltar sus enormes ojos marrones. No era delgada, pero tampoco tenía demasiado sobrepeso. El vestido negro y largo estaba confeccionado en una tela que caía mágicamente sobre las sandalias plateadas. Un sobre negro con un detalle de pedrería resaltaba en sus manos que lucían una perfecta manicura que acompañaba el anillo de bodas, única alhaja que lucía además de los discretos pendientes de brillantes.

El auto de su esposo paró en la entrada. Mientras Lety se acercaba, Emiliano quedó hipnotizado mirándola. A tal punto fue su impresión, que ni siquiera atinó a bajar del coche para abrirle la portezuela. Molesta por la falta de consideración, abrió ella misma y se sentó con evidente mal humor. Un suave perfume inundó el interior del automóvil.

-Hace casi una semana que no me ves y ni siquiera bajas a saludarme.

Como no recibió respuesta, lo miró indignada. El rostro de su esposo la impresionó a tal punto que se ruborizó.

-¿Qué te sucede Emiliano? ¿Por qué me miras así?
-Es que… estás tan hermosa.
-Gracias –respondió.- ¿Podemos irnos? O llegaremos tarde.

El camino hasta el restaurante fue casi en silencio. Ambos contaron sus semanas de una manera formal, sin ese calor e intimidad que tienen los matrimonios de muchos años. Emiliano sabía que algo estaba pasando, pero no lograba discernir cuál era el problema.

Al llegar al restaurante un joven se hizo cargo del auto mientras ambos entraban al elegante salón. El maître los condujo hacia una mesa donde había tres caballeros que al verlos llegar se pusieron de pie.

Emiliano saludó a los ejecutivos mientras el maître auxiliaba a Leticia con el chal. Al quitárselo, dejó a la vista de todos los predadores del lugar su sensual atuendo. Un vestido negro con un profundo escote y tiradores de strass. La espalda estaba apenas cubierta por la imitación de una telaraña realizada también en pedrería. Por supuesto que no llevaba sostén, cosa que los varones de la mesa y de todo el restaurante, agradecían.

Cuando los ejecutivos vieron a Leticia, todos se abalanzaron para saludarla. Un sorprendido Emiliano hacía las presentaciones:

-Caballeros, ella es mi esposa Leticia. El señor Thomas Hamford, presidente de la empresa Verani, su hijo Ray y el señor Leonardo Bonini, el nuevo presidente de publicidades Vigil.
-Es un gusto caballeros, pero pensé que vendrían acompañados.
-Mi hijo y yo le damos nuestras disculpas señora –dijo Thomas-, pero nuestras esposas ni siquiera pudieron viajar con nosotros. Uno de mis nietos enfermó y prefirieron quedarse. Espero que esta cena no sea demasiado aburrida para usted.
-Le aseguro que no lo será. Tengo cuatro hombres para mí sola… ¿qué más se le puede pedir a la vida?

Emiliano no podía creer que aquella “vampiresa” fuese su esposa. ¿Qué iban a pensar esos hombres de él? Por otra parte, no podía negar lo bella y sexy que estaba su mujer.

La cena fue transcurriendo lentamente. Todos se divertían y la pasaban bien. Todos menos Emiliano, que siempre trataba de llevar la conversación a lo que a él le interesaba, pero los ejecutivos estaban más dispuestos a hablar con su esposa de temas intrascendentes que de negocios.

Lety era una mujer sencilla y no tenía dobleces. Pero no era tonta… sabía cómo seducir a un hombre y eso estaba haciendo con los ejecutivos. Y lo hacía con doble intención: por un lado quería ayudar a su esposo a lograr su propósito y por otro fastidiarlo por presionarla para ir esa noche. Al final había sido la única mujer y se lo estaba haciendo sentir.

El elegante restaurante se vió levemente conmocionado con la presencia de la joven. Primero fue su sensual vestuario, luego el caracol volador que fue atrapado hábilmente por Ray antes que cayera en la fina copa de cristal que contenía un vino de cosecha especial. Eso sin contar la aceituna que fue a dar debajo de la mesa, ni el casi derrame de la copa que contenía el agua cuando el camarero la estaba sirviendo. Los ejecutivos restaban importancia a lo sucedido y seguían divirtiéndose con las ocurrencias de Leticia.

A los postres el hombre trató de darle un giro a la conversación y llevar las aguas a su cauce. Lo venía logrando muy bien, hasta que una supuestamente distraída Leticia comía con inusitada sensualidad. Tomaba un trozo de pastel con la cuchara y cerrando los ojos lo saboreaba como el más excelso manjar. Luego le tocaba el turno a la crema y… a la cuchara, que lamía varias veces sin pensar en el protocolo o la educación. Las palabras de Emiliano se perdían de las mentes de los ejecutivos que se inundaban de las imágenes casi lujuriosas de Lety.

La orquesta comenzó a sonar cuando todavía no habían terminado el postre. Emiliano aprovechó la ocasión:

-¿Ustedes sabían que el señor Bonini es un excelente bailarín?
-Yo… no… -contestó balbuceante el pobre hombre, que no entendía nada.
-Estoy seguro que Lety estará encantada de bailar con usted ¿verdad amor?

Lety lo miró con odio por un instante.

-Cariño, –dijo rápidamente Emiliano- puedes ir a bailar. Te aseguro que esta noche te recompensaré con creces “todo” lo que estás haciendo.

Un enjambre de mariposas comenzó a volar en el estómago de Lety. ¿La estaba amenazando con una azotaína? Muy bien, entonces le daría más motivos aún. Si la quería rebelde, así la tendría. Cuando terminó de beber la copa de vino, e intentó pararse, se dio cuenta de que estaba bastante mareada, pero eso no le impidió seguir adelante.

-Será un placer bailar con el señor Bonini… y con los demás también. ¿Vamos?

La música era movediza: una salsa caribeña con todo el sabor que Lety no desperdició. Sus movimientos llamaban la atención y desde la mesa, padre e hijo no perdían contacto visual con la esposa del hombre que se veía interrumpido una y otra vez en sus intentos de negociar, estuviera o no Lety en la mesa. Al terminar la pieza, cuando se iban acercando a tomar asiento, Emiliano tomó a su mujer del brazo y le dijo con una sonrisa:

-Ahora es mi turno querida…
-No, espera un momento, déjame descansar –contestó veloz imaginando lo que le diría su esposo. Pero no tuvo suerte, él casi la arrastró hasta la pista.
-¿Es que quieres arruinarme el negocio? –le preguntó mientras la tomaba fuertemente de la cintura y le sonreía cariñoso para disimular- El vestido, tu actitud, tus risas y coqueteos… Sin contar el vino, claro. Todo está en mi contra. Espero que cambies porque si este negocio no sale… tú serás la responsable. Así que compórtate. Cuando lleguemos a casa tendremos una larga conversación los tres.
-¿Los tres? –dijo Lety con extrañeza.
-Sí, los tres: tú, yo… y el cinturón.

Al volver a la mesa el rostro de Lety había cambiado.

-¿Sucede algo madame? ¿Se siente bien?
-Sí, sí… estoy bien, gracias.
-Pero algo le sucede…
-Es que mi esposo me regañó. Dice que me estoy comportando muy mal… ¿Usted qué dice señor Thomas? ¿Tiene razón?
-Para nada. ¿Qué tiene que reprocharle usted a su bella esposa?
-Bueno… yo… -trató de disculparse rojo de vergüenza Emiliano.
-Debería estarle agradecido por haber soportado esta aburrida cena con cuatro hombres de negocios, que se hizo agradable sólo por su presencia. Leticia… ¿me permite que la llame así? Ya debemos retirarnos, pero no sin antes decirle que fue un placer conocerla y que le prometo que la próxima cena será en mi casa. Espero que nos visiten, su esposo tiene la dirección.
-Señora –dijo Ray- gracias por venir. Y por permitirme practicar mis reflejos –agregó con un guiño.
-Señores… -dijo Emiliano mientras los saludaba- Espero que le den la oportunidad a nuestra empresa de brindarles nuestros servicios.

El señor Thomas se paró en seco y dándose vuelta lentamente, lo tomó del hombro y le dijo:

-Emiliano… Me parece bien que se ocupe del negocio, pero hay momentos para todo. Le daré un consejo que no me ha pedido, pero igual se lo daré: no piense tanto en el dinero y disfrute más de su esposa y su familia. Le aseguro que no se arrepentirá. Tiene usted una joya de incalculable valor. Adiós, ha sido un placer conocerlo –y sin más salió por la puerta sin voltear.
-Yo también me retiro. Ha sido usted una pareja de baile inigualable Leticia. La pasé muy bien. Buenas noches a los dos. Mañana hablaremos tú y yo Emiliano –dijo su jefe con cara de pocos amigos.

El joven ejecutivo se sentó mientras veía a los tres hombres marcharse. Un profundo sentimiento de frustración lo invadió, mientras que Leticia terminaba de liquidar el champagne de su copa.

El regreso a la casa fue un rosario de regaños, recriminaciones y amenazas. Que si el vestido era digno de una mujerzuela, que si no había parado de coquetear con los hombres, que lo había dejado mal parado con tanta risa y bebida… y que apenas llegaran a la casa arreglarían cuentas. Con tono despectivo preguntó Lety:

-¿Es una amenaza?
-No mi amor. Es una sentencia, y ya sabes lo que eso significa.
-Pues no es justo. Tú me pediste que fuera y fui. Me pediste que me comprara un vestido bonito y este lo es. Te obedecí en todo y aún no estás conforme. ¿Eso significa que los tres mil dólares que me gasté para esta cena fueron inútiles?

El auto comenzó a zigzaguear en la calle hasta que pudo controlarlo y detenerlo. El rostro de Lety denotaba susto, pero el de Emiliano estaba totalmente desencajado.

-¿Cuánto dijiste? –gritó. La joven comenzó a hundirse en el asiento.- No puedo creer que hayas gastado tres mil dólares en esta noche.
-Bueno… en realidad fueron tres mil novecientos veinticuatro… con ochenta y nueve centavos –agregó sonriente.

La puerta del garaje se abrió automáticamente y apenas se estacionó, Lety huyó hacia el interior de la casa.

-No se te ocurra irte Lety, sabes que igual te atraparé. –Corrió detrás de ella y le ordenó en voz alta:- Ven aquí inmediatamente. No me hagas ir a buscarte porque será peor para ti, lo sabes.

Su esposa apareció por la arcada de la sala casi arrastrando los pies. Emiliano estaba sentado en la mitad del sofá y le hizo seña para que se acercara. Lety se paró a su derecha aún sabiendo que en pocos segundos estaría sobre las rodillas de su esposo. Lo sabía… sabía que negarse era tonto, además no quería negarse. Disfrutaba cada una de las nalgadas. Sentir la mano dura de Emiliano sobre su piel, la humillación de la posición y de las frases que le decía, los regaños, el calor de las nalgas y los dedos masculinos recorriendo su rajita, la sola idea de todas esas sensaciones la excitaban.

-Quítate el vestido. No voy a arruinar tres mil dólares que tanto trabajo me da conseguir…
- Tres mil novecientos veinticuatro… con ochenta y nueve centavos.
-¿Me estás vacilando? –dijo Emiliano con enojo, sin conseguir respuesta por parte de su mujer.

Lentamente se fue subiendo la falda dejando al descubierto los zapatos y las medias que llegaban a sus muslos. Las mantenía subidas gracias al portaligas negro que hacía juego con la bikini de encaje. Puso el vestido con todo cuidado sobre uno de los sofás y volvió al lado de su esposo. La miró casi desnuda y sintió unos enormes deseos de hacerle el amor. Hacía mucho tiempo que no la veía tan atractiva, tan sensual y tan… traviesa como en ese momento. Estiró la mano atrayéndola sobre sus rodillas y comenzó a nalguearla.

-Felicitaciones Lety, lo has logrado. Esta noche hiciste todo para merecer el castigo que te aplicaré.
-Ya te dije que es un castigo injusto. No lo merezco.
-¿Lo dices en serio? ¿Quieres que te enumere todos tus errores?
-Algo me dice que aunque te diga que no lo harás igual, así que… adelante.

Los primeros azotes casi no los sintió, pero lentamente el ritmo y la intensidad fueron creciendo hasta que el rosa de la carne comenzó a asomar por debajo de la fina prenda de encaje.

-Comencemos por tu negativa a asistir a la cena, luego los… tres mil novecientos veinticuatro dólares
-… con ochenta y nueve centavos –agregó provocadora.
-Sigue, sigue… Después ese… vestido. No podía ser más provocativo. Bueno, excepto tu actitud de mujer fatal, calientabraguetas y comehombres. –Con cada reproche aumentaba la intensidad del golpe, para terminar con una lluvia de nalgadas que le fueron imposible detener.- ¿Y qué puedo decir de las faltas de urbanidad, de protocolo? Caracoles voladores, aceitunas suicidas, copas tambaleantes… Sin hablar de la cantidad de alcohol que tomaste.

Metió el dedo índice de su mano izquierda por la base de la bikini y tiró hacia arriba, haciendo que la prenda se metiera dentro de la rajita y entre las nalgas de Lety. Tenía la mano algo dolida y miró hacia los lados para ver con qué podría azotarla. No había mucha cosa, tomó una revista, la dobló y siguió un rato más, hasta que decidió bajar sus bragas hasta la base de las nalgas. Su esposa tenía un culito simpático y respingón, sensible a los azotes y agradecido. Era el culo que la mujer que amaba, el mejor culo del mundo porque aunque no fuera perfecto era suyo, de su propiedad. A veces, como aquella noche, ella suplicaba una azotaína como aquella, una azotaína donde ambos disfrutaban.

Las piernas comenzaron a moverse tratando de evitar las nalgadas cuyo vigor había aumentado considerablemente. Unas cuantas caricias fueron la excusa perfecta para sentir la humedad de la vulva.

-Ponte de pie, y colócate en el respaldo del sofá, apoya tu vientre allí y las manos en el asiento. Ya conoces la posición que en la que quiero encontrarte cuando regrese.

Claro que lo sabía. Se quitó las bragas y abriéndose mucho de piernas tomó la posición indicada. Sentía ruidos en la cocina pero no supo qué tramaba su esposo hasta que sintió el impacto de la madera en sus nalgas. Una pesada cuchara se estrellaba una y otra vez contra su piel. Pero al sentir la mano de su hombre acariciándola, le daba un respiro indescriptible.

A veces Emiliano tomaba distancia sólo para recrear su vista mirándola. Se veía tan bella en esa posición…

-Quiero tomar un descanso, así que vete al rincón y allí te quedas hasta que yo te diga. No se te ocurra tocarte.

Se sirvió un vaso de agua con mucho hielo y se sentó en el sofá a observarla. Ese era uno de sus momentos favoritos, mientras que para Lety era una mezcla de emociones. Le gustaba verse observada, pero al mismo tiempo le daba algo de vergüenza a pesar de que quien la miraba era su esposo. Lo sintió venir desde atrás y se preguntó qué le haría. No podía verlo… pero sí pudo sentir sus tibias manos acariciar senos y apretar pezones, mientras apreciaba la virilidad de su esposo crecer y endurecerse cada vez más. Intentó moverse pero él se lo impidió, en tanto seguía besando y mordisqueando el cuello y la nuca, bajando sus manos hasta la húmeda vulva y apretando las nalgas enrojecidas y calientes.

-Ahora –surruró- vas a ir al dormitorio y pondrás las almohadas en la cama, bajo tu vientre. Date prisa…

Leticia salió presurosa mientras él la seguía lentamente, bebiendo el agua helada que no lograba aplacar su ardor interior. Cuando llegó a sus aposentos, estaba ya Lety en posición, con las piernas abiertas y el culo en pompa, esperando a su verdugo.

El hielo se derritió rápidamente debido al calor de sus nalgas, y el agua corría fría entrando en sus agujeros y deslizándose sobre su piel. El ruido característico que hacía el cinto al correr por entre las presillas del pantalón, hicieron que levantara su cabeza, conciente de lo que estaba a punto de llegar.

Muchas fueron las veces que el cinturón estalló contra las nalgas mojadas de Lety, dejando sendas marcas rojas. Ella se movía sin cesar, deseando que no le doliera tanto pero que tampoco parara de azotarla. Las lágrimas caían y eran absorbidas por las sábanas, pero no lloraba de dolor sino de emoción. Quería que su esposo la hiciera suya de una vez, estaba a punto de correrse y lo necesitaba dentro de ella.

Una toalla tibia apenas se posó en las levantadas nalgas de la joven, mientras eran masajeadas suavemente. Cuando Emiliano quitó la toalla no tardó en acomodarse sobre su esposa. La tibieza de sus nalgas hizo que la penetrase con el miembro en todo su esplendor. Los movimientos cadenciosos eran una delicia para ambos, y se movían a un ritmo creciente. Era tal el estado de excitación que no tardaron en alcanzar el climax. Y lo tuvieron que repetir una y otra vez hasta saciar su ansiedad y sus ganas.

El sol los descubrió abrazados aquella mañana, en una cama de sabanas revueltas y gente feliz. El teléfono sonó y Emiliano contestó con voz de moribundo.

-Hable…
-Bien hecho Emiliano. Acabo de hablar con el señor Thomas y nos ha dado su cuenta. Y dijo que le dieras las gracias a tu maravillosa esposa. Felicitaciones Director General. Tómate el día. Nos vemos el lunes…

La dicha no podía ser más completa. Le contó a Lety la buena nueva y se fundieron en un largo abrazo. Leticia, abrazando cariñosa a su esposo le susurró:

-Todo ha salido bien, pero lo que más me importa es lo que he descubierto. Ahora ya sé qué debo hacer para pasar una noche deliciosa contigo, mi rey…

Las risas retumbaron en la habitación y el amor se instaló allí para quedarse…Se volvieron a abrazar, felices de haber disfrutado unidos una vez más.

- FIN -

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